Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… continuación.

4.

            De vuelta al hostal, malas noticias. A. se ha tomado la molestia de darme un ejemplo de una buena entrada. Estimado M., te propongo una pista:

            Sándor Márai nació el 11 de abril de 1900 en lo que hoy podemos considerar dos territorios diferentes. En el primero se situaba Kassa, una ciudad húngara que desde el siglo 12 se había desarrollado bajo la tutela de la dinastía Árpád y de los Habsburgo; sobre el otro se encuentra actualmente Košice, el segundo centro urbano de la República de Eslovaquia, el cual estableció su independencia tras la desintegración del Imperio Austro-Húngaro y también tras la desaparición de Checoslovaquia. ¿Estamos hablando entonces de un escritor de origen magyar con raíces eslovacas y parcialmente checo? Esto, sin contar la germanofilia que predominaba en su familia. Ahora bien, si una cosa es una cosa y dos substancias (mucho menos tres) no pueden ser a la vez una misma substancia, como sostenía… perdona, no recuerdo quién pero debe de ser el mismo que afirmó que el tiempo es una substancia elástica, el teólogo… en fin, ¿cómo pudo Márai llegar a adosarse, sin haberlas solicitado, tres nacionalidades diferentes? Los cataclismos de la guerra, dirás con tu tonito académico. Pero no, es sencillamente la mala suerte, estimado M.; una muy mala, por cierto. Lucidez postindustrial, no hay más, déjate guiar por ella. Porque ¿de qué otra manera puede interpretarse ese ligero inconveniente, quiero decir, el de haber nacido en el lugar menos indicado cuando tiendes a ser conservador y a aferrarte más de la cuenta a tu tierra, a tus costumbres y a tu gente? Ahí tienes ya el titulo del perfil: La insufrible fortuna de Sándor Márai o las tribulaciones de una identidad tripartita.

            El olfato, M., para rastrear el lado trivial ‒porque siempre hay uno‒ de los grandes destinos, eso justamente es lo que le falta a tu texto. Atención: en un pasaje de sus autobiografías el susodicho da cuenta del dolor que experimentó al ser tratado como extranjero en su propia ciudad natal, es decir, al intentar ingresar a Košice cuando hacía más de veinte años que no ponía un pie en Kassa. Las autoridades le exigían un pasaporte checoslovaco y para obtenerlo era menester haber prestado el servicio militar en dicho país. Márai tenía ya más de cuarenta años, ¿te lo imaginas haciendo flexiones de pecho a esa edad? Imposible regresar. Le tocó resignarse a seguir viviendo con el deseo insatisfecho de visitar por última vez la casa donde nació y de pasearse por el barrio de su infancia. Oh infortunio. ¿Lo ves? Así es que hay que dirigirse al lector, con un ingenio divertissant, hacer uso de una ironía refrescante, de un lenguaje que tenga su propia dinámica y le imponga un ritmo inteligente, mas no pedante, al lector. En el caso de Márai, hay que descubrir cómo burlarse dignamente de sus miserias. No sé si vas a entenderme. Empiezo a perder la paciencia, cordialmente, A.

5.

            Bajo al restaurante y ordeno medio litro de palinka con pepinillos, cebollas, pimentones y ajos al vinagre. Tengo aún la cabeza invadida de malos pensamientos, ganas de abandonarlo todo. Apenas me recupero del golpe. Las vísceras se me han enfriado en exceso, aumentan mi gravidez, las arrastro como si adentro llevasen mierda de mármol. Me propongo, con 40 grados de alcohol, devolverles su temperatura habitual. Naufragaré, me prometo, en este exquisito aguardiente de pera mientras examino el documento que me entregó Kányádi. Y leo. Balazs hace gala de gran virulencia. Capoteo el texto, hago naturalmente justicia a su tono panfletario, y a partir del tercero, empiezo saltar párrafos indiscriminadamente. Me detengo aquí:

            “Es simple, camaradas: cae el Muro, y entonces, sólo entonces, Francia y Alemania, se dan cuenta de que sus parientes lejanos, nosotros, los europeos periféricos, checos, húngaros, polacos, a los que han repetidamente traicionado, a los que toleran a regañadientes en sus territorios, ¡nosotros! comprenden que también somos inteligentes, y que también poseemos literaturas.”

            Quién es este hombre, me interrogo con franca sorpresa; aunque más exactamente pienso en la conversión o en el relavado de cerebro que debió de haber sufrido entre este panfleto y su beca parisina. Un texto de su temprana juventud, sin duda. Bebo, mastico, bebo. A media página, hallo la perla de su razonamiento:

            “Es por eso, camaradas, que os invito a no creer en el éxito importado de ciertos escritores burgueses. Os propongo ignorar la impostura de su notoriedad, mero constructo de las potencias occidentales decadentes que favorecen, gracias a sus maquinarias editoriales corrompidas por la ley del mercado, a quien mejores ventas prometa. ¡Sándor Márai! Una vergüenza nacional, un burgués indolente que nada hizo por su pueblo. ¿Su éxito? Nada más que una moda editorial pasajera, impulsada por la culpabilidad que los europeos occidentales sienten por sus primos lejanos, los europeos del Este. !Cuántos escritores, camaradas, mucho más nobles y profundos no posee nuestra patria!”

