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Detalle del Jardín de las Delicias de El Bosco (imágen tomada de Google Earth’s Prado exhibition)

          Una de las interpretaciones de la escena del ángulo inferior derecho del Jardín de las delicias, sostiene que el Bosco se pintó a sí mismo resistiéndose a una chancha que viste un hábito de monja dominica, la cual se propone seducirlo para, a cambio de la salvación eterna, arrebartarle todas sus posesiones. El motivo, pintado pocos años antes de su irrupción, es un claro preludio del luteranismo.

          En ese entonces el escritor sabía para quién y por qué escribía. Conocía bien los peligros que acechaban su escritura; los dogmas tenían estatuto oficial o por lo menos tenían formas bien definidas. Si se vendía, tenía claro quién lo compraba. Si corría peligro o su obra era cuestionada, sabía quién estaba a cargo de su protección.

          A diferencia de ahora, en esa época no se escribía para hacer accesible el mundo ni para revelar la condición del hombre en el universo socioeconómico. Salvo las muy pocas excepciones que se conocen, escribir era en gran medida rutinario y poco estimulante. Se escribía para que las elites afianzaran su poder y para que el conocimiento, momificado, se transmitiese a otras generaciones.

          Hay quienes afirman que el macartismo suprimió de las escena literaria a un tipo de escritor no-capitalista, emparentado con Erasmo y con las grandes plumas universales. Puede afirmarse con cierto sentimentalismo que estas lumbreras humanistas escribían por la verdad, para la humanidad (para nadie) y reconocían al dogmatismo como el mayor peligro para su obra. Su producción literaria tomaba a la ignorancia como punto de partida. Ciertamente había todo un mundo a la espera de ser descubierto. Su obra era juzgada en función de su propio contenido y de sus implicaciones. El autor no era, hasta hace relativamente poco, más que un agente que materializaba ideas y aglutinaba palabras. Lo que escribía era un sedimento de su personalidad, mas no a la inversa.

          No sé sabe exactamente cuándo se hizo por primera vez, ni quién fue el afortunado, pero fue gracias al macartismo, a inicios de los años cincuenta, que en las portadas y solapas de los libros se empezó a incluir la foto del autor. Desde entonces, naturalmente, las reglas de juego se transformaron. En la dinámica de la literatura industrializada, el rostro del autor (que debe siempre sugerir una identidad) se convirtió en un elemento de peso (no sólo para la comercialización sino también para la evaluación de los textos). En la actualidad, incluso los buenos libros caen esta práctica.

          La novela de Evelio Rosero, La carroza de Bolívar (Tusquets, 2012) que no es necesariamente un buen libro pero que fluctúa ‒tal vez subrepticiamente‒ entre serlo y no serlo, propone (impone, mejor decir) un primer plano del escritor en la solapa. De igual manera sucede con La forma de las ruinas (Alfaguara, 2016). Las mejillas tumefactas de Vásquez son prueba irrefutable del magnífico momento que atraviesa su escritura. El caso de Vásquez, sin embargo, llama menos a la sorpresa ya que este es un escritor de tribunas y de cierta figuración mediática. Rosero es refractario a este tipo de tentaciones. Escribir, sostiene, es lo único que le interesa. Es decir, hacer obras verdaderas capaces de defenderse por sí mismas en lugar de fabricar opiniones, participar en polémicas de periódicos en las que se posa de historiador, politólogo y economista. En su favor, el de Rosero, debe decirse que su rostro despide cierta rigidez reticente, cierto fastidio (hacia la cámara).

          El escritor de la era macartista, o post-industrial, no sólo escribe libros que ya tiene vendidos, también a veces se le obliga a comprarlos antes de que pasen a la imprenta. Su agente literario además de aconsejarle qué escribir (después de un libro de cuentos con más o menos buenas ventas, el terreno editorial queda abonado para una novela), hace igualmente las veces de un asesor de imagen (como a las reinas de belleza, a ellos se les aplica por igual una base de maquillaje). Es altamente desalentador descubrir, sin quererlo, la cara impresa a todo color de un autor por el que se tiene admiración. Coetzee, con los brazos cruzados a la altura del pecho, con su postura desafiante, se asemeja más a un insensible abogado que a un nobel de literatura. Cómo han podido ceder, me he preguntado cientos de veces, atormentado, a esta ignominia. Y hay todavía casos mucho peores, pero es baladí señalarlos aquí. En todo caso, están lejos de poder remedar ‒aunque sea toscamente‒ la severidad reconfortante y espiritual, por ejemplo, del retrato de Tolstoi. Se ven tan sonrientes, tan sumidos en la autoindulgencia que llaman a la desconfianza. Por fortuna, de vez en cuando algunos suelen escribir bien.

          Naturalmente, el problema no es que un autor quiera vender sus libros. El problema radica en que quiera venderlos pretendiendo ignorar que su gueule está siendo usada por una compañía que sólo busca aumentar sus beneficios. El escritor macartista se ha desligado de toda resistencia contra éste, sabe bien que escribe para el capital (puede escribirse bien bajo su tutela). Pero contrariamente a del Bosco, ya no tiene verdaderas tentaciones a las que oponer resistencia (salvo una, él mismo). Nadie lo protege, está desamparado, y los dogmas de los que debiese cuidarse apenas son perceptibles para él. No hay constelaciones que guíen su intuición, su escritura carece, por definición, de un destinatario (porque todos son potenciales destinatarios). Lo incorrecto es que acceda al éxito, ejerza cierta influencia y pretenda ignorar que no disfruta de una libertad cabal. Es decir, que sea un hipócrita.

          Para el escritor de hoy, ¿es el capital su irresistible marrana tentadora? No. Es la vanidad. El macartista desconoce la humildad (no la cristiana). Y es así porque lo que produce ya no es un artefacto portador de un mensaje de trascendencia. Él mismo, su sí mismo, aspira a ser mensaje. Insoportables los escritores, tan políticamente correctos, que se la pasan en la televisión dando opiniones sobre lo divino y lo humano (hay tantos, para qué mencionarlos). Los tiene sin cuidado que se les ponga al mismo nivel de presentadoras de farándula. Ni siquiera ven la necesidad de defenderse cuando, como ahora, se les acusa de tales futilidades. Aducen al resentimiento de a los que no se les han abierto las puertas del éxito. Tienen razón.

          Saludo la osadía, que aunque no original resulta interesante, del caso de Elena Ferrante (autora ficticia) que, a pesar de que sus libros se están vendiendo por centenares y están siendo traducidos a muchas lenguas, se niega a aparecer en público (ver su tetralogía napolitana). Nadie conoce su nombre verdadero, y sólo da entrevistas por correo (a Arcadia le concedió una). Al parecer, a parte de su editor y de su agente, ninguna otra persona podría distinguirla físicamente (en Italia existe un grupo editorial, de inclinación foucaultiana, que combate la noción de autor. Todo lo que publican es anónimo o bajo seudónimo). Lo pausible de Ferrante, además se conservar sus escrúpulos, de abstenerse de codearse con faranduleros, y embarcarse en frívolas cofradías, es que parece mantener bien a raya a su marrana de del Bosco. Se agradece la humildad que se desprende de sus frases compactas e inteligentes; de la sensatez de un autor que está contruyendo una obra y no una personalidad.

 

 

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