Abrir el cuerpo.

1.

          Don Epifanio había quedado de venir esa tarde para encargarse de la muerte del abuelo. Desde el balcón que domina la colina, vemos su silueta tambaleante irse agrandando a medida que gana la pendiente. La gruesa lima de herrería, que lleva sujeta al cinto, hace aún más penoso su ascenso. El contorno de sus hombros y sombrero se difuminan bajo los torbellinos de aire tórrido que soplan en torno de ellos. Bajo el sol inclemente del medio día, un karma candente parece desprenderse de su cuerpo. Cuando llega, se detiene un instante frente a la casa, escupe y, avanzando hacia donde nos encontramos, saluda con su sombrero. Por detrás, un barranquero aterriza, con redonda elegancia, sobre el boquete de un peñasco. El anciano, que masca una goma negruzca, supera los tres escalones de la entrada con parsimonia. Cuando se estabiliza sobre el entarimado, pregunta: “¿dónde es que tienen al enfermo?”. Papá, sin decir nada, le indica con un gesto atento la puerta por la que alcanzan al filtrarse los ecos de las oraciones y los alaridos del abuelo.

         Llama con tres golpes secos que da con el extremo puntiagudo de la lima. Tardan unos segundos en abrir; luego una voz quebrada, desde adentro, le dice: “Don Epifanio, bien pueda”. Ingresa y al instante oímos, desde el corredor, el saludo –un coro afligido– de las mujeres que asisten al moribundo. Por un breve momento, en el que sólo se escuchan las murmuraciones de las aves, la casa parece quedarse inhabitada, vaciarse, como si el chasquido de la cerradura nos suprimiera a todos. Al cabo de unos segundos, los berridos del abuelo vuelven a romper el silencio.

          Afuera, el grupo, repelido por la tensión, se dispersa. Permanezco junto a Papá, que no se decide a abandonarme. Tío Milton enciende un cigarrillo y, exhalando el humo, le dice: “No podemos hacerle esto”. Mientras se le acerca, Papá lo mira con enfado, fingiendo no comprenderlo. “Qué lento se apaga”, agrega tío Gabriel llegándole por el lado opuesto. Los gemidos, sostenidos, guturales, tensan más y más nuestros nervios; resuenan como una orden que llevamos días desatendiendo. “Mi mamá hubiese estado de acuerdo”, anota lacónicamente tío Jesús Antonio que contempla a lo lejos la aglomeración quística de los cerros. Levanta los codos del barandal, se yergue, gira, y da un paso adelante con las palmas de las manos desplegadas, casi suplicantes, a la altura del pecho.

         Rodeado, papá intenta la evasión. Viendo que en los ojos se me estanca un horror vidrioso, me devuelve una mirada tierna, rasgada no obstante por un destello recriminatorio. Tampoco tú querrás  traicionarme, parece sentenciar. Me levanta maquinalmente por los sobacos, besa mi frente y me anuncia, con los labios todavía pegados a la piel: “Hay que ayudarlo a partir”. Deten la carnicería, le replica mi mirada, crepitante. Me observa unos instantes y pareciendo lamentar algo (tal vez el menosprecio de mis sentimientos), me responde con obstinación: “Hay que abrirle el cuerpo, para que se pueda morir bien”.

          Cauces de lágrimas surcan mis mejillas.

          Adentro, don Epifanio se pone a obrar. El carrasposo silbido del metal raspando materia más noble, puedo soportarlo apenas unos segundos. Estallo en un potente chillido que papá ahoga contra su pecho. Su cadencioso raimiento me recuerda al sádico deglutir de las cucarachas que, en noches particularmente silenciosas, roen las tablas de mi cama. Intento liberarme para echarme a correr pero Papá me retiene en sus brazos.

          “A los que les han cerrado el cuerpo”, interviene tío Jesús Antonio, “hay que abrírselo por los dedos”, e intenta calmarme extendiendo puerilmente su mano frente a mi cara. “Sólo por ahí”, reitera, “puede salir el ánima”. “Si no se hace”, añade papá, “sufren mucho”. “A los veinte dedos”, anuncia tío Milton eyectando su colilla humeante con una mueca de dolor, “hay que molerles las uñas hasta que sangren”. “¡Qué barbaridad! Lo estamos torturando”, explota enseguida la voz de tío Gabriel, el menor, quien sucumbe a la desesperación.

          Mientras tanto, el abuelo gime, su agonía se recrudece, su alma golpea ciegamente su cuerpo y desde adentro lo hace retumbar como un bombo. Sigue llamándonos sin que sus clamores se aplaquen.

          “Así se han hecho siempre las cosas”, corta papá el silencio con agresividad en un intento por reprimir le rebelión parricida que preparan sus hermanos. La cacofonía es delirante: desde el interior, los bramidos atraviesan los tabiques de madera para venir a taladrarnos el corazón. Y el llanto femino, que los acompaña en contrapunteo, ya adquiere una enloquecida tonalidad plañidera.

