Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai).

1.

            La idea de viajar a Budapest me la dio Gyula Balazs, responsable de la biblioteca del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III. Durante las tardes de trabajo silencioso en las que sólo él y yo ocupábamos el recinto, empecé a deslizarle cautelosamente preguntas sobre Sándor Márai. Con el tiempo, entre prestamos y consultas bibliográficas, terminé hablándole de mi último proyecto ‒que ya había abandonado dos veces‒, un perfil lúdico, encargado por una revistillla colombiana, cuya realización ya había empezado a catalogar entre mis fracasos. ¿En Colombia?¿Sándor Márai? inquiría Balazs sorprendido pero al mismo tiempo reprimiendo un cierto deseo de aplaudir semejante extravagancia. Una tarde, tal vez para ayudarme a superar mi frustración de biógrafo derrotado, me dijo:

            »Verá, no es fácil escribir un perfil breve, ingenioso y divertido sobre alguien tan perfectamente aburrido como Sándor Márai. No comprendo por qué está usted obsesionado con este autor, si es un novelista tan mediocre.

            Insistía en que sus novelas carecían de tejido narrativo, de acción, y que sólo contenían largos monólogos taciturnos llenos de reflexiones pesimistas sobre la vida. Yo guardaba silencio y recibía sus frases con la resignación del condenado:

            »Nadie me ha hecho bostezar tanto, un ignorante total en el arte de la novela, agregó satisfecho de su insulto.

            Balazs había obtenido, de la burocracia franco-húngara, una beca que le permitiría concluir la redacción de una investigación audaz y original sobre el aporte de la clase campesina a la lirica húngara durante el periodo de las revoluciones liberales del XIX. A cambio, tenía que magnetizar las adquisiciones, organizar coloquios minoritarios, y dar clases de lengua. Cuando nos conocimos, llevaba ya dos años de sereno enclaustramiento, el cual era perturbado ocasionalmente por una o dos visitas semestrales. Prueba de la exposición prolongada a la luz halógena, manchas verdosas le cubrían frente y mejillas. Su biblioteca era minúscula y abría al público sólo trece horas y media por semana.

            »No pierda su tiempo, concluyó, su texto es un callejón sin salida.

            Sus palabras me caían encima como una mole de hormigón. En efecto, tras meses de fallidas tentativas, dicho perfil se negaba a superar su etapa embrionaria. Me solicitaban una buena entrada para un texto ameno que se leyese por sí solo; nada de pedanterías académicas ni de erudición barata. Una anécdota, me había sugerido el editor, algo humano o banal, que nos acercase a Márai desde su vida cotidiana, pero que también arrojase pistas sobre su obra. Pero no hallaba nada. Márai no cooperaría, insistía Balazs. Y así llevaba por lo menos un año, estancado, con todo el material listo, a la espera de una buena entrada. Balazs parecía tener razón.

            »Aunque, verá, podría hacer algo por usted, volvió a decir, y se quedó meditando unos instantes, como si llevase a cabo un cálculo intrincado.

            En nuestras conversaciones, Márai ocupó desde el comienzo un lugar central. Cuando hablábamos de él, Balazs se ponía serio y arrugaba el ceño como si intentase sacarme de un error pueril o de corregir una injusticia. Porque eso significaba para él su éxito desproporcionado: una suerte de injusticia con Hungría. Le costaba aceptar que, afuera, a su país lo representase un escritor burgués, decadente y hasta cínico. Viendo las cosas como las veía Balazs ‒concluí luego‒, era como si para un extranjero la máxima gloria de la literatura colombiana no fuese García Márquez sino, por ejemplo, Vargas Vila.

            Era joven Balazs, pero daba la impresión de que hacía mucho tiempo había dejado de interesarse por la vida, que vivía sin ilusiones. De sus gestos se desprendía una suerte de abulia melancólica incurable ‒luego comprendería que este es un rasgo característico de los húngaros‒. Sus largas pausas me llenaban de impaciencia. No obstante, todo lo que decía me parecía de una indudable inteligencia.

