Ribeyro, lecturas que se imponen


            ¿Cómo se puede andar por la vida, y sobre todo en la literatura, ignorando ciertas cosas que, una vez descubiertas, se revelan esenciales?

            El texto llegó a mis manos en fotocopias en el verano del 2015. Nunca lo leí. Pensé que terminaría perdiéndose, como tantos otros, en los cajones donde confino decenas de lecturas inconclusas y penitentes. Tenía que pasar tiempo, mudarme de ciudad, forjar nuevas amistades, leer otros libros, en suma, tenía que ocurrir la vida para que madurase el momento en que regresara, por otros caminos, a Sólo para fumadores, un relato sencillamente excelso.

            Hace dos semanas abrí por vez primera El Síndrome de Ulises (2005), de Santiago Gamboa, y al leer la dedicatoria se produjo un breve ruido en mi interior, como si en el instante se activara un mecanismo de la relojería neuronal. “A Julio Ramón Ribeyro, in memoriam, por París, los libros y la vida”. La frase, conmovedora entre otras cosas por el tipo de alusión a París (libros y vida), me alertó de inmediato. Desató un torbellino de dudas y surcó como un relámpago el hollín de mi memoria. Sin saber exactamente de quién se trataba, al releer los nombres no me quedó duda de que, no solamente yo tenía algo que ver con la persona aludida (permítaseme esta exageración), sino que no mucho tiempo atrás nuestros caminos ya se habían cruzado –aunque fugazmente–. Julio Ramón Ribeyro, me quedé repitiendo por varios minutos. ¿De dónde me resulta tan familiar? Y me encarnicé en una búsqueda que, como casi todo hoy día, duró poco.

            El autor de Sólo para fumadores, es un potente cuentista nacido en Lima en 1929 cuyo nombre, a pesar de ser contemporáneo con los luceros del boom, no figura en la selecta lista de esa constelación. Una especie de lobo solitario, que vivió durante décadas una vida de apátrida en varios países europeos. Un escritor sesudo,  capaz de una prosa pétrea, serena y luminosa, cargada de un humor penetrante; una figura, eso sí, a la sombra del gran Vargas Llosa, por carecer de la sed de gloria y de la volubilidad creativa requeridas para encajar en la miopía folklorista con la que Europa –Francia principalmente– ha celebrado las letras hispanoamericanas. No se trata pues de ese tipo de escritor latinoamericano. En efecto, Ribeyro despreciaba a los escritores que se apropian de un sufrimiento que, por lo general no es suyo, para venderlo en remedos de autocompasión colonialista, y así obtener a cambio largos tirajes y reseñas lisonjeras. Una especie de mendicidad cultural.

            ¡En hora buena! pensé, era el momento para otro dichoso descubrimiento que me permitía robarle terreno a mi ignorancia, pero también para volver a hacerme la pregunta mortificadora: ¿cómo fue que viví tanto tiempo ciego, o mejor, cegado a la influencia de un gigante como Ribeyro? En la contraportada de la antología completa de sus cuentos (Alfaguara, 1994. 749 páginas), Bryce Echenique advierte que se trata de un “narrador excepcional que, a lo largo de cuatro décadas, se ha entregado a la literatura sin aspavientos, alejado de modas y todo tipo de experimentalismos al día”. Y ahí está la respuesta… alejado de modas. Tengo la certeza de que, en parte por su carácter, y principalmente por su, digamos, episteme literario, Ribeyro fue ignorado por la critica que favoreció la efervescencia del boom. Y es probable que él mismo lo haya querido de ese modo. Fue, antes que nada, un escritor. No uno latinoamericano, ni sudamericano ni peruano, ni quiso venderse a los facilismos del exotismo o a los sonsonetes del postcolonialismo exacerbado. Fue un escritor, en el sentido profundo del término, más exactamente un cuentista, como no los hay muchos en la literatura de lengua hispana. Algunos lo acusan de ser el más grande del Perú. Que no es poco decir.

            Sólo para fumadores es el relato de una vida cuya historia se confunde con la historia de sus cigarrillos, pero es además otras cosas. Por un lado, inventario y catación de los diferentes tipos de cigarrillos que se comercializan en el mundo. Por otro, exploración de la rica pero insuficientemente explotada relación entre el tabaquismo y la literatura (una de sus joyas es revelar que para Gide escribir era un acto complementario al de fumar). Es igualmente un sumatorio anecdótico en que la carencia de tabaco conduce a actos temerarios, hilarantes e incluso a la confrontación directa con la muerte (en este caso, el humor resulta un eficaz atenuante, pues llaman sin falta a la risa, por ejemplo, las peripecias del fumador inquebrantable que, internado por una ulcera reventada, se las ingenia para darse unas pocas caladas diarias al menor descuido de los enfermeros).

            Naturalmente, la lista puede engrosarse, pues Sólo para fumadores se extiende a otros espectros. Es también un coletazo de nostalgia para quienes, como su autor, vivimos las luminosas miserias de los áticos parisinos. Baste, por último, anotar que este cuento hizo revivir mis ganas de fumar, una pulsión que ya creía extinta. No apto para exfumadores, habría que agregar.

            Invito pues al lector a tomarse la pastilla roja para evadirse de la matrix de la literatura latinoamericana, y darse una zambullida en la realidad de Ribeyro, un autor que, a mi juicio, podría ser el equivalente de Chejov en las letras hispánicas. Un maestro, en todo caso, del cuento. Aquí una de las cúspides del texto:

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