el-silenciero-antonio-di-benedetto-1-ed-envio-gratis-mza-d_nq_np_19094-mla20164585564_092014-f  Yoshida Kenko dijo un día que un hombre que no rinde homenajes se va quedando seco como los tramos postreros de los brazos del bambú. Homenajear es servir a la virtud.

          Pues bien, de autores sobrevalorados está lleno el teatrillo del mundo literario. Igualmente de injusticias. Molesta que, por ejemplo, a Cortázar se le de tanta importancia cuando autores como Di Benedetto permanecen en la sombra, y a sus obras apenas se les mencione. Cortázar es un ingenioso armador de historias (aunque nunca termino de creerme eso del final circular), sí, pero le falta tanta carne para ser ese gran escritor que nos quieren vender. Por eso será que todos los años los estudiosos de su obra agregan más y más levadura al pastel de su fama. En todo caso, a mí el entusiasmo de La Señorita Cora y La Aupista del Sur me duró poco (lecturas escolares de la temprana adolescencia). Un recuerdo del recuerdo de alguien que había leído mal a Cortazar : una noche una pareja se pasea por las calles desoladas de París y, de golpe, descubren un paraguas abandonado y a uno de ellos se le ocurre ponerse a jugar con él (Rayuela). La escena, había yo de suponer, raya en lo sublime-inefable. Luego vuelven a su chambre y se encierran a escuchar jazz, a fumar empedernidamente y a hablar con una voz queda y melancólica ( se debe aceptar que dicha sensibilidad es la sensibilidad). A mí ese mundillo de gente languideciente y pretendidamente inteligente, esa ralea de posadores de poetas frustrados autoindulgentes que circunda (lectores mediocres) el universo Cortázar no me dice nada.

         Cuánto, al contrario, me dice Besarión con su torpe pero noble añoranza de abandonar este mundo; cuánta compasión y fraternidad (para conmigo mismo) me sucita la ofendida dignidad del personaje principal de El Silenciero, ese héroe espiritual condenado a la miseria que la brutalidad de este mundo impone a seres fragiles como él. En una frase: la soberbia del hombre urbano-sensible, su resistencia y su caída. También el triunfo (venganza luego prisión) de esa soberbia que, inofensiva, no se vuelve más que contra sí misma. Padecimiento, eso narra esta novela, con una originalidad apabullante. Toma tiempo digerir un estilo (una sintaxis) tan curioso y poblado de matices, tan compacto (una piedra ardiente que se pone trémula por la combustión de su contenido); una inteligencia tan fina. La de Di Benedetto es una prosa parca que se muerde los labios cuando habla (sin ser el autismo postmoderno) pero que es filo, rasga. Un libro para neuróticos, para gente que sufre y vive padeciendo un mundo (el del ruido de la estupidez y la ignorancia, el de las maquinas) en el que no encuentra su lugar. Una apología a esa resistencia solitaria y vencida que es la existencia sensible en el espíritu, eso es El Silenciero.

          Hoy obsequié a la biblioteca de mi barrio el único ejemplar que, por accidente, conservaba de Cortázar. Se los juro, nada abyecto rezuma a través mi pasión. Sólo un homenaje.

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