            Balazs, musito sacudiendo la cabeza… Balazs. Y de inmediato lo imagino en su insignificante despacho parisino catalogando obras que nadie leerá. ¿Qué le diré cuando vuelva a verlo? De repente, un jolgorio de voces ebrias que se aproxima desde atrás no me da tiempo a decidirme por la compasión o la burla. Aunque me propongo ignorar el bullicio, el impacto de tres violentos manotazos sobre mi hombro interrumpe mi concentración. Cuando me pongo de pie para encarar al sujeto, éste está apuntando con su índice derecho hacia mi cara, y en el momento en que nuestras miradas se penetran, suelta una estruendosa carcajada que interrumpe abruptamente para entregarse a la ejecución de un burdo acto teatral. El vértigo de la acción me deja inmóvil.

            El mentecato, perdido en su alucinada ebriedad, se pone a ulular dándose raudas palmaditas en la boca con la punta de los dedos. Imita con vulgar torpeza el estereotipo hollywoodense de una danza nativa americana. Presa del súbito aturdimiento, no puedo otra cosa que observar. Aúlla y gesticula como un demente dando saltitos con una pierna y luego con la otra, al estilo de los indios en los westerns. Por instantes, detrás de su voz se delatan gruñidos de animal asustado. Calculo que está a sólo un trago de perder completamente el equilibrio.

            Un alarido de guerra, pienso. Pero, ¿qué guerra me declara? El silencio se apodera de la sala. Es un hombre joven, conserva todavía frescos los rasgos de la adolescencia. Muy rubio, de ojos azules y finos rasgos caucásicos, su rostro se asemeja al de un lince boreal. Por fortuna, no es un jobbik, me tranquilizo. Va bien vestido, con un traje cortado a la moda. Parece oficinista de un despacho de abogados, ambicioso, despegando en su carrera. Su persona no irradia la hostilidad del ser marginal. Es sólo un filisteo más de la globalización. Ha bebido demasiado alcohol, y rematado, se encuentra fuera de sí. Ha visto por primera vez a un amerindio.

            De golpe, frente a él, una imagen: se ha decidido el asedio de Budapest, los bolcheviques ocupan las posiciones abandonadas por los nazis. Márai se refugia en una casa de campo a media hora de la capital. La mañana del día después de navidad de 1944, se topa con el primer el soldado, un bielorruso de pómulos prominentes. Éste, exhausto, sin bajar de su caballo, y apuntándole con su ametralladora, le pregunta dos veces en lengua incomprensible ¿quién eres? Al oír pisatiel, en su rostro alarmantemente ajeno se enciende una chispa de furia compasiva. Baja el arma y le ordena volver a casa. Márai no habla ruso, pero sabe que la única palabra (escritor) que es capaz de pronunciar en esa lengua, ejerce un efecto mágico sobre los soviéticos. Disuasivo, en este caso. En la Unión Soviética la literatura y los escritores son cosas de respeto.

            Años después, Márai evoca esta anécdota en Tierra! Tierra! para introducir una extensa disertación sobre lo que él mismo denomina homos sovieticus y la insuperable alteridad que lo separaba de este tipo de sapiens (con este párrafo ya te estás cagando en el ritmo del texto, subrayará A. horas después, impaciente, preguntándome de dónde saco esas alocuciones latinas pretensiosas que nadie comprenderá. Alteridad, ¿qué es eso? A ver, y ¿a quién le importa que sea extensa la disertación). Sin poderlo saber en ese instante, nos dice Márai, la llegada de aquel soldado representaba el encuentro de dos civilizaciones. En el fondo, arguye, ese ¿quién eres? era su punto convergencia. El soldado y el escritor, ignorándolo, eran vehículos del mismo interrogante. Márai siempre creyó que una nueva fuerza oriental tocaba a la puerta de Occidente para aniquilar su modo de vida. Llevaba años viviendo su propia guerra fría.

            Cuando termina su ejecución, el imitador de indios adquiere un rictus macabro y decide acercarse. Tras una profunda inhalación, alcanza a dar dos pasos tambaleantes antes de que sus camaradas lo sujeten para arrastrarlo de vuelta a su mesa. Mientras se bate por liberarse, sus ojos siguen observándome con la misma curiosidad malsana, con el autentico fulgor de un odio animal, primigenio. Retorciéndose cual sanguijuela, deja escapar de su boca una frase de tres silabas cuyo contenido no puedo comprender, pero cuya intención capto con nitidez. Sin saberlo, me está haciendo la misma pregunta, lo sé, ¿quién eres?

            Y ¿quién soy yo? Soy Sándor Márai, no sé por qué, quisiera responder. Pero de nada serviría. Jamás lo entendería. Como un can mantenido a raya por su correa, repite una y otra vez su frase con idéntica insistencia rabiosa. Escucho sus ladridos ahogados por el alcohol, y siento también una braza de furia compasiva encenderse en mis ojos. Sereno, articulando cada silaba con lentitud, le digo: soy un indio, ¿quién eres  tú?

            Sé que esta vez no hay palabra milagrosa ni revolución que valga. Recibe mi respuesta como un golpe y da un último retorcijón. A medida que se aleja, esa soberbia atávica que se reflejaba minutos antes en su mirada vidriosa empieza a transformarse en pena. El homos caucasicus se sumerge en una muda aflicción. Pareciera que la alteridad que nos aleja es insuperable, me anuncian con congoja sus ojos mientras sus acompañantes lo instalan atropelladamente en un taburete. Trazo un ademan pacifico con mi mano izquierda, excusándolos, y el mismo gesto me devuelven del otro lado del salón. Vuelvo entonces a mis cebollas y a mi botella de Palinka. El barman viene a verme para asegurarse de que todo está bien. Lo despacho pidiéndole otro medio litro del mismo aguardiente. Una justa soberbia me impide mirar alrededor.

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