Horacio Castellanos Moya, breve semblanza de un sobreviviente.


                       1.

“La literatura como oficio de hombres desesperados es la que cuenta”

            Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), suele dividir el catalogo de los escritores que se exilian en dos categorías. Por un lado, están aquellos que, perteneciendo al primer mundo, experimentan una fuerte necesidad de descentrarse y a su obra le imprimen una persistente búsqueda de alteridad (digamos, el caso Conrad). Por otro lado, figuran los escritores de la periferia ‒los parientes menos favorecidos de los primermundistas‒ que al parecer son incapaces de cortar el cordón umbilical y en consecuencia sus obras responden a la necesidad de una indagación sistemática sobre los países de los que provienen. Los primeros, en general, migran por iniciativa propia, por tedio, hastío, y se les reconoce por huir de la racionalidad encostrada de sus mundos; los segundos, escapan para preservar la vida, han palpado la materialidad del mal, y el exilio constituye para ellos la oportunidad de saldar cuentas ‒suele hablarse aquí de un trabajo de memoria‒ con sus universos politicoculturales (blandos, todavía en formación). Fernando Vallejo, el animalista y apostata colombiano, no desentonaría en este último taxón.

          Si aceptamos esta clasificación, la etiqueta resultante es la siguiente: Castellanos es un escritor periférico que a pesar  de haber vivido en Canadá, México, España, Alemania, Costa Rica y Estados Unidos, ha aglutinado una obra que se nutre esencialmente de la historia política de El Salvador, esto es, de la cloaca por la que se vierten los estragos de las dictaduras militares, el crimen organizado, el narcotráfico, y la degradación de sus actores políticos. En ella, la violencia es un elemento predominante. Por la mordacidad y desolación de su universo literario, algunos lo tildan de ser el precursor de la estética del cinismo.

           Generacionalmente, se considera a sí mismo un sobreviviente.

            Hacía marzo de 1980, cuando tenía 22 años, el FMNL da inicio a su ofensiva final. El combate se libra en las calles de San Salvador, la violencia se recrudece, y tras el magnicidio del arzobispo Óscar Romero, defensor de los derechos humanos, el ambiente se torna verdaderamente peligroso y asfixiante. El exilio es el solo gesto sensato. En México vive alrededor de 13 años hasta la firma de los acuerdos de paz, a principios de 1992, entre la guerrilla y el ejército salvadoreño. Estos pueden considerarse sus años de formación durante los cuales se gana la vida como periodista. El oficio de redactor, ejercido desde de lo que él mismo llama la cocina del periodismo ‒no fue reportero de campo‒, otorgará al novelista embrionario una visión del mundo y del engranaje de los mecanismos del poder (aspecto clave en su obra).

            De este periodo resulta su primera novela, La Diáspora (1988), una radiografía de la izquierda salvadoreña naufragada en el fango de sus pugnas internas. Escrita con un tono incisivo, impregnado de desazón, puede leerse como un mordaz requisitorio de sus contradicciones y crímenes. Hace alusión a hechos que, sin ser presentados como tal, se desprenden de la realidad política del país, y que la izquierda pretendió callar en su momento: tres muertes que significaron su resquebrajamiento ético y el exilio de muchos de sus militantes. Por un lado, el asesinato Roque Dalton, militante comunista y tal vez el mayor poeta de El Salvador, fusilado por sus propios camaradas quienes, en un clima de mentiras y desconfianza, terminaron por dar crédito a tergiversaciones que lo señalaban como un espía de los norteamericanos (con los años, no obstante, se sabría que la CIA misma estaba detrás de la astuta carambola). Por otro lado, el affaire del Comandante Marcial, alto mando guerrillero, uno de los lideres que condujeron a la consolidación del FMNL (el equivalente de Jacobo Arenas en las FARC). En 1983, falsamente acusado de ser el autor intelectual del asesinato de la comandante Ana María, otra guerrillera insigne, con quien había cofundado las FPL, opta por suicidarse. La diáspora es así el testimonio amargo de una esperanza que se corrompe a sí misma. Y desde la saturación insuperable de ese fracaso político, Castellanos, sin prestarse a concesiones de ningún tipo, desnuda el esqueleto de un porvenir despellejado (éste, por lo demás, es otro de los sustratos de su proyecto literario).

