Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… cuarta parte.

7.

            Barrio de Krisztina, Buda. Avanzo a paso firme sobre la calle Tábor mientras trato de quitarme de encima, con copiosos chorros de palinka, el enojo que me ha dejado la traición de Kányádi. No hay rastros del sol, la negra muralla de nubarrones progresa rampante en su descenso a tierra. El cielo se desgaja en cualquier momento, pienso lidiando con la asfixia de su cercanía y la compresión que ejerce sobre mi psiquis. Clima de mierda, día de espanto, me enardezco, el invierno será siempre esta experiencia humillante, me torturo al tiempo que batallo contra la fatiga ocular y siento el frio marmóreo apoderarse nuevamente de mis vísceras. Gotitas semi-congeladas, cual alfileres, empiezan a impactarse contra mi cráneo. Era de esperarse, me recrimino sintiendo la embestida puntiaguda del granizo reventarse en mi frente, Kányádi jamás respondería a mi llamada, el gesto de entregarme su tarjeta no fue más que la postiza cordialidad del burócrata académico. Balazs tenía razón. Llueve.

            A pocos metros del cruce con la calle Mikó, ruinas. Una señal de prevención me cierra el paso sobre la acera, cintas de plástico rodean un voluminoso arrume de ladrillos negruzcos, carcomidos por la humedad. Bajo a la calle, apresuro el paso sorteando los detritos de fango y concreto, al llegar a la esquina descubro maquinaria pesada, artefactos de obrero apostados alrededor de la bocacalle que separa las dos vías. La escena desata un súbito retortijón en mis entrañas el cual es acompañado por un resoplido gélido que me petrifica el duodeno. Temo lo peor, el gobierno de Orbán ha decidido demoler el antiguo inmueble donde Sándor Márai vivió los mejores años de su vida; dentro de poco, pienso, ya no quedará nada ahí del gran escritor ni de su casa (doblemente derribada por las retaliaciones del fascismo) en cuyo lugar construirán ‒probablemente en un gesto de vulgar demagogia‒ viviendas de interés social. El suelo se abre bajo mis pies, colapsa la vivienda, se hunde mi perfil. Y el alcohol baja como un fogonazo límpido por mi garganta.

            Regreso al andén, busco, aguijoneado por la paranoia, la respectiva placa en lo alto de la fachada. Por fortuna ‒aspiro el aire frio con menos ansiedad‒ sigue ahí indicando, entre otras cosas, el intenso periodo de glorias y desdichas, comprendido entre 1931 y 1945, años en los que escribió casi de un tajo las novelas que se leen actualmente en Occidente. En un breve instante pasan delante de mis ojos los cientos de imágenes y episodios de la vida de Sándor Márai que me he ido construyendo a lo largo de estos años de atentas lecturas. Observo la placa con detenimiento, la encuentro insignificante, en sus dimensiones, en su ubicación, demasiado alta, de caracteres minúsculos, burdos, confundibles con los de la señalización del distrito. Ignoro el texto; siempre me ha parecido deshonesto intentar comprender, en un golpe de oportunismo, una lengua que nunca he trabajado. Me doy entonces media vuelta, animado por un recuerdo que de repente cobra vida, descubro del otro lado de la calle Mikó la pequeña plaza en la que apenas se consigue distinguir, en medio de la penumbra y la vegetación, el busto y los dos bancos puestos delante de él. Abandono la acera y, para terminar de orientarme, me paro exactamente en el centro de la bocacalle. Desde ahí doy un giro completo sobre mi eje. Ni una sola alma húngara alrededor. El viento sopla recio.

            Una oscura inercia me conduce de vuelta hacia la pila de ladrillos que reposa a la entrada de la calle Tábor. La visón de los desechos adoquines, que vistos desde donde estoy parecen formar los escombros de una pirámide, me crispa de nuevo los nervios. En un esfuerzo por ver lo qué me sucede, decido acercarme aunque los picotazos y el escalofrío internos se agudicen. La última bocanada de palinka baja con dificultad, siento su borboteo ardiente estancado en la boca del estomago. Con cada paso, aumenta la sensación de que voy regido por una suerte de macabro algoritmo de distanciamiento, uno que hace las cosas que componen mi existencia se estén separando constantemente, unas de otras. Una gran dilación, como el universo, expansión de zonas vacías. A un paso de las briquetas, me quedo mirando las gotas reventarse contra la piedra. Comprendo que el momento es triste y real.

