Sándor Márai, un perfil.

Retrato de Márai realizado por Lajos Tihanyi en 1924.
Retrato de Márai realizado por Lajos Tihanyi en 1924.

La literatura está plagada de amistades entrañables entre escritores. Franca camaradería, apoyo económico, prólogos que elogian, solidaridad en las desdichas, diálogos epistolares que iluminan sus obras, adhesión conjunta a causas políticas, penetración en círculos influyentes. Sin embargo, con los húngaros esto parece funcionar a la inversa. Al igual que el de su pueblo y su lengua, el escritor húngaro sabe que su destino natural es la soledad y el aislamiento. En Europa se reconoce al pueblo magyar, mitad occidental, mitad oriental, entre otras cosas, por ser una casta de suicidas consumados.

Sándor Márai admiraba profundamente a Dezso Kosztolányi, insuperable estilista, traductor de Cervantes y Shakespeare. Este último enriqueció como ningún otro su idioma a través del dialogo con un buen numero de lenguas europeas. Márai tenía plena consciencia del tamaño de su proeza. Pero a pesar de esto, no eran amigos. Estos dos gigantes de las letras húngaras vivían en el mismo barrio de Krisztina. Se cruzaban casi a diario. Se profesaban mutuo respeto y Márai creía que todo lo que su vecino escribía era sencillamente perfecto. Kosztolányi visitaba regularmente el inmueble donde habitaba Márai. Pero no para verlo a él porque Sándor no gustaba de tenerlo como invitado. Ni a él ni a ningún otro escritor. Márai no creía en la amistad entre escritores. Estaba convencido de que un verdadero escritor debe estar siempre de cara a su obra y en comunicación con la de otros creadores. Lo demás no es más que ridícula cortesía. Entre dos escritores, sostenía, debe existir siempre cierto grado de desconfianza precisamente porque entre ellos opera un alto grado de curiosidad.  Y en este punto Kosztolányi se mostraba completamente de acuerdo. Por ende, fueron contadas las veces que cenó con los Márai. Y lo que en esas veladas sucedía era inusualmente gracioso por su toque absurdamente teatral:

«En tales encuentros nos sentábamos a la mesa cubierta con un mantel blanco, rígidos y educados, pero no hablamos de literatura. Eran ocasiones raras y siempre forzadas.» Dos escritores que comen juntos y tácitamente acuerdan no hablar de su oficio. Bastante raro. Pero así, en general, son los intelectuales húngaros, hombres orgullosos, solitarios, cómodos en la medida en que reine entre ellos y la realidad una cierta distancia. Así fue Márai, por lo menos. La suya fue una soledad añorada, vivida sin ambages, sin arreglos ni tratos de última hora con el mundo; sin remilgar, la vivió como una totalidad interiorizada plenamente que engrandeció su obra y su biografía. Para entenderlo, hay que penetrar al mismo tiempo en ambas.     

A primera vista, su vida puede parecer fría, desapasionada, rutinaria, plana; casi como la de Borges, la de un hombre que aspira a ser más espíritu que carne. La de un burgués típico que, gozando de una posición muy favorable en el mundo, juzga todo a partir sus propios principios. Una existencia que delata a un alma severa e insensible, de pocos amigos que, sin herir a nadie, apenas  alcanzar a querer a su mujer. Como un Flaubert, podría decirse. Coetzee, que sólo alcanza a atisbar la superficie de su personalidad, ve una actitud imperdonablemente cínica en un Márai que, en lugar de lamentar la falta de imaginación y energía creativa de la burguesía europea frente a los problemas del siglo XX, se reprocha no haber disfrutado más la vida, no haber explotado a fondo los medios de que disponía para ser feliz. Visto así, Márai nos resulta una figura odiosa, un individualista despreciable. Un escritor clasista que se negó a renunciar a los valores de una clase social que cruzaba enferma de muerte el umbral del siglo XX.