            Con el final de la guerra civil, intelectuales y artistas de su generación retornan a El Salvador movidos por la esperanza de que el país iba a surgir de sus cenizas. Pero este sueño de la construcción democrática de una nueva sociedad, pronto se revelará ilusorio. Castellanos vuelve al parecer con la intención de fundar una revista literaria. Al cabo de unoselasco1 pocos años, no obstante, los cambios no se materializan, la atmosfera vuelve a tornarse irrespirable, esta vez por la degradación generalizada de las instituciones, la ascensión del narcotráfico y el embrutecimiento de los ciudadanos. El asco (1997), una novela corta, divertida, incendiaria y visceral como pocas, que no deja títere con cabeza, aparece entonces como una mueca furiosa escupiendo repugnancia por una sociedad abocada “al placer del crimen” en todas sus dimensiones. Inspirado en la virulencia de la escritura de Thomas Bernhard, el relato corre por cuenta de una única voz librada a un soliloquio enardecido que se ensaña contra todo, desde la calidad de la cerveza nacional, pasando militares sádicos, el sentimentalismo de la música izquierdosa latinoamericana ‒puesta de moda, según el narrador, por la diáspora de comunistas chilenos‒ hasta presidentes y monarcas corruptos de la iglesia. Su tono vindicativo no tardó en desencadenar una serie amenazas de muerte que lo precipitaron a un segundo exilio (que no concluye todavía). El asco lo catapultó también a las grandes ligas del mundo editorial (Tusquets) y marcó el derrotero de una producción novelesca original y contundente que la crítica internacional lleva ya años saludando.

            Desde entonces su itinerario comprenderá varias ciudades, entre ellas Madrid y Frankfurt (acogido por el programa Ciudades Refugio), hasta desembarcar en Estados Unidos, país donde reside hace más de diez años y en el que tiene actualmente una cátedra de literatura en la Universidad de Iowa. Sus visitas a El Salvador serán esporádicas y breves. Durante estos años el grueso de su narrativa se producirá a un ritmo constante. Después de El asco, entre 2000 y 2013 publica 8 novelas:

            La diabla en el espejo (2000), finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2001;

            El arma en el hombre (2001), cuenta la vida de Robocop, una suerte de kaibil que al finalizar la guerra, intenta reinsertarse en la vida civil pero, traicionado por el gobierno, desempleado, termina rápidamente convertido en mercenario;

            Donde no estén ustedes (2003): antaño un diplomático astuto e influyente, Alberto Aragón fue en su momento un enlace clave en las negociaciones entre la guerrilla y el ejército salvadoreños. En 1994, cuando el país pasa a manos de la derecha, todos le vuelven la espalda. Enfermo y sumido en el alcoholismo, huye a México para garantizarse una muerte digna, donde no esté la podredumbre;

             Insensatez (2004), otra novela de corte bernhardiano, escrita en una prosa que brota aInsensatez-Horacio_Castellanos_Moya-9788483103142 chorros compulsivos, y se despliega en un intenso encadenamiento de largas frases subordinadas que imponen un ritmo frenético al lector (escasa puntuación y separación de párrafos casi inexistente). Contratado por la alta curia de un país centroamericano, un periodista extranjero y de confesión atea se da a la tarea de revisar un extenso informe sobre masacres cometidas contra comunidades indígenas durante una guerra civil que duró décadas. A medida que se adentra en el texto, las atrocidades detalladas por los sobrevivientes van devastando sus ya fragilizados nervios hasta sumirlo en un delirio persecutorio del que sólo se librará huyendo a Alemania. Aquí la trama hace alusión a lo sucedido en Guatemala en 1998 con el Informe para la Recuperación de la Memoria Histórica (REHMI), el cual vinculaba a altos militares con genocidios perpetrados contra indígenas inermes. 54 horas después de su publicación, a monseñor Gerardi, uno de los encargados del proyecto, le destazaron la cabeza a ladrillazos cuando entraba a su parroquia;