            De golpe, la imagen se cristaliza con nitidez: la fotografía fue tomada por el célebre reumatólogo János Kunszt exactamente en este mismo sitio, una mañana de marzo de 1945. La vi ayer en el museo, ampliada y restaurada digitalmente. El enfoque es idéntico: el montón de ladrillos, aunque más voluminoso, dominando el primer plano, sugiere la inminencia de desplomarse sobre el observador al siguiente parpadeo; en segundo plano, a unos cuatro metros, se distingue a dos hombres, ambos con el ánimo sosegado, que tienen vuelto el rostro hacia la calle Tábor (que es hacia donde estoy mirando ahora) y observan la hilera de edificios devastados que compone el fondo de la escena. El cielo es una franja apenas perceptible que serpentea sobre el borde de las fachadas, perforadas por los obuses, y las azoteas, destrozadas por las granadas, abiertas como vientres reventados desde adentro. Entonces, como ahora, el cielo carece de importancia.

            La similitud es desconcertante y al mismo tiempo premonitoria: concluido el asedio, Márai se dirige a Budapest. Acompañado por su mujer, ambos siguen la estela dejada por los soldados rusos que avanzan hacia la capital. La ciudad es difícilmente reconocible. Una gran destrucción campea por doquier; la mayor parte de los edificios ha desaparecido, la orientación es ardua, incluso en el barrio donde ha vivido los últimos veinte años de su vida. Millares de mujeres, niños y ancianos, heridos, doblegados por el hambre, acaban de abandonar sus refugios y regresan, como Márai, a casa. Budapest, molida por el fuego, aún sepultada en sus propias ruinas, empieza a volver en sí. El Puente de las Cadenas yace sumergido sobre el lecho del Danubio; el Águila de bronce que antaño, las alas desplegadas, vigilaba los jardines del Castillo Real, ha perdido su gallardía y, amputada, se le ve ahora humillada, salpicada por la metralla, escupida por la Historia; de la cúpula humeante del Parlamento todavía puede verse a las llamas dar saltos repentinos por entre las lozas resquebrajadas. Márai tiene la impresión de caminar entre ruinas arqueológicas. Al llegar a la intersección de las calles Tábor y Mikó, al igual que Kunszt, apenas con unas horas de diferencia, se topa con el mismo montículo de ladrillos frente a la entrada de su casa. Se detiene frente a éste, lo contempla con gravedad, y enseguida vuelve la mirada hacia donde debería encontrarse su residencia. La visión consigue apenas alterar la expresión de fatiga que predomina en su rostro.

            Como casi todos los de este barrio, su piso es ahora un agujero donde reposa un impenetrable revoltijo de madera rajada, hierros retorcidos, papeles incinerados y cemento triturado. Es poco lo que ha sobrevivido a las bombas. Escala como mejor puede la escombrera en que se ha convertido su salón y, una vez en la primera planta, enfila con una lentitud objetiva hacia su antiguo lugar de trabajo. De los seis mil volúmenes de su biblioteca, sólo es rescatable un ejemplar de poco valor (El libro de los cuidados de los perros en el hogar burgués) junto al que reposa intacto un retrato de Gorki y Tolstoi en su casa de Iasnaia Poliana. Echa mano a ambas cosas y las incrusta con indiferencia en el bolsillo de su abrigo. Invadido por una extraña serenidad, observa casi con agradecimiento ‒le tomará años comprenderlo‒ las ruinas de su antigua vida. Permanece atento a sí mismo, sondea como puede sus reacciones, decide ignorar los detalles, su serenidad empieza a sorprenderlo; no repara realmente en los destrozos sino en sí mismo, intuye que debe volver la vista no hacia afuera sino hacia su interior, está plenamente consciente de la importancia del momento, de la transformación que le está ocurriendo. Luego, tras unos instantes de inmovilidad, retira su mirada del vacío, se aclara la garganta, arroja su colilla al suelo para aplastarla contra el carbonizado parqué. Expele el humo y, sin miramiento alguno, deja todo atrás.

