Matoneo


 

«El hombre nace malo y la sociedad lo empeora».

Fernando Vallejo.

1.

            A las seis de la tarde, el crepúsculo, en estampida, se cernía violentamente sobre el cielo de aquel día de mayo. Las nubes parecían aves deformes de regazos purpuras y el aire, impregnado de los perfumes de la caña de azúcar, soplaba dejando un aroma empalagoso sobre las cosas. En casa de Ocoró, una fastuosa narco hacienda en la que antaño habían sido esclavizados sus ancestros congoleses, cerca de treinta bachilleres nos habíamos reunido para celebrar nuestra graduación.

            Desde el principio, botellas de diversos licores empezaron a circular con alarmante velocidad. La multitud reventaba en descomunales carcajadas, compartía evocaciones de sucesos escolares, hablaba de los planes futuros, de actualidad política o deportiva, se jactaba de sus primeros triunfos sexuales y, también, se daba a reanimar odios insuperables. El resultado era una estrepitosa polifonía de voces enardecidas e insultantes que confundían la búsqueda del humor con la conquista de lo grotesco. A propósito de un crimen que acababa de atizar el mórbido pathos de la opinión pública, la siguiente conversación empezó a marcar el tono siniestro que acompañaría el resto de la velada:

‒ Loaiza, le explotó el collar a la señora, ¿sí viste?‒.

‒ ¡Guerrilla hija de puta!‒.

‒ Dicen que no fueron las FARC‒.

‒ ¿Quién entonces?‒.

‒ Bandoleros, desquiciados, almas de Dios‒.

‒ ¡Qué delicia este trago!‒.

‒¿Por qué seremos tan viles?‒.

‒ ¿Sí le viste la tetas a Tatiana?‒.

‒ En vivo y en directo‒.

‒ Cuando almuerzan los colombianos‒.

‒ Cuando se tragan sus muertos‒.

‒ Y sus culos ensiliconados, maestro‒.

‒ La nación entera pegada al televisor‒.

‒ ¡Atenta a la detonación!, ¡iujuuu!‒, anotó Loaiza con sonoro sarcasmo rematando su frase con la desconcertante y aguda onomatopeya que solía emplear para expresar sus extraños arranques de satisfacción. Aunque sin hacer caso de ésta, el intercambio de frases se reanudó en medio de la algarabía:

‒ Como si la realidad fuera ciencia ficción‒.

‒ Un sueño tan luminoso y desbordante que nadie lo puede ver‒.

‒ ¡Óigame a este gran guevón!

‒ Como tener un sol postrado en la ventana‒.

‒ Pobre señora, Loaiza‒.

‒ ¿Viste las cámaras cómo la acechaban?‒.

‒ ¡No jodas que estoy que me follo!‒.

‒ 15 de mayo del 2000, ¡hoy nace nuestra generación!‒.

‒ Y saber que mañana lo vamos a olvidar‒.

‒ Nacemos indolentes, ¿qué más queres?‒.

‒ Loaiza, esto lo hemos de pagar. ¿Loaiza?‒.

‒ Espérate que me voy a drogar, ¡iujuuu!‒.

 

2.

            Hacia las ocho de la noche, algunos empezaron a reclamar la presencia de prostitutas. Al oír esto, Ocoró, cual devoto monaguillo, se abrió paso entre nosotros con una bolsa abierta de par en par a la que fuimos arrojando generosamente billetes de todas las denominaciones. Los más aventajados reclamaban la presencia de prostitutas cuadragenarias, en lo posible de aspecto poco amigable y con ínfulas de dignidad. Con ellas, decía Ocoró, hay un margen menor para la negociación, pero el servicio es mucho más humano.

            Loaiza sostenía un trago de whisky recién servido. Sus largos dedos ocres, delgados como estacas, temblorosos por efecto del bajo índice de masa corporal, se aferraban al vaso con insistencia. El conjunto conformado por el antebrazo, las falanges y la copa, daban la impresión de ser una pesada carga para él. De cuando en cuando, en medio de la agitada conversación, sus ojos se desviaban abruptamente de su interlocutor para fijarse en la mano comprometida, como preguntándose ¿hasta cuándo?

