Conversación con Kornél Esti (Segunda parte).

2.

Después de beber un par de copas más, Kornél Esti me propuso caminar por París. Nos dirigimos hacia La Porte de Saint-Denis, en el Xe Arrondissement, por donde antes de la Revolución solían entrar a la incipiente ciudad los monarcas recién coronados. Le habían hablado a Esti de un bar mélangé en el que se reunía todo tipo de gente. Indocumentados, mendigos, franceses de souche, franceses pobres, estudiantes sudamericanos, ancianos solitarios, punkers, lesbianas y todo cuanto emergía de las arterías de París. Esti quería conocer en persona el lugar. A lo mejor, me dijo, ahí le vendría una buena idea para escribir y entregarse por fin a un nuevo proyecto tras años de inactividad.

Kornél y yo, en el bar Le Sully.
Kornél y yo, en el bar Le Sully.

― Es un sitio repugnante ― dije mientras me instalaba a tropiezos en la diminuta mesa que habíamos seleccionado. El lugar era, como era de esperarse, minúsculo y en sus escasos cuarenta metros cuadrados se aglomeraban varias decenas de individuos.

― No ― respondió Esti con enojo ― acabamos de llegar. Estamos obligados a esperar. Ya pasará algo.

Así pues, decidimos esperar. Ordenamos las bebidas y encendimos par cigarros. Esti miraba en todas direcciones con inmensa curiosidad.

Absorbía la atmosfera del recinto. De vez en cuando veía yo pasar entre nuestros zapatos ratoncillos corriendo desesperados al encuentro de las sobras de un Kebab. En la mesa vecina, teníamos a un grupo bastante particular. Cuatro hombres mayores, turcos, bien vestidos, limpios y hasta –podría afirmarse- de buenos modales, se encontraban en compañía de dos chicas muy jóvenes, bastante alicoradas y excitadas. La una era una rubia francesa, bella, delicada y sensual en su inocencia; la otra era una amerindia del Perú, carnal, redonda y salvaje en sus pulsiones. Ambas llevaban besándose apasionadamente más de un cuarto de hora; sus manos escarbaban por debajo de sus vestimentas con desesperación, como si quisiesen alcanzar un punto remoto y privilegiado en las honduras de sus carnes. Desde donde estaba podía escuchar la respiración entrecortada de ambas. Esti no les quitaba el ojo de encima ni un segundo. Era un espectáculo grotesco y triste al mismo tiempo. Los turcos que las acompañaban, sobrios todos, sólo las observaban con indiferencia y permanecían en silencio mientras tal demostración de sensualidad tomaba lugar. En su paciencia se advertía una completa calma, y tras ella se escondía la certeza de que aún no llegaba su momento de actuar. Ellos aguardaban su bout de la nuit.

― ¡Voilà Le Sully! ― dijo Esti muy alegre ―décadas atrás este lugar era un antro árabe de juegos de azar ― agregó tras una breve pausa ­― lo que llaman, bien habrás de saber, un tripot, santuario de obreros, zona de congregación de solitarios, gente marginal y herida, en fin, espectros provenientes de los submundos parisienses ― esto último lo dijo mientras volvía su cara hacia el otro lado para observar en la otra mesa a un senegalés que mordía la nuca marmórea de un adolescente francilien al que rápidamente una lengua y una dentadura africana iban despojando de su pureza ― y ahora mismo lo puedes corroborar, querido K., el tripot se ha convertido en un excelso templo de la democracia y la transculturalidad. ¡Es hermoso! ¡Brindemos por eso, querido amigo!

Y ahí estaba yo, otra vez, junto a Kornél Esti esperando a que sucediera algo. Llevaba meses sin verlo, un año completo en el que había

conseguido mantenerme al margen de su influencia y su ingenio. Lo echaba de menos, cierto es. Pero no por eso ignoraba lo estimulante y dolorosa que me resultaba su compañía. No había ninguna persona, como Kornél Esti, que lograra olfatear con tal facilidad todos mis temores y debilidades. Diseccionaba mi interior con la habilidad de un cirujano. Yo odiaba el hecho de que siempre terminase demostrándome, valiéndose de sofismas y argucias, que yo no poseía ningún tipo de talento. Leía siempre mis poemas con infinito desdén. Fue a él a quién confié la lectura de mis primeros textos, a la edad de diez y siete años. Mientras leía en voz alta el desastre rítmico de mi poesía, al final de cada verso se detenía para escupir o fingir que era presa de poderosas arcadas; cuando hacía esto, ubicaba ambas manos en la parte baja de su vientre, doblaba espalda y rodillas, emitía sonidos onomatopéyicos de todo tipo y decía ― Sólo eres un gran narizón y no tienes nada qué decir. Acéptalo de una buena vez―. Hubo veces en las que se arrojó al suelo y estuvo revolcándose ahí un cuarto de hora, como una lombriz cubierta de sal, retorciéndose y dejando escapar sonidos incomprensibles. Es cierto que me abordaba un sentimiento de injusticia con relación al modo en que Esti reaccionaba frente a lo que yo escribía; al fin y al cabo yo le revelaba mi intimidad y su agresividad era evidentemente innecesaria y desproporcionada. Sin embargo, en momentos así, me quedaba paralizado sin encontrar qué responderle, porque algo en mi corazón se tranquilizaba al enterarse de la verdad oculta detrás de mis poemas, la cual él develaba con facilidad. Kornél Esti no ama nunca; sólo consume. Su capacidad para ridiculizar es inconmesurable. Así son los grandes talentos.

Al cabo de un año, regresaba a París y veía yo, desarmado ante su carisma, cuan imposible me resultaba resistirme a su personalidad. En el fondo, hacía tiempo que añoraba hablar con él. Por eso le había escrito e incluso había telefoneado a un par de hoteles en Budapest. Cargaba en mi interior la urgencia de hablarle sobre ciertos asuntos personales que hasta esa noche no me había atrevido a confesarme a mí mismo.

No hay duda que desde el primer momento él había notado mi inquietud. Pero prefería ignorarla por completo. Aún no era el momento indicado para adentrarnos en esos terrenos. Así que de momento me veía obligado a beber y esperar. Tras una profunda inhalación, Esti introdujo varios litros del viciado aire del Sully, sacó su estilógrafo, abrió su libreta y, con el semblante colmado de arrogante suficiencia e inspiración, se puso a escribir. Así se pasaría las próximas cuatro horas, escribiendo, haciendo muecas, retorciéndose las falanges, escupiendo, intercambiando una que otra frase con algún vecino ebrio, y fumando frenéticamente.

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