            Comunica el balance de las pérdidas a su mujer quien se ha quedado abajo esperándolo, conmocionada, junto a los ladrillos. Sólo han quedado en pie los muros estructurales, le dice. Ella inclina la frente conteniendo el llanto y, minada por el dolor, da un paso hacia él. Márai, en cambio, conserva la compostura, la recibe contra sí, echa de nuevo un vistazo a los adoquines, envuelve enseguida sus hombros con ambos brazos, siente sus sollozos reverberar contra su esternón mientras la estrecha con fuerza. Vamos, le dice al acabo de un minuto. No hay alaridos, ni lágrimas, ni siquiera un resquicio de venganza asoma en el corazón de Sándor Márai. Juntos emprenden la retirada por la calle Tábor hacia el Castillo de Buda. Deben ahora buscar donde vivir. Por el camino expresa su solidaridad a sus vecinos burgueses sobrevivientes que lloran sus pérdidas, maldicen la barbarie de la guerra, pero sobretodo se aprestan a defenderse de la amenaza comunista. A medida que marcha, se da cuenta de que no comparte ese mismo sentimiento a pesar de que, como ellos, también lo ha perdido todo. Una pasión diferente bulle en su corazón.

            A pocos metros, se detienen un instante frente al que había sido el domicilio de su antiguo vecino, Dezső Kosztolányi, el escritor húngaro a quién más respetaba, cuya obra consideraba sencillamente perfecta. Las llamas todavía consumen el mobiliario. Dónde estará ahora su obra, estará a salvo, se pregunta imaginándola arder impunemente. Una honda inhalación ensancha su caja torácica. Por fin ha sucedido, dice para sí, a media voz, disponiéndose a retomar la marcha, con el ánimo disuelto en una inusitada levedad. Su mujer se arrellana contra su cuerpo, cierra con vigor ambos brazos en torno a su torso, hunde su mejilla derecha en la cavidad de la axila. Ha escuchado la frase pero no puede comprender su sentido. Prefiere entonces guardar silencio. Veinticinco años después iba a saber, gracias a una de sus más sorprendentes confesiones, que en aquel momento –él mismo se acordaría de ello en muchas ocasiones– Sándor Márai, su marido, era presa de un curioso e inmenso alivio.

            Ha oscurecido por completo en Budapest. La lluvia arrecia, se ha convertido en un chubasco que sopla inclemente, y sacude, caprichoso, las ramas de los castaños en todas direcciones. Por la cuneta de la calle se desliza una delgada corriente de agua, juguetona, rauda, que ha empezado a filtrarse por las costuras de mis zapatos; siento su caricia entumecerme la punta de los dedos. La brisa, que acelera como una tromba gracias a estrechez de la calle Tábor, me arroja en la cara una manotada de basura vegetal. Indefenso, inmóvil, siento ascender desde mis tobillos una creciente sensación de debilidad. El licor, pero sobre todo la prolongada falta de luminosidad ha trastornado mis ritmos circadianos. Veo sin ver, mi intuición del tiempo proviene de una especie de sinestesia invertida, suspendida en el punto medio del embotamiento en el que se encuentran todos mis sentidos. No puedo hacerme una idea precisa de por cuánto tiempo he permanecido absorto contemplado los adoquines siendo bañados por la lluvia, dando rienda suelta a cientos de divagaciones y de escenificaciones en torno a una vida que no me pertenece.

            El estruendo de un potente resoplido termina de sacarme de mi embelesamiento. Me vuelvo hacia la calle Mikó y veo al instante la arremetida del viento estremecer el follaje de los robles que protegen la plaza donde yace el busto de Sándor Márai. El vendaval penetra en la plaza por ráfagas irregulares las cuales, una vez atrapadas por la espesura de los arboles, se elevan estrepitosamente para producir una reverberación gutural.