            Esa noche se mostraba inusualmente locuaz. En su dicción reverberaba un innegable eco de febrilidad, en sus conjuntivas brillaba una luminosidad de alcaloide. Sus mandíbulas se estrellaban corta pero potentemente, como el mecanismo de un fusil. “Carne, señores, carne”, dijo frotándose las manos y se apartó del grupo. Aproveché su ausencia para preguntar a los otros si era posible que esa noche Loaiza estuviese armado y ocultase en uno de sus bolsillos su famosa navaja automática. Su desenfreno impregnaba la noche de peligro.

            A su regreso, todos contemplamos con alegre espanto las partículas de cocaína esparcidas en las inmediaciones de su nariz. “¿Me quedó maquillaje? ¡Aaah!, replicó con cinismo, sin intención de limpiarse. Aunque su sarcasmo nos sedujo, algo despreciable se delataba en su conducta. Dándole largas a su patetismo, retomó uno de sus temas preferidos: las meretrices. Ya muchas veces antes nos había contado con lujo de detalles sus relaciones con este gremio. Había entregado su virginidad a una veterana prostituta que también solía atender a uno de sus tíos. A los trece años. Hablaba de sus encuentros sin el menor resquicio de vergüenza. Ni titubeaba para reconocer que la prostitución era el único medio del que disponía para acceder a la carne. Después de depositar un billete en la bolsa, dijo:

            “Diez mil esta noche, por la causa. Pero Ocoró no tiene ni puta idea”. “¿Sobre qué?”, le interrogó Cuellar de inmediato. “Con las putas viejas es de lo peor”, le respondió acercando su vaso a la boca. “Una puta cuarentona debe tener ya muchas mañas, mucho resabio”, acotó Vélez furtivamente para mantener el hilo de la conversación. “No es sólo eso”, contestó Loaiza, conciliador, “con algunas, es verdad que eso humaniza mucho más el servicio, pero no es siempre así, además, ese no es el punto”. “¿Cuál es entonces?”, le interpeló Rodríguez quien hasta entonces se había mantenido al margen. Siendo tan buen mozo, el asunto del acceso al coito con dinero le parecía abominable.

            “Mirá”, se dispuso a explicarle con un aire de superioridad, “por la enorme exposición a todo tipo de humores y fluidos corporales, el tubo vaginal incrementa con los años su pH. Es una respuesta natural del sistema inmunológico. Se vuelve más ácido, deshace, mata todo lo que por ahí entre. Eso no lo dicen los manuales, señores… ¿ven el problema?”, apuró nuevamente su bebida y concluyó con su risita maniaca: “eso no tiene nada de humano.” Rodríguez le devolvió una mueca de asco y abandonó el grupo. Los demás nos quedamos mirándonos sin decirnos nada. Loaiza regresó al baño. ¿Dos, cuatro líneas más?

3.

            Loaiza exhibía una delgadez anormal, como si la hubiese causado alguna enfermedad consuntiva. Su musculatura era excesivamente magra, gozaba de poca estatura, y en su cara se dibujaba una fealdad poco común. Su cabeza era como una especie de calavera forrada en un lienzo chamuscado.

            Diríase un organismo consumido por alguna extraña fuerza. Su infancia estuvo marcada por largos periodos de padecimiento y una costosa lucha por acoplarse a la vida. Prematuramente envejecido, se contaba entre los estudiantes de mayor edad de nuestra clase. La enfermedad lo había atacado de nuevo a comienzos de la adolescencia y lo mantuvo alejado de las aulas durante dos años. Sin previo aviso, ésta solía atacarlo de cuando en cuando.

            Tenía las mejillas copiosamente pobladas de granos y manchas negruzcas. Quistes y cicatrices evidenciaban las secuelas de una varicela mal cuidada. Su cara era alargada y huesuda. Sus ojos, muy negros y de un brillo burlón, constituían su rasgo más molesto (reflejaban, desde su infierno, una mofa cruenta). Sus labios, plagados de petequias, se desprendían de los maxilares dibujando la silueta de una campana de trompeta; su textura era reseca y callosa. Arce, hijo de médico, observó en una ocasión ‒no sin cierta fingida preocupación‒ que Loaiza podría estar entrando en la fase terminal del síndrome de la inmunodeficiencia.