            Desmoronamiento (2006), es la historia de una familia influyente en cuyo centro orbita una portentosa figura femenina carcomida por odios políticos invencibles. De un modo original, el relato combina la narración tradicional en tercera persona y el registro epistolar;

            Tirana memoria (2008), es a mi juicio, su novela más lograda tiranadesde el punto de vista de la inteligencia del narrador y de la solvencia de la estructura del relato, el cual se organiza en forma de diario personal. El hilo de la historia es tejido por las entradas que en él va consignando Haydée ‒esposa de Pericles, periodista arrestado por su oposición a la dictadura de turno‒ a la espera de que éste sea liberado. La fuerza de este texto radica en que, a través de la mirada ingenua pero concisa de Haydée, se narra con nitidez y desde diferentes perspectivas (su voz reproduce una polifonía de chismorreos de la elite política salvadoreña) el desarrollo de los acontecimientos que condujeron a la huelga general de los brazos caídos (1944). Una lectura intensa que mantiene el ritmo gracias a un prosa fluida y bien calibrada, detrás la cual se ve la mano de un escritor dueño de su técnica;

            en La sirvienta y el luchador (2011), el turno es para otra voz femenina, María Elena, empleada domestica que ha servido fielmente a la familia Aragón durante toda su vida. En el peor momento de la guerra, cuando las bombas y el caos campean en San Salvador, emprende un peligroso periplo para acercarse a El Vikingo, un policía torturador que ha participado en la desaparición de Albertico, el hijo comunista de sus patrones. Este verdugo, antiguo pretendiente, le ayudará, cree ella, a dar con su paradero. Armada nada más que de su simpleza e inocente determinación, recorre las calles de la ciudad sin percatarse del peligro, sortea tiroteos, interroga a matones, recibe un cachazo en un pómulo y termina incluso descubriendo que su nieto está involucrado en operaciones guerrilleras. Esta es ‒por necesidad‒ una novela de acción donde predomina el encadenamiento de frases cortas que pasean al lector por numerosas escenas violentas descritas con su autentica crudeza. María Elena es el testigo ocular de episodios que delatan las practicas criminales de que se valió el estado salvadoreño para contener la avanzada subversiva;

            por último tenemos El sueño del retorno (2013), retrato psicológico de Erasmo, periodista alcoholizado, un hombre “incompleto de la mente” que se somete a sesiones de hipnosis para tratar de curarse de los delirios obsesivos y persecutorios que lo atormentan. Su sufrimiento tiene que ver con el hecho de que duda de la veracidad de su propia memoria. Ciertos recuerdos violentos, vividos durante la primera infancia, le fueron suplantados por otros. Su abuela, la misma mujer de Desmoronamiento, altera la memoria del infante a punta de mentiras y halagos para encubrir una muerte en la que tiene parte.

            Castellanos no es «un escritor de temas», no es uno de esos autores que se sienta a investigar, a buscar en la materia de la vida una historia digna de ser contada. En él la experiencia (con mayúscula) ya está dada, su trabajo consiste en darle forma; Castellanos escribe por una necesidad vital, por el arrojo de las tripas. En el fondo, no es exagerado acudir al trillado lugar común de que lleva años escribiendo un mismo y único libro. Esto resulta innegable cuando se descubre que la mayoría de sus novelas, pese a no respetar un orden cronológico en su publicación, retratan las andanzas de por lo menos tres generaciones de familias estrechamente ligadas al poder (la saga de la familia Aragón que cuenta entre sus miembros un abuelo que sirvió de diplomático a una dictadura, hijos golpistas y nietos comunistas). Aunque cada una de ellas es un libro cerrado e independiente, llaman a ser leídas como elementos de una única unidad ficcional en la que no solamente los personajes se repiten, evolucionan y decaen, sino que además ciertos puntos ciegos de la trama son transferidos a otras novelas en donde un narrador otro intentará, si no esclarecerlos definitivamente, por lo menos ampliar la perspectiva. El asesinato del personaje Alfredo, por ejemplo, rebota de una novela a la otra como si éstas se prestasen a un cuchicheo interno. En Desmoronamiento, su muerte parece ordenarla un militar de alto rango, ofendido por los cuernos de su esposa; en Tirana memoria, lo que se entiende es que, la víspera de un golpe de estado, por saber más de la cuenta, sus propios compinches deciden eliminarlo; por último, en La sirvienta y el luchador, el rumor refiere que violó María Elena cuando era apenas una púber. La hipótesis varían pero el personaje crece en tres espacios narrativos diferentes que, en el fondo, pertenecen a una misma diégesis.

