Sándor Márai, ¿antisemita?

1.

Portada de la edición Champion, 2011.

Lectura: Le royaume littéraire (Champion, 2011) de Clara Royer, tesis doctoral en la que su joven autora (1981-) documenta y analiza las búsquedas identitarias de una generación de escritores judíos del periodo entreguerras, pertenecientes a los territorios de lo que hoy se conoce como Hungría, Eslovaquia y Transilvania. Esta investigación tiene como punto de partida el pseudodebate que se generó, a principios de la década pasada, entre la “opinión pública” magyar por causa de la concesión del premio nobel de literatura a Imre Kertész, en 2002. El uso aquí del prefijo pseudo no es gratuito, pues la derecha húngara, en ascenso y naturalmente antisemita, quiso amargarles la fiesta a los judíos húngaros –no necesariamente sionistas- que veían en esta premiación una reivindicación de su pueblo así como una expiación más de los horrores de la Shoah por parte de Occidente. La cuestión revivió viejos odios religiosos y raciales: Kertész no podía representar a Hungría, su literatura no podía ser considerada húngara porque su sangre era (y es todavía) judía y no estaba circunscrita a la categoría étnica de la magyaridad. En su momento, este fue un vocablo de peso en los discursos políticos-nacionalistas de los años 1930, pues definía el elemento constitutivo de la nacionalidad húngara por oposición a lo alemán y, sobre todo, a lo judío. Dicha noción antropológica, de moda durante el régimen de Horthy, parece haber sido recientemente redescubierta entre los anales de la memoria nacional, desempolvada y puesta al servicio del partido Jobbik, Movimiento por una Hungría Mejor, fundado por estudiantes de extrema derecha: antisemita, antieuropeo, antiliberal, esta “nueva” tendencia, tras las últimas elecciones (2010), encarna la tercera fuerza política del país.

Teniendo como propósito ofrecer una respuesta seria al interrogante ¿cuál es la verdadera literatura húngara?, la investigación de Royer desemboca en una conclusión en absoluto salomónica, aunque no por eso imprecisa: la literatura húngara es también la literatura judeo-húngara; ambas están íntimamente ligadas entre sí; son siamesas. Es insensato pretender separarlas, contraponerlas, inocularles los  prejuicios de la ultraderecha. Evidencia histórica y cultural irrefutable: Nyugat (Occidente), creada en 1908 por muy notables figuras de las letras húngaras, en cuyo seno, con el transcurrir de los años, se fueron aunando las potencias creadoras magyar y judía –también autores de otras confesiones- para darle a Hungría una revista de inclinación democrática, liberal, urbana y cosmopolita que suscitó un vivo interés en París, Berlín y Viena. De este modo, concluye Royer, la literatura húngara  está constituida por ese gran corpus que, más allá de las fronteras geográficas o de los dogmas, se extiende hasta donde se extienden justamente las fronteras mismas del reino literario húngaro-judío, reino al que tanto los unos como los otros, escritores burgueses y comunistas, periodistas comprometidos y no-comprometidos, todos, terminaron vinculados a través de sus obras.

2.

Dato curioso: en un pasaje de la mencionada obra, Royer hace una revelación interesante: “Or, le délire racial ne toucha pas que les népiek[1]: l’écrivain urbain Sándor Márai lui-même, incarnant jusqu’alors un modèle d’humanisme bourgeois aux yeux de ses confrères, se mit à discourir a la table d’un café sur les «péchés des juifs» : il avait été convaincu par les théories raciales de Gyula Farkas[2], provocant les larmes de déception d’Antal Szerb.”[3] En primer lugar, habría que verificar la veracidad de tal testimonio ya que Royer advierte haberlo tomado del diario de un renombrado politólogo llamado Gyula Ortutay (Napló 1938-1954, Budapest, Alexandra, 2009). Sin embargo, para efectos de lo que se busca mostrar aquí, asumamos temporalmente que es verídico.

