Márai y el enigma del alma rusa.

Budapest atravesada por el Danubio (Foto de la portada de la edición en Francés. Albin Michel, 2007).

Salamandra acaba de publicar Liberación (2012), un relato de ciento sesenta páginas que vio la luz por primera vez en el año 2000 (es la obra

más reciente de Márai publicada en húngaro), once años después de su suicidio. Parece que hasta entonces este volumen había pasado inadvertido para los editores que, con cada año que pasa, siguen desenterrando su obra del olvido y rescatandola del encierro natural impuesto por la lengua húngara. Algunos textos ya se han traducido a más de cuarenta idiomas. De este modo, las grandes casas editoriales de Europa continúan apuntándose más éxitos editoriales gracias, por un lado, a la ya probada calidad de la prosa maraiana, y por otro, al boom que se inició a principios de la década pasada con la aparición de El último encuentro (1998) en el marco de la conspiración, digamos, que se dio entre la casa editorial italiana Adelphi –dueña de los derechos- y los organizadores de la Feria del Libro de Frankfurt de 1999 en la que Hungría fue el país invitado de honor. A nivel mundial, según fuentes confiables, Márai ya ha vendido alrededor de treinta millones de libros. Según eso, si fuese un cantante de pop, nuestro escritor burgués contaría ya con varios discos de oro en su corta carrera como artista en Occidente. Sin ostentar nada más que el modesto premio Kossuth, otorgado póstumamente, Sándor Márai es más popular incluso que el mismo Imré Kertész, el más reciente premio nobel de literatura húngaro. Todo un fenómeno.

En el texto que nos ocupa hoy, Márai retrata con crudeza e ironía la decepción que se llevaron aquellos húngaros que aguardaban ingenuamente la llegada del Ejército Rojo para ser liberados de la opresión nazi, recuperar la paz y volver a existir en un mundo libre. De origen judío, hija adolescente de un prestigioso astrónomo pacifista quien se esconde (amurallado en un sótano) en un edificio justo del otro lado de la calle, Erzsébet –virgen todavía- se ve obligada a pasar un largo periodo de encierro, hambruna y hacinamiento en una cava oscura, junto a cientos de seres humanos desesperados, en deplorables condiciones de salubridad, mientras el asedio de Budapest toca su fin entre diciembre de 1944 y enero de 1945. Su inocente fe en la pronta expulsión de los Cruz Flechada y su deseo de ver nuevamente a su padre libre de toda persecución, la obsesionan constantemente; ello, junto a una apenas sugerida -por el autor- combinación del rectitud hebrea y humanitarismo, logra mantenerla cuerda mientras contempla a su alrededor diariamente una degradación humana insospechada para su inexperto espíritu. Espera a los bolcheviques como a sus redentores.

Día tras día, en medio de la tensión creciente que supone la cercanía del final y el agotamiento físico, las bombas se escuchan cada vez más cerca del refugio. Los rusos ya han pisado el suelo de Budapest y los últimos nazis se baten en retirada. El momento de la liberación, presiente Erzsébet, se aproxima. Sin embargo, cuando éste llega, después de que los alemanes les ordenan abandonar la cava en medio del caos y las explosiones, la joven mujer decide quedarse unos minutos más. Durante las semanas de espera, y a pesar de la demencia que reina en el recinto, ha entablado contacto con un hombre mayor, herido y paralizado, que cuenta serenamente sus últimos días de vida; ha conseguido comunicarse con él y no parece no tener las agallas para abandonarlo a su suerte en ese momento. Esperará a que llegue la ayuda médica que han de aportar los libertadores del Este. Mientras tanto le seguirá prestando los últimos cuidados. Naturalmente,  éste último la disuade y le ordena salir de inmediato. Es entonces cuando, a pocos minutos del rencuentro con su padre, el primer soldado soviético –un siberiano- entra a la cava y, al cabo de una extraña conversación, la viola en presencia del moribundo.

Aunque la escena en sí misma de la agresión parece vivida por Erzsébet como en una especie de ensueño, y en su descripción el autor parece dejarse embargar por cierto pudor, todo su dramatismo radica en la “conversación” –no es más que un intercambio de palaras pues ninguno conoce otra lengua que la propia- entre el soldado y la mujer antes del ataque. Al ver el soldado introducirse en la cava, la joven acude a él con cordialidad y le habla con la desenvoltura reverente y casi alegre de aquel que se dirige a su salvador. No es capaz de sospechar nada. Le habla una y otra vez, pero el soldado, mientras se va acercando a ella paulatinamente, le responde siempre lo mismo, sin dejar de mirarla a los ojos, repite el mismo sintagma: “Panimayou” (En la traducción francesa de Albin Michel, 2007) . Ya demasiado cerca el silencioso siberiano, agotado el vaporoso poder de las palabras, consumada su suerte en la guerra, Erzsébet es poseída casi sin llegar a entender lo que sucede.