No obstante, hay que hilar más fino. En efecto, su vida no está secundada por grandes peripecias ni aventuras como la de otros autores que conocieron tormentos físicos, enfermedades o encarcelamiento, como Dostoievski; o como Byron, que pisaron el campo de batalla y tuvieron una muerte heroica. Márai, que no fue un hombre de acción, vivió en un periodo de grandes cataclismos históricos. Pero le correspondió vivirlos como testigo, a cierta distancia de los hechos. A los dieciocho años, la Primera Guerra mundial lo tocó apenas de soslayo. Nunca estuvo en el frente. Vio la barbarie desde la tribuna. En los años veinte recorrió y escuchó a la desolada Europa de la post guerra. Entendió que del humanismo europeo sólo quedaban escombros. En los años treinta, contempló la virulenta gestación del fascismo al que sin titubeos condenó. Pero al mismo tiempo, de vuelta en Budapest y ya un autor prestigioso, disfrutó de la fama, del dinero y las comodidades que le facilitaban los honorarios de sus publicaciones. Engendró un hijo pero, enfermo, falleció a los pocos meses. Episodio doloroso pero sin mayor trascendencia en su vida. Luego se inclinaría por una adopción. Durante años se comportó como un escritor urbano, conducía su propio vehículo, jugaba al tenis en las mañanas, pasaba las tardes leyendo los periódicos de café en café, al final de la tarde pasaba a donde el masajista para luego terminar la jornada con un relajante baño termal. Sólo en las noches escribía. Más tarde, en el exilio, maduro, lejos de su mundo, Márai reconocería haber sido todo ese tiempo una caricatura del burgués genuino.

La felicidad no tardó mucho en esfumarse. La Segunda Guerra mundial llegó a Budapest y tocó con obuses y ráfagas a la puerta de su casa en la calle Mikó. Para entonces Márai y su mujer ya habían abandonado la residencia y se encontraban a salvo a varios kilómetros de donde se estaba dando la carnicería entre nazis y comunistas. En su refugio, conoció al homo sovieticus del que, confesaría luego, lo separaba una alteridad insuperable. Un regimiento del Ejército Rojo se instaló en su propiedad por varias semanas. Y aunque convivió con soldados de todos los confines de la rusa revolucionaria, nunca fue agredido. Su dignidad de escritor consagrado le sirvió para hacerse respetar por los rusos y entablar con éstos relaciones humanamente aceptables.

Después, con Hungría en manos de Moscú, vendría la dura época del ostracismo y el exilio definitivo, y con éste, el peregrinaje por el resto de su vida entre Suiza, Estados Unidos e Italia. No es mucho lo que se sabe sobre este periodo ―casi la segunda mitad de su vida― pero está claro que fueron años de cierto activismo político, de profunda soledad, largas horas de lectura, retraimiento del mundo de las letras, y de una entrega absoluta a la literatura. En 1956, Márai alcanza a llegar a Europa entusiasmado por el ilusorio triunfo de una revolución que estaba siendo reprimida sangrientamente. La decepción fue enorme y lo llenó de amargura. Hacia final, el aislamiento se agudiza, desaparecen todos sus seres queridos, lo aterra la decadencia física y, ante la posibilidad de ser internado en un hospital para ancianos desamparados, pone fin a sus días con una bala en el cráneo. En 1989, pocos antes de caer el Muro, sólo unos cuantos húngaros estaban enterados de quién era Sándor Márai. Murió siendo un escritor prácticamente desconocido. La celebridad y la influencia de que había gozado durante los años treinta habían sido borradas por la propaganda. Su redescubrimiento en occidente tardaría todavía años en hacer eclosión.

Según cálculos serios, tras el boom editorial de principios de este siglo, a la fecha se han vendido más de treinta millones de sus libros en todo el mundo. Todo un fenómeno. ¿Cómo explicarlo? En el fondo, muchos otros escritores, provenientes de su misma región, tuvieron destinos mucho más trágicos que el suyo, lo cual otorga, digamos, un valor agregado a sus obras. Actualmente, Márai es más leído que Kertész, sobreviviente al exterminio nazi y nobel de literatura. Hay quienes sostienen que se lee precisamente por eso, por ser judío y haber sobrevivido. Pero Márai no conoció campos de concentración ni era judío. Entonces, ¿dónde está el truco? Un destino trágico no es garantía de una obra excelsa. Debe necesariamente haber algo más. Una particularidad difícil de precisar. Posiblemente la magia consista en la estrecha la relación que se guardan la vida que acabamos de esbozar y la obra que emanó de ella.