            A medida que me acerco, escucho con mayor claridad un sonido seco, repetitivo que destaca entre el barullo del vendaval y el chirrido de las hojas muertas que cepillan el asfalto.  Dos pasos dentro de la plaza: el busto del gran escritor burgués, bañado por el aguacero y embadurnado por residuos de la calle, está siendo inclementemente azotado por una cinta con los colores de la bandera de Hungría. La escena me parece tan humillante que, al instante, una vigorosa arcada me doblega. Escupo una babaza espumosa y densa. Trato de incorporarme pero una segunda arcada me estrangula el esófago. Vomito amarillo con olor a pera alcoholizada. A pocos centímetros del suelo, alcanzo a reparar en los trazos de mi rostro deformándose aleatoriamente sobre el espejo formado por la mezcla del agua embarrada y la luz amarilla del farol. Una lágrima (o dos) se me escapa. Vuelvo la mirada hacia el busto: la hilera de gallardetes que, en días menos aciagos, tienen la función de recordarle al pueblo magyar el legado de ese gran espíritu, ahora sólo obedecen, ciegos, a la voluntad de la tempestad, y le están dando una tunda de bofetadas a la cara inerme de Sándor Márai. Sin comprender muy bien el motivo de mi indignación, me dejo caer, ebrio, sobre uno de los bancos. Recuperar el aliento para marcharme enseguida, es lo único que se me ocurre hacer. Poso ambas manos sobre mi vientre y siento un grueso quiste pétreo aplastarse contra mis vertebras. Apenas puedo inclinarme. Rígido, vuelvo a fijarme en la testa de bronce que me recuerda, por lo estrecha, a los perfiles lánguidos, filosos, malignos de Daumier. Todo lo que le está sucediendo es de un mal gusto execrable, concluyo, vencido, y dejo caer hacia atrás la cabeza. Mis parpados colapsan de inmediato.

            «¿Por qué has venido hasta aquí?», susurra la voz, altiva, surgiendo del silencio al que ha dado lugar la cesación de la lluvia.

            «¿Qué fue lo que verdaderamente le ocurrió aquí, aquella mañana de marzo de 1945?»

            «Nada de lo que pueda vanagloriarme», replica la voz, autoindulgente.

            «¿Quién eres?».

            «Márai Grosschmid Sándor Károly».

            «Debo terminar tu perfil», le digo tiritando, presa del desvarío.

            Su voz melodiosa me sosiega:

            “Un instante de falsa lucidez, nada más que eso ocurrió… Con los años se termina por comprender que la vida también está regularmente habitada por momentos como éste. Es imposible, y por lo tanto absurda, la pretensión de alcanzar una claridad total sobre nosotros mismos. Siempre es demasiado tarde cuando comprendes lo que has debido hacer o lo que te ha sucedido en tal o cual momento. En mi caso, aquella mañana de marzo, los adoquines amontonados a dos metros de la entrada de mi domicilio, dirigían un mensaje directo a mi vida, a la existencia aburguesada que había llevado hasta entonces. Lo comprendí de inmediato en cuanto los vi; de su materialidad emanaba una fuerza singular, una suerte de trueno que retumbó de súbito en mis entrañas, sin dejarme tiempo para reaccionar. En la vida hay momentos así, una tarde cualquiera esperas a alguien sentado en la terraza de un bar, estás cómodo, llevas una vida normal, en apariencia nada te acongoja, tus hijos son felices, etc., interrumpes un instante tu lectura del periódico para ver pasar al tranvía sobre el bulevar, oyes distraídamente el ruido producido por los rieles, sin saber por qué, te fijas en una mujer emperifollada que abandona el vagón, reparas en las plumas enhiestas que rematan la copa de su sombrero y empiezan a oscilar erráticamente al ritmo de su marcha apresurada. De golpe, de esa completa banalidad, algo se cristaliza, se seca definitivamente en ti, una detonación sorda te hace estremecer, una parte de tu persona se agrieta, implosiona, se abre un honda raja en ella, una ventisca helada barre tu interior, enmudeces, mueves tu frente en todas direcciones en busca de una respuesta, es demasiado tarde, una revelación se desprende de toda la restante confusión para definir sus propios contornos y anunciarse como una verdad igualmente banal, pero igualmente irremediable: se ha agotado el amor y la complicidad entre dos personas, nada puede echar atrás la desconfianza que ahora media entre ellas, las heridas que ambas se han causado han dado lugar a un rencor incurable, hace tiempo ya que esa persona sencillamente ha salido de tu vida a pesar de que la hayas seguido viendo a diario. Y así…”

