Aniquilación.

“El crimen es doble: es una muerte inconclusa y siempre abierta. El muerto es un cuerpo presente que no vuelve a estar”. Alfedro Molano.


            No lo mate, compadre, ¿para qué otro muerto? Le pidió desde la otra rama con la voz a punto de quebrársele.

            Dudó un instante, se terció el mataganado por detrás del pantalón y se quedó escudriñando el horizonte que por la orilla opuesta del valle se ensanchaba transparentado por las bocanadas de aire tórrido. Lo vio sin azul ni nubes, abotagado de vapores, soplándose como vidrio candente; vio también la mordida interminable que le propinaba la cordillera, y se fue siguiéndola con los ojos volcados en el vacío hasta que sintió por dentro que la luz lo hería y le hacía manar de las tripas borbotones de ese mismo anhelo gélido –mataría de nuevo–. Al fondo reconoció al Nevado del Huila penetrando en la niebla con su pescuezo enchapado de blanco. Escrutó por largo rato ese cielo rasgado con la mirada hueca como si contemplara una belleza que era también holocausto. Luego, todavía sin responderle nada, dejó caer su espalda sobre el tronco, acomodó la roca en el boquete de sus muslos, y memoró lo que había soñado esa madrugada.

            Abandonaba el caserío brincando por peñascos, escabulléndose de alaridos, de soliloquios de motosierras y de silbidos de machetes cortando el aire e impactando piedra. Pasadas unas horas se enterró en un lodazal a la entrada de la ciénaga y esperó a que los masacradores dejaran de rastrearlo. Cuando el sol volvió a emerger, cruzó el manglar reptando por entre las raíces de los mangles, barriéndose en la podredumbre como si él mismo fuese podredumbre y no carcasa. Por momentos, cuando salía a respirar, le parecía percibir cierta congoja en los cangrejos que lo observaban desde las orillas. Al verlos, detectaba cierta urgencia en el mecánico tecleo de sus patas como si se afanaran por narrar la miseria en que lo descubrían. Más tarde, se alzó del lodo antes de que éste se derramara en precipicios. Le pesaban los miembros y la arcilla le sellaba los parpados con una costra pútrida. Vio en el fondo de su tiniebla que nubarrones se crispaban y se sacaban chispas de inquina. Huían garzas y chigüiros estremecidos por la cantidad de maldad aglutinada en ese cielo que era incubadero de tormentos. Andaba por ratos, luego se desplomaba y reptaba. Mientras lo lavaba la lluvia con goterones que le caían como garrotazos sobre las heridas, marañas de rayos le zumbaban por las orejas. Y el firmamento se partía en carcajadas con cada destello.

            Hallaba refugio en una cabaña incrustada en lo alto de un páramo con frailejones, laguna y humedad agobiante. Afuera, en el agua empezaban de repente a reflejarse bandadas de tigres descomunales que intentaban penetrar en el rancho para masacrarlo. Mientras corría de una habitación a otra bloqueando todos los accesos, chorros de sudor frío se le estancaban en los sobacos. Por las ventanas, veía a las bestias merodeando, trepadas en el techo, embistiendo contra las paredes, rugiéndole, cavando túneles con sus garras. Cuando cargaban contra los postigos, las cabezas se les inflaban y de sus ojos, deformados, se desprendía una tenacidad exclusivamente humana. Viéndolos tan despiadados, en las brechas de tiempo que le abría la inminencia de ser despedazado, lo invadía la curiosidad de saber cómo era que su propia indefensión capitalizaba tanto odio. No lo dominaba el miedo de ser muerto; luchaba no para vivir sino por una vanidad insondable, para ahorrarle a los despojos de su carne la vejación final.

            Compadre, póngame cuidado, ¿para qué seguir matando? Yo de eso no me olvido, don Pedro, le respondió con la mirada todavía perdida en la anchura del valle. Deje en vida a ese infeliz, sólo para que a esos niños no les falte bocado. Ya le he dicho, yo mientras respire, yo no olvido. Ay compadre, años ya de eso. Tanto recordar es lo que lo tiene enfermo. Don Pedro, si es que esto no es cuestión de curarse, ¿no ve que de esta matadera no se salvarán ni mis nietos? ¡Usted no sabe!, eso déjeselo a la justicia, a la ciencia, le increpó puñeteando su rama con aflicción. No me ofenda, don Pedro, le respondió sin despegar los ojos del curso del río que parecía una víbora dormitando sobre los cañaduzales de la llanura. Es para que no se empuerque más las manos, compadre. Las muelas de Rodrigo, don Pedro, desperdigadas sobre el tablado de su rancho, las veo a diario desde entonces, a partir del silencio de ese amanecer en que todo el caserío empezó a descomponerse; las miro desparramadas como granitos de maíz en un yerto, tal como las encontré esa mañana, frecuentadas por moscas, el sol bañándolas con la misma indiferencia con que su luz ilumina todas las demás cosas de la tierra; revolcadas con coágulos y barro como si fueran los dados de una suerte aciaga. Las veo, no hay día que falte, y alcanzo a ver el brazo que las desencajó de sus mandíbulas pero no me ha alcanzado hasta hoy la vida para encarar al rostro que asestó semejante machetazo. Y yo, fíjese usted, no me puedo morir sin antes conocerlo, mirarlo apenas los instantes que le tome a este cuchillo barrerle la garganta. ¡Las cosas que dice, compadre, Dios lo perdone! Sucede, don Pedro, para que vea como son las cosas, que ciertas tardes cuando va menguando el calor y la brisa se desparrama de los Farallones, viajo con los recuerdos a la vida de antaño, y entregado a mis cavilaciones, y viendo también a la ciudad que con el crepúsculo empieza a activar sus tenazas, sucede, don Pedro, que de un momento a otro salgo disparado de mi silla como si me escupiera una borrasca. ¡Salto como un animal desquiciado! ¿Y qué es lo que le pasa, compadre, en esos momentos? Nada, don Pedro, que es como si a ratos le diera a la memoria por zamparme un fierro ardiente por el recto, ¿sí ve cómo es la cosa?