Márai fue un hombre solitario que, en el fondo, no amó nada más que a su propia pasión: la literatura. Durante los últimos años de su vida, directores de cine, prestigiosos diarios de Budapest, respetadas casas editoriales, la misma Asociación de Escritores de Hungría, periodistas, todos lo invitaban en coro a volver del exilio. Pero sus ruegos no conseguían conmover al anciano escritor radicado en San Diego, California, que sólo esperaba pacientemente a la muerte y, entre tanto, consagraba sus últimas reservas de lucidez para despotricar del nuevo género de la literatura industrializada. Le prometían recibimientos con bombos y platillos o con la discreción que se debía a un autor de su talla; él sólo tenía que escoger. Pero era inútil. Márai declinó siempre. Respondía con desdén a cada una de estas tentativas de arrastrarlo a Hungría. Se olía sobradamente bien lo que había detrás de todo ello. Las nuevas generaciones tenían la intención de rescatar del olvido al injustamente censurado escritor burgués para montar un espectáculo mediático y editorial que pusiera en evidencia las perversidades cometidas por el Kremlin. Le ofrecieron miles de dólares, cátedras y bustos. ¿Monumentos? Para lo único que sirven es para que los meen los perros, replicaba. Los jóvenes no entienden nada de nada, agregaba malhumorado. Y con razón. Es sabido que en una ocasión consiguieron ofenderlo. Un ambicioso cineasta húngaro que buscaba hacer carrera le escribió para sugerirle que abandonase ese gesto vacío del exilio pues hacía tiempo que éste había perdido su sentido. Las cosas habían cambiado radicalmente, le aseguraba. Ahora le correspondía volver a Hungría para recibir la gloria que se merecía. La historia iba a recompensarlo antes de morir. Y él mismo, insistía el jovenzuelo, estaba dispuesto a inmortalizar su vida seguramente en un filme biográfico. En el fondo, las cosas sí habían cambiado. Pero para peor. La generación naciente veía a los intelectuales del periodo de entreguerras como reliquias vivas destinadas a adornar los anaqueles de los museos. Por fortuna, diría Márai, «siento un gran alivio al pensar que todo un océano de distancia me separa de esa clase de gente». Márai fue un tipo serio, coherente y con mucho tacto. No se vendió nunca. El Erasmo de los Balcanes, lo llamó un coterráneo suyo. A causa, por un lado, de su férrea oposición a los regímenes totalitarios, a su pacifismo y, por otro, a su condición de perpetuo viajero cosmopolita.

Lo cierto es que muchos volvieron a casa después de años de exilio. A principios de los ochenta, el régimen soviético se ablandaba y todo indicaba que los rusos permitirían a la sociedad húngara una pacifica transición hacia la democracia. Era el momento ideal para regresar, creyeron algunos. Los comunistas se mostraban condescendientes y los exiliados ya no eran considerados como traidores a la patria. Pero no así lo creyó Márai, más obstinado que nunca. Pasó los años finales de su vida convencido de que aquello que sus colegas llamaban casa había dejado de existir hacía cuatro décadas. El país se había bolchevizado por completo. Sabía que, además de convertirse en un idiota útil para el Partido, volver a esa Hungría equivaldría a un nuevo exilio. No quedaba un solo miembro de su familia con vida, ni compañeros de profesión ni amigos. Todos sus enemigos habían desaparecido también. «Si volviera a Budapest no encontraría con quien enfadarme», anota en su diario de 1988, pocos meses antes de matarse. Por eso prefirió desvanecerse en el olvido, muy lejos de su venerada lengua materna. Desde 1948, su postura fue siempre la misma: mientras no se cesase la ocupación y no hubiesen elecciones democráticas con observadores internacionales, jamás regresaría ni autorizaría la publicación de una sola de sus líneas. Así esperó hasta el último momento, año tras año, y cuando entendió que pronto sería incapaz de valerse por sí mismo, puso fin a su vida con dignidad, en absoluta soledad, sin sentimentalismos, sin ambages ni tratos última hora con el mundo. Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas.

