Haneke y Márai: Napló 1984-1989 y Amor.

Sobre lo que el cine sugiere y la literatura disecciona.

1.

HANEKEEn el semanario francés Télérama, Pierre Murat escribió una airada crítica sobre el último filme de Haneke, ese que acaba de recibir la estatuilla americana a mejor película extranjera, el mismo que en mayo de 2012 obtuvo también la Palma de Oro. Visiblemente molesto –seguramente por la crudeza y la honestidad del libreto-, acusa al director austriaco de cometer una falta de amateur. Esto es, de haber rodado un largometraje en el que se muestra algo que todo el mundo sabe ya, una verdad que hasta el más distraído puede intuir. Una total banalidad, anota Murat, justamente la de saber que un día, viejos y acabados, todos terminaremos postrados, impotentes, con la personalidad muerta, cagándonos encima, enchufados a un respirador, fastidiando a nuestros hijos, devorados por el cáncer, es decir, convertidos en piltrafa. Una morbosidad gratuita, insiste el crítico, revestida de frialdad e insensibilidad, la que despliega la pelicula Amor.

Se trata de una banalidad, ciertamente. Pero no la de Haneke, sino la de Murat, el cual no pudo ver más allá del drama meramente físico de alguien que está a punto de extinguirse. Porque –y está casi que de más decirlo- la propuesta de Haneke no apunta a reproducir lo que a diario reproducen las emisiones y documentales sobre emergencias médicas o enfermedades raras que llenan de pánico a la población menos informada. Es, en fin, absurdo creer a Haneke capaz de algo tan absurdo.

Su propuesta es otra. Se trata de dar una mirada a lo que debe enfrentarse el otro, la pareja, el compañero de toda una vida, el que sobrevive, igualmente anciano y fatigado, también a punto de pasar al otro lado de la vida, que contempla impotente la degradación y el morir de ese otro que está ligado íntimamente a su existencia. Todo lo anterior puede expresarse con relativa sencillez, pero no por ello resulta banal. El problema reside en que para verlo con claridad y entender el drama del que sobrevive, es necesario poseer una óptica que se sitúe más allá de la vida. Y esto es de lo que carece Murat, sin duda: su miopía. Lo contrario a Márai quien afirma: «Un tremendo vacío, como si estuviese viendo la vida desde la muerte.» Ser muy viejo, a fin de cuentas.

Sin embargo, y por fortuna, para eso existe la literatura. Para facilitarnos ese, digamos, tipo de ópticas. Vivir a través de otros, precisarían algunos.

Y, en efecto, nada mejor para ilustrar lo que acabamos de postular que el conmovedor testimonio dejado por Sándor Márai en el último volumen de sus diarios, publicado por Salamandra en 2008 y traducido del húngaro por Eva Cserhati y A.M. Fuentes Gaviño.

Esta lectura, la cual le produjo extraños sueños a una muy estimada colega, presenta al lector el desolador panorama de los últimos cinco años de vida de este autor, tal vez los más miserables de su existencia, entre 1984 y el 21 de febrero 1989, fecha en la que se dispara en la cabeza.

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Márai y su hijo adoptivo Janos, en 1986.

Colmado de reflexiones sobre la literatura, la actualidad, la sociedad norteamericana, la soledad, la pequeñez del hombre, la muerte y la vejez, éste es un texto que facilita al lector un contacto íntimo con la voz de un tipo de escritor extinto ya, un último representante de la Mitteleuropa. Nacido en 1900, educado en el seno de una familia burguesa de la Alta-Hungría, Márai recorrió casi todo el siglo XX, sobrevivió a sus dos guerras mundiales y permaneció en el exilo más de la segunda mitad de su vida. Estos diarios son el testimonio de un escritor completamente olvidado que espera el fin de sus días fortalecido por la vitalidad que le inocula un escepticismo radical.

