Conversación con Kornél Esti (primera parte, deformación de un relato de Dezső Kosztolányi).

Y resulta que Kornél Esti estaba de vuelta en París. Había transcurrido ya un año entero desde la última ocasión en que habíamos conversado. Durante este tiempo le había escrito varias cartas para pedirle consejo sobre algún problema relacionado con las traducciones que me ocupaban. Empero, no obtuve respuesta de ninguna de las direcciones que él mismo había anotado en mi agenda. De los hoteles en los que solía instalarse por algunas semanas en Praga, Budapest, Viena y Berlín no habían llegado signos de vida suyos.

Kornél Esti a los 24 años.
Kornél Esti a los 24 años.

Esta vez, se encontraba solo sentando en la terraza del majestuoso café l’Européen, justo frente a la gare de Lyon. Tenía la pierna derecha ligeramente cruzada sobre la rodilla izquierda; ambas piernas, largas y elegantes, parecían formar una trenza que se escurría por debajo de su mesa. Estaba vestido con la misma elegancia de siempre, completamente de blanco, zapatos y calcetines incluidos. Sólo un pequeño pañuelo violáceo se asomaba por el bolsillo izquierdo de su frac. Cada pieza de su vestimenta ocupaba impecablemente su lugar. Como toda personalidad talentosa, Kornél Esti iba siempre pulcro y altivo. Sobre su mesa reposaba una copa de vermut y un paquete de sus cigarrillos baratos, de esos dulzones que a él le encanta fumar. Inclinado sobre el cenicero, un cigarro ardía, y de la brasa que se quemaba en su punta se desprendía un humo denso y copioso que ascendía en espiral hacia el cuello de Esti; parecían las retorcidas corrientitas de  humo formar un par de brazos asesinos lanzándose sobre su cuello para estrangularle. Y el pobre de Kornél ni se daba por enterado. Por último, en la mitad de una pequeña libreta de notas, reposaba su particular estilógrafo plateado que se asemejaba más a un puñal lanceolado que a un utensilio de escritura.

Yo cruzaba el boulevard Diderot a toda prisa y lo vi con la mirada perdida apuntando hacia la multitud. Parecía un poco abatido, y el hecho de que no tuviese compañía despertó todo mi interés. Un año atrás había prometido que no regresaría jamás a una ciudad tan poco honrada como París.

― Con que de nuevo aquí ― le dije plantándome frente a él, con ambos brazos sobre la cintura, mirándolo desde arriba y condenando abiertamente su ingratitud.

― Sí, de nuevo aquí ― musitó después de elevar la frente y contemplarme un instante sin dar señales de sorpresa o disgusto ― ¿y qué con eso?

Estaba tan apuesto como siempre. La gomina con la que se peinaba, tan negra como la brea, le daba una luz traslucida a su cara, como si fuese ésta una pequeña perla atrapada en una oscuridad infinita. La suya, no obstante, era una palidez sana, espiritual. Al notar que lo examinaba de arriba abajo, se incorporó un tanto, ajustó las mangas de su frac, las sacudió, retiró algunas motas, y cuando se sintió completamente listo, volvió su filosa mirada hacia mí, y sus ojos, con la misma luz argentada, me miraron desafiantes y amables. En ese instante, se dio cuenta de que lo había estado esperando todo ese tiempo. Entonces, por primera vez en esa noche, me sonrió maliciosamente.

― ¿Dónde has estado? ― pregunté aun con la mirada puesta en los pliegues de su boca angelical.

― En Suramérica.

― ¿De excursión en la ciudad honrada?

― En efecto ― dijo todavía sonriente mientras acercaba el cigarrillo a sus labios.

Esti acababa de salir de su letargo.

― ¿Entonces es cierto todo lo que se dice?

― Sí, lo he visto bien. Ni un ápice de falsedad.

― ¿Y has redactado algo ya? ― pregunto esperando escuchar que su paso por París se debe a una cita con su editor francés.

― No he escrito una sola línea, ¿cómo crees? He estado aquí y allá, de un lugar a otro, viviendo, incrustado en la vida, querido K., atrapado por ese pulpo de innumerables tentáculos… la vida.

Dice esta última palabra con una entonación cargada de significado, como preguntándome ¿y tú, en lo mismo de siempre? Pero me rehúso a responderle ahora.

― ¿Entonces es verdad que en la ciudad honrada los almacenes de zapatos advierten a sus clientes sobre la mala calidad de su calzado y dan garantía absoluta sobre la aparición de callos y ampollas una vez usado; y los restaurantes ofrecen en sus menús platos incomibles, ensaladas rancias y postres pasados?

― Ni más ni menos ― me respondió complacido Esti al tiempo que me acercaba una silla para que tomase asiento.

― ¿Las librerías envían sus catálogos reseñando libros como basura ilegible redactada por un escritor alcoholizado que no ha vendido un solo ejemplar en toda su carrera; y a la entrada de las cafeterías se leen cosas como: aquí, lugar predilecto para holgazanes, buenos para nada; precios elevadísimos, platos sin lavar y meseros arrogantes?

― Constatado en pleno uso de mis facultades, mi querido K.

― ¿Y los periódicos tienen títulos como El adulador, El hipócrita, El homofóbico, El facho?

Kornél Esti, en 1999, antes de perder la virginidad.
Kornél Esti, en 1999, antes de perder la virginidad.