            »Verá, mi director de tesis trabaja en el Museo Literario Sándor Petöfi. Es un burócrata, pero puede que él lo ayude a encontrar lo que necesita.

            A veces, cuando parecía hastiado de impactar maquinalmente el teclado, Balazs se detenía y me hacía preguntas para aliviar su curiosidad. Le costaba, como a muchos, entender que un amerindio ‒eso era yo para él, y eso he terminado siendo‒  se interesase por la literatura húngara. Era calculadamente cordial, su trato rígido, pero sabía envolver nuestras conversaciones en una especie de templada frialdad que yo aceptaba sin miramientos. Cuando me hablaba de la literatura de su país, gesticulaba lúdica y fraternalmente tal como quien hace un trabajo humanitario. Esto no me impedía seguir adelante porque no captaba arrogancia alguna de su parte; la honestidad de su ignorancia me tranquilizaba. En una ocasión en la que fumábamos viendo caer nieve sobre la calle Censier, me confesó haberse preguntado si en mi tribu también teníamos por costumbre llevar coronas de plumas exóticas en la cabeza los días feriados o en momentos especiales. También cuando tu mujer se marcha con otro, recuerdo haberle replicado con un dejo de irritación. Esbozó entonces una sonrisita nerviosa y bajó los parpados con lentitud al tiempo que dejaba escapar el humo de su boca con cierta melancolía como si no fuese capaz de leer la mordacidad expedita de mi sarcasmo y, en lugar de eso, atisbase en él un misterio que lo entristecía.

            »¿De quién se trata? pregunté.

            »Doctor Kányádi Ander.

            »Sé quién es, repuse de inmediato, con entusiasmo, entregándome a lo que prometía ser una esperanza. Acaba de publicar una antología de artículos sobre el boom Márai.

            »Le escribiré para ver si puede recibirlo. Pero absténgase de ilusiones.

            Una visita a Budapest, cómo no lo había pensado antes. Mi frustración empezó a languidecer. Buda y su venerado barrio de Krisztina, el busto de la calle Mikó; el ancho Danubio; el museo: la colección de sus últimas pertenencias, sus gafas, su bastón, su sombrero, su Moleskine, lo último que poseyó antes de matarse, todo ello me ayudaría a saciar mi morbo. Y tal vez Kányádi me ayudaría, quise creer, a escribir el breve, ingenioso y divertido perfil de Sándor Márai que tanto me obsesionaba.

2.

            Antes de partir, justo lo necesario para atizar mis nervios: el editor se manifiesta. Estimado M., empieza diciéndome con falseada jovialidad pedagógica, este fragmento

            Según cálculos serios (ver La Fortune Littéraire de Sándor Márai, Syrtes, 2012), desde su accidental descubrimiento por un librero italiano, pasando por el boom editorial desatado en la Feria del Libro de Frankfurt de 1999, al 2012 se han ya vendido más de treinta millones de sus libros en todo el mundo. Una cifra que se corresponde con una excepcional efervescencia de homenajes y traducciones en decenas de lenguas. ¿Cómo explicarlo si se trata de un escritor que en 1989, año de su suicidio, desapareció siendo un desconocido? En el fondo, muchos otros escritores, provenientes de su misma región, tuvieron destinos mucho más trágicos que el suyo, lo cual otorga, digamos, un valor agregado a sus obras. Actualmente, Márai es más leído que Kértezs, sobreviviente al exterminio nazi y nobel de literatura. Hay quienes sostienen que se lee precisamente por eso, por ser judío y haber sobrevivido. Pero Márai no conoció campos de concentración ni era judío. Entonces, ¿dónde está el truco? Un destino trágico no es garantía de una obra excelsa. Debe necesariamente haber algo más. Una particularidad difícil de precisar. Posiblemente la magia consista en la estrecha relación que guardan vida y obra.

