Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… final.

8.

            De vuelta a París, el desmoronamiento: “Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas”. Qué maravilla esta última frase, mi estimado M., una caída de telón digna de un culebrón venezolano, como para matar de un ataque catártico a más de una ama de casa, comenta A. en su última respuesta, con una mordacidad a la que ya no pone límites. Tu perfil, prosigue, no alcanza a ser ni siquiera una falsa caricatura del hombre que fue Sándor Márai. No se requiere de un momento de verdadera lucidez ‒debo admitir que tu grandilocuencia vacía a veces tiene cierto encanto‒ para que ver que se trata de un retrato deforme, rico en imprecisiones y fallas de enfoque (así lo señala el segundo lector) que no hace otra cosa que deformar la buena cara que ya posee este autor en el mercado mundial del libro. Ambos, por lo demás, coincidimos en que las lagunas biográficas son múltiples. Creemos que el fracaso de tu perfil se hace manifiesto en el momento en que decides abordar (explotar desproporcionadamente) un momento de la vida del susodicho ‒clave, sí, un giro drástico, sí, pero al fin y al cabo un momentum que, por lo demás, confundes con una anécdota‒, y dejas de lado las otras dos mitades, te ciegas a muchos otros elementos de interés. ¿Qué hay del Márai napolitano, el de los años 70, el húngaro en Nueva York, un universo al que consideraba no apto para seres humanos? ¿Y el de Los Años Locos en Alemania, el joven hundido hasta el cuello en el alcohol y los estupefacientes; el Márai periodista que tomó prestado el alemán como lengua de expresión, dónde está el cronista itinerante, de 19 años, que abría sus crónicas con in media res, ese escritor en formación, atormentado y solitario, que recorría Berlín con un revolver en el cinto? ¿No hay en todo lo anterior suficiente material para extraer de él una bella anécdota? Eso es justamente lo que, acá, sorprendidos, nos preguntamos todos, remata A. su frase con sorna regocijada.

            Grave pecado, opina mi colega, haber desechado el Márai francés, provinciano, empobrecido y desorientado en París, empleado por un tiempo en una carnicería del Mercado de Châtelet para lavar tripas de cordero. Imperdonable olvidar al mozo escritor que frecuentaba por las noches Montparnasse para observar de lejos a la pandilla de Hemingway y a otros escritores como Ezra Pound, a los que admiraba por intrépidos y degenerados. Cómo pasar por alto al pueblerino que erraba por las calles aledañas a la plaza Vendôme al asecho de escritores consagrados o maldecidos por el exilio; al desempleado que pasaba tardes enteras en el café del Ritz leyendo los diarios del mundo, ése mismo muchacho melancólico que recuperaba el sosiego al ver a Unamuno atravesar la plaza, a paso lento, con su dignidad prehistórica, en dirección de la calle Saint Honoré. Y ni hablar, estimado M., de sus diarios, ni de su obra ensayística y dramática, aspectos esenciales de los que infortunadamente no haces ninguna mención. ¿Cómo pasar por alto, por ejemplo, el juicio moral que abre Coetzee en su contra? Bien sabrás que este último ve una actitud imperdonablemente cínica en un Márai que, en lugar de lamentar la falta de imaginación y energía creativa de la burguesía europea frente a los problemas del siglo XX, se reprocha no haber disfrutado más la vida, no haber explotado a fondo los medios de que disponía para ser feliz. ¿Por qué no tomar la defensa de un Márai convertido, por la pluma de un académico pedante, en una figura odiosa, un individualista despreciable, un hombre que renuncia a la acción? Servido en bandeja de plata, M., así y todo, lo dejaste pasar.

            Nunca te pedimos un perfil romántico; te solicitamos, al contrario, una visión cínica, postmoderna, de su existencia, y no una interpretación idealizada, llena de sensiblerías ingenuas de estudiante de pregrado. Nosotros publicamos ‒aunque no valga la pena ya recordártelo‒ artículos de lectores duchos, curtidos, incrédulos, si así lo quieres, opiniones de sujetos que no pueden entender la literatura de otro modo que como una meretriz a la que, dada su vanidosa deshonestidad, es menester maltratar, insultar. Frivolidades, eso publicamos, pero frivolidades simbólicas, al fin y al cabo. Y no palabrerías de novato, de lector cándido que añora, por sobre todas las cosas, mostrarle al mundo el tamaño de su admiración. Nos hablas de un hombre que por años creyó que era algo que no quería ser, lo llevó a cuestas por años, pero al cabo del tiempo, con la purificación de la guerra, se dio cuenta de que, en el fondo, sí quería ser ese otro porque ese otro era precisamente él mismo. Dímelo tu mismo, M.: ¿eso quién te lo va a creer? Peor: ¿qué gracia puede tener? Queríamos que hicieras vivir a Sándor Márai el fin de la Historia, y no que hicieras vivir al lector su propia historicidad (la del escritor). En fin, para dejarnos de rodeos, tu articulo no va. Ya hemos perdido suficiente tiempo con Márai, este texto no cuajó. Ya encontraremos a alguien capaz de hacernos ese perfil lúdico e ingenioso. Abortado. Buena suerte, A.

            Tras poner el primer pie en el andén de la entrada del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III, todo el rencor se desvanece súbitamente. Ruinas, de nuevo. Por motivo de una restructuración administrativa, se lee en el decreto firmado por el decano de Letras, los despachos, la biblioteca y todas las demás dependencias del centro, se han integrado desde la fecha al Departamento Central de Estudios Orientales de la Sorbona (departamento que, según se explica más adelante, abrirá sus puertas hacia finales de 2018). Balazs ha vuelto a Budapest, pienso al tiempo que vuelvo la mirada hacia el documento que llevo en la mano, sus apuntes para la preservación de la literatura proletaria húngara. Lo observo unos segundos ‒siento el pánico expandirse paralelo a la sensación de libertad que crece en mi interior‒ para enseguida arrojarlo mecánicamente a un bote de basura del que emerge un asqueroso vaho de tabaco. La sensación se hace inequívoca mientras contemplo la senda torre de la Gran Mezquita, sus techos rígidos, sus arabescos, en fin, la belleza de sus muros. Se ha hecho polvo la caricatura. Apuro entonces el paso por la calle Censier y, al introducirme en el Jardín Botánico, comprendo que ha llegado la hora de escribir este pérfil.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s