            “Sin saber cómo habían llegado ahí, o quién se había tomado la molestia de reunirlos laboriosamente, yo supe, en cuanto las vi, que esas briquetas eran una señal inconfundible de la Historia, un comunicado perentorio que me anunciaba que algo de mi existencia personal se extinguía junto a todo lo que acababa de desaparecer de Budapest. Esos ladrillos, abrasados por el fuego y la furia de la guerra, constituían una síntesis de todo cuanto había sucedido conmigo, con Hungría y con Europa durante los últimos veinte años. Se manifestaban ante mis ojos como la señal de una liberación, una liberación, naturalmente, personal, pues nunca me entregué a la ingenuidad de creer que ese gran país oriental, con su gigantesca maquinaria de guerra y su caótica mezcla de razas asiáticas, llegaba a Hungría con el propósito de substituir a la tiranía nazi, de la que por un lustro los húngaros habíamos sido objeto, e instaurar en su lugar un sistema de valores democráticos. Los alemanes por fin se habían marchado, sí, pero nadie, en aquel momento, se hubiese atrevido a anunciar con desmesurado optimismo la llegada de una nueva era de paz y de estabilidad para Hungría, ese pequeño país que, tras años de manoseos, engaños y manipulaciones por parte de las grandes potencias europeas, parecía finalmente recobrar su autonomía política. Rusia, yo lo había comprendido varios años antes, venía no sólo a apropiarse de su existencia material, sino que deseaba igualmente apoderarse de nuestras almas, arrebatárnoslas. Esa mañana de marzo, no obstante estar al tanto de todo esto, me encontré de pie frente a la destrucción de mi propia casa, y me sentí libre, liviano, salía vencedor de una prolongada batalla en cual había estado a punto de perecer. Eso creí entonces. En medio de la devastación generalizada que reinaba en Budapest, ciudad en la que me había convertido en un autor de éxito, donde mis opiniones contaban para un cierto sector culto de la población; Budapest, esa capital europea por la que sentía un cariño como el que no he llegado a sentir nunca por otra ciudad, esa mañana luminosa acaba de ser liberada, y yo, como ella, me sentía liberado de una parte de mí mismo que había arrastrado por años; me sentía inmensamente aliviado porque creía que un segmento de mi propia persona, uno que me hería y me avergonzaba, una faceta de la que me había sido hasta entonces imposible desprenderme, se había hecho polvo. Tal era el mensaje, imaginé, que la Historia me lanzaba a través de dichos ladrillos”.

            “Todo ello, sin embargo, no era más que un espejismo. Con facilidad ‒pues nada me convenía mejor‒ accedí a convencerme de que la destrucción dejada por ambos ejércitos fascistas había corrido el manto que ocultaba una verdad que hasta ese momento yo me había negado a ver. Una verdad sobre mi propia existencia burguesa: dicha sensación de sosiego frente a las ruinas de mi casa parecía responder al hecho de que en ese instante se cerraba una etapa de mi biografía –la del periodo de entreguerras– en el que todas mi actitudes y actos no habían sido más que un simulacro, una caricatura del verdadero burgués que había sido, por ejemplo, mi padre, así como la mayoría de las figuras masculinas que me habían acompañado durante mi infancia en Kassa, hombres honorables, cultos, orgullosos, cosmopolitas, solitarios, de sólidos principios, creativos, disciplinados. Una versión degradada del verdadero hombre urbano humanista, en eso me había convertido, en un vividor decadente, un burgués amanerado, un dandy indolente, un vagabundo maniático, un neurótico cazador de experiencias, un citadino flemático que escribía libros, obras de teatro, artículos de prensa como si participase en una competición. Por un momento (claro, por un momento denominado histórico) quise creer que ese malentendido personal, esa especie de contradictio in objecto que bifurcaba mi personalidad, esa caricatura de mí mismo, de mis ancestros burgueses, desaparecía y que, en consecuencia, a partir de esa mañana de marzo de 1945, por fin podía volver a ser quien era en verdad”.