            … no presenta problemas excepto por la innecesaria y, a mi juicio, pretenciosa alusión a Kértezs, autor que ni yo mismo había oído hasta hoy mencionar. Sobra, al igual que la referencia bibliográfica en francés (publicamos solamente en castellano, ¿a quién quieres impresionar? ). Te ruego suprimas ambas cosas. Después de una tercera lectura encuentro que el remate del párrafo adquiere un tono de ensayo que no es coherente con lo que buscamos en la revista. Tampoco veo por qué inmiscuir al lector en cuestiones literoraciales. Se presta a la confusión. Por último, la palabra truco se me antoja truculenta. Te daré más noticias luego, por ahora sigo a la espera de las observaciones del segundo lector, y de lo que vayas agregando tú mismo al perfil. Cordialmente, A.

            Malnacido, resuena en mi voz el eco de mi ego herido mientras incrusto con violencia mis corotos en la maleta. Corregiré en el avión.

3.

            Calle Károly, Pest. Espero en el vestíbulo. De modo ‒estoy diciéndome para mitigar la ansiedad‒ que hay un Márai húngaro y otro internacional. Curiosamente, prosigo en mi cogitación, en Hungría es más apreciado el ensayista que el novelista. Y el primero no existe todavía para Occidente.

            »¿Señor M.? ¡AH! Pero usted es indio, dice mientras se acerca para estrecharme la mano. Su mirada trasluce una rara felicidad y al mismo tiempo una especie de desconfianza atávica. Como si al observarme, sus ojos descubriesen la reliquia de un pariente milenario que se hubiese extraviado en alguna migración por las estepas de Mongolia.

            La visita empieza mal: Kányádi ignora el malentendido y decide tratarme como al dignatario de una comunidad exótica. Me toma cinco minutos convencerlo de que no hablo ninguna lengua amazónica, de que no poseo conocimientos sobre plantas medicinales ni de que no pertenezco a ninguna etnia en riesgo de extinción. Incapaz de infringirme la menor pose de auto-exotismo, poco o nada significa enterarme de que he vivido toda mi vida siendo «un indio» sin saberlo. Sólo quiero entender por qué no compartimos el mismo escritor, por qué Márai es uno para los húngaros y otro para un gran número de personas que descubren su obra del otro lado del océano.

            Sólo cuando le recuerdo que investigo sobre la recepción de Márai en Hispanoamérica, Kányádi abandona su delirio colonial.

            »Excúseme, se corrige al notar mi malestar, y me pide que lo siga. Mientras nos dirigimos a la sala de las colecciones especiales, reservada exclusivamente a investigadores, noto que el personal del museo me mira con extrañeza.

            »No haga caso, me sugiere Kányádi. Mitad orientales, mitad occidentales… ¿Conoce el pasaje? Márai bien lo sabía: provenientes de Asia, los húngaros somos un pueblo perdido en Europa, aislados de su cosmopolitismo por culpa de nuestra lengua-prisión.

            Ante semejante revelación, apenas consigo despegar los labios unos milímetros para musitar que lengua-prisión me parece un bello artilugio metafórico. Fabricación francesa, observa mi interlocutor regalándome un guiño de incipiente camaradería.

            Penetramos en la sala y al instante siento su densidad envolverme el cráneo. Entonces las veo surgir de su inmovilidad, centenares de reliquias guarnecidas en escaparates de noble madera tallada, separadas del mundo por delgados cristales y bisagras doradas. Están ahí como meros objetos, pero también están manifestándose con toda la fuerza de su muda realidad: de ellas destila la entereza de su suicidio, de su carácter. Todo es Márai. Siento su gravidez impregnada en los objetos, en cada recodo. Este silencio, el de sus novelas, el de los instantes que preceden a una confesión o a una rendición de cuentas que ha madurado durante años en los fiordos de un alma, y que al final nada significa porque el tiempo no sólo le ha borrado sus contornos sino que le ha despojado también de toda su importancia.