            El horror del sueño consistía en que por cada pestillo cerrado un instante antes de que las bestias penetraran, otros tantos saltaban automáticamente de sus agujeros disparados por la misma fuerza que se empeñaba en aniquilarlo. Recorría sin tregua cada rincón fluctuando sin sentido como un insecto atrapado en un embolo, guiado por el caprichoso traqueteo de los cerrojos, y en la cerradera sinfín a veces se le pasaba por la mente por qué también a la vieja cabaña le daba por matarlo. Sentía que los entresijos se le enfriaban, el sudor encharcado en los sobacos se volvía escarcha y lo cortaba. La casa cimbraba como un termitero enloquecido por el fragor de la sevicia de los tigres. Era un sueño circular en que el crescendo de la angustia sólo se detenía cuando las bestias caían del techo y una de ellas se le tragaba la cabeza de un tajo. Entonces todo se enmudecía, él mismo se transformaba en un tigre que se echaba a andar selva adentro añorando desgarrar incluso las nubecillas de polen que, en los recodos, delatase el contraluz.

            Había empezado a soñarlo el día en que recogió una por una las muelas macheteadas de Rodrigo. Poco antes, su muerte había comenzado cuando un hombre con sus hombres, que lucían como anfibios, se asentaron a la entrada de la finca. Alto, le dijo Rodrigo, cuando vio que se le entraba. Si entra ya me perjudica con los otros, no me haga ese mal. Si no entro, le respondió el mercenario observándolo con sorna, entonces se perjudica con los míos. No se preocupe que le vamos a pagar. Rodrigo, pobrísimo en frases, asintió con un movimiento vencido –sacudía siempre la frente como potro brioso pero manso–, se quedó mirando a los hombres hambrientos salir del pinar, desperdigarse por el terreno y montar cacería a puercos y gallinas. Se quedó viendo el festín sin moverse de donde estaba, sembrado en su propia impotencia, con los ojos límpidos, sintiendo ya el peso de lo que se le venía encima. Pensó en matarse matándolos, pero no olvidó que en el rancho había cría y mujer con más huesos consolidándose vientre adentro. Se fue entonces perdiendo en su suerte como se pierde una esquirla de materia en el centro de un trapo que se retuerce. Cuando terminó, recibió los billetes, se metió en su casa como si se deslizara en una fosa, y esperó.

            El guayacán resonaba con el cuchicheo de sus voces lastimeras. Vigilaba cada tanto los recodos de la senda que desde la altura parecía una arteria taponada por la maleza. Compadre, entre más mate, más se muere por dentro, ¿no ve? Pero si no mato, tampoco vivo, don Pedro. Déjese de enredos, compadre. ¿A usted le parece que esto es un juego? Mire don Pedro, a mí me tocó esta vileza y en ella mal que bien sobrevivo. A cada hombre se le da su pedacito, llega al mundo a trompicones, ya revolcado en sangre y cebo, y sin que se lo pregunten lo avientan aquí o allá a lidiar desde muy temprano con la roña. Este es mi ecosistema, mírelo don Pedro, ¿sí me entiende? aquí me tocó a mí,  en estas montañas en las que el hombre es más que un lobo para el hombre, en estas cumbres plagadas de cafetales que conocen horrores, despeñaderos de centenares de cabezas solitarias; aquí me tocó a mí, mire usted, en este hormiguero frenético esclavizado por la muerte para la fragua de su propia aniquilación. Pero a pesar de todo aquí se vive. Se vive, sí, eso nadie lo puede negar. Es tan difícil de explicar, don Pedro, pero también le alcanza al hombre para ser una especie de santo en su propia maldad. Vendrán tiempos mejores para este valle y estas cordilleras, compadre. Dios lo oiga, don Pedro.

            Pero su tiempo estaba ya muy sepultado con la muerte. Aunque no se juzgaba desdichado, llevaba adentro la certeza de ser hombre de acción, y reconocía en sí vestigios de porvenir.