Aunque, por otro lado, son también el testimonio de una tragedia personal. Sándor Márai, al igual que Georges, el marido de Anne, en el filme Amor, tuvo que ver con espanto cómo la mujer de su vida se descomponía progresivamente en un morir atroz, en el momento en que a él mismo le empezaban a faltar las fuerzas y se disponía a cruzar, sin temores ni nostalgia, el umbral hacia la nada. «La muerte como un último regalo.»

Uno de los pasajes más desgarradores del mencionado volumen lo constituyen las entradas correspondientes a los tres últimos meses del año 1985, cuando Ilona Márai, Lola, empieza a morir. Para aquellos que han tenido ya acceso a los Diarios y acaban de ver Amor, las similitudes –también las diferencias- saltan a la vista. Este último es un filme que se desenvuelve, sin quererlo, en una atmósfera innegablemente maraiana. Por lo menos, ambas obras se sugieren.

2.

Sándor y Lola, el día de su boda en 1924.
Sándor y Lola, el día de su boda en 1924.

La pareja Márai es un matrimonio de sesenta y dos años. Bodas de diamante. Ambos han vivido todo este tiempo juntos entre París, Budapest, Suiza, New York y Napoles. Desde que abandonaron su natal Hungría en 1948 no han regresado. El bolchevismo no se los permite: Lukács ha convertido a Márai en el mejor ejemplo del escritor burgués decadente que el Partido tiene por enemigo del pueblo magyar. Viven sus últimos años en San Diego, California. Sí, contradictoriamente, Norte América, una sociedad que Márai juzga como no apta para seres humanos.

Él, el escritor, experimenta un dolor casi insoportable cuando ve apagarse el alma de la mujer que durante seis décadas ha sido la primera en leer todos sus escritos; la mujer por la que ha escrito todo, ha de confesar más tarde, presa de la desesperación. Ella, «un ser maravilloso» por el que siente una inmensa gratitud, tiene que ser internada en «un vertedero institucional», un hospital para ancianos moribundos.

Desde entonces, la degradación de su salud se acelera monstruosamente. Los médicos diagnostican «senilidad», se inicia lo que la misma enferma denomina una «situación imposible». Un drama mortal, para ambos.

En el momento en que entiende lo que está ocurriéndole, Lola pide morir, repite en medio del desvarío «die, die, die»; su personalidad se va esfumando con lentitud, pierde el habla, un carcinoma brota sobre un costado de su cuello, la alimentación por sonda parece inminente. Y este estado «absurdo y cruel» se prolonga por semanas, meses. Una noche, durante uno de esos últimos instantes de lucidez, ella toma la mano de Sándor y le dice: «Qué lento muero». Y esta frase, que retumba con toda su fuerza, genera una sequedad en la garganta y un silencio en el alma que es más hondo que la pulsión del llanto.

Mientras tanto, Márai permanece a su lado, en silencio, sin protestar, luchando por conservar sus propias fuerzas; sabe que no le está permitido huir, sería una gran «cobardía», no tiene «derecho a escapar»; espera poder «aguantar mientras ella lo necesite». No puede hacer otra cosa que cuidarla, asistirla, entenderse con los médicos, demostrar que cuenta con los fondos suficientes para costear una eventual hospitalización de meses. Pasa la noche solo en casa, desvelado, y cada mañana regresa al vertedero institucional a ver cómo se va perdiendo en la nada su fiel compañera. Sólo le resta esperar y contemplar con horror eso que la sociedad norteamericana le ofrece a su moribunda mujer: «una muerte consumista».

Sin embargo, por momentos, a pesar de esta ignominiosa condición, parece que el amor resurge, intenta oponerse a la humillación de una

Ilona Márai, en 1948, poco antes de abandonar Hungría.
Ilona Márai, en 1948, poco antes de abandonar Hungría.

muerte así: «Está muy guapa, la belleza del óbito es más convincente que la de la juventud, es la belleza victoriosa de la plenitud femenina.» A medida que Lola se aleja de la realidad y se deja caer en el abismo de la inconsciencia, Márai la redescubre, como si volviese a quererla. ¿Lo imposible del adiós?

