Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto

 


            Resumo el pathos de este original ensayo escrito en 2003, por László Földényi, que destaca por su brevedad y por la fuerza de su razonamiento.

            En la primavera de 1854, Dostoievski fue enviado a Semipalatinsk, un minlasloúsculo burgo en el sur de Siberia, territorio kirguiz, etnia nómada acostumbrada a asentarse en yurtas. En suma, un punto perdido en medio de un desierto de arena adonde llegaban los rusos europeos a purgar sus penas de trabajo forzado. En su habitación, modestamente amoblada pero lo suficientemente espaciosa, Dostoievski solía recibir a Alexandre Iégorovitch Wrangel, regente del campo de prisioneros y disciplinado lector. A pesar de que aún no había escrito sus obras magnas, y de ser uno de los escritores más desprestigiados de Rusia, Wrangel sentía admiración por el autor de Pobres gentes. Con el tiempo, terminó convertido en su único proveedor de libros (ayuda que prestó desinteresadamente). A cambio de las novedades literarias provenientes de toda Europa, Dostoievski le recitaba de memoria sus poemas favoritos de Pushkin y le confiaba los planes y tropiezos de Recuerdo de la casa de los muertos, novela en la que llevaba años trabajando con ardor. Compartían también un marcado interés por la historia.

            En una ocasión, Wrangel se presentó con una obra singular, el grueso de Las lecciones sobre la filosofía de la historia, volumen recientemente publicado en versión definitiva, a cuyo estudio se entregaron de inmediato. Dicho texto compilaba una serie de conferencias dadas en la Universidad de Berlín entre 1822 y 1831, precisamente el período durante el cual millares de rusos eran deportados a Siberia. En él Hegel menciona, aunque con injusta brevedad, el rol de esta región en la Historia. Cree Földényi que dicha mención debió de haber despertado la curiosidad de Wrangel por cuanto aludía a un territorio que le resultaba familiar al tiempo que lo sometía a una categórica descalificación. Por esta razón llevó el libro hasta Semipalatinsk.

            En efecto, Hegel excluía a Siberia del gran cauce de la Historia Universal. En la parte de Las lecciones en que se refiere a Asia, en particular a su vertiente septentrional, afirma que (traduzco del francés) si se considera racionalmente, es necesario retirarla de nuestro estudio ya que las características morfológicas de esta región no son propicias a la conformación de una cultura histórica, ni permiten a este actor desempeñar un rol de importancia en la Historia.

            Empleó una imagen bastante sencilla para fraguar el sofisma sobre el que fundó su determinismo. Propuso a sus estudiantes concebir la Historia como un ancho y caudaloso cuerpo de agua propulsado hacia adelante en la línea del tiempo, conformado a su vez por el aforo de afluentes que desempeñaban un papel esencial en su constitución. En su largo recorrido por los siglos, tal vez por anomalías que el mismo Hegel no se detiene a explicar, el gran río recorre parajes y estuarios donde se bifurca en brazos que se extravían en direcciones ajenas al curso principal: los tramos muertos de la Historia, territorio de los pueblos no-históricos. Desde estas zonas, estos últimos debían resignarse a contemplar el devenir del Espíritu mientras éste se conjugaba en las interacciones de sus actores de primera línea. A las sociedades de la periferia, les correspondía pues contemplar el gran espectáculo desde afuera, en el estancamiento y la pasividad.

            De un tajo, Hegel no solamente aislaba del terreno histórico a los pueblos nómadas siberianos, sino a muchos otros pertenecientes a diferentes latitudes del globo, sociedades que por sus atributos inherentes así como por sus condiciones materiales, no estaban llamados a formar parte de su élite. Es sabido que dentro de su saco de las sociedades parias no-históricas –patio trasero del mundo civilizado–, incluyó también a los negros del África subsahariana y a los salvajes de América del Sur. Todos ellos, medidos con el mismo rasero, debían conformarse con los roles secundarios.

            Sólo las modernas naciones occidentales, en torno de las cuales se aglutinaban civilizaciones que otrora participaron de manera determinante en la Historia  pero que en tal punto habían declinado, sólo ellas cumplían con los requisitos para integrar el casting de la historiae Universaelis. Ni korowais ni chibchas contaban con la gracia suficiente para ser admitidos; precisamente los que han conocido las grandes afrentas de la Historia. Sin duda, de la historiografía hegeliana –por lo menos en el aspecto aquí tratado– puede leerse como el correlato de la dominación de los “aventajados” sobre los “lisiados”.