            Esplendido. Pero el estremecimiento no llega ‒lo evito, en el fondo‒, me esfuerzo por permanecer impávido, no aspiro a ser otra cosa que ojos. Me guardo de pasar por un vulgar amateur. Demasiado joven aún para ver que cuanto más batallo por no parecer un provinciano, más ridicula hago mi propia caricatura. Por fortuna ‒sigo diciéndome con el mismo atolondramiento‒, cierta dosis de lucidez maraiana me ha venido protegiendo contra la desilusión. Poco o nada me impresionó la Sixtina, este lustroso deposito no es que obnubile mi escasa sensibilidad. Además, me recalco, a las personalidades fuertes les enferma el sentimentalismo ‒siempre pensando en mi escritor, en rendirle un homenaje‒. Con los bríos renovados, le digo a Kányádi que aunque su pueblo esté predestinado al aislamiento y a la soledad, como el mismo Márai creía, una noble y rigurosa búsqueda de lo universal lo caracterizó a él ‒no a Kányádi‒ al igual que a los escritores con los que estaba emparentado. Y que dicha búsqueda compensa sobradamente el inconveniente de su nacionalidad.

            Mi tono se va crispando, se le filtra mi ansiedad. Ya me sudan las manos. Considero que acabo de hablar con agudeza. Sí. Y estoy listo para entrar en materia.

            Pero Kányádi vuelve al ataque. Resulta que uno de sus colegas, en busca de grandilocuencia, le ha conferido (a Sándor Márai) recientemente el titulo de Erasmo de los Balcanes. Incluso 25 años después de su muerte, dice con la mano a la altura del mentón recorriendo la sala, Márai sigue viajando con estos objetos. Este bastón, este encendedor, estas solapas gastadas, este abrigo, este revolver, casi todo lo que ve aquí en esta sala, me asegura, fue enviado desde Estados Unidos. Puede parecerle un lugar común, pero pocos escritores han viajado tanto como él. Más que un flagrante lugar común, pienso, es también una instrumentalización abusiva. Pero callo.

            Recorro las vitrinas relucientes y saltan a la vista las evidencias en numerosas lenguas. Patterns from a globetrotting hungarian’s life, titulo del catalogo de una exposición realizada en 2004 por el Centro Cultural Húngaro de Londres. Sobre la portada, una fotografía de un Márai de pie al borde del mar, con su sobretodo encima, capturado en una pose transitoria, disponiéndose a partir. Sostiene con ambas manos sus anteojos a la altura del vientre, cierto fastidio de premura insatisfecha se dibuja en su mirada. A sus espaldas, la vastedad del océano está a punto absorberlo.

            Una vida en imágenes (2005), biografía de Ernö Zeltner que parece harto ilustrativa. Fotografías. El escritor estrechando la mano de Thomas Mann en los años 30 durante una visita a Budapest. El hombre en un barco acompañado por Lola, su mujer; ella sonriente, y él medio rígido haciendo gala del universal rictus del neurótico. El marido celebrando sus bodas en 1924; más tarde el padre en la década del 40 contemplando a su hijo natural, recien nacido, que moriría siete semanas después. Una imagen atrae mi atención: San Diego, California, 1986. Márai, encorvado pero impecable en su vestimenta, se tiene de pie junto a János, su hijo adoptivo. Sus labios forman una recta inexpresiva, pero los largos pliegues verticales que surcan sus mejillas le confieren una cierta bondad de morsa. Una bondad asqueada. Enfrenta el lente con dureza, pero no con una propia de su carácter, sino con la dureza física de la vejez, a la que suele subyacer cierta soberbia. El momentum de su rostro ha quedado congelado en el instante en que su expresión estaba a punto de convertirse en hastío o en indiferencia. Ni siquiera puede decirse que se le vea agotado. Lo único que parece querer comunicar su serenidad es que sigue ahí, detrás de una línea de sombra que lo separa del resto de los seres humanos, y desde la cual espera a la muerte.