            Existían varios rumores en torno a él. Se decía que antes de llegar a nuestro colegio, había llevado una vida agreste de pandillero. Por eso, aunque a muchos asqueaba, también les suscitaba temor: había apuñalado en repetidas ocasiones y, a cambio, también había recibido numerosas estocadas. No había duda de que su flaqueza física escondía la capacidad de reaccionar con mucha más determinación y violencia que cualquiera de nosotros (tentaciones homicidas incubadas en el padecimiento).

4.

            Cuando se incorporó de nuevo al grupo, notamos la expansión de la mancha blancuzca; ahora parecía una pequeña nebulosa alojada alrededor de su nariz. Los dedos de las manos se le abrían y cerraban mecánicamente, intercalándose entre sí, sin que los pudiese controlar. Sus labios se retorcían en un zarandeo cadencioso como los de un dromedario mascando.

            “¡Entonces! ¿Ya llegaron las perras?”, preguntó mientras le echaba mano a su whisky. Bebió un sorbo más y agregó: “Lo bueno de este negocio es que siempre le está llegando nuevo material”. Rodríguez regresaba, y al escuchar sus últimas palabras, le increpó: “hijueputa, todavía con lo mismo, ¡no jodás!”

            “Bueno, vos que participas tanto en la clase de filosofía, Ciorán decía que las putas son las mejores psicólogas, ¿no es cierto?”, le replicó Loaiza mientras sorbía estruendosamente los chorros de fluido nasal que se le precipitaban por las fosas. Reímos a medias, preocupados por la brutalidad de su embalaje. “Creeme, embistió de nuevo, cuando una puta te ve, de inmediato se da cuenta de tu problema, nadie como ellas para sacar a flote la mierda que llevas estancada por dentro.”

            “No me digas, guevón”, le respondió con desdén, y con el mismo tono, agregó, “bueno, contanos entonces qué te han dicho sobre los vergueros de tu alma, sobre lo infeliz que sos? ¿Ah? ¡A ver!”. El tono abiertamente agresivo de esas palabras nos llenó de preocupación. No obstante, la réplica pareció –al menos por el momento– paralizar a Loaiza. Consideré entonces imperativo saber si éste, a quien se le inoculaba en los ojos el veneno de la rabia, estaba armado. Por fortuna, su siguiente acotación vino llena de melancolía: “conmigo fue distinto. No hay nada en particular que me aflija ni me alegre. Ellas, todas, coinciden en que carezco de alma. No hay nada en que penetrar. Escasamente poseo un cuerpo”. Dicho esto, volvió a abandonarnos. Todos los demás nos quedamos contemplando nuestras bebidas con gravedad mientras secretamente calculábamos cómo evitar una lluvia de puñaladas.

5.

            En los últimos meses su condición física había empeorado. Su constante febrilidad nos ponían los nervios de punta. Su forma enfermiza de reír, de reaccionar felizmente ante los más insignificantes sucesos; sus observaciones casi siempre banales; su loca manía de emitir constantemente burdas y excitadas onomatopeyas ante la más vulgar nimiedad; los groseros detalles de su imaginación y, sobre todo, su incapacidad para responder ante los agravios de que era objeto, habían terminado por conjurar una maldición contra su persona. Entre más decaía, más se hacía odiar.

            Loaiza se había convertido en un adicto a esa agresividad juvenil tan propia de púberes pertenecientes a instituciones educativas masculinas. Su único interés era consumir violencia y agresión, incluso cuando éstas se volvían contra él.

6.

            Alrededor de tres horas habían transcurrido. La noche estaba despejada, plena de estrellas y de aedes aegypti. La mezcla del aroma del whisky y de la caña de azúcar provocaba una suerte de asfixia dulzona. La velada seguía su curso entre carcajadas y obscenidades, aunque la tensión se mantenía intacta. La cocaína parecía hacer las veces de una camisa de fuerza sobre Loaiza, quien sudaba frío y en cuyos ojos fulguraba el destello de una lejanía boreal.

            De repente, alguien se acercó ofreciendo cacahuetes. Loaiza declinó sonriente como volviendo en sí tras un plácido desvarío. “No puedo… por  el riñón”, dijo, casi con el candor de un niño. Y fijó enseguida sus ojos en los míos como si me estuviera haciendo una exigencia. El efecto de ese comentario modificó de inmediato nuestro humor. Nunca antes lo habíamos oído hablar así.