Hemos dicho, en el párrafo anterior, “curioso”. ¿Por qué? Bien, por un lado, porque si bien es cierto que la autora en cuestión es de ascendencia judía, el tratamiento que da a este, digamos, pecado de Sándor Márai no puede ser más acertado; lo presenta con toda la decencia académica del caso, sin ningún tipo de apasionamiento partidista ni reivindicativo. De esta manera, lo curioso responde al hecho de que, bajo el influjo de ciertos prejuicios, el lector esperaría una denuncia de mayor envergadura, más pasional. Cosa que no sucede. Con total seriedad, la autora pone el dedo en la llaga y sigue adelante sin depositar nada personal en lo que acaba de expresar. Es decir, no da lugar a frases ambiguas o sesgadas que pudieran prestarse a juegos mediáticos. Desde luego, esta actitud se manifiesta en un libro que no más de diez personas leerán en el mundo. Ahora bien, es posible que de aquí a dos años este dato se filtre y sea empleado por los medios para generar la ilusión de un debate crítico, mientras por debajo de la mesa no hacen otra cosa que ayudar a las casas editoriales a vender más libros.

Portada de la revista Nyugat, 1908.

Por otro lado, lo curioso se liga a la sorpresa –el morbo, en algunos casos- que despierta un descubrimiento de este tipo. Es cierto que si descubres algo como esto en tu autor de cabecera no ha de pasar inadvertido y seguramente conllevará a un cuestionamiento del mismo. No obstante, los medios prenden la mecha periódicamente a escándalos de “interés público” porque en la biografía de tal o cual escritor se descubrió un oscuro episodio de antisemitismo o colaboracionismo nazi. El caso de Kundera, está ya bien gastado; o incluso, invirtiendo la lógica, podemos mencionar el caso de Stefan Zweig, judío asimilado, hoy en día rechazado por ciertos grupos sionistas dados su marcado germanismo y su ambivalente identidad con relación al judaísmo. Sin embargo, es bien claro que estos pseudo-debates pierden rápidamente su efervescencia y caen prontamente en el olvido. Nada hay de raro en eso; con ese fin los fabrican los medios.

Tampoco se trata de que pretendamos hacer caso omiso de los hechos históricos. Si Dolmatoff fue nazi y mató judíos, esa es una realidad que, si bien se puede negar, fue y, por lo tanto, hace parte de la Historia en tanto que factum. Nada puede hacerse contra su dimensión objetiva, digámoslo de ese modo para ahorrarnos más palabrerías abstractas. De hecho, esa no es la discusión verdaderamente relevante. Lo que sí es relevante es preguntarse: ¿A qué suerte de propósitos sirven ese tipo de polémicas? ¿Bajo el umbral de qué discurso se inscriben? Si se descubre de repente que Márai, celebre en la actualidad tanto por su obra como por su postura anti-fascista, hizo parte de una oscura secta antisemita en Budapest en los años 1930, en el fondo, después del efecto mediático, cabría preguntarse, más allá, insistimos, de la verdad histórica: ¿Cuál sería el sentido objetivo de todo ello ahora? ¿Qué relación tendría eso con su obra? ¿La habría contaminado? ¿Estarían sus novelas y sus relatos autobiográficos –tan preciados hoy en Occidente- preñados de un odio racial? Si fuese así, ¿qué parte de dicha obra habría que arrojar en la hoguera? ¿O habría que quemarla toda, sin más ni menos, sin acudir a ningún tipo de revisión que permita rescatar lo “objetivamente” valioso? ¿Convendría un afidávit? ¿Quién lo definiría; las víctimas o un comité de sabios?

En fin, el discurso relativizante –políticamente correcto- de nuestra época puede conducirnos a un sinnúmero de preguntas de esta naturaleza y dilatar así la cuestión hasta el infinito. ¿Qué hay detrás de aquella postura que pretende aislar al individuo y elevar la obra sobre éste, mero mortal? ¿Hipocresía? Tal vez. Sin embargo, algo de cierto cohabita en su contenido. Nunca vi a Sándor Márai, es muy poco lo que sé sobre su

Kertész, Imre. Nobel de literatura 2002.

vida, y lo que poco que conozco se lo debo a la ficción. Lo anterior me deja pocas opciones: las cenizas de este individuo fueron esparcidas en el Océano Pacifico y ahora, ¿qué sentido podría tener interrogarse sobre su devenir? Lo único que me queda es dialogar con su obra; o, mejor –me perdonarán la arrogancia-, escucharla. Por esto, podrían tratarme en Francia de inhumano. A eso, como individuo, sólo podría responder con lo siguiente: yo no soy un ciudadano del mundo, y por esa razón me bato por mantenerme al margen de su pretendida humanidad en la que –no está de más decirlo-, muy poco creo. Europa ya no es un mundo humano, diría Márai. No causo perjuicios o dolores particularmente grandes a las personas con las que me relaciono. No sobresalgo ni en los chances que me da la vida de hacer el mal. ¿Soy facho? Otra palabra de moda con la que también, al final de cuentas, terminan adoctrinando a decenas de jóvenes universitarios. La respuesta es no; es sólo que soy sólo soy un individuo replegado sobre sí mismo que hace frente, como puede, a la hostilidad de ese mundo humano.