Tras semanas de padecimientos, el único consuelo lo constituye la esperanza de que Lola recupere un poco las fuerzas y pueda regresar a casa para que ambos puedan «morir juntos»; es la última fe de Márai, poder volver a estar con ella, desvanecerse a su lado en un acto que entiende como la consumación final de su amor y su lealtad. Todo lo demás le parece despreciable y vacío; le avergüenza seguir con vida:

«Noviembre 10

…Si recuperase las fuerzas hasta el punto que se me permitiera trasladarla a casa, lo único que me motivaría a hacerlo sería estar juntos hasta el último momento. Pero en su estado actual no hay que contar con ello, y por otra parte es probable que yo no fuese capaz de cuidarla, medio ciego como estoy y agotado después de estos siete meses en que llevo atendiéndola día y noche. Ando muy inseguro incluso con el bastón, así no podría levantarla, ni sentarla, etc. No hay nada más que hacer. Sólo lo que ha ocurrido: el hospital, cuidarla allí, esperar a que se recupere o se duerma. Tenemos la misma edad, hemos vivido la vida entera (ochenta y seis), si el destino es piadoso moriremos juntos, lo que sería un gran regalo.»

Pero el destino no será piadoso, de ninguna manera. Todo irá peor. La vida les negará ese último gran regalo. Ahora los médicos empiezan a advertir: «She’s giving up.» Y se abren paso las escabrosas reflexiones:

«Noviembre 26

…Falta de perspectivas, desesperanza en todo, no hay indicaciones, todo está oscuro. Voy a ciegas en las tinieblas, soportando la lluvia. Tal vez haya sido un error esperar tanto; habríamos tenido que irnos antes, a la vez.»

¿Haberla matado en un último gesto amoroso, de amistad y de respeto? Márai se sabe incapaz de tal cosa. Abraza su destino, dice, se resigna ante la realidad. No es el caso de Georges.  Además, a Márai se le hizo tarde. ¿O es el del Georges otro tipo de amor? Lo claro es que son dos caracteres diferentes. En todo caso, Georges no se hallaba tan débil cuando Anne empezó a morir. ¿Dejar que otro conduzca a Lola a la muerte? Tampoco:

Lola, con el único hijo de la pareja Márai el cual sólo vivió siete semanas.
Lola, con el único hijo de la pareja Márai el cual sólo vivió siete semanas.

«Diciembre 30

No puedo aceptar el mercy killing, no me siento con fuerzas suficientes para la eutanasia. Sigo oyendo una voz que repite como un disco rayado: todo será diferente.»

¿Diferente? ¿Es porque aún vive el amor? Posiblemente. No obstante, días atrás, esta entrada resulta también sorprendente:

«Diciembre 24

… Si estuviéramos en casa acabaría con los dos. Aquí no puedo hacerlo. Tal vez sea pura cobardía.»

¿Sería justo afirmar que Georges no es cobarde y Márai sí? Ambos toman decisiones opuestas. Tal vez a Georges le quedaba algo más que Anne. No a Márai. ¿Por esa razón se negó a perder lo último que le quedaba? En ambas decisiones hay valentía; tanto para liberarse a sí mismo al liberar al otro de su miseria como para permanecer inmóvil observando la realidad destruyendo lo poco que queda de vida.

3.

Hasta que sucede lo inevitable. Lola muere el 04 de enero de 1986. Semanas después, sus cenizas se dispersan en el océano. Márai vive, increíblemente, tres años más. A pocas semanas de que él mismo termine en una residencia para ancianos, se salva a sí mismo de lo que no pudo o no fue capaz de salvar a su amada Lola. Escribe a su editor una última nota:

«Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándor Márai.»

La última entrada de su diario del 15 de enero de 1989:

«Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa pero tampoco quiero aplazar nada a causa de mis dudas. Ha llegado la hora.»

Poco semanas después acabaría el drama del que sobrevive. El suicidio como último acto de dignidad. ¿Una banalidad?

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