Pedagogía del Talión (o violencias elementales).

1.

          Las fornicaciones de mi padre y Rosita, la directora de la escuela, habrían de crearme un trastorno obsesivo tan agudo, que ni siquiera las innumerables sesiones de hipnosis ericksoniana, al cabo de los años, conseguirían arrancármelo del alma. Con el tiempo −a tal punto crecería su afición−, la pérfida Rosita terminó por creer que era mi madre.

2.

          Una mañana de 1988, mientras jugaba embelesado con las piezas de un armatodo, Rosita apareció en el aula, visiblemente contrariada, intercambió un par de frases con mi maestra, y, tras buscarme fugazmente entre los demás niños, se dirigió enseguida hacia donde me encontraba. Desde el suelo, noté cómo su semblante cambiaba a medida que se aproximaba. Rosita, como las buenas almas de dios, era de una suma transparencia; la observación, incluso la de un ser incipiente como era yo en ese entonces, la traspasaba con facilidad (un arbusto desnudo atravesado por una ventisca desértica). Cuando se detuvo frente a mí, su mueca de desagrado se había convertido en apaciguamiento vengativo. Con un gesto artificiosamente maternal, se inclinó y me dijo: “Tu hermano está llorando, vamos”. Me tomó de la mano incitándome a abandonar el juego, sin brusquedad pero con cierta templanza que me intimidó. Sentí de inmediato el miedo ramificarse como grietas de hielo sobre mi espalda, y contraerse en un picotazo seco a la altura del cuello. No me quedó ninguna duda de que algo nefasto estaba a punto de ocurrirme.

          Durante el trayecto, intenté regazarme; en vano, porque Rosita, sin musitar palabra, me vigilaba con el rabillo del ojo, y amainaba el paso en cuanto percibía que me iba quedando atrás. Tras entrar, lo primero que vi fue dos criaturas, aterradas, paradas delante de la pizarra. Alineadas una junto a la otra, parecían esperar la orden de su fusilamiento. Alguien más, intuí, debía de haber estado vigilándolas. Pero no tuve el valor de volverme para escudriñar el recinto; el ayudante de Rosita se desvaneció entre las brumas que ascendían con mi miedo. Por la izquierda, el sol atravesaba los vitrales corredizos a través de los cuales irradiaba una luz anaranjada. Como no me movía, Rosita le imprimió una leve presión a mi hombro con la palma de su mano. Con cada paso, me parecía que el aire se infestaba de un polvillo ambarino que otorgaba una liquidez intimidante a los objetos. Mi hermano me observaba desde donde estaba con la cara todavía encharcada de sangre, lágrimas y manchas de barro. Tenía la camiseta sucia, arrugada; no cabía duda de que lo habían revolcado. Cuando lo tuve a un paso, su humillación me pareció tan vasta que fui incapaz dirigirle la palabra. En lugar de eso, sentí un raudo estertor en las vísceras, y luego comprobé que me embargaba una tristeza completa, sin ambages, soporífera. Quise entonces llamar a nuestro padre, gritar su nombre con todas mis fuerzas. Derramé dos lágrimas cuando descubrí el abultamiento en su ojo, la raspadura sobre la frente, y el estancamiento de sangre en una de sus fosas. Alguien nos había atacado, sentí en ese momento. Sólo atiné a atrapar su mano.

          Al lado, el agresor permanecía rígido y mantenía la mirada clavada en el suelo; las palmas de sus manos, más fuertes que las de mi hermano, las tenía pegadas a la cara externa de los muslos (Rosita le había dado la orden de quedarse así hasta que recibiese su castigo). El ceño fruncido le daba cierta impenetrabilidad. Estaba limpio, ileso, pero su victoria le era ajena, no había logrado consumarla. Desde atrás, oímos a Rosita decir: “Este abusivo le pega a los más pequeños.” El implicado levantó la frente apenas unos grados para calcular la talla de quién iba ahora a agredirlo. Noté el estremecimiento de sus músculos faciales; su boca temblorosa dibujó un puchero aterido. “Mira cómo volvió a tu hermano”, recalcó la directora con colérica indignación. Me volví a verla, y me aterrorizó descubrir sus ojos inyectados destacándose como dos gemas rojas sobre su rostro anaranjado. “Pues ahora tú le vas a enseñar”, concluyó interpelándome con brutalidad. Después de escuchar su mandato, me percaté de que la calidad del aire se deterioraba; me resultaba arduo parpadear. Mi hermano, que hasta entonces me había observado con un talante vindicativo, ahora me obsequiaba cierta empatía. Cada vez me costaba un esfuerzo mayor levantar los parpados. Me angustiaba, infringía una herida mortal a mi primigenia vanidad, la suposición de que alguien más, escondido tras un armario, fuese a convertirse en testigo de la degradación moral a la que la bárbara Rosita me condenaba.

         Por primera vez, alguien me obligaba a compadecer mi propia persona. Y este sentimiento me llenaba de una gravidez paralizante. Aunque la creciente ansiedad en mi interior lo invocaba, el antojo de agresión no se avivaba. Veía la cara de mi hermano y la de su agresor tornarse más y más amarillas, casi sulfurosas. Sentí una calidez envolvente apropiarse de mi cuello, como si un brazalete candente se cerrase en torno a él. La garganta se me secaba y me pareció que los ojos se me inflaban. Mi rostro adquirió cierta pesadez; creí por un breve instante que iba a desprenderse de su osamenta. “Yo llamé a tu papa”, me susurró esta vez al oído, “y está de acuerdo con que defiendas a tu hermano”. Respirar fue más difícil a partir de ese momento. Y por una razón que ni con los años he conseguido dilucidar, la asfixia fue cerrándome los puños. “Usted, gran atrevido, se me queda ahí, quieto a que le pongan la mano”, le dijo Rosita al agresor como lamentando que ella misma no pudiese hacerlo, y con un ademan igualmente severo me ordenó: “Me hace el favor y me le revienta la cara, para que aprenda”. Una ultima corriente de aire llenó mis pulmones, cerré los ojos y, dando un espantoso alarido, me descargué entero contra la cara de aquel otro niño.

          Cuando culminó el ataque, me descubrí aferrado a su cuello, derrumbado en él, desolado, expidiendo hondos sollozos, entrecortados por los espasmos de la culpa que se enraizaba en mi ser. Desde mi derrumbamiento vi que también mi hermano lloraba y que por un costado alguien evacuaba a mi victima que sangraba por la nariz. “Ya, mi corazón, no llores más”, me reconfortaba Rosita, satisfecha, mientras me secaba las lagrimas con un pañuelo, “ya se te pasará”.

            Pero nunca pasó.

3.

          Veinte años después, cuando regresamos a la escuela en busca de Rosita, la bárbara y fogosa pedagoga, para descargarle todo el peso de la ley, mi hermano y yo fuimos informados de que en el 2008, poco después de su jubilación, un agreste cáncer uterino se había descargado contra ella. Desde entonces, ambos buscamos a ese niño que, espero, no yazca todavía en una de las fosas de Colombia. Sólo en él, ha terminado por convencerme mi hipnopata, podré hallar la cura contra mis manías agresoras.

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