            “¿Cuál riñón?”, pregunté afectando cierta indiferencia. “Esta fuma de hoy puede joderme mi siguiente cirugía”, replicó para sí, abatido. Comprendimos entonces que había llegado el momento. Nos miramos extasiados, como si por fin llegase a nuestras manos el trofeo por el que habíamos competido todos esos años de escolaridad. Era la primera ocasión en que pronunciaba abiertamente la palabra cirugía.

7.

            Su decisión no era del todo imprevisible. A inicios de ese último año escolar, el ejército nacional, como es costumbre, había convocado a todos los bachilleres a definir su situación militar. Corría el mes de septiembre. Aquel día, en el batallón de la tercera brigada, los cincuenta y cuatro jovenzuelos aguardábamos el llamado. Los militares nos trataban con hartazgo, nos ordenaban esto o lo otro, nos interrogaban, registraban nuestros datos y huellas dactilares para finalmente conducirnos a una amplia sala en la que se ejecutaría el examen médico.

            Como reses, por tandas de a veinte, nos ordenaron desvestirnos frente a un galeno vestido de castrense. Este haría más preguntas, y luego, con el mismo guante de látex que emplearía toda la jornada, nos haría un tacto testicular en busca de varicocele.

            La desnudez de Loaiza causó una inmediata conmoción. Su torso desobedecía a todos los cuadros simétricos de la anatomía humana. Diríase una fisionomía cubista: la tetilla izquierda colgaba más arriba de la derecha y el ombligo, rasgado por el boquete de una enorme cicatriz, se elevaba hacia el costillar izquierdo. El resto de su carne parecía haber sido arada centenares de veces.

            Al verlo, el militar de mayor rango dejó escapar un alarido de asco. “¡Uy mijo! ¿Y a usted qué le pasó? ¿Lo arroyó un tren?”, le preguntó con todo el cerdismo de que su fuero lo hacía capaz. “Vístase, vístase”, le ordenó con rabia, “pase al despacho para que lo eximan, firma y se va para su casa que usted así no puede servirle a la patria”.

            “Ni a la patria ni a nadie”, agregó una voz aguda y maléfica que se había camuflado en un ángulo del claustro. De inmediato el recinto se inundó de carcajadas.

            La humillación, empero, no lo perturbó en absoluto. Llevaba años preparándose para ese momento. Tomó su ropa, se vistió pacientemente y abandonó el lugar con indiferencia, dando pasos lentos y seguros, con la frente inclinada pero sin el menor dejo de consternación. Si hubiese estado en el lugar de todos los demás, hubiese reaccionado de manera idéntica. Victima estudiosa, nos dejaba a nuestra suerte mientras se internaba en la suya.

            A partir de ese momento, los meses restantes de escolaridad darían lugar al periodo más infeliz de su existencia. Cientos de apodos virulentos y mortalmente ingeniosos se enfilarían incompasivamente hacia su persona. “Cuerpo e’ chorizo” y “sobrado e’ tigre”, fueron de los más celebres. Su cuerpo se convirtió en un objeto de culto para todos; en él nuestra violencia hormonal y cultural hallaba el mejor catalizador de su sevicia.

            Y Loaiza había callado hasta aquella noche.

8.

            “Son dieciséis cirugías mayores y veintisiete menores, sin contar las puñaladas”, dijo con la boca temblorosa y con el cuerpo entero cediendo a una intimidante vibración. El peso de sus palabras nos dejó estancados en un denso mutismo. Invadidos por una enferma fascinación, ninguno de nosotros conseguía reaccionar.

           Entonces sufrió el ataque. En un mismo segundo, en su cara se observó una inexpugnable plenitud en la que se mezclaban desprecio, cólera y tristeza. Saltó enseguida sobre la mesa principal, se quitó la camisa y expuso su torso. “Miren, malparidos, aquí lo tienen. ¡A ver! Vengan a tocar”, increpó a la multitud que empezaba a rodearlo. Las risas no tardaron en hacerse escuchar. “¡Mirá al chorizo, ve, se acaba de pelar!”, gritó alguien con hilaridad. Pero ya nada podía detener al mutilado nudista. “Esto que ven ustedes aquí, gonorreas, inscrito sobre esta grosera panza, son las marcas de una vida harto infeliz. ¡Ya verán, ¡iujuuu!”.

