Por un rancho (epítome de una serie de indolencias).


1.

            Betsaida tenía miedo de que Hermes y Ulises se destazaran a chuchillo por lo que quedaba del tugurio. Había venido a despedirse de la muerta y a presenciar el último episodio de la sarta de ultrajes por la que se había precipitado su vida. Desde el día en que se había prendido petróleo por todo el cuerpo, Esneda había decidido no morir –aunque ya no le quedara vida–, ser más fuerte que Héctor, y sobrevivir a su odio hasta que pudiera verlo bajar al sepulcro un día muy remoto. Por eso estaba ahí, no para asistir a la indolencia y la carnicería en que acababa todo, sino para saludar su gesto heroico. Por fin pudo morirse, pensaba mientras respiraba el aire caldeado del entierro y observaba con inquietud a ambos hijos arrojar tierra al fondo de la fosa; a Hermes a quien había abandonado por haber querido darle la misma vida de su madre; y a Ulises que vaciaba su pala con la premura del adicto consumado. Los miraba infestados de codicia por esos muros de bahareque, repartiéndose miradas fratricidas, y sepultando a una madre a la que no amaron y cuya memoria despreciaban por haberse muerto sin cobrar siquiera la primera mesada de la pensión que había heredado de Héctor.

2.

            Junto a la fosa, el párroco profiere sus rezos en un Latín altanero. Sin hisopo, saca con las puntas de los dedos el agua bendita del acetre para esparcirla sobre el lote de Esneda. A diestra y siniestra, dos diáconos sostienen con desgano incensarios por los que no se escapan hilachas de humo. Poco más lejos, el círculo de vecinos se entrega a sus respectivas observaciones. Se rumora sobre los meollos de la repartición de la herencia, pero sobre todo se teme que éste, como otros sepelios, termine produciendo más muertos. Unos dicen que Esneda quería dejárselo todo a Ulises, su preferido; otras sostienen que hijos no reconocidos de Héctor ya han aparecido a reclamar una porción de las ruinas. Los más certeros afirman que se matarán deudas pues el rancho debe al fisco décadas de impuestos. Sin embargo, nada entienden Hermes y Ulises, cegados como están por esa hambre ancestral que les carcome los huesos. Se acusan mutuamente de perfidia cuando la sola añoranza que se alberga en sus corazones es acapararlo todo para poder entregarse a una descomunal orgía de bazuco y aguardiente.

            … venga, doña Teresa, echémosle tierrita a doña Esneda, dicen que es bueno. No, Betsaida, esos muertos así a mí me dan miedo. No le tema, doña Teresa, mire que ella no era mala, era indefensa… fuerte pero indefensa. Diciendo esto, a Betsaida se le nubla la vista con recuerdos, se acuerda de cuando preguntó en la escuela cómo se hacían enormes ciertas piedras, y recuerda enseguida la respuesta de Ortegón que le dijo que las piedras se arriman a otras piedras más pequeñas y las absorben y así van creciendo. De ese modo se representaba a doña Esneda, como a las rocas macizas de los ríos, inmóvil ante el castigo de los elementos, enmudecida ante el dolor, como un farallón que se agranda a medida que aspira afrentas. Da dos pasos hacia delante, deja caer en el agujero unas manotadas de tierra y piensa en el día de su incineración.

            La víspera había ido hasta El Hormiguero a pedirle a su madre que le ayudara a liberarse de Héctor. La encontró sumergida hasta la cintura sacando arena del río, rodeada de niños desnudos que chapaleaban en el agua sedimentosa. Cuando la vio parada al borde del peñasco, escupió el tabaco, sumergió los hombros y volvió a raspar el lecho con un movimiento pendular. Dónde están tus hijos, le preguntó dos segundos después con el balde rebosado entre las manos y clavándole una mirada de desprecio. Esneda, con la cara ya descompuesta por el tremens del llanto, no supo responderle. Más tarde, mientras comían, escuchó el descargo de las atrocidades sin musitar palabra ni modificar un sólo instante la expresión de desconfianza que dominaba su rostro. Cuando entendió que a Esneda se le habían acabado las palabras, se inclinó por encima de la mesa y le impactó el rosto con una potente bofetada. El chasquido de sus mejillas interrumpió brevemente la algarabía de los insectos nocturnos. Si se llega a ir, la amenazó, yo misma la encuentro y la cuelgo. Con ese hombre usted se muere, ¿o fui yo quién la mandó a casarse?

