Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… tercera parte.

6.

            Hacia el medio día, me despierta un ardor intenso en el tubo digestivo. La sensación de enfriamiento y pesadez ha desaparecido. Siento las tripas ligeras y despejadas como si me las hubiese bañado un tsunami de aguarrás. Llegan las observaciones sobre lo que redacté anoche, presa de la ebriedad: M., de entre toda la basura que me enviaste ayer, sólo se salvan estos retazos. Encuentra la manera de unirlos. Aunque, francamente, la comparación con Balzac me parece un desacierto. Me tomé el atrevimiento, por el bien de todos, de suprimir las frases que más trastabillan. Animo, A.

            Me tumbo en el sofá y descubro el producto de mi inspiración hecho trizas:

            … una marcada consistencia entre vida y obra…

            … tomemos a Balzac. En su caso, no es injusto afirmar que entre la una y la otra existe un abismo que las opone. Honorato fue un hombre arribista, monárquico, egoísta, vulgar y hasta cínico. Derrochador de dinero, buscó abiertamente convertirse en aristócrata para acercarse a señoras y duquesas. Bien se sabe que movió cielo y tierra para incrustar un de nobiliario entre su nombre de pila y su apellido. Un hombre mundano, exuberante y carnal, dotado de un gran talento para endeudarse y mentir…

            … cuan poco se parece la obra a su creador, cuan poco se refleja lo uno en lo otro. Muy poco tienen en común la Comedia Humana ‒una crítica a la sociedad de su época que empezaba a entregarse al perverso dominio de las relaciones dinero-poder‒ y el hombre de carne y hueso que empuñó la pluma para darle forma. ¿Una vida inhumana que engendró una obra universalmente humana? (tontos juegos de palabras, M., cuidado con el fair play de la literatura).

            Con Márai sucede lo opuesto. Su vida y su obra son dos espejos puesto uno delante de otro. Ambas se alimentan, y el hombre que fue Sándor Márai trabajó cuidadosamente, desde la literatura y la vida, para edificar una perfecta simetría entre ellas. En este escritor se encuentra algo conmovedor que es develado constantemente por su relación consigo mismo, con su ficción y con el mundo que le correspondió vivir…

            … la literatura representaba para él una forma real de llevar una existencia ideal… (esta frase es una monstruosidad, me produjo una arcada brutal, la dejo para que veas de lo que eres capaz).  

            … esta es una de las claves para comprender su figura y el interés que despierta en los lectores de hoy. En Márai hay siempre una búsqueda de consistencia entre el acto y la palabra, entre la ficción y la vida…

            Hacia el final de El último Encuentro, Konrad y Henryk llevan ya horas conversando a la luz de los candelabros para dejar todo aclarado antes de morir. Sin embargo, la verdad, esa verdad esperada por Henryk por más de cuarenta años, aún no ve la luz. Ha formulado todas sus preguntas, ha rescatado del olvido todos los detalles, cada recuerdo, los sentimientos y motivaciones que, en una época, circundaron su amistad. Conrad, empero, el traidor que debe rendir cuentas al amigo cuyo orgullo hirió, se niega a contestar. De repente, hastiado ya, consciente de la insuficiencia de las palabras, Henryk dice:

            «Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera. »

            … así respondió Márai a las preguntas más importantes de su vida, con actos que hablaron por él tan coherentemente como sus propias frases… las vibraciones de su vida… la palabra se reviste de la fuerza de un acto trascendente…

            Con la cabeza dándome aún dolorosas palpitaciones, corro a la cocineta, me lavo la cara y me preparo un café con leche. Me pongo a escribir de inmediato con la equivoca pero feliz certeza de quien cree haber hallado las todas respuestas.

            Durante los últimos años de su vida, directores de cine, prestigiosos diarios de Budapest, casas editoriales de renombre, la misma Asociación de Escritores de Hungría, periodistas, todos lo instaban a volver del exilio. Pero sus ruegos no conseguían convencer al anciano escritor radicado en San Diego, California, que sólo esperaba pacientemente a la muerte y quien, entre tanto, consagraba sus últimas reservas de lucidez para despotricar de la literatura industrializada. Le prometían recibimientos con bombos y platillos, o con la discreción que se debía a un autor de su talla; él sólo tenía que escoger. Pero fue inútil. Dicha bondad e interés pareciéndoles sospechosos, Márai declinó siempre las tentativas de arrastrarlo de vuelta a Hungría. Se olía sobradamente bien lo que había detrás de todo ello. Las nuevas generaciones tenían la intención de rescatar del olvido al injustamente censurado escritor burgués para montar un espectáculo mediático que pusiera en evidencia las perversidades cometidas por el Kremlin. Le ofrecieron miles de dólares, cátedras y bustos. ¿Monumentos? Para lo único que sirven es para que los meen los perros, replicaba.

            En una ocasión consiguieron ofenderlo. Un ambicioso cineasta húngaro que buscaba hacer carrera le escribió para sugerirle que abandonase ese «gesto vacío» del exilio pues hacía tiempo que éste había perdido su sentido. Las cosas en Hungría habían cambiado, le aseguraba. Ahora le correspondía volver a su patria para recibir la gloria que se merecía. La historia iba a recompensarlo antes de morir. Y él mismo, insistía el director, estaba dispuesto a inmortalizar su vida en un filme biográfico. En el fondo, las cosas sí habían cambiado. Pero para peor. La generación naciente veía a los intelectuales del periodo de entreguerras como reliquias vivas destinadas a adornar los anaqueles de los museos. Por fortuna, diría Márai, «siento un gran alivio al pensar que todo un océano de distancia me separa de esa clase de gente».

            Algunos regresaron a casa después de años de exilio. A principios de los ochenta, el régimen soviético se ablandaba y todo indicaba que los rusos permitirían a la sociedad húngara una pacifica transición hacia la democracia. Era el momento ideal para regresar, creyeron algunos. Los comunistas se mostraban condescendientes y los exiliados ya no eran considerados como traidores a la patria. Pero no así lo creyó Márai, más obstinado que nunca. Pasó los años finales de su vida convencido de que aquello que sus colegas llamaban casa había dejado de existir hacía cuatro décadas. El país se había bolchevizado por completo. Sabía que, además de convertirse en un idiota útil para el Partido, volver a esa Hungría equivaldría a un nuevo exilio. No quedaba un solo miembro de su familia con vida, ni compañeros de profesión ni amigos. Todos sus enemigos habían desaparecido también. «Si volviera a Budapest no encontraría con quien enfadarme», anota en su diario de 1988, pocos meses antes de quitarse la vida. Por eso prefirió desvanecerse en el olvido, muy lejos de su venerada lengua materna. Desde 1948, su postura fue siempre la misma: mientras no se cesase la ocupación y no hubiesen elecciones democráticas con observadores internacionales, jamás regresaría ni autorizaría la publicación de una sola de sus líneas. Así esperó hasta el último momento, año tras año, y cuando entendió que pronto sería incapaz de valerse por sí mismo, puso fin a su vida con dignidad, en absoluta soledad, sin sentimentalismos, sin ambages ni tratos última hora con el mundo. Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas.

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