            En adelante, remataría casi cada frase con esa molesta onomatopeya que tanto lo caracterizaba y que resultaba tan irritante para todos. Lo peor era que dicho sonido venía acompañado por un gesto incomprensible: elevaba hacia su pecho el puño como si se tratase de un campeón olímpico que acabase de batir un record mundial. “Llegué al mundo cuando apenas me encontraba en mi quinto mes de gestación… ¡iujuuu!”, exclamó con todo su patetismo cocainizado. Y prosiguió: “Lo primero que los médicos descubrieron fue que carecía de ano, ¡iujuuu!”.

            Alguien soltó una estruendosa carcajada. Loaiza rió con él macabramente y arreció su siniestro espectáculo: “A ver, ¿a cuántos conocen nacidos sin ojete? Sin culo, ¿no está ya uno condenado? ¡iujuuu! ¡A mí me lo tuvieron que perforar! Además, los pediatras descubrieron que la porción final de mi colón no conectaba con el esfínter. Y para unirlas, el procedimiento fue muy simple: partirme el abdomen en dos. Pensaban que no iba a sobrevivir, ¡iujuuu!”. Entonces empezó a pasarse mórbidamente el índice derecho por la cuenca de esa cicatriz en el centro de su abdomen, ésa precisamente que era como la columna vertebral de toda su mutilación.

            Ya nadie reía, sólo se escuchaban interjecciones de hastío.

            “Los rayos X demostraron que mi vejiguita tampoco iba bien; su estructura estaba incompleta. Era apenas un tejido tierno y poroso. Por esa razón, fue necesario incrustarme en el vientre una malla para contenerla. Luego, todos se preocuparon al ver que yo no era capaz excretar mi propio pipi. Entonces las dudas sobre la existencia de mi uretra no se hicieron esperar, ¡iujuuu! Por desgracia, ese caminito hacia el exterior tampoco había sido zanjado. Sin embargo, dijeron los médicos, la solución era como cortar un banano. Entonces procedieron a tasajearme la verga, con un escalpelo muy afilado, y así me fabricaron una uretra, ¡iujuuu! Y funciona de maravilla, porque lo que no puede dios, lo puede el hombre, ¡iujuuu!”. Hablaba con la fascinación que ejercen los actores más auténticos, al tiempo se frotaba con ambas manos sus costados lacerados, conjurando la escena en una suerte de streap tease carnicero.

            La repugnancia nos dejo a todos paralizados. El silencio se hizo absoluto.

            “De ñapa –dijo consciente de su dominio sobre la multitud– las cosas se jodieron todavía más. Mientras me recuperaba de las primeras cirugías, resultó que tenía insuficiencias renales. Durante el tiempo que estuve dentro de mi madre, sólo se me formó un cuarto de riñón. Por eso no puedo comer frijol ni lenteja, ni consumir alcohol, por tener sólo un pedacito de riñón, ¡iujuuu!”, remató su frase hundiendo sus dedos en torno a la carne mutilada de sus caderas.

9.

            La decisión fue unánime. Antes de que volviera a hablar, vimos una botella viajar de un extremo al otro del salón e impactar violentamente su cráneo. La explosión generó una paralizante llovizna de vidrio y vodka. Tras verlo caer, la multitud se le echó encima para cobrarle el repugnante indecoro de su confesión. Avasallado por los golpes, con su infatigable rictus burlesco, el último aliento de vida le alcanzó para proferir unos cuantos más “¡iujuuus!”. En respuesta se oyeron todo tipo de improperios. El vaho a sangre, nicotina, sudor y alcohol, era insoportable.

            Después de incinerar el cuerpo, todos regresamos al salón y continuamos bebiendo en silencio. Las prostitutas estaban por llegar, ellas nos arreglarían la noche. En ninguno de los presentes se adivinaba el más mínimo rastro de arrepentimiento. Por el contrario, una expresión justiciera dominaba nuestros rostros. Tan corrompidos estábamos ya para la vida que ni siquiera hizo falta un solemne juramento para mantener en secreto el terrible crimen de nuestra generación.

 

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