            Ulises vio el resplandor esparcirse por las paredes del zaguán y avanzó hacia el patio sin sospechar nada. Cuando salió, la halló acurrucada al lado del carambolo dejándose abrazar por la candela. Inmune al dolor, con el sosiego casi plácido de un bonzo, Esneda se iba de bruces como una pera negra reduciéndose en el bailoteo de las llamas. Sofocó el fuego a cobijazos, la cargó hasta la pila y la dejó caer en el agua. El olor a pelo quemado le recordó el rostro de su padre cuya imagen le provocó una punzada de odio en la boca del estomago. Vio los ojos abrirse en el agua y mirarlo desde ahí con la misma condenada confusión de las mañanas en que Héctor la pateaba –o le aventaba el chocolate hirviendo– porque el cuello de la camisa estaba mal almidonado. Por entre las pestañas achicharradas vio con nitidez lo mucho que con los años su alma se había percudido de desgracia. Sacó la cabeza del tanque con ambas manos y la vio emerger con su nueva forma, con sus bultitos de pelo arremolinado, como si del fondo trajera enredados nudos de algas. Quédese aquí, mamá, le dijo, ahora vuelvo a despegarle esa ropa de los brazos. Y enseguida corrió a armarse.

            Lo encontró en los confines del Paraíso, a las afueras de un antro, rodeado por una multitud de borrachos armados que se carcajeaban y aguardaban la continuación del duelo. En medio del tierrero, Héctor se tambaleaba bajo la luz amarilla de los faroles de queroseno esperando la embestida con los brazos abiertos. Por debajo de la camisa el cabo del mataganado sugería la existencia de un miembro enhiesto. En la polvareda que acaba de levantarse frente a él, un hombre con la boca bañada en sangre terminaba de incorporarse. Sacudía la cabeza, se comprimía el tabique tumefacto e intentaba en vano devolverlo a su lugar. Al ver que nada contendría la hemorragia, caminó hacia Héctor y le asestó un prodigioso puñetazo en el esternón que lo levantó del suelo. El pecho vaciándose le silbó como un fuelle reventado. Cesaron las carcajadas cuando vieron que por más que aspiraba con desesperación no conseguía traer de vuelta el aire a sus pulmones aplastados. Lo levantaron por los sobacos, empezaron a sacudirlo y a darle golpes en las costillas hasta que el aire le volvió a bajar a los alvéolos. Ulises esperó a que los jugadores se estrecharan la mano, y luego corrió hacia su padre desnudando el cuchillo de las hojas de periódico. Mataste a mi mamá, granhijueputa, le gritó. Venga a ver malparido, le respondió su padre sacándose el cuchillo del cinto. Es el hijo, no lo dejen matar, vociferó un bandolero. Que se maten esas lepras, que se maten, gritó otro cuchillero. Y nadie intervino. No obstante, al centro de la danza de las puñaladas, que duró más de lo que dura una misa, los otros cuchilleros fueron arrojando taburetes, toldos y canastas de cerveza para impedir que los metales se engarzaran en sus carnes. Se dispersaron cuando el taconeo de las botas de los militares empezó a resonar por las bocacalles.

3.