Este es uno de esos escritores en cuya biografía se observa una marcada consistencia entre vida y obra. Tomemos el caso de Balzac. En su caso, no es injusto afirmar que entre la una y la otra opera un abismo que las separa y casi las opone. Su vida está vastamente documentada. Honorato fue un hombre arribista, monárquico, egoísta, vulgar y hasta cínico. Derrochador de dinero, buscó abiertamente convertirse en noble para acercarse a las nobles. Bien se sabe que movió cielo y tierra para incrustar un de entre su nombre de pila y su apellido. Un hombre mundano, exuberante y carnal, dotado de un gran talento para endeudarse y mentir. De este modo, es casi seguro que, al leer la anterior descripción, un lector poco advertido perdería el interés por la obra de un tipo como Balzac. A priori, podría creerla desalmada, déspota, humanamente poco atractiva. Sin embargo, en este caso, cuan poco se parece la obra a su creador, cuan poco se refleja lo uno en lo otro. Muy poco tienen en común el narrador de la Comedia Humana y el hombre de carne y hueso que empuñó la pluma para darle forma. Deslizándose entre los linderos del realismo y el romanticismo, la balzaquiana, entre muchas otras cosas, es una obra hondamente humana en la que se lleva a cabo un detallado estudio de las pasiones y sus consecuencias sobre la vida de los hombres; presenta una visión crítica y escéptica de la humanidad; reivindica a los pobres sin execrar del todo a los ricos pues de ambos bandos el lector ve surgir personajes memorables; contiene una crítica directa a la sociedad de su época que empezaba a entregarse al perverso dominio de las relaciones dinero-poder, etc.

Con Márai sucede lo opuesto. Su vida y su obra son dos espejos puesto uno delante de otro. Ambas se alimentan, y el hombre que fue Sándor Márai trabajó cuidadosamente, desde la literatura y la vida, para edificar una perfecta simetría entre ellas. En este escritor hay sin duda hay algo conmovedor y encantador que es develado constantemente por su relación consigo mismo y con su ficción en el marco del mundo que le tocó vivir. Es como si desde muy temprano hubiese advertido toda la demencia que le deparaba su siglo, y desde entonces se hubiese dedicado a preparar la resistencia desde la trinchera de un yo consistente con la propia materia de la que estaba hecho. Este, hay que agregar, fue un rasgo típico de los escritores centroeuropeos con los que Márai estaba íntimamente emparentado. Valores como la libertad interior del intelectual y su compromiso nada más que con ideales de probada altura constituyeron el sedimento de su identidad de escritor. Márai fue un dinosaurio del siglo XIX al que le correspondió el infortunio de vivir en el XX. Para él, la literatura representaba un ideal de vida.

No obstante, a pesar haber llevado siempre una existencia discreta, burguesamente retirada y circundada no más que por unas cuantas amistades cuidadosamente seleccionadas, no es cierto Márai haya llevado una existencia puritana. En su juventud se sumió profundamente en el alcoholismo y las drogas en un intento por apaciguar su neurosis, y es sabido que durante sus años de peregrinaje en Alemania solía andar armado por la Berlín de los años veinte donde cada cuanto se encendía una revolución que duraba unas pocas horas. Toda su vida fue un fumador empedernido ―diez diarios a los ochenta y seis años― y nunca renunció a la bebida. Mientras tuvo las fuerzas suficientes para hacerlo, fue un viajero muy activo. De su estancia en París, recuerda con especial cariño los años en los que recorrió casi toda Francia en su automóvil destartalado, siempre tras la pista de algún fait divers publicable en los diarios húngaros con los que colaboraba.  En suma, su biografía no da para clasificarlo ni en el extremo de la virtud ni en lo opuesto. Su existencia se fue forjando por el contrapunteo entre su ética burguesa y los cataclismos de la Historia. Su vida constituye un tomo más de su obra.

Esta es una de las claves para comprender su figura y el interés que despierta en los lectores de hoy. En Márai hay siempre una búsqueda de consistencia entre el acto y la palabra, entre la ficción y la vida, como si para él la realidad de su universo literario hubiese sido siempre equivalente a la realidad de su existencia mortal. No es que haya vivido en mayor o menos medida en uno u otro plano; ni evadido de lo real ni refugiado en la ficción, sencillamente Márai se daba a la tarea de superponer y fundir esas realidades. Circulaba entre las dos con total naturalidad.

En su novela más celebrada, El último Encuentro, hay un pasaje en el que confiesa nítidamente todo su credo. Konrad y Henrik llevan ya horas conversando a la luz de los candelabros para dejar todo claro antes de morir. Sin embargo, la verdad, esa verdad esperada por Henrik por más de cuarenta años, aún no ve la luz. Ha formulado todas sus preguntas pero su invitado se niega a darles respuesta. Todos los detalles, cada recuerdo, cada sentimiento y cada motivación circundando la evocación de una amistad entrañable y malograda, han sido desempolvados. Pero Conrad, el traidor que debe rendir cuentas al amigo cuyo orgullo hirió profundamente, se niega a contestar. De repente, hastiado ya, consciente de que la palabra resulta insuficiente para penetrar en la materia de la verdad, Henrik dice:

« Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera. »

Y así respondió Márai a las preguntas más importantes de su vida, con actos que hablaron por él tan coherentemente como sus propias frases. Tras las bambalinas del teatro de su vida existió siempre otro teatro, mudo, donde solo hablaban sus acciones, las vibraciones de su vida. Este es el sustento y al mismo el testimonio de quién fue Sándor Márai, un hombre que se mantuvo fiel al principio de que en lo escueto, la palabra se reviste de la fuerza de un acto trascendente.