Como lector asiduo de sus novelas y relatos autobiograficos, nunca he percibido la más miníma muestra de antisemitismo en Sándor Márai. Él mismo sostiene, en Confesiones de un burgués, que no es la pureza psiquica del artista lo verdaderamente importante sino la puereza de su obra. Y la suya lo es. Bueno, por lo menos la que he leído hasta hoy, traducida al español y al francés. Ejemplos hay muchos. Pero citaré un pasaje de La mujer justa en el que se habla de los pobres. En tanto escritor burgués autoproclamado, Márai suscita a numerosos lectores, poco advertidos, una inmediata desconfianza. Veamos:

“Creía que me desvalijaba por encargo de aquella comunidad misteriosa y clandestina. Quizá su familia había contraído deudas o quizá querían comprar tierras… ¿Me preguntas por qué nunca me lo había contado? Yo también me lo pregunté. Y hallé la respuesta enseguida. No me había dicho nada porque se avergonzaba de la pobreza, porque la pobreza es también una especie de conspiración, una alianza secreta, un pacto eterno y mudo. Los pobres no sólo quieren una vida mejor. No, los pobres también pretenden dignidad, porque saben que están soportando una gran injusticia y por eso el mundo los respeta como a héroes. Y ciertamente lo son; ahora, conforme voy envejeciendo, me doy cuenta de que son ellos los únicos héroes auténticos. Las demás formas de heroísmo son fenómenos ocasionales o impuestos por las circunstancias, o peor aún, son pura ostentación. Pero ser pobre durante sesenta años, cumplir sin protestar con todos los deberes a los que la familia y la sociedad lo obligan y, al mismo tiempo, poder seguir siendo humano y honrado, quizá incluso alegre y caritativo: eso es auténtico heroísmo.”

Márai, ¿enemigo de los pobres?

3.

¿Y si resulta cierto que Dolmatoff fue un criminal de lesa humanidad durante su primera vida europea? ¿Hay tinturas o algún tipo de exhalación nacionalsocialista en su obra sobre los indígenas de la Sierra Nevada? Mejor, primero hay que preguntarse: ¿Es este un asunto de verdadero interés para la intelligentsia colombiana? ¿Se está discutiendo de verdad? ¿O sólo vimos hace un par de meses la airada respuesta de un puñado de moralistas defendiendo el honor de una distinguida familia bogotana? Puede que exista una profunda indiferencia en la opinión pública hacia este asunto. O tal vez sea, dadas las condiciones de la aldea global, que este es un asunto que se deja atrás relativamente pronto, no tanto por indiferencia sino porque es imposible interesarse por demasiado tiempo en él.

¿No terminan sirviendo, en el fondo, todos estos alborotos mediáticos a los intereses del sionismo contemporáneo que bien vemos a diario campear con toda su virulencia en nuestras pantallas digitales?


[1] Entre 1920 y 1930, la intelligentsia húngara se dividió en dos grupos: los urbanos y los népiek (del pueblo, en húngaro), con varios miembros adscritos al Partido Comunista, se distanciaron del urbanismo y el occidentalismo de Nyugat, defendieron la cuestión campesina y abogaron por una reforma agraria.

[2] En su obra, La época de la asimilación en la literatura húngara 1867-1914 (Budapest, 1938), Farkas, crítico literario nacionalista claramente antisemita, señala la intromisión de la literatura judía en la húngara como el factor que desencadenó el declive de esta última, la verdadera y pura literatura de espiritualidad magyar.

[3] “Sin embargo, la locura racial no sólo tocó a los népiek: el mismo escritor urbano Sándor Márai, hasta entonces encarnando un modelo de humanismo burgués ante sus colegas, terminó discurriendo en la mesa de un café sobre los «pecados de los judíos»: había sido convencido por las teorías raciales de Gyula Farkas, provocando lagrimas de decepción en Antal Szerb.” (Royer, p.89). La traducción es mía.

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