            Después del Pater Noster, el párroco se interrumpe unos instantes para saber si la ofrenda familiar alcanzará para que el alma de la difunta disfrute de un servicio completo. Con gesto inequívoco de la frente, ordena al diácono ir a consultar a los deudos. Hermes se escarba los bolsillos esforzándose por darle una mínima dignidad a su miseria, y enseguida señala con el índice cargado de ira a Ulises quien, a su vez, despliega las manos en gesto desvalido y le devuelve un destello de rencor con los ojos. Y antes de que se salten encima, de entre los dolientes emerge oportunamente una música de monedas que van cayendo en las manos de doña Lucila (corva anciana zalamera de parroquias). Oyéndola, el párroco llena sus pulmones de aire y reanuda con los preces de la Última Encomendación: absólve, quæsumus, Dómine, ánimam fámulæ tuæ Esneda ab omni vínculo delictórum / Amen…

            … mírelos, doña Teresa, la misma estampa del padre, llenos por dentro de la misma maldad. Ahí están ambos armados, con sus estacas listos para matarse. Y saber que la casa no es para nadie. ¿Cómo es eso, Betsaida? Dejó dicho en un papel que se la devolvía al Municipio. Imagínese usted, quitarles lo poco o nada que en vida levantara. Eso andan diciendo, unos que sí, otros que no, y por eso están así, mírelos, envenenados por las habladurías. Mire al Hermes, yo lo conozco bien, ahí donde lo ve está embebido de alcohol, mírele la boca emblanquecida al Ulises cómo le tiembla, llena de vicio, mírelos, doña Teresa, esos pobres hermanos harapientos dispuestos a matarse por un rancho que lleva años desmoronándose. ¡Padre bendito! ¿Y el menor, Betsaida? Ése también tiene velas en este entierro. ¿El niño Héctor? Dicen que ya no reconoce de lo postrado que lo tiene el bazuco. ¡Señor Todopoderoso! ¿Por qué habrá sido tan malo ese hombre?

4.

            En los tiempos en que la ciudad se descuajó de su centro y se lanzó a su extensión suicida hacia el oriente, más allá de las zonas inundables, la vida en el Paraíso se nutrió de campesinos invasores que bajaban de las cordilleras atraídos por la bonanza industrial, gentes inocentes o victimarias, en su mayoría curtidos de violencias, que huían del campo para salvarse. Héctor fue uno de los fundadores del barrio, llegó en la época en que los decretos del régimen atizaban la lucha por la recuperación de los ejidos que bordeaban la orilla izquierda del río Cauca. Había huido de San Antonio de los Micos, decía él mismo, poco después de un genocidio, tras esperar inútilmente unas semanas a que sus familiares se reagruparan en las parcelas que hasta entonces les habían pertenecido. Su padre, un Tama de sangre pura que no leía ni escribía, cuando sintió la muerte venírsele encima, se internó solo en las montañas con un hacha y desde ese día nadie volvió a verlo. A todos los demás los aniquilaron. Héctor, aún adolescente, que se había salvado gracias a la astucia de unas tías que lo escondieron en las raíces de un guacarí centenario, esperó a su padre deambulando por las veredas circundantes, cazando guacharacas o cuchas para mitigar el hambre, entrando en casas deshabitadas a hurgar en los baúles saqueados, y a veces viendo durante sus caminatas cabezas rodantes que dibujaban rizomas rojos sobre las laderas. Perdió las esperanzas a partir del momento en que otras gentes aún más armadas empezaron a llegar al pueblo con mulas cargadas de enseres, rompían con barretones los viejos candados y se encerraban en los ranchos a borrar las huellas de las matanzas sin sospechar que a apenas unos kilómetros otras hordas todavía más armadas venían siguiéndoles los pasos. Los miraba desde la maleza y sentía el odio darle sus picotazos en la boca del estomago. Una tarde, sintió silvestre y se puso a seguir el curso de las quebradas que bajaban de las cuchillas de Calarma, descendió por vericuetos de trochas donde otros desplazados terminaron por arrastrarlo hasta Chaparral. De ahí se internó en el Cañón de las Hermosas, decía, siguiéndole el paso al Amoyá, a pie limpio durante semanas. Luego anduvo al sur por el todo el piedemonte, apenas deteniéndose a ver el fuego que terminaba de consumir las veredas devastadas. Una noche, un buhonero ebrio al que le pidió comida, le dijo que la mancha cobriza de palmeras que al fondo se distinguía, era Palmira. Ahí hallaría pan.