Ahora bien, ¿cuáles son los actos de la vida de Márai que nos revelan la verdad sobre su persona? Primero, su apego a los orígenes burgueses de los que descendía. Sin llegar nunca a ser un nacionalista, como lo han sido muchos en Hungría, Márai nunca dejo de ver su natal Kassa ―una ciudad europea, según él mismo―como el núcleo de una clase social que creó una forma de vida culta y cosmopolita. Segundo, su amor por la lengua húngara. A los dieciocho años decide renunciar a su apellido de pila, Grosschmid, de origen sajón, y adopta Márai que a su vez comporta una raíz de ascendencia noble y una innegable resonancia húngara. A pesar de la orientación germánica de su educación, él siempre se consideró un escritor de lengua húngara. En su madurez, recordaría con cierto desdén los años de juventud en los que escribió en alemán para el diario Frankfurter Zeitung. Tercero, la soledad como deber y destino ineludible del escritor, indispensable para conquistar la mencionada consistencia entre vida y obra.

Como el jurado neurótico que fue siempre, Márai tuvo muy claro el momento en que la soledad llegó a su vida. Contaba con seis años y el nacimiento de su hermana arruinó el perfecto estado de atenciones y cariño que sus padres le prodigaban nada más que a él. Un caso de típicos celos de hermano destronado. Sin embargo, esta experiencia fue especialmente dramática para él. Desde entonces se quedó por su cuenta en el mundo, se volvió un marginal, un paria y una larga caravana de temores e inseguridades vinieron a poblar su vida. El abismo entre él y su familia empezó a ensancharse hasta el punto que esta última quedó reducida, en la figura de su padre, a un mero sustento económico mientras vivió en el extranjero. Su búsqueda de soledad fue precoz y comenzó por el distanciamiento familiar.

Anécdotas como estas resultan conmovedoras: de su estancia en New York, periodo durante el cual no logró publicar una sola línea ni pudo hacer amistades de importancia, lo único valioso que parece haberle ofrecido esta ciudad fueron los recintos de The New York Public Library donde Márai vivió silenciosamente veinte años de intensa lectura. La soledad nunca significó para él una fatalidad. Por el contrario, ésta constituía su elemento, una atmosfera en la parecía respirar un mejor. Hacia el final de su vida las personas le suscitaban una enorme desconfianza. Y en una sociedad como la norteamericana, a la que consideraba como no apta para seres humanos, estos resquemores naturalmente se agudizaron.

De joven fue igual. Nunca le gustaron las cofradías ni los círculos literarios. En los años treinta, cuando ya era en Europa central un autor reconocido, supo mantenerse al margen del sectarismo que caracterizó la vida intelectual budapestina de aquel entonces. No se alineó ni con la derecha nacionalista antisemita ni con los comunistas. No defendió al pueblo ni lo condenó. Y aunque las tensiones entre uno y otro bando obligaban a los intelectuales a tomar partido por una causa u otra, Márai rechazó cualquier tipo de compromiso que minara su libertad intelectual. Frecuentaba a pocas personas y poco se le veía en sociedad. Se sabía de él y de sus posturas por sus artículos periodísticos y sus novelas. Un burgués irremediable, sí, pero de una lucidez igualmente incorregible, comprometido sólo con ideales. Por esto, los bolcheviques lo tildarían más tarde de escritor decadente y lo obligarían a abandonar el país tras censurar su obra y acorralarlo hasta la autocensura. Así, en el exilio, décadas después revelaría en ¡Tierra, Tierra! que nada le quedaba en una sociedad en la que ya ni siquiera podía callarse libremente. Tampoco pareció quedar gran cosa para él en el mundo de la era atómica. Por eso lo abandonó Hungría, su familia, su lengua materna, su fama, sus posesiones, su pasado, todo, menos su esposa, para poder seguir viviendo una libertad completa que solo su soledad de escritor podía garantizarle. Sándor Márai respondió con su vida.

 

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