Minutos más tarde, tras incorporarse y sostener unas últimas palabras con su protegido, el panorama se torna aún más obscuro para ella: las calles de la capital son el escenario de todo menos de una luminosa redención. En ellas, inundadas por una nauseabunda mezcla de humo y de niebla, Erzsébet no consigue orientarse en medio del saqueo, el fuego, los asesinatos y todo el caos que supuso la entrada de los bolcheviques a Budapest. En la mitad de la calle, encuentra el cuerpo destrozado de quien acaba de violarla; una granada le despedazó la cabeza y su sangre se congela sobre la escarcha de hielo. No parece haber rabia ni desprecio; por el contrario, la observación del cadáver parece secundada por un sentimiento compasivo. Es como si un incomprensible vacío se hubiese instalado en su corazón. Ante tal visión desconcertante, tanto Erzsébet como el autor se olvidan del padre. Una nueva era ha comenzado.

Ahora bien, queda aún algo por aclarar. Desde luego, la violación no ha de sorprender a nadie. Pero ¿qué significa exactamente esa única frase en ruso que Elisabeth escucha del soldado?

Su traducción directa es: yo comprendo. El traductor de Google la pasa al español con facilidad. Sin embargo, la cuestión no se resuelve con la mera traducción literal. ¿Cómo se explica que un soldado siberiano, un nómada de las nieves, se tome la delicadeza de expresar su comprensión frente a una mujer que, sin ofrecerle nada, mugrienta y asolada por el delirio, sólo está reclamando de él un anhelado rescate? Además, ¿comprender qué? Podría tratarse de un defecto de la traducción. En todo caso, es evidente que esa inesperada circunspección en lugar de un predecible salvajismo en el soldado parece carecer de soporte psicológico. O a lo mejor no es un defecto del texto si no una omisión intencionada del autor con el propósito de darle profundidad a la extrañeza que despierta la alteridad del homus sovieticus, casi un leitmotiv en Márai.

Sándor Márai

Sin duda, a falta de una de edición decente, nada conviene mejor que la ayuda del lector ruso. En este punto, contamos con suerte. Después de familiarizar a una colega moscovita con el marco general de la obra y de la escena en cuestión, todo parece explicarse por la interesante noción del alma rusa enigmática,la cual, según nuestra fuente, ha sido explotada ampliamente por diversos autores rusos; sobre todo, por Dostoievski. Para nuestra colega resultó fácilmente comprensible la actitud del soldado ruso instantes antes de la violación. Los rusos aman las tinieblas del alma y el sufrimiento, nos dijo, y acceden a éstos través de su propia perdición, faltando a la ley de Dios y del Estado. La condición existencial del alma rusa no comporta la dicotomía perdición, ergo, salvación; por el contrario, ambas cosas parecen estar indisolublemente ligadas entre sí: se entrega al mal con el mismo fervor con que se rinde al bien.

A juicio de nuestra camarada –por cierto, una marxiana bastante bien informada-, consciente de lo que iba a hacer, de la condena moral que le esperaba por ello, pero al mismo tiempo consciente de su incapacidad de evadirse a ese oscuro deseo carnal, de la seducción que ejerce el mal sobre su voluntad, este siberiano de rasgos lupinos, no podía otra cosa que repetirse a sí mismo yo comprendo a manera de absolución condenatoria… ¿O de una condena absolutoria? Habría que profundizar en este enigma del alma rusa para poder pronunciar una última palabra.

En todo caso, con Liberación Márai vuelve dar prueba de que, si bien es aún un escritor mirado por la crítica occidental seria con cierto recelo –cosa razonable pues no existen todavía estudios lo suficientemente serios sobre su obra-, su producción novelesca ofrece un testimonio, sobradamente ingenioso y profundo, de los cataclismos individuales, culturales e históricos que sacudieron su siglo.

2 comentarios en “Márai y el enigma del alma rusa.

  1. Je regrette de ne pas avoir appris l’espagnol et donc de ne pouvoir apprécier pleinement cette chronique. Mais ce que je peux en comprendre m’intéresse vivement, comme l’étude très fouillée du “bourgeoisisme chez Marai, Zweig et Mann”. Merci de me tenir au courant de vos études, particulièrement concernant Marai.
    Vati, rédacteur du blog sandor-marai.blogspot.fr

    1. Merci pour lire mon texte, Vati. Je vous tiendrai au courant. Je suis ton blog aussi depuis quelque mois. J’aimerais bien arriver un jour à construire un blog comme le vôtre.

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