            Compadre, ¿qué es lo que tanto mira? La belleza mortífera de este valle, don Pedro, sus vientos pandilleros bufando humillaciones sobre millares de vidas; veo ahora a mi madre con el lomo cargado de yucas coronando una cuesta; mis sembrados, la urgencia de las tripas de mis hijos, todo eso. También veo a Rodrigo trepado en su yegua, blandiendo su peinilla, todo irradiado en su inocencia, en la bondad de su escasez de habla, y pienso en que me hubiera gustado verlo una última vez aunque fuera así todo tasajeado, pero ni eso, sólo sus muelas humilladas me quedaron, sus muelas que hablan una lengua que yo no hablo… sí, una última vez haberlo visto… ¿para qué? nada más para verlo, para reconocerlo en la barbarie en que me lo dejaron… para conocerlo estando muerto. ¡Ay compadre, usted sí está muy enfermo! !Silencio, don Pedro! Escuche, parece que por ahí viene bajando el canalla ése. Quédese bien quieto.

            Solivió un tanto la roca, la sopesó y con la mirada ya encendiéndosele calculó con intuición prehistórica la caída libre. La cacofonía del guayacán se silenció.

            Poco después, una noche saturada de estrellas la muerte envalentonada volvió a emerger del pinar con sus alicates y sus machetes. Otros  asesinos que también lucían como anfibios regresaron para enjuiciar a Rodrigo. Lo sacaron del rancho y arrodillado empezaron a quebrarlo delante de la mujer, el feto y el muchachito. Él sólo recordaba de aquella encomienda la oscuridad en la que los ojos lívidos de las reses formaban una especie de constelación terrestre. Mientras bamboleaba su soga, de cuando en cuando sus ojos se topaban con su parpadeo acompasado, y desde el lomo de su bestia observaba el gesto disuasivo que en ellos ardía. Dónde, le preguntó un anfibio. A un baldío por detrás del último cerro de las tierras de don Urdaneta. Cuánto, le interpeló otro. Sesenta mil pesos por llevar hasta ahí todo ese ganado, respondió Rodrigo al tiempo que paladeaba el sabor metalizado de su sangre. Desde allí los forajidos arrearon los bovinos a punta de perrero hacia el puro monte. Y oyendo sus propias palabras Rodrigo recordaba en ese instante los ojos humillados de las vacas apagándose aleatoriamente por el castigo de los latigazos. Entonces los asesinos, como tigres rodeándolo antes de rasgarlo, se pusieron a operar con sus instrumentos. A lo largo del interrogatorio, las manos se le deshojaron, antorchas que iban y venían le tiznaron las plantas de los pies, le rostizaron el vello, y los rabos de los fusiles le enquistaron los ojos como los de un batracio. Callaba y a su modo también actuaba, y en la escasez de su pensamiento se hacía en hombre. Mordiéndose los labios, esperó hasta el último momento a que le preguntaran por qué. Un asesino, entre tanto, escribió con letras rojas “Por abigeo” sobre la fachada de cal del rancho. Al final, el anfibio superior enarboló su machete y cortó en dos lo que quedaba de Rodrigo. Nadie escuchó el pianoteo que sus muelas produjeron al rodar sobre los tablones. Lo demás se lo tragó el pinar minutos después y desde entonces nunca más regurgitó nada.

            Lo había soñado innumerables veces, pero esa madrugada había descubierto que no eran los tigres ni la cabaña los que se proponían masacrarlo. En el trajín de puertas y ventanas, siempre había percibido una suerte de presencia postrera que hasta esa madrugada no había conseguido identificar pero que lo acompañaba persistentemente; iba adonde él iba, corría detrás de él, a veces creía ver sus manos cerrando pestillos. Había querido creer que su discreta asistencia le insuflaba ánimos para no dejarse aniquilar. No obstante, todo había sido engaño. La tenue entidad deshacía todo cuanto él hacía. Hasta entonces había sido incapaz de ver que a sus espaldas se mofaba de su desesperación, que le abría las cerraduras en cuanto se volvía, retiraba los cerrojos de sus huecos, lo delataba y convocaba a los tigres. Esa madrugada había por fin comprendido que dicho ente era una suerte de anti versión de su propia persona y que desde el principio intentaba inmolarse a través de él. Esa mañana lo despertó el espanto de ver que todo era aniquilación en sus sueños.

            El cráneo crujió como cuando se machaca un totumo seco. Al constar que el cuerpo no se levantaría de su desplomo, regresó al vacío la mirada y se quedó unos instantes más contemplando los remolinos de vapor deslizarse por la línea del horizonte. Cuesta abajo todavía se oía el chirrido de la maleza atropellada por la roca. Luego se descolgó por el lazo con la misma serenidad con la que solía combatir a los tigres. ¿Dónde está Rodrigo? le preguntó arrodillándosele en el pecho. Al anfibio se le desorbitaron aún más sus ojos agónicos y se puso a resoplar como si adentro en la consciencia se le desatara la succión de un agujero negro. Examinó el rostro astillado y escupió en la boca que se deformaba en la mueca de una súplica horrenda. Luego se sacó el mataganado y le serruchó el cuello sin percatarse del chapoteo de los paquetes de vomito que en lo alto del guayacán se le salían a don Pedro.

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