Conversación con Kornél Esti (Tercera parte).

― Muy pronto cumpliré treinta años ― digo con la voz un tanto debilitada una vez quedamos completamente solos sobre el Boulevard Saint-Martin. Camínanos hacia Place de la Republique, y es la única frase que puedo decir después de todas estas horas pasadas junto a Kornél Esti. Todo el licor ingerido y el frenesí creativo lo han dejado un tanto exhausto; no será él quien inicie esta conversación.

― Y ya me siento muerto… casi por completo ― agrego al cabo de medio minuto de silencio; cierro la frase lleno de hastío hacia mí mismo y me preparo para la respuesta de Esti como un púgil acorralado, plenamente consciente de que el cuerpo que tiene en frente representa la inminencia de una avalancha de golpes mortales.

― Y entonces era inevitable, eh, estimado K. ― replica con los primeros destellos de sorna dibujándose en su cara. ― A ver, criatura, déjame ver… ¡Ya está! El infante se niega a crecer. No consigue renunciar a sus fantasías uterinas… ¡Vamos K! También cumpliré treinta años el próximo mes. ¿Y qué con eso? ¿Acaso ves que se me desprendan las muelas o que me falte presión en la próstata? No, nada de eso, micciono a la perfección. Mis pulmones se inflan con la misma potencia y flexibilidad de hace quince años. ¡Qué infantil eres K.! ¿Es que no lo ves? Pasas últimamente  leyendo tantas tonterías. De una manera u otra, cada libro es siempre una impostura. ¡A los treinta años ya deberías tenerlo bien grabado en los sesos!

Acto seguido da un paso al costado, se pone frente a un sauce, abre la cremallera de su pantalón con delicadeza, y descarga el contenido de su vejiga sobre el tronco mientras deja caer hacia atrás la cabeza. No hay una sola alma alrededor, París es menos bulliciosa ahora; en consecuencia el sonido del chorro impactándose contra la corteza del árbol se escucha como si fuese una catarata.

― Hace años leí ― casi hablando para sí mismo ― que  una tarde, al miccionar frente a los pronunciados acantilados del mar Egeo, Tales de Mileto descubrió que todo era agua. Me encanta creer ese tipo de cosas… porque así de vulgar e insignificante acontece la vida.

Lo dijo con los ojos cerrados, su rostro apuntando hacia el cielo, bañado por los destellos lunares, y con una amplia sonrisa malévola surcando sus mejillas. Kornél Esti nunca se deja ganar por la melancolía.

― Cállate. Basta de majaderías. Sabes de qué hablo.

― Oh… entonces es de eso que quieres hablar, estimado K. De tu obra, ¿no es cierto? ¿du souci de l’ouevre?

Enseguida dejó escapar una carcajada seca y estruendosa al tiempo que reacomodaba su falo en el interior de su pantalón.

― Tres décadas y no he hecho nada de valor. Nada publicable. ¿Ves de lo que hablo, húngaro infeliz?

― Pues bien ― poniéndose de nuevo en marcha ― hace ya mucho tiempo que estás muerto.

― ¿Eso crees?

― Hace años que lo veo. Escucha, Wilde dijo en una ocasión que a los dieciocho años ya había concebido todas las ideas que darían sustento a la cosmogonía de su programa literario. Tenía claro, al llegar a sus veinte años, que en lo venidero debía dedicarse exclusivamente a poner todo su talento al servicio de dichas ideas. Muy listo el irlandés, ¿no crees?

― Posiblemente, pero como era vanidoso también era inevitable que hablase más de la cuenta. Por mi parte, nunca he aspirado a ser Wilde ni ningún otro.

― ¡Muy astuto, K.! No lo sabes pero en el fondo sí sabes que aspiras a ganarte una placa en el Hall de las estrellas de literatura universal. ¿No te das cuenta de lo absurdo que es el mero hecho de mencionarlo?

― ¿Entonces de eso se trata? En adelante, ¿sacar provecho de las ideas que alcanzaron a empollarse en mi cerebro de veinte años?

― Que no es gran cosa, por cierto.

No sólo de sus frases ni de su boca salían disparados chorros de sarcasmo. También de su cuerpo entero. Sus ojos ardían como si todo el licor de los vermut ingeridos se estuviese ahora quemando en ellos.

