Carne de chigüiro


            –¿Un chigüiro?–, le replicó incrédulo, y con el ceño comprimido por la duda, continuó acomodando al niño en la camilla sin volverle la cara. Desenvolvió a la criatura de la sabana ensangrