El dolor de ella (principio de novela, 2009).

1.

Mientras la espero para lo que he pensando ha de ser nuestra última conversación, permanezco tensamente sentado bajo las estiradas sombras que las palmeras  proyectan sobre las mesas del café Hornos. Bebo un espeso café de las tres de la tarde, y mientras tanto, medito confusamente sobre la triste condición que durante años me ha unido a ella. Aun no estoy completamente seguro si le haré saber lo que hoy sé. Sin embargo, ahora mismo comprendo, sin indignación alguna, la exacta dimensión de mi ceguera, aquella que me impidió ver que nuestros estaban unidos por la imposibilidad de comunicarnos alguna vez. Ignoro si algo más puede suceder entre nosotros; no puedo saberlo porque también he llegado a ver con claridad que ha sido ella, y nada más que ella, quien ha establecido las reglas para que dicho destino se articulara inexorablemente. Por años, he tocado su cuerpo sin tocarla realmente a ella; he visto la luz de sus miradas pero nunca he visto lo que ve ella; he oído sus palabras, su eco dulce y melodioso, pero no la necesidad vital detrás de ellas. Sí, debo reconocerlo: ella ha sido todo este tiempo una especie de cuarto oscuro de mi vida, un desierto gélido y sin estrellas, en el que he andado a tientas inexplicablemente por años. Sí, como todos, yo también aspiré a la felicidad; amé y quise ser amado. Pero, con ella, esa aspiración, ese derecho…. nuestras almas nunca dialogaron.

2.

Mis ojos la encontraron por casualidad. Justo al ponerse de pie trajo delante de mis ojos su delgada figura, de perfecta rectitud, gustosamente proporcionada a la que castaños manojos de pelo rodeaban graciosamente. Desde mi posición, su torso se veía exquisitamente tenso y erguido, como un fino y resistente vaso de cristal labrado con gusto y tenacidad. Desde su base, a la que constituían turgentes carnosidades, dicha obra magna de la anatomía humana iba creciendo progresivamente, se ensanchaba modestamente hasta desembocar en la cúspide de sus delgados hombros. Una espalda bellísima, de romanas dimensiones. Con la frente inclinada, siguió con cierta molestia el desplazamiento de su asiento y se dispuso a marcharse. Desde donde yo la observaba no me era posible detallar su boca ni la expresión de sus labios; sólo pude constatar que portaba el ceño ligeramente fruncido y que su nariz, sin tener ningún defecto de proporción, lucia inusualmente recta, como si fuese una especie de polígono.

3.

     Ni por un instante, durante todos estos años, fui capaz de enterarme, por mis propios medios, que ella me ocultaba, con obstinada convicción, todas sus  miserias, que había algo en su persona que estaba firmemente decidido a apartar de mis ojos todo su sufrimiento, y que en su fuero más profundo existía una pulsión que se destinaba única y sistemáticamente a alejar de mi alcance la posibilidad de internarme en el núcleo intimo de sus penas. De este modo, y por esa razón, que sólo ahora puedo ponderar como sencilla, ella, a pesar de que en ciertos momentos se empeñara genuinamente por conseguirme un lugar en su corazón, nunca iba a amarme.

 4.

Tiempo después, constaté que ella era diferente de todas las demás mujeres que serían, en adelante, nuestras compañeras de curso. Dicha diferencia se sustentaba en una sencilla condición: durante años, ella había dormido en una mejor cama que todas las demás, se había alimentado mucho más saludablemente que todos nosotros, había recibido una mejor educación que nosotros, había tenido unos mejores padres, una mejor familia y, sobre todo, había sufrido de una manera diferente a cada uno de los demás. Había sufrido como sólo la gente de su clase esta educada para sufrir. En resumidas cuentas, el mensaje de su rostro blanco, de sosegadas expresiones, era justamente la historia en la piel de una vida sustentada en una lógica orgánica ajena a la de todas las nuestras.

5.