― Tout à fait – me replica Kornél ― estos periódicos reconocen abiertamente estar al servicio del gobierno de turno, no ocultan su filiación política de ultraderecha ni se avergüenzan en sus editoriales de defender los intereses de minorías poderosas que oprimen a otras masas de población mucho más vulnerable y tradicionalmente oprimida. ¿Por qué habrían de hacerlo? Es la ciudad honrada. Y lo es en todo sentido.

― ¡Qué interesante!

―Sí. Y sólo tienes que fijarte en los anuncios que publican. Hay cosas muy llamativas y divertidas. Por ejemplo: ofrece sus servicios empleada domestica cleptómana y ninfómana, con antecedentes penales; profesor de español con escasos conocimientos en fonética y sintaxis, con acento y dicción incomprensibles, ofrece clases a domicilio a las que regularmente ha de llegar retrasado. Es estupendo. Todo el mundo es demasiado poco exigente. Por eso no tienen necesidad de mentirse ni de agregar valor a lo que hacen, fabrican, venden, escriben o dicen. El primer día de mi estancia en la ciudad honrada vi una enorme valla con letras de neón que decían: «Robamos, arrebatamos, mentimos, estafamos.»

― La cárcel.

― Qué va, K., no tienes idea aún. Era un banco. Porque en la ciudad honrada también los bancos son sinceros.

En ese preciso instante comprendía a cabalidad cuanto había extrañado a mi viejo amigo. Junto a Kornél Esti sentía que recuperaba de inmediato todas mis fuerzas, se renovaba mi interés por la vida. ¡Qué estimulante la compañía de Kornél! decía para mis adentros mientras sorbía un poco de mi Calvados.

― ¿Y los políticos, cómo son? ― indagué después de pasar el trago.

― Igual de honestos y humildes que todos los demás habitantes de la ciudad honrada querido K. Por cierto, un día conté con la suerte de pasar por una plaza pública en la que justamente uno de los políticos locales se dirigía a sus habitantes. Vociferaba: “fijaos en la estrechez de mi frente y los rasgos de mi cara desfigurados por una avaricia que no conoce límites, por una soberbia insaciable, para que os deis cuenta quién soy en verdad. Conozco mal leyes, no me interesa aplicarlas en favor de vuestro bienestar. Y desprecio este oficio cuya meta final es conduciros por el buen camino hacia una existencia digna y equitativa. ¿Sabéis cuál es en verdad mi meta final? Deseo hacerme rico en un santiamén, bañarme en oro, saciar mi ambición y volverle la espalda a vuestras necesidades. Es por eso que busco siempre confundir vuestras consciencias con dogmas religiosos y elucubraciones intrincadas que jamás comprenderéis. ¿Y todo esto para qué? Para que os embrutezcáis más y más y me elijáis a mí.”

― Parece insoportable tanta sinceridad.

― En absoluto. Debes hacer un esfuerzo mayor para ver con claridad la lógica del asunto. La verdad no está oculta en ningún lugar. Nadie laposee ni nadie se la arrebata a nadie. Todo el mundo es sincero y humilde, y prefiere aparentar ser menos a aparentar ser más. Es por eso que nadie se toma al pie de la letra lo que oye o lee. El nivel de autocritica está muy desarrollado en la ciudad honrada. Por esa razón aque lugares como París, por ejemplo, siempre te ves obligado a dudar de lo escuchas o lees en los diarios, te ves en la necesidad de desconfiar de tu prójimo y de regatear sin antes haber escuchado el precio de un bien o un servicio que estás a punto de adquirir. En cambio, en la ciudad honrada debes añadirle valor a todo lo que constituye su existencia material y anímica.

― Ya voy comprendiendo el asunto― digo y me dispongo a encender un cigarro.

En ese preciso instante, llega el mesero a nuestra  mesa. Ambos nos quedamos esperando a que salude o presente un mínimo gesto de simpatía. Sin embargo, entrega indiferentemente nuestras bebidas, cambia el cenicero y desaparece sin musitar palabra.

― Eres afortunado. No todos lo hacen con tanta facilidad. Toma tiempo habituarse a sus honradas costumbres ― agregó Esti con indulgencia y bebió un sorbo.

― Grata experiencia, Esti, vivir entre gentes honradas. A propósito ¿por qué regresaste? ¿No estabas a gusto ahí?

― Me hallaba naturalmente a gusto en la ciudad honrada. Pero fui repatriado, absurdamente repatriado.

― ¿Cómo es eso?

― Cuando me presenté ante el oficial de inmigración para solicitar mi residencia definitiva en la ciudad honrada cometí un grave error. Dije: “Encantado, señor; igualmente encantado de estar en vuestra ciudad, he venido a jurar lealtad su gente y a su estado.” De inmediato, el oficial dedujo que yo era un sucio extranjero, imprudente e hipócrita, que se atrevía a mentirle sin ningún reparo en su despacho. Enfurecido, ordenó mi repatriación al instante. Yo no merecía vivir en la ciudad honrada, fue lo último que me gritó.

Al oír esto ambos soltamos a reírnos a todo pulmón. Los franceses de las mesas vecinas, embotados en sus meditaciones, en su soledad, voltearon a mirarnos con desprecio. Entonces nos carcajeamos aún más fuerte.

― Míralos, K. ― dijo Esti retorciéndose de risa sobre su silla ― los habitantes de la ciudad honrada de París.

La verdad era que me daba gusto volver a Kornél Esti. Pero no me atreví a decírselo en ese momento por temor a verlo regatear de inmediato mis sentimientos. Era un bello rencuentro.

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