            Por último, vale la pena mencionar su estadía ‒becado paraportada-cuadernodetokio1 hacer una investigación sobre el nobel de literatura Kenzaburo Oe‒  de seis meses en el Japón, porque esta experiencia dará lugar a Cuaderno de Tokio (2015). Este libro es una suerte de diario aforístico que revela, por un lado, un llamativo dominio de la frase sucinta, filosa, que por momentos da la impresión de aspirar a cierta musicalidad oriental. Por otro lado, ofrece una faceta intima del escritor, para entonces en el clímax de una crisis emocional y creativa que parece mitigar infiriéndose, en los momentos menos turbulentos, una autocritica incompasiva, y en otros, acudiendo a un humor negro que practica a modo de harakiri. El valor de este texto, hasta ahora invisible para la crítica, radica en que responde sin ambages a la pregunta ¿qué tipo de escritor es Horacio Castellanos? Cito aquí dos entradas que trazan un perfil inequívoco. La primera, sobre la locura y la soledad del individuo neurótico:

 «Pagas cada momento de lucidez con prolongadas caídas en la oscuridad y la desesperación. Y luego de esas caídas, aunque percibas con mayor precisión, eres más vulnerable. Un precio alto es el que pagas».

           La segunda versa, en el fondo, sobre lo mismo, pero además define a su lector:

            «Aunque sepas que el mundo es una ratonera, que estarás atrapado hasta tu muerte, lo único que le da sentido a la vida es siempre tratar de escapar, vivir la ilusión de que no te has dejado atrapar».

2.

            El pasado 24 de noviembre, en el marco del festival Lettres du monde que se celebró en la región de Aquitania, Castellanos fue uno de los novelistas invitados a la biblioteca Flora Tristan de Burdeos, en donde respondió preguntas sobre su obra y habló de literatura. Al final de la charla, tuve el privilegio de conversar unos minutos con él. He aquí cuatro preguntas.

        MP: Hablaste de Rulfo y Onetti como tus principales influencias en lengua castellana. ¿Cuáles son, si las tienes, tus influencias francesas o inglesas, o mejor, de la literatura europea? Autores de referencia, que te formaron, digamos. Por ejemplo, ¿qué tan presente es Bernhard tu escritura?

          HCM: Puedo habar de los escritores cuya obra me gusta o me ha gustado en algún momento de mi vida. Pero son demasiados y ya lo he repetido varias veces de manera pública. Lo de las influencias es más complicado, porque el escritor no necesariamente tiene conciencia de ellas, y cuando las menciona pueden ser parte de una estratagema.

      MP: ¿Cómo te posicionas respecto a la herencia del boom latinoamericano, precisamente respecto a los trabajos de memoria y denuncia como los hechos por Vargas Llosa (La Fiesta del Chivo) y García Márquez (El Otoño del Patriarca)? Pienso en tu novela Tirana Memoria que fácilmente podría clasificarse dentro de esta, digamos, tradición. ¿Cómo reaccionas a esta “acusación” de inscribirte dentro de una tradición latinoamericana de escritores que tienen novelas sobre las dictaduras?

              HCM: La diferencia entre Tirana memoria y esas obras que mencionas, es que en la mía no hay dictador como personaje. Nunca tuve interés en retratarlo o construirlo. Lo que no es poca cosa como diferencia.