            Majaderías psicologizantes, me impugnaría  días después el editor pidiéndome por favor retirar ese fragmento. No es más que tu propia proyección de lo que crees que es la vejez. ¿Engañar al lector? No por gustar de leer banalidades éste deja de ser perspicaz. Un abrazo, A.

            Sigo ojeando el libro mientras avanzamos. Kányádi dice que tengo en mis manos la edición original en lengua alemana, lengua en la que, por lo demás, Márai cuenta con el mayor número de estudios y de traducciones. ¿Tiene eso alguna importancia? De cierto modo. Pero de otro modo no viene al caso, advertiría A. con la miopía audaz de su intelecto. ¿Es acaso irrelevante señalar que los alemanes son los que más han estudiado su obra? Para el lector de una revista de perfiles amenos, naturalmente. Prosigo. No muy lejos, encuentro un libro voluminoso en el que otro biógrafo germano procede como si se tratase de un pintor. Con una elegancia nada pretensiosa, presenta su vida en un periodo alemán, uno parisino, otro aquincense, y luego, a partir del exilio definitivo del 48, en uno napolitano y en uno norteamericano. Al final, dedica un capítulo a sus escapadas a Londres, Damasco y Tijuana.

            »Un trotamundos… ¿de qué huiría?, pregunto fingiendo una vocecita aguda e insegura.

            Verá… Y Kányádi se lanza de lleno a la regurgitación: Márai nació en un imperio multinacional, vivió en una ciudad cosmopolita. La aspiración al universalismo lo acompañó desde siempre. Viajar nunca fue para él una excentricidad. Su educación se fundó sobre el mito de que Europa era una patria espiritual, progresista, formada por personas disciplinadas y cultas, en su mayoría burgueses ‒dice aclarándose la voz‒ que creían en la Razón… en fin, ya conoce usted ese relato, eso era hacia 1900.

            Siguiéndole el paso, lo escucho soltar desinteresadamente frases escuetas sobre las catástrofes de las guerras mundiales, las rupturas culturales del 20, las ruinas del universo espiritual europeo, el nuevo orden mundial, el capitalismo de masas. Trasboca casi con desdén lo que ya han mencionado biógrafos, reseñas y periódicos: apátrida, pacifista, opositor a los regímenes totalitarios, despreciado por los soviéticos, ferviente defensor de la libertad interior, la mitad de una vida en el exilio, soledad consumada, olvido. Luego, ejecutando los ademanes típicos de una visita guiada, Kányádi habla de la nostalgia y del sentimiento de pérdida que habitan su obra; de su búsqueda de lo irrecuperable, de su apego a la lengua materna, bastión y último vestigio de la patria perdida.

            Búsqueda de lo irrecuperable, de dónde habrá sacado esa frase, me pregunto. E intuyo que por ahí puede encaminarse el perfil. Pero enseguida advierto que ninguno de los datos suministrados es divertido ni ingenioso. La segunda mitad de la vida de Sándor Márai estuvo manchada por una suerte inmisericorde. No es por lo tanto de extrañarse que de ésta no pueda extraerse ‒sé que exagero‒ más que rencor y amargura. Precisamente ambos sentimientos serían ‒persisto en la exageración‒ los pilares de su cotidianidad. Veamos. Que con su descomunal aparato militar los bolcheviques aparezcan de repente sobre la escena histórica y, amenazantes, se apropien de tu país, a muchos les sucedió; pero si además de eso, siendo quién eres ‒el respetado portavoz de un viejo orden‒ te prohíben incluso conservar la libertad de callar, sólo un paso te separa de caer en el acantilado de la humillación.