            Otros tolimenses del barrio, sin embargo, habían hecho correr el rumor de que su periplo empezó el día en que violentó a una de las hijas del hacendado para el que trabajaba, un tal Iriarte, un “español legítimo”, como decían en ese entonces indios y mestizos por la calvicie y la copiosa barba. Tan salvaje era aún a sus diecisiete años que cuando el patrón se presentaba con sus hijas a pasar revista a sus cebús, el contacto con el aura femenina lo espantaba y de inmediato corría a esconderse detrás de los matorrales. Desde ahí observaba a las púberes con un celo ignoto que le revolvía en el pecho una inestable mezcla de depredación, deseo y vergüenza, la cual lo mantuvo a raya hasta el día en que le pareció que el ecosistema le ofrecía una presa. Decían que había logrado escaparse de los capataces y de los dóberman de Iriarte camuflándose entre el ganado que la madrugada siguiente iba a ser conducido a la estación del ferrocarril. Se abrazó al vientre de una de las decenas de reses que esperaban a ser despachadas y uno de los arrieros lo ató por las muñecas y los tobillos con cabuyas para que pasara inadvertido antes de entrar al tren. Apeñuscado en un vagón de carga, con las uñas trituradas por las pisotadas de las bestias, y con la piel cocida en urea, Héctor habría llegado a Buga una mañana radiante. Y ya lo suficientemente cerca de su núcleo, la ciudad monstruo no habría tardado en atraerlo.

5.

            La gutural resonancia de los cánticos ahoga los insultos que Hermes y Ulises se lanzan desde ambos costados de la tumba. Betsaida ve la furia con la que gesticulan sus improperios y, presa del pánico, se aferra a la mano de su compañera. A su vez, el párraco aboga con pagada solemnidad por el alma de Esneda:  Ne recordéris peccáta mea, Dómine/ Dum véneris iudicáre sǽculum per ignem…

            … doña Teresa, mire, yo le digo una de las cosas, es que ni siquiera era malo, era otra cosa, tal vez más, tal vez menos que eso, yo no sé, nunca supe, porque usted lo veía cómo era con los vecinos, tan cortés y servicial, desviviéndose siempre por saludarlo a uno, y ver luego cómo era con sus hijos, que nos les llevaba nada, todo se lo bebía, y sobre todo lo que hacía con ella, cómo la trataba. Y nadie nunca hacer nada, Betsaida, por esa pobre alma. No crea, al principio don Octavio, ánima bendita, por tanto alarido y estruendo que se oía en ese rancho, un día no pudo más de la indignación y desafió a Héctor. Gusano, le dijo, usted no es hombre, uno en la calle puede ser el hijo de puta que quiera, pero en su casa, usted que tiene que ser un caballero. Salga y nos matamos. Y se agarraron a fierrazos. ¡Por eso era que le faltaba media mano! A don Octavio, ese señor que era la decencia misma. Y desde ese día, santo remedio, el Paraíso se sumió en la más callada indolencia. Sólo unas pocas de nosotras, cuando se emborrachaba, corríamos a decirle, “doña Esneda, doña Esneda, Héctor está bebiendo, vaya escóndase, piérdase”, pero ella no decía nada, porque ya entonces había perdido el habla, sólo se quedaba mirándonos con esos ojos que de una manera apacible y al mismo tiempo amarga nos daban las gracias para luego perderse en la penumbra de ese rancho de barro… y no hacía nada, sólo se ponía a esperarlo en el patio a que llegara con su furia alborotada a acabar hasta con el nido de la perra, a construirle caminitos de vidrio o de carbón ardiente por los que la hacía caminar durante horas, bajo el carambolo, ése arbolito que es testigo de tanto oprobio. ¡Padre bendito! Así sucedía hasta que la ebriedad lo vencía y se dormía, entonces ella se ponía a curarse sus pies chamuscados. Fría, Betsaida, dicen que era estrecha y fría, ¿sí me entiende? que por eso era que no la quería. Ay doña Teresa, vaya usted a saber, en todo caso, yo no podré nunca aceptar que nada más por eso un hombre sea capaz de engendrar semejante odio y de llenar de tantos estragos la vida dizque de sus seres amados. Ese misterio sólo Dios ha de conocerlo. Amén, Betsaida. Amén, doña Teresa, y vámonos yendo que el sepulcro está casi lleno, y Ulises y Hermes, esos dos engendros, no se van a quedar quietos.