            “Tal cosa creí en dicho instante. Deje atrás mi residencia de la calle Mikó convencido de que bajo las ruinas se pudría, se descomponía ese viejo burgués decadente en el que me había convertido. Sin titubeos, me precipite por la pendiente del autoengaño creyendo que, en medio de la Historia con mayúscula, había quedado aniquilada la caricatura deforme que yo había encarnado. Fue un momento bellísimo, inolvidable, como cualquier momento en el que uno miente con un alivio total y con absoluta sinceridad. Entones todavía ignoraba que uno jamás se libra por completo del malentendido que se forma acerca de su propia persona, que es imposible librarse de ello porque dicho malentendido también contiene elementos de verdad, y la caricatura que el mundo le pone a uno como espejo es, al tiempo, uno mismo y aquel cuya existencia se ha intentado por años silenciar. El ser humano no solamente actúa, habla, piensa y sueña a lo largo de su vida, sino que también calla: durante toda nuestra vida callamos sobre quiénes somos, sobre ese ser que sólo nosotros conocemos y que no podemos revelar a nadie. Sin embargo, sabemos que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos”.

            “El efecto apaciguador de esa falso momento de lucidez no tardó en disiparse. Entonces todo quedó al descubierto, la mentira se hizo insostenible. A partir de ese instante me vi obligado a aceptar que ese ser deforme que yo había tenido que asumir, era verdadero, yo mismo lo había creado, me pertenecía; por ende, resultaría inútil intentar culpar a los demás por mi falta de valentía y de tacto para enfrentarme a mi propio destino. En efecto, me había faltado el coraje pero sobretodo la madurez necesaria para aceptar que uno no solamente es aquel que es, sino también, indefectiblemente su propia caricatura. Ésta última no es divertida ni serena, sino amarga, cruel y vengativa. Por eso preferimos volverle la espalda. Esto, sin embargo, carece de importancia. Así lo comprendería más tarde. Tras la decepción, después de someterme a un riguroso examen de consciencia, lo primero que entendí fue que no había habido liberación porque en realidad no había nada que liberar, mi fuero interno no estaba sometido a ninguna contradicción entre sus partes, el hombre no es ni lo uno ni lo otro por separado, supe entonces que lo verdaderamente importante era  sellar un pacto definitivo entre ambos actores e integrarlos a mi existencia tratando de establecer entre ellos una mínima armonía para que su coexistencia cesase de causarme vergüenza y dolor”.

            Una presión dolorosa en el pecho me despierta. Abro los ojos, percibo de inmediato los vestigios de alcohol acumulado en mis carúnculas. Ha amenecido. El cielo está, por fortuna, despejado. Desde abajo, veo a un hombre de pie, en uniforme, hundiéndome su bastón de mando en el costillar derecho. A su lado, otro gendarme me pide, con un gesto poco amigable, mi identificación. Me pongo de pie, y entrego, solícito, lo que me piden. Respondo a sus preguntas, consigo explicarles, en un inglés mejor que el de ellos, el motivo de mi presencia ahí, en el Barrio de Krisztina, frente al monumento que rememora la vida de uno de sus más distinguidos habitantes. Ambos me observan con desconfianza, asienten mal encarados y me indican que me largue de inmediato. Eso mismo hago. Al pasar delante del busto, noto que ahora la banderita reposa, serena, sobre los hombros de Sándor Márai quien, a su vez, ha recuperado su rictus de solemnidad orignal. Sé que nunca más volveré a verlo. El momento es, a la vez, real y falaz. Bajo por la calle Mikó con el paso ligero, un raro alivio despunta en medio de la resaca.

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