     Debo conocer –aunque eso ahora no tiene ningún sentido porque no puede alterar el rumbo que han tomado los hechos– la razón sobre por qué, especialmente a mí, me fue negada esa posibilidad de conocer lo esencial de ella; por qué –me preguntó lleno de impotencia- esa brecha infranqueable entre su pasado, su herida fundamental, y yo. “¿Por qué tal imposibilidad de acceder a lo que resultaba crucial entre nosotros?”, me he preguntado con amargura. Y la respuesta, escurridiza en medio de sus palabras y se matiza en cada una de sus sonrisas, no es otra cosa que su imbatible muralla, su coraza: el dolor de ella (así lo he bautizado), sólo él de ella porque es mayor a cualquier otro dolor que haya conocido antes; porque no hubo nunca nada más fuerte que pudiera presentarse entre nosotros. Yo habría acogido con fervor su desdicha, habría amado ciegamente su dolor… no quiero ponerme sentimental; es ridículo porque es una respuesta débil y pueril frente a los hechos que constituyen la realidad.
Sé que en ella hay otras cosas, mil virtudes, un alma dócil, una inteligencia serena, un corazón… no, yo no puedo hablar de su corazón…. su dolor se sobrepone a todo lo demás. Eso sí que lo sé bien. Es curiosa esta sensación que me aborda justo ahora –ignoro si por fortuna– de poder saborearlo y palparlo meticulosamente, del mismo modo que saboreo el café que se adhiere a las paredes de mi boca. El dolor de ella. Sí; es eso precisamente contra lo que lucha con tanto éxito. Y lo que jamás estuvo dispuesta a revelarme.

6.

Sucedió en repetidas ocasiones que, mientras fumaba y bebía café en el intersticio de una clase a otra, la veía pasar por los pasillos de la cafetería acompaña por sus primeros amigos, un sequito sumiso y sin talento alguno, al que iría luego abandonando progresivamente, con discreción pero sin contemplaciones de ningún tipo. En esos momentos, cuando yo me percataba de su presencia, rodeada por gente a quien no le quedaba otra opción que tolerar, conseguía distinguir su cabeza entre todas las demás cabezas, sobresaliendo con elegancia, mirando al frente con rigidez y orgullo, sin volverla a ningún costado. Yo me sentía inmediatamente atraído por dicha figura acompañada por esa gracia tan diferente a todo lo demás, por esa rectitud tan natural, esa dulce templanza de espíritu que no veía en ninguna otra mujer. Entonces yo levantaba un poco la frente y la seguía cuidadosamente mientras cruzaba el recinto y desaparecía por algún corredor contiguo. Como respuesta a mi curiosidad, yo recibía a cambio un gesto lleno de suspicacia. Al sentirse presa de mis miradas, volvía su cabeza hacia mí nada más que unos pocos milímetros, su flequillo castaño caía un poco hacia el costado, su expresión se suavizaba un poco, se liberaba de ese aire de severidad impersonal, recuperaba su aspecto humano y su boca ejecutaba un minúsculo movimiento lleno de significado. Ni sonreía con genuino interés ni era totalmente indiferente. Más bien sus labios ejecutaban una especie de vibración casi imperceptible, un constreñimiento que se mostraba pacifico pero distante al mismo tiempo. No se asqueaba, no se mostraba amenazada ni altanera, pero tampoco buscaba nada ni veía nada en dichas miradas.  Solo respondía con un acto reflejo; no podía hacer nada más. Reaccionaba ante mi inspección de la misma manera en que se reacciona ante la intensidad de la luz del sol, algún olor u obstáculo en el camino. Devolvía un gesto con otro gesto. Así era ella, así era su vida, ambas revestidas de lenguajes sutiles y fríos.

7.