            Una anécdota en absoluto banal: poco antes de abandonar su país definitivamente, Márai visita por última vez a su editor. Éste le informa que la editorial acaba de ser nacionalizada y que el Partido le ha dado la orden de no imprimir más sus libros por considerarlos literatura nociva. Descienden juntos al sótano de la imprenta y Márai descubre en un rincón la cuarentena de títulos que hasta entonces constituía el trabajo de tres décadas. Márai tiene 48 años y, perplejo, por vez primera se encuentra cara a cara con la obra de su vida. Qué he querido decir durante todo este tiempo, a través de tanto papel y tanta tinta, se pregunta al tiempo que lo invade una sensación de rechazo. Es todo lo que he logrado conservar, te pertenece, debes llevártelo, le pide su editor, o me meteré en líos. Es un momento conmovedor: el autor comprende que su obra no verá más la luz en su país natal; sus lectores dejarán de tener acceso a ella en su lengua original. Se extinguirá.

            Días después, intentaría desesperadamente convencer a A. de que pocos escritores han vivido algo así, de que es verdaderamente conmovedor que un autor sea vea obligado a despedirse definitivamente de su obra, porque al perder a sus destinatarios originales ‒le explico en tono de suplica‒ la obra se pierde para sí misma. No hay necesidad de ponerse sentimental, me replica A. escupiendo sobre mi anécdota. Créeme M., estas cosas ya no conmueven al lector de hoy. Ignoro por qué, pero aunque sea verdad todo lo que le sucedió a ese gran escritor, hay algo de inverosímil y de forzado en su dramatismo. A mí me parece demasiado infestada de catolicismo dicha experiencia. Enfócate mejor en su lado dandi, cuéntanos de su rutina decadente en Budapest, del fumador compulsivo, háblanos de ese individuo que leía periódicos y jugaba al tenis por las mañanas; preséntanos a ese Márai que por las tardes iba a la piscina y nadaba dos kilómetros antes de tomar un masaje relajante en un balneario de aguas termales. Muéstranos a ese hombre que sólo en las noches, después de vivir su vida entre cafés y tertulias, consagraba algo de tiempo a la escritura. Eso es lo que quiero leer. Un saludo, A.

            El paseo continua, las curiosidades no se hacen esperar, algunas son reveladoras, otras no tienen caso. ¿Qué importancia tiene, por ejemplo, exhibir en un museo literario una serie de pasaportes con los que se muestra cómo fueron desapareciendo los acentos ortográficos de sus nombres originales a medida que migraba de un país al otro? Los italianos le robaron el acento agudo del segundo apellido, y los norteamericanos le arrebataron la tilde del primer nombre. Qué falta de seriedad. No puedo incluir algo así en mi perfil, me advierto, aunque grande sea la tentación. No obstante, tratándose de algo banal…

            Kányádi se ha alejado para atender una llamada. Continuo mi visita. Por ciertos detalles de su intimidad, su vida me antoja casi monacal. Márai era un hombre aseado. El revólver no está lustrado y presenta signos de abandono. Me parece ver rastros de pólvora esparcidos sobre el tambor. Por respeto, me explicará Kányádi, los puristas no querían incluir esta pieza en la colección. Pero, le digo, supongo que la presión del despacho de finanzas terminó por imponerse. Blande su frente con frialdad. Ver los originales del último volumen de sus diarios (1984-1989) me resulta casi tan conmovedor como su misma lectura. Están abiertos en la última entrada, escrita a mano el 15 de enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”

            Lucidez suprema hasta el último instante. Envidiable. Pero, ¿y el otro Márai, el mal novelista, el que vine a buscar? Y es que presentado así, no puede suscitar ninguna animadversión. Tampoco mayor simpatía. A. no aceptará nunca un perfil como este, pienso sintiendo una raja helada abrirse bajo mi esternón. Es una figura entrañable, un abuelo con muchos sesos y cojones, un guerrero de principios, un alma herida. Una víctima más del siglo que le correspondió vivir. Es el escritor de Salamandra o Albin Michel, un perfil de solapa. Ni un solo rasgo que lo haga sobresalir de la oscuridad del pabellón de los escritores que murieron olvidados. Punto para A.