            MP: Vuelvo a mi punto sobre la literatura del testimonio. Te alcancé a decir que me refería a cómo ésta variante literaria se entiende acá en Francia y no en Latinoamérica. En general, en nuestro continente se entiende desde el punto de vista de la verdad, de aquel que pretende conocer la verdad y por lo tanto escribe desde una perspectiva de autoridad para justificarse o culpar a los otros. Naturalmente, como tú mismo lo dijiste, eso no es literatura. Lo que llaman acá littérature du témoignage (a veces literatura de la Shoah) hace referencia específicamente a las obras producidas después de la segunda guerra mundial, en su mayoría escritas por sobrevivientes de los campos de concentración. Tres ejemplos emblemáticos: Primo Levi, con su obra Si esto es un hombre (1947). Jorge Semprun con La escritura o la vida (1994). Luego esta Imre Kértezs, con su novela Sin Destino (1975) en la que  además de hacer una descripción detallada del funcionamiento de los campos de concentración, propone un cuestionamiento de la exacerbación de la posición de la víctima y de la instrumentalización desproporcionada del sentimiento de culpabilidad en este tipo de literatura (de vuelta a Budapest, el personaje principal de Sin destino declara lacónicamente echar de menos la vida en los campos).

            En general, en este tipo de literatura, prima la escritura en primera persona, y se sobreentiende que el testimonio es personal o que al menos no pretende zanjar la cuestión de la verdad. Mezclado a la ficción (es ahí donde se separa del periodismo), el testimonio se convierte una pista, una porción sobre la verdad, y propone sobre todo una reflexión sobre el Mal, la materialidad del terror, la imposibilidad de una memoria total (pienso en el caso de Erasmo en el Sueño del Retorno, en sus dudas sobre cómo posiblemente le fueron implantados ciertos recuerdos).

            Te hago toda esta introducción porque sé, si es que no lo están haciendo ya, que los franceses van a ver en tu obra una clara proximidad  (mutatis mutandis, naturalmente) con la literatura del testimonio, y no me sorprendería que la valoren desde ahí. Justamente porque eres un sobreviviente a la barbarie, escribes sobre lo que te dicen tus vísceras, y no sos un autor que busca temas, podrían ponerte esa etiqueta. ¿Qué les responderías a los franceses si osaran un día clasificar tu trabajo de este modo?

           HCM: La verdad es que eso de las etiquetas, de las casillas, no tiene solución. Cada quien lee como puede e interpreta como se le antoja. Creo que esas obras que mencionas están escritas a partir de experiencias vitales de cautiverio –no importa hasta dónde el escritor lleve la ficción, como en el caso de Kértezs–, y por lo mismo asumen el punto de vista de la víctima. Ni Robocop, ni Laura Rivera, ni el Vikingo, ni Joselito, ni muchos otros están construidos desde esa experiencia de la víctima cautiva. Claro que podríamos decir que todos somos víctimas en este planeta. Pero eso es otra cosa.

           MP: ¿Por qué no hay lugar para la nostalgia en tu obra? Nostalgia por el país de la infancia, por una sociedad que antaño era mejor, menos asesina. En otros autores uno detecta con facilidad la nostalgia por un país idealizado, pero no es tu caso. ¿Por qué? Sé que has hablado del rencor, tal como lo ve Ciorán, del rencor como motor de la escritura. En ese sentido, este tipo de escritura rencorosa se constituye como una respuesta a algo. Digamos que en tu caso, el rencor es la respuesta a la brutalidad militar que se apoderó de El Salvador, una respuesta a una fuerza que quiso negar por años el derecho a otra parte de ese mismo país a existir. Si tu obra novelística es una respuesta en sí misma, ¿tiene ésta necesariamente una dimensión política? ¿Hasta qué punto consideras que podría hablarse de un compromiso político en tu obra?

          HCM: No tengo la remota idea de por qué la nostalgia por un mundo o un país ideal no asoma en mi obra. Claro, el rencor es un motor, es el que yo más he mencionado, pero eso no significa que no haya otros, incluso desconocidos para mí. El escritor no tiene por qué ser consciente del origen de sus impulsos, lo que hace es aprovechar esos impulsos para escribir la obra que debe escribir. Y en cuanto al “compromiso político” –que como concepto hiede a naftalina– , me parece que en mi obra puede haber un compromiso contra la política, la política entendida como el ejercicio del poder.

 

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