          Pasan los minutos, se enciende más tabaco, itinerarios erráticos se trazan sobre el entarimado. Los hombres se entregan, absortos, a sus cavilaciones, aunque ninguno de ellos acierta a decir nada. En el aire palpita la trifulca a punto de reventar. De repente, los cuatro se lanzan una retreta vertiginosa de miradas cargadas de rabia. Papá me regresa al suelo. Se pone enhiesto, infla el pecho como un palomo, y enfrenta, resuelto a aplastar la rebelión, a sus tres hermanos que han vuelto a rodearlo furtivamente. Pero todo es simulacro. El fondo de la tradición está resquebrajado y, con ésta, su autoridad de hermano mayor. “Lleva cuatro días sufriendo”, le grita tío Gabriel enardecido, “nos lo está pidiendo, ¿no lo escuchas?”. “Matalo vos, hijo de puta, si sos capaz,” le contesta papá, enceguecido por la ira, y enseguida le salta encima, lo agarra por el cuello de la camisa y lo estrella contra las duras placas del chanul de la casona. Forcejean, se insultan, se estrujan, pero no se baten. Luego, se sosiegan y se separan. “Yo no puedo”, dice papá bajando la frente, paladeando con resignación su derrota. “Yo tampoco”, le responde su hermano examinándolo con un fulgor temerario en los ojos, “pero a vos te corresponde”. “Cálmense, hermanos”, dice tío Jesús Antonio ofreciéndoles sendos tinteros de aguardiente.

            Beben con amargura.

          Súbitamente el abuelo, como si acabase de entender que por fin será sacrificado, va apagando sus lamentaciones.

2.

          Se abre la puerta y don Epifanio emerge secándose con el dorso de la mano las gotas de sudor que descienden por sus sienes. Se acerca al barandal, deposita la lima sobre el travesaño, y vuelve lanzar un compacto escupitajo contra la maleza. Diseminados sobre el artefacto, se observan los detritos de queratina y sangre que forman una mancha húmeda. A un lado del valle, la aserrada cresta de los Farallones se inserta el cielo. Las nubes, arrastradas por los vientos que penetran del Pácifico, se precipitan contra sus bordes rasgándose en un despliegue de belleza suicida. Salen también las mujeres con marcha sigilosa, una tras de otra, entristecidas y abatidas por las largas noches de vigilia y oración. Primero tía Consuelo que dice: “el tumor le duele menos”; luego tía Amparo que añade: “está durmiendo”, y finalmente tía Esperanza que concluye: “descansará pronto”. Y las tres lloran. Y  don Epifanio, dando un giro lento hacia nosotros, habla con Papá:

         ‒ Está bien cerrado el viejo‒.

         ‒ Lo cerró Casimiro‒.

          ‒ ¿El de Itsmina?

          Papá asiente con un tachón de vergüenza dibujándosele en la frente.

      ‒ ¿Y vos cómo sabes? ‒ le pregunta tío Jesús Antonio, sorprendido, sirviendo más aguardiente.

          ‒ A mí también me cerró, le informa Papá.

          ‒ ¿Con qué? ‒, inquiere de nuevo el curandero apurando la copa.

          ‒ Sangre de armadillo y humo de sauco rojo.

          ‒ ¿Le abrió la ingle?

          ‒ Detrás de las rodillas también.

          ‒ ¿Y el emplasto?

          ‒ Petróleo crudo, brea.

          ‒ ¿Y la cura?

          ‒ Le rezó una novena en una gruta del San Juan.

          ‒ Ay, joven, ese señor es casi inmortal, sentencia don Epifanio al tiempo que extiende la mano para recibir otro trago.

          ‒ Ni el plomo le entra, dicen en el pueblo.

          ‒ Son indios duros como la piedra.

          ‒ Una noche vi cómo le rebotaban los machetazos.

         ‒ ¡Entonces esta noche tampoco el cáncer lo va a doblegar!‒, interfiere tío Gabriel cediéndole todos sus nervios a la indignación.

        ‒ Lo mejor es que lo abra usted mismo que también está cerrado‒, concluye el don Epifanio y con un gesto humilde señala a Papá con su lima sangrada.

         ‒ ¿Cómo?

         ‒ Tiene que ser un orificio limpio en la parte más alta de la cabeza.

         ‒ ¡¿Una trepanación?!, gritan al unísono tío Gabriel y tío Milton que en el acto se doblan para vomitar.

             Don Epifanio presenta sus respetos, toma el dinero, vuelve a levantar su sombrero, y echa a andar colina abajo recibiendo con indiferencia la metralla solar. Aunque sigo a su lado sin abandonarlo, Papá se queda inconmensurable solo. Y yo, que algún día lo habré de matar también, apenas intuyo el tamaño de mi desamparo. Todos lo miramos al tiempo. Entonces se arma de valor y acepta su destino de tener cerrado el cuerpo. Y mientras avanza hacia la habitación con pasos cada vez más firmes, alcanzamos a oír que lucha por contener un llanto horrendo. Cuando entra, ya es asesino.

3.

            Al atardecer del tecer día, Papá y yo esparcimos las cenizas del abuelo desde la cúspide del cerro más alto. Sentados a la sombra de un samán, las vemos desvanecerse entre los torrentes de aire cálido que propician el ascenso de los gallinazos. Cuando ya no queda nada, Papá desliza una de sus manos sobre mi cráneo. Busco entonces sus ojos para que me digan tranquilo, no matarás. Pero él sólo mira hacia el fondo del valle desde donde la ciudad se distingue como una mancha aparatosa de la que emergen las músicas de su fragor y de su demencia.


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