     Aspiro a que ella misma me lo diga; aunque es posible que ni siquiera lo sepa. ¿No haría eso inmensamente más perfecta nuestra fatalidad? Por eso debo pedirle que me dé una explicación. A eso he venido esta calurosa tarde de septiembre, casi diez años después de haberle escrito la primera carta de amor. Deberá entregarme su última y única rendición de cuentas, porque alguien no puede pasarse la vida por ahí sin nunca llegar a enterarse de que ha causado daño a otros, que ha hecho infeliz a alguien, y le ha humillado con sus actitudes, actos y su falta de respuestas… no se puede dejar de existir de ese modo, con ese pecado ontológico a cuestas. Llega un momento en que el estado de las cosas entre dos personas alcanza una cúspide y se aproxima a un abismo, y entonces, ya nada puede quedar oculto.

     Fue muy doloroso cuando supe la verdad. Pero lo grandioso es que la verdad sobre ciertos aspectos de nuestras vidas no nos es enviada por una deidad ni es develada por una fuerza superior; nos llega en el instante más inesperado, más banal, cuando menos la esperamos. Y esto es porque siempre ha estado ahí, con nosottros, en los insondables vericuetos de nuestros cerebros en donde se van acumulando nuestras experiencias. Sólo hace falta un sonido cualquiera, un gesto, tropezar con alguien en el metro, un par de versos, para que se genere una sinapsis determinada, la sinapsis reveladora.  En momentos así, la realidad, las cosas, parecen derrumbarse, como si todo lo demás ahí afuera no fuese más que escombros, sombras, obstáculos que te han impedido ver la verdad que media entre tu persona y otra. Yo sentí mis entrañas llenarse de un frio mortal. Era un día como cualquier otro. No hacía nada inusual. Me encontraba con las mismas personas que en ese entonces solía frecuentar. Bebía la misma la misma clase de cerveza, fumaba el mismo tipo de tabaco, me encontraba en el mismo bar, en la misma ciudad, era un viernes como tantos otros, pero sucedió que, por azar, alguien dejó escapar su nombre en medio de una conversación sin importancia. Sólo basto con que la mencionaran a ella. Su nombre. Sí, el que tantas veces había yo oido, el mismo que tantas veces había repetido yo. No obstante, ese sonido producido por la combinación de las mismas vocales, esta vez desató una poderosa detonación en mi cerebro. Sentí un poco de vertigo al comienzo; pero sólo unos pocos segundos. Tras la sacudida todo quedó en orden entre ella y yo, legible y simple pero al mismo tiempo incontestable. Casi que me sentí alegre. Fue como si acabara de morir y al instante fuese devuelto de nuevo a la vida.

A partir de ese instante empiezas a ver todo desde una óptica diferente, a la luz de una nueva realidad porque sin haber dejado de ser tú mismo, ya eres otra persona; algo que ardía en ti ya ha agotado todo el combustible de que disponía, y te ha liberado de sus emanaciones. Eres más fuerte que eso. Has sobrevivido. Se ve la verdad, pero no la gran verdad de los místicos, sino esa verdad pequeña de la que están hechas nuestras vidas. Cuando el tiempo, algo o alguien te liberan de la pesada carga de los sentimientos, los hechos se depuran y de ellos emana una savia simple, la de la verdad. Incluso los recuerdos adquieren una nueva textura, un aspecto más solido y claro. Parecen objetos muertos que ya no pueden ejercer ningún tipo de influencia sobre ti.

Así pues, sólo tengo una sola pregunta para ella. Tendrá que informarme sobre el por qué de esa sencilla realidad, que antes se manifestó tan abrumadoramente confusa e inasible, pero que hoy yo puedo resumir en llanas palabras, en una escueta pero imperturbable formula: sin la llave que abriera las puertas de su dolor, yo jamás conseguiría nada de ella. Y esa llave ella la conservaba para alguien más.

“¿Por qué? ¿Qué me hace indigno de tu dolor?” es todo lo que me oirá decir. Mientras tanto, la seguiré esperando sosegado en medio del calor tropical de mi ciudad natal.

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