            Naturalmente, no se desconoce aquí la amplitud ni la complejidad (tampoco la oscuridad) del pensamiento hegeliano el cual exige una lectura cuidadosa, alejada de cualquier reduccionismo. No obstante, la estrechez de la mirada con la que juzga a las culturas “secundarias”, es la que suscita la reacción de este artículo, sin que por ello se pretenda condenar el resto de esta filosofía (tampoco se cree que no sea condenable). De dicha miopía se desprende el mismo sentimiento de desolación y de consiguiente rebelión que invadió a Dostoievski cuando, al leer Las lecciones, descubrió que se hallaba en territorio non-historicum y que, por ende, para la totalidad de su sufrimiento no había ninguna esperanza. Desde la lejana Europa –ramillete de ideas con las que estaba íntimamente emparentado–, dicha filosofía decretaba la imposibilidad de salvación para las gentes situadas por fuera de la esfera de la Historia.

             Grande fue la combustión de sentimientos e ideas, anota Földényi en su curioso ensayo, que embargó al escritor quien todavía no cumplía los treinta años. Y no era para menos, explica el ensayista húngaro: de repente se vio excluido por el mismo engranaje de ideas liberales por las que estuvo a punto de ser fusilado; por el paradigma que había reconfigurado la idea de Dios, esto es, la había situado por debajo de la jerarquía de las leyes naturales. Se sintió traicionado por ese mismo espíritu que había creado para el hombre industrial el Estado de Derecho, el espacio legal necesario para garantizar la igualdad entre ciudadanos. Esa misma fuerza humana suprimía el peso universal de sus padecimientos.

            Sin embargo, resalta Földényi, sin esta humillación es probable que Dostoievski no hubiese encontrado los insumos necesarios para elevar su obrar a la inmortalidad. Verse de repente separado de su espacio espiritual, sin posibilidades de salvación, lo condujo a la revelación de que la vida humana no se reduce exclusivamente a su condición histórica. Desde el privilegiado más-allá de su historicidad, en el no-lugar de la depresión siberiana, se elevó por encima de los límites de la Historia, y no solamente comprendió que su transitar obedecía a una cruenta mecánica, sino que además desató en su alma una imperecedera fe por el milagro. El mismo sentimiento que lo llevó a afirmar que, incluso en el mundo de Las Luces, un hombre puede rehusarse a creer que dos más dos equivale a cuatro. El milagro, una suerte de religiosidad materialista de los humillados a la que desde entonces todo su ser se arrojó. Y también su obra.

            La noche en que milagrosamente la exclusión hegeliana le develó las limitaciones de la Historia, no sólo rompió en llanto, sino que fue llevado por un camino absolutamente insospechado a la fuerza interior que le garantizaba la salvación. Lloró, sostiene Földényi  (aunque es probable que se trate de una fabula elaborada por el parasitismo literario), pero también se rebeló contra la creencia de que el hombre no es más que pura historicidad, y que su sufrimiento tiene valores fluctuantes en función de su posicionamiento geopolítico. Y la substancia de esa rebelión se la inoculó a las novelas que luego escribiría.

            De este modo, contra Hegel, los cimientos de la literatura dostoievskiana se fundarían sobre las facciones no-históricas de la humanidad, sobre la miseria de los excluidos, de asesinos, jugadores, ladrones, homosexuales, desquiciados, apátridas, y de todos los desdichados cuyo sufrimiento se ha cotizado desfavorablemente en la bolsa de la Historia. Son sus voces, en últimas, las que resuenan dentro de sus novelas. Ahora bien, a este singular aspecto no se reduce, ni se propone reducir Földényi, la vastedad de la obra de Fedor Dostoievski. Tan sólo propone una lectura original e incontestable –él, igualmente originario de un pueblo nómada sin participación histórica– sobre la elevación de un espíritu que en el fragor de auténticos sufrimientos edificó una obra genuinamente ética.

            Por mi parte, no hallo mejor proyecto literario al que adherir. También yo, inmigrante extraído de uno de los tantos lodazales en los que se pudre La Idea, me rebelo contra todo determinismo que pretenda justificar, directa o indirectamente, la supremacía de los supuestos hacedores de la Historia. Por esa razón, escupimos la mezquindad del gran señor Hegel, y saludamos las lágrimas que aquella primavera de 1854 lloró el inmortal Fedor Dostoievski.

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