― Las pocas que he tenido no han sido ideas ni muy originales ni muy profundas. Y tampoco poseo el talento suficiente para elevar la fuerza de esas migajas conceptuales a un nivel que me permita crear algo aceptable, por lo menos. ¡Qué triste!

Al oír esto, Kornél Esti inclino la frente y siguió caminando en completo silencio. Parecía que se apiadaba de mí. Seguimos avanzando en completo silencio por varios minutos. A pocos metros de la plaza, Esti seguía inmerso en el mismo silencio. Entonces entendí que precisaba una respuesta de su parte antes de que se adentrara en los túneles del metro y no volviera a verlo en mucho tiempo. El amanecer despuntaba y el estertor de los primeros trenes del día ya estremecía el suelo parisino. Debía formular la pregunta adecuada.

― ¿Qué me queda entonces? ― pregunté buscando atentamente su mirada clavada en el asfalto.

― Después de su muerte, a los treinta años, a un pseudo escritor como tú o yo no le queda más que la promiscuidad de las letras, leer, succionar todo cuánto es digno de ser leído. ¿Sabes? Empleas el término obra con una ligereza que me pone de muy mal humor. Escucha con atención: no quiero volver a leer nada escrito de tu mano mientras sigas pensando en construir una obra en el sentido clásico de la palabra. Es absurdo, una completa enajenación. ¡Me averguenzas!

― ¿Entonces qué debo hacer, qué puedo construir?

― Se puede construir, al cabo de mucho tiempo y esfuerzos esporádicos, una suerte de unidad compuesta por una serie de muchos fragmentos diseminados sin orden alguno… vivencias, querido K., para no ir más lejos, vivencias, amontonadas tal y como las va depositando la vida a tu alrededor.

― Vivencias…

― Sí, fragmentos de existencia en los que se ha logrado la captación de una cierta poesía.

― Difícil componer una novela así, sobre una base narrativa meramente anecdótica. Carecería de mérito porque no habría ningún tipo de trabajo trás ella.

― ¿Una novela? ¿Trabajo? ¡Qué tonto eres! Lo máximo que podrás escribir es una suerte de biografía novelesca, como un álbum de fotografías, sin ningún tipo de trama sicológica ¿ves?

― Lo veo y no lo veo.

― La novela es un género decadente, moribundo. ¿Quién querría conocer hoy la intimidad, miserable o grandiosa, de la vida interior de un ser forjado con palabras? Sólo tontos como tú.

― Puede que tengas razón.

― Abre los ojos, querido K. Ya lo dijo Kosztolányi: escribir siempre como se escribe un telegrama.

― Prefiero leer.

― Pues entonces lee.

―Pero… leer así, en esas condiciones, resignado, maniatado.

― ¿Y qué otra cosa puedes hacer cuando careces de la fuerza suficiente para imponer tu visión de las cosas en el mundo?

― No lo sé.

― Pues yo sí ― dijo levantando la voz ― y está muy claro. Debes aceptarlo todo.

― No veo la necesidad intrínseca para que sea de ese modo.

― ¿Intrínseca? ― preguntó a carcajadas ― ¿de qué demonios hablas, K.? Déjate de eso ya y mira tu vida directamente a los ojos. Entonces sabrás que es totalmente innecesario ponerte a fabricar explicaciones con palabras que no conducen a ningún lado. ¿Sabes que te espera?

― Quiero disciplina, consagración al trabajo… todas esas cosas son dignas, dan sentido a la vida.

― ¿La vida? A media que la comprendes ves lleno de extrañeza que en las tautologías de la sabiduría popular parece esconderse una lógica aplastante. Nunca estuviste destinado a crear nada, querido K. ¿Por qué? No lo sé. Sólo sé que siempre he sabido que es así. ¿Ves?

― Patrañas.

― Estás muerto, amigo. En adelante, esta será tu condena, la de los hombres sin talento: saberte contenido en todo cuanto leas. Porque cada intuición, cada sentimiento, cada vivencia, ha estado ya contenida previamente en otra psiquis, ha sido trabajada y depurada por otro talento. Sólo queda la vulgaridad, el impudor, saberte siempre comprendido en algo más, deducido en algo más, vivido por algo más. Confesiones; sí, sólo eso, nada más que reverentes confesiones, porque es eso justamente lo más digno que puedes hacer cuando en una mísera página toda esa confusión de sentimientos y hechos que forma tu vida se devela ante tus ojos bajo una forma sensible, ordenada y previamente sometida a los cálculos de otro. No queda más que aceptar y confesar. Porque en el fondo no eres nada. No has sido capaz de generar ningún contenido lo suficientemente compacto en sí mismo como para resistir el juicio de un entendimiento capaz de penetrar a fondo su materia. Es una aberración llevar una vida así: intentar alcanzar algo, dirigirse hacia algo que te llevará siempre años luz de distancia, una ventaja infranqueable… algo que jamás podrás anticipar. !Es una monstruosidad! Es posible que precisamente a eso se refiriera Zilahy, estimado K., cuando pensaba en las cárceles del alma. En todo caso, cada vez escribo más y más para odiar más y más la literatura.

