La riqueza de la vida; las miserias del cine y la literatura.

1.

Abajo, fragmento traducido del francés de una carta, con fecha del 26 de noviembre del año en curso, enviada por un colega con el que suelo beber y hablar de ociosidades tales como filmes y libros:

“…y si con El Caballo de Turín, Béla Tarr se propuso reproducir lo absoluto de la realidad en un filme, por un lado, pletórico de tedio como hecho estético y que, por otro, expone al espectador a una suerte de sadismo de la imágen, yo por mi parte, con mi filme El Último Perro de Stefan Zweig me alejaré de ese odioso hiperrealismo húngaro que, en la ficción, acomete la necia tarea de recordarle a los seres humanos aquello que en la realidad desean ignorar. Será un rodaje impecable que reproducirá la triste realidad de un cachorro al que, acostumbrado a una vida acomodada, el suicidio de su dueño condena a un largo número de peripecias, siendo conducido de un amo a otro, de una asociación protectora a la otra… pobre animal, tanto estrés. Es una visión terrible, peor que la del caballo que hizo enloquecer a Nietzsche. Y todo, para luego… bueno, todavía no se sabe con certeza nada sobre los últimos días del perro de Stefan Zweig. Mi investigación acaba de comenzar.

Perdona mi emoción querido K., pero es que lo veo con tanta claridad: no me cabe duda que esta película será un hito y abrirá la senda a un nuevo género. Porque, como lo hemos discutido ya, el cine del futuro será un cine sin humanidad, sin psiquismos ni narrativas del yo… De pasada, también dejará sin fundamento a Ricoeur. ¿Cómo representar el universo interior de un perro desde el perro mismo? Los animales no se narran ni se saben narrados; sólo reaccionan. ¡Ahí es donde también agradecemos inmensamente a Lorenz por legarnos la etología! Y de paso habrá que reconocer también los aportes de David Attenborough en el género del documental natural… un tipo muy serio en lo que hace… ah, sí, se abre un gran camino y no puedo más que contemplarlo con dicha prematura. ¡Ya veremos!

En todo caso, por ahora, solo puedo agradecerte a ti, querido colega, el haberme tan generosamente marcado el camino a seguir. Eres, a pesar de todo lo que has sufrido acá, un hombre sin egoismo. Por eso te quiero.

Besos y hasta pronto,

Etienne.”

2.

Que ¿cómo se explica todo eso? Pues bien, es muy sencillo. Para variar, como estudiantes de París III, estacionados en la terraza del Café Censier Daubenton del Quinto Arrondissement, hablábamos de lo mismo que se habla en Literatura Comparada: la Shoah, la literatura testimonial, la figura del verdugo, la transmisión de la memoria del Holocausto, etc. Nos encontrábamos reunidos dos colombianos, un par de franceses y una chica turca. Unos, atizados por el sueño de ser escritores de renombre, y otros, réalisateurs de una exquisita sensibilidad, todos nos dábamos cita en dicho lugar para aliviar con tragos baratos la amargura de lo que París nos informaba a todos por igual: que éramos individuos carentes de ese misterioso impulso vital que conlleva a la creación; es decir, que carecíamos, en lo esencial, de talento. Hiciéramos lo que hiciéramos, cada uno, a su modo, lo sabía ya. Por eso estábamos juntos. Para ayudarnos a callarnos a nosotros mismos esa verdad que nos dolía tanto y que representaba nuestra ascensión a la adultez.

Para ponerle un poco de picante al asunto, señalé con cierta sorna el hecho de que Adolfo Hitler y Stefan Zweig, el del final de los años 1930, viejo y deprimido, presentan rasgos faciales curiosamente similares. Ambos eran austriacos. Y ambos fueron vecinos en lo alto de las colinas de Salzburgo. Este es claramente un paralelismo que fácilmente podría establecer el presentador de un programa cultural de un canal de televisión regional, claro está. No obstante, entre más se hablaba más se bebía. Y ese era el tipo da solidaridad a la que todos buscamos adherirnos, como insectos que revolotean en torno a una luz fluorescente. En realidad, nadie se interesaba por nadie. Sólo ocurría lo que le ocurre al homo sapiens frente a la catastrofe: se agrupa.

En vista de que un silencio, largo en exceso, dejaba en claro que ninguno de los presentes había visto jamás la cara del autor vienés, decidí entonces seguir hablando de él. En breve, narré la tragedia de su vida, cómo un rico aristócrata judío, cosmopolita de cultura germánica –que se pudo dar el lujo durante toda su carrera de creer y promulgar la fraternidad humana-, terminó suicidándose en una soleada mansión en Petrópolis, Brasil. Uno más de esos europeos nacidos en la segunda mitad del siglo XIX a los que se les acabo el mundo con la Gran Guerra. Luego, fue imposible evitar hablar de Plucky, su última mascota, un simpático fox-terrier, cachorro todavía, el cual  esperó hasta bien entrada la tarde a que su amo abandonase su habitación aquel aciago lunes 22 de febrero de 1942.

Entre los muchos documentos que se encontraron en la habitación, se hallaba la carta suicida. “Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos,” así cerraba Zweig su actuación en el mundo minutos antes de introducir en su cuerpo una gruesa dosis de veronal. Poco tiempo después vieron la luz otros documentos que Zweig había entregado a un colaborador, los cuales había ordenado mantener en secreto hasta nueva orden. Entre ellos figuraba Disposiciones con relación a mi perro, agregué con la firme intención de callarme a partir de ese momento.

3.

Stefan Zweig junto a uno de sus perros.
Stefan Zweig junto a uno de sus perros.

“¿Y el perro… pero qué pasó con él?” preguntaron los demás al unísono, compungidos de compasión canina.

“Pff… moi, j’en sais rien,” respondí con desdén y al mismo tiempo le hice señas al mesero para que me trajera otra picon bière. Acto seguido, François, antiguo estudiante del Henri IV, se levantó de la mesa embargado por una súbita explosión de dicha y ansiedad, como si a la vez se esforzase por contener entre sus labios un poderoso e incierto Eureka. Arrojó seis euros sobre la mesa y abandonó la terraza del café sin decir palabra mientras sacaba del bolsillo derecho de su abrigo un Samsung Galaxy para hacerle una consultilla a la red. Días después me escribió esa efusiva carta, convertido y hablando como un prestigioso director.

En momentos así, ustedes han de saberlo, uno disfruta la vida y su impúdica abundancia. En momentos así resulta difícil digerir esa simbiosis de cierto cine y cierta literatura.

Yo también le estoy agradecido a él, a Etienne, este jovenzuelo parisiense de sensibilidad post-industrializada, el primero que hasta hoy parece intuir que, detrás del documento que marcó el destino de un can huérfano, se esconde una nueva riqueza estética.

Nadie sabe qué fue del último perro de Stefan Zweig. Eso está por saberse. Tal vez Cannes 2014 nos sorprenda con un filme mucho más profundo y abrumador que el de Béla Tarr. Lo que ya está claro es donde está localizada toda la gran aridez que caracteriza estos años de comienzo de siglo.

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