            Kányádi está de vuelta. Bien, me digo, basta de protocolos, ahora algo provocador. Y tras un denso silencio, me atrevo:

            »Márai es una especie de héroe nacional que representa a su pueblo pero que en nada se parece a él.

            »¿Qué ha dicho?

            Reproduzco la torpe grandilocuencia de mi frase, y el eco del rechinamiento de mis muelas resuena en la sala. Trato de enmendar mi torpeza:

            »En Francia y en Hispanoamérica adoramos sus novelas pero los húngaros las desprecian.

            »La cuestión no es tan trascendental como cree, me replica Kányádi, contento de que me haya atrevido a tal provocación.

            »Balazs lo detesta, agrego un poco de más de pólvora.

            » Verá, cuando Kértezs obtuvo el nobel, los nacionalistas se negaron a celebrar porque era judío. Y hay quienes censuran a Márai por ser burgués. A ambos escritores los condena, en el fondo, un sentimiento análogo. Pero a mí me tienen sin cuidado los prejuicios literarios de los húngaros.

            Hace una pausa, un abre su maletín y me entrega un cuadernillo en papel rústico.

            »Hay también en este país mentes brillantes corroídas por resentimientos de clase que terminan escribiendo cosas como esta.

            »¿El libelo de Lukács contra Márai?

            »Léalo, tiene su interés. Fue excluido de la colección. Pertenece, digamos, a nuestro pasado soviético.

            Balazs Gyula, leo en un paréntesis en tinta roja. Apuntes para la preservación de una verdadera literatura proletaria en Hungría.

            »Llámeme mañana, dice mientras me desliza su tarjeta sobre la cartilla. A las 3 p.m. Le mostraré algo. Ahora le ruego me disculpe, doy una conferencia en cinco minutos.

            Nos damos un sincero apretón de manos. Le agradezco por su tiempo, él me agradece por mi interés en Márai.

            »Lo dejo con el camarada Balazs, dice al volverme la espalda. Y creo notar que me regala un último guiño de complicidad.

            Decido permanecer unos instantes más en la sala para recorrerla una última vez, como si me encontráse al asecho de algo. Tal vez nunca vuelva a encontrarme tan cerca de mi escritor. Aguzo mis sentidos, vuelvo a recorrer los vitrales llenos de afiches y homenajes, de obras criticas y objetos fetiches. Entonces un ataque de pseudolucidez me dice que estoy actuando como un payaso, que esta cercanía artificiosa sólo me separa de Sándor Márai. Se me ocurre algo mejor antes de desaparecer. Me acerco al libro de visitantes y, con cierta turbación, escribo que todo me parece fenomenal. Doy las gracias y firmo como investigador del CNRS.

            A la salida del museo me entero de que la conferencia de Kányádi versa sobre la influencia de la cosmogonía imperial turca en los novelistas húngaros del siglo 18. Madre mía, exclamo, todo el camino que me falta aún recorrer. Sonrío y le devuelvo el guiño a Kányádi observando la fachada del museo con complacencia. Un gracias se escapa de mis labios como un soplido que se confunde con la brisa que desciende del monte Gellért.

            Afuera ya anochece, vuelvo a estar solo. Es hora de ponerme en marcha. Divago por el Pest desolado de mediados de invierno. El viento me reseca los ojos y me agrieta los labios. El Danubio no es azul, sólo me parece una gran losa grisácea sobre la que se reflejan las densas luces amarillas del Parlamento y el Castillo de Buda. Nunca estuve tan solo en Europa como lo estuve en Budapest. La densidad de ciertas ciudades europeas me abre en el corazón hondos boquetes de ansiedad.

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