6.

            Entró en Cali la madrugada de la gran explosión. Rayaba el alba y todavía el resplandor de la columna de fuego, erguida sobre las ruinas humeantes de los barrios, iluminaba la suerte de los primeros saqueadores. Héctor, casi en la indigencia, se entregó al pillaje de inmediato. El advenedizo Thénardier se arrastró por entre los cadáveres hurgándoles los bolsillos de los blazers y los pantalones carbonizados, con un ojo aquí y el otro allá, cuidando de que no lo sorprendieran los soldados que durante las horas de ley marcial patrullaban los alrededores de la antigua Estación de Ferrocarril. A Esneda la conoció poco después en una casa de empeño de la Carrera Octava adonde fue a cambiar por pesos el botín amasado. Puso sobre el mostrador las argollas y los relojes de bolsillo, todavía con la costra de la grasa quemada, y le preguntó: ¿cuánto me da por esto? No esperó ni a que se enfriaran, le respondió ella mirándolo con asco. Entonces él, tras observarla un fugaz instante en el que creyó detectar un rastro de complicidad, se precipitó en una estruendosa carcajada. Y tal como en adelante sentiría cada vez que lo viera carcajearse, Esneda sintió formársele por dentro una melaza de curiosidad y espanto. Viendo despuntar el lado humano de su animalidad, supo en ese instante que algo la emparentaba con Héctor.

            Llegaron al Paraíso pocos meses después. Para entonces Héctor hacía parte de los obreros que a punta de pica y porra trituraban la roca muerta sobre la que pavimentaron las calles aledañas de la Plaza de Caicedo. El Sindicato de Trabajadores le otorgó un lote sin instalaciones de agua ni alcantarillado, la mera tierra cenagosa revestida de maleza, la cual se vio obligado a defender a machetazos de las hordas de invasores que continuaban empujando hacia el oriente los límites de la ciudad. Durante los meses que le tomó al catastro delimitar los terrenos, los vecinos del incipiente Paraíso se aliaron para protegerse de los destechados, carroñeros ávidos que salían en bandadas a merodear los baldíos y a desvalijar tugurios. Temibles manadas conformadas en su mayoría por parias de toda calaña, se desplazaban por el monte cargando con ellos sendos troncos que utilizaban como arietes para asaltar los ranchos atrincherados. Era entonces común, como lo eran también descalabrados y apuñalados, el robo de enseres, incluso de bacinillas, de animales domésticos y cuanta cosa sirviera, aunque simbólicamente, para saciar el hambre y la desolación de esas gentes desposeídas. En este paradisíaco orden de cosas se asentó la naciente familia, con Ulises que se formaba ya en las entrañas de la silente Esneda, ambos bajo la protección de Héctor que pronto se dio a conocer por el salvajismo de sus juergas. Ahí los arrojó la vida, a ese reservorio de violencias regurgitadas de por todo Colombia, para seguir siendo ellos mismos la violencia. Y ahí vivió Esneda los largos años de su silenciosa resistencia, lavando y planchando ropas ajenas, mientras esperaba a que las fuerzas de la naturaleza doblegaran a Héctor.

