Souci de l’oeuvre.

            En una de sus últimas conferencias (sobre la relación entre la enfermedad y la literatura), Roberto Bolaño habla, no sin cierta sorpresa, de un artista neoyorquino cuya obra descubrió accidentalmente una madrugada en una cadena televisiva española. Un día, nos cuenta Bolaño, el hombre recibe la noticia de que un cáncer terminal lo aventará en unas pocas semanas por el precipicio de la muerte. Demasiado tarde para operar, le dice su médico. Sólo le queda la resignación. El artista, viajero cosmopolita, decide, a partir de ese momento, grabar en video la totalidad de su agonía hasta el instante mismo de su muerte.

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Hombre levitando, cuadro del pintor colombiano Fernando Maldonado

Y así procede: el día a día entre pasillos de hospitales, pinchazos, quimioterapias, vómitos sanguinolentos, y la espera, sobre todo eso, la espera. A Bolaño, según lo que nos cuenta, lo impresiona la motivación que mueve a este creador a registrar meticulosamente los vaivenes de su agonía para luego presentarla a las masas. Indiferencia. Bolaño observa que detrás de su gesto se esconde una indiferencia total, glacial frente a su propio destino, el cual lo deja impávido en el momento mismo en que recibe el diagnóstico; porque se trata de un desenlace carente de textura y de cualquier singularidad. Por considerarlo extremadamente anodino, decide cegarse al contenido de su propio sino. Y hacer masiva esta apatía constituye, así lo cree el artista, un testimonio de humildad necesaria para la humanidad. Movido por esta determinación, el neoyorquino graba su rutina con estudiada objetividad hasta el momento en que sus fuerzas le permiten hacerlo. Luego, obstinado en su indiferencia, encarga a alguien a seguir con las grabaciones cuando la enfermedad lo tiene diezmado casi por completo. Y así sucede hasta el último instante. Su muerte no tiene nada de excepcional, su agonía física es idéntica a las otras. El artista no se aferra a nada, no implora, no invoca a sus familiares, no reza, sólo se cuida de guardar la compostura frente a la cámara, de respectar la lógica de su indiferencia frente a su propio destino. Es el actor encargado de representar su propia muerte, no con un papel brillante, estelar, sino con el de la soberana insustancialidad. Cuando se le viene encima su aniquilamiento, certero, nada sucede, sencillamente muere, se apaga y, con él, se apaga también la cámara.

             A lo mejor ‒intuyo que de este modo lo habría comprendido‒ lo que impresionó verdaderamente a Bolaño fue que, gracias a esta muestra precoz de un reality (hablamos de los años 90), se daba cuenta de que el destino, el de cada individuo, el suyo mismo, era igualmente, como tantas otras cosas, un banal malentendido. Bolaño habrá sabido desdeñar la patraña y el mal gusto detrás de las horas continuas de registro fílmico en las que no ocurría nada y sólo se traslucía un morbo gratuito. Uno no puede, es, en el fondo, psíquicamente incapaz de imaginar (a menos, desde luego, que se trate de un suicidio) o de adivinar cómo ocurrirá su propia muerte. Por esa misma razón ésta resulta ser o dar lugar a un malentendido. Creer, en consecuencia, que dicho malentendido constituye el destino personal equivale a un doble malentendido. La muerte no es el destino de un hombre, o dos, o todos contados uno a uno. La muerte es, sencillamente, la liberación de ese malentendido personal al que llamamos erradamente fortuna; es, en el fondo, la fatalidad de la humanidad (y bien sabemos que esto no se traduce en nada, que no significa nada, es mera abstracción). Lo que es significativo, por el contrario ‒y en ello radica el interés que ahora consagramos al interés que el artista neoyorquino suscitó en Bolaño‒, es el momento en que un individuo se libera de ese malentendido. Tal vez sencillamente la mención en su conferencia no responda más que al hecho de que gracias al doble nudo de su engaño, el artista, en su vulgarizada agonía, enseñó indirectamente a Bolaño que la muerte no iba a liberarlo de nada. El hombre es inseparable de su propia vida. Y liberarse de la vida sólo tiene sentido en el más allá, en lo inexistente, en la masturbación imaginativa del suicida. Lo único que libera es la rebelión, la acción destructora que emprendemos con la negatividad que nos impone la vida. Lo demás es el discurso de la angustia, de la impotencia.

2.

            En el malentendido de mi destino, yo estaba predestinado a odiar, a alimentar con más sangre al ya coagulado piélago de sangre que es mi país; nací abocado a la muerte, a la agresión, a la ignorancia, a la pobreza espiritual, a despreciar al ciudadano, a la deshumanización ‒tal vez irreversible‒ a la que la violencia endémica conduce al hombre. Esa era mi estrella o, como quieran llamarlo, mi determinismo social. La única cosa que logró salvarme fue justamente haber tenido que odiar y rebelarme contra ese mismo destino. El resentimiento recalcitrante y eterno de mi padre, obrero y hombre, fue la fortuna que me obsequió esta inquina contra mí mismo, la que me incitó a iniciar esta cruzada contra el malentendido de mi vida. Como el obrero, blando la porra (que es una pluma, en verdad) e hiendo el cincel (que es la palabra) contra la roca áspera de mi supuesto destino. Y éste consiste en la aniquilación permanente de todos los mundos posibles en los que haya un sino para mí.

            Mi pregunta es, no obstante (mi obsesión), en dónde se encuentra el doble engaño, el mío. He ahí el souci de mon oeuvre.

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