― Es un panorama desolador.

― De nuevo te equivocas. Aún te queda campo de acción. Cuando dejas de ver con los feroces ojos de la ambición, te conviertes en alguien capaz de sopesar con mucho más precisión sus posibilidades. Pronto daremos por terminada esta conversación sin sentido.

― ¿De qué hablas?

― En uno de mis viajes a África, descubrí un animal espantoso, vil, sucio, pero también grandioso. Tú alma es como ese animal; por lo menos así se presenta ante mis ojos, querido K. No es un reptil ni una rata ni un primate, no obstante, tal vez, siendo un ave, en él se condense lo peor de todos éstos. La Cigüeña Marabú… la carroñera de los carroñeros, criatura siniestra, roba a las hienas y los buitres despojos de carne en descomposición. Es un animal poderoso y voraz. Su pico podría partirte en dos el esternón de un solo golpe.

Cigüeña Marabú
Cigüeña Marabú

― La carroñera de los carroñeros…

―Sí, y ese es el limite de tus aspiraciones… pues teniendo un alma carroñera no serás otra cosa que un escritor carroñero. No hay más.

Como siempre Kornél Esti hacía gala de su ingenio para herir lo más mortalmente posible mi vulnerable dignidad de escritor.

 ― Con que un escritor carroñero ― le repliqué con una mueca de amargura y a la vez de admiración ― y robar todo cuanto pueda de los grandes talentos para luego regurgitarlo en palabras y frases descompuestas. ¡Vivir así! !Robando a las hienas!

― Ni más ni menos.

― Kornél Esti, bárbara sabiduría la tuya ― le dije mientras le estiraba la mano para agradecerle por la respuesta de aquella noche.

― Un día, un texto, un poco de Ibsen mezclado con unas gotitas de Cioran, un poco de sicología narrativa rusa… y así, hasta agotar todas las posibilidades.

― ¿Qué tal un poco del burguesismo de Thomas Mann cocido con la inhumanidad de Borges? ¿O la ridiculeces sentimentales de Neruda con las búsquedas identitarias de Semprun?

― Sí, sí, lo que quieras… pero calláte ya.

― ¿L‘écriture ou la vie, Kornél Esti?

Nos detuvimos unos instantes en medio de la plaza. Kornél le dio la última calada a su cigarro, lo arrojo a los pies del gran monumento que nos acechaba desde lo alto, se quedó mirándome fijamente unos segundos, posó su mano sobre mi hombro y dijo: uno siempre espera un gesto, una señal proveniente de alguien más que te sugiera un rumbo a seguir. Tú sabes, este tipo de naderías. Por eso he pasado por París.

― Esta noche has cumplido bien tu misión.

― Ha llegado mejor el periodo de tu vida, K. También el mío. Podrás construir algo, como farsante, como Cigüeña Marabú, pero al fin y al cabo: algo. Ahora empieza la vida de verdad. Serás como todos los demás. La disfrutaras más a fondo. Tómalo todo, querido K., porque ese es el tipo de cosas que no se le perdona a la gente sin talento: dejar pasar la vida en vano. Todo lo demás son temores sin fundamento.

Dicho esto, Kornél Esti estrechó nuevamente mi mano y agregó: nunca volveré a este lugar. Intentaré establecerme en la ciudad honrada. No puedo mentir más. París… bueno, tú lo sabes ya, querido K… Esta vez no debes restarle valor a lo que he dicho. He estado aquí pero todo el tiempo ha sido como si estuviese más allá.

― Adiós, viejo amigo.

― Adiós, querido K.

Entonces lo vi alejarse paso a paso, penetrar dulcemente en la niebla del amanecer y fundirse en la fresca bruma matutina con su traje blanco impecable. Esa fue la última vez que vi a Kornél Esti.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s