7.

            Hermes y Ulises apuran sus paladas al tiempo que el tono de la plegarias se eleva: subvenite Sancti Dei, ocurrite Angeli Domini suscipientes animam eius. Offerentes eam in conspectu Altissimi…

            … y ahora acude ella al llamado del Señor, doña Teresa, a estas alturas eso se entiende, pero yo me hago esta pregunta, Dios me ha de perdonar, ¿por qué acude uno al sufrimiento? Dígame, ¿por qué quedarse uno a sufrir en esa vida sin sacar de eso ningún provecho? Con cada paliza se le fue acerando la cara y en la piel se le fue sembrando una capa de luz cada vez más pálida, hasta el día en que se dio cuenta que se había quedado completamente sola en el mundo y de la angustia de verse así toda desamparada se prendió fuego. Fue ahí cuando decidí largarme y dejar todo atrás porque yo sí supe que esa vida no era capaz de soportarla. Seguir viviendo rodeada de esas gentes, doña Teresa, era un sacrificio demasiado grande. ¿Qué son? ¿De qué están hechos?, me he preguntado todos estos años. Mírelos, no son negros ni indios, tampoco zambos, no se ven viejos ni jóvenes, ni sanos ni enfermos, es como si sus cuerpos obedecieran a otras leyes diferentes de las de Dios. Son como ancestros muy remotos, hienas, y su odio eterno los hace repulsivamente poderosos.

            Los diáconos empiezan a bambolear los incensarios y la mano del párroco sale de la casulla a dibujar cruces en el aire acompañando las últimas encomendaciones: Dómine, exáudi oratiónem meam / Et clamor meus ad te véniat…

            … ¿Por qué se quedó y, más allá de todas las explicaciones posibles, por qué fue tan leal, aunque esa no sea la palabra exacta, a ese desdichado? Seguir viviendo nada más que para verlo caer muerto el día en que le mandara morirse Dios. Eso yo no lo puedo comprender. A lo mejor fue por vanidad, por probarle al mundo que permanecería de pie hasta el final sin acudir a nadie. Es la resignación que de todos nosotros reclama el Señor, Betsaida, no diga sandeces. Tal vez orgullo, doña Teresa, o soberbia, aunque es posible que esas tampoco sean las palabras adecuadas, ya ve usted, yo no sé hablar. Yo lo que sé, Betsaida, es que en todos ellos, en Héctor, en Ulises, en Hermes, incluso en ella misma, ha habitado siempre una guerra sin tregua librada en todos los frentes de la vida, tal vez contra la misma vida, una noche muy oscura del alma que ha de servir, espero yo, a alguna trascendencia para los que vendrán luego…

            … Réquiem ætérnam dona ei, Dómine / Et lux perpétua lúceat ei / Requiéscat in pace / Amen. Adiós, doña Esneda, adiós. Descanse en el Todopoderoso, disfrute de esa paz que aquí en tierra nunca conoció. Caminemos, doña Teresa, alejémonos de esta carnicería. Que no quiero ver cómo se matan esos infelices.

8.

           La Iglesia se retira con su bolsa repleta, los fierros fulgen y retornan a su danza siniestra. Lejos del estrépito y de los últimos despidos de la turba que se dispersa, no se sabe si las flores y los ramilletes que llueven desde ambos costados de la fosa, caen para despedir a la muerta o para impedir que se asesinen los hermanos.

           Empero, antes de que salte el primer borbotón de sangre, sendas ráfagas de plomo, que se oyen como un ronquido metálico, llenan de agujeros los cráneos de Ulises y Hermes. Mientras la turba huye despavorida pisoteando las lapidas, sobre la tierra fresca de doña Esneda sus hijos se mueren muertos. Héctor, dirán luego, les había contratado un sicario por si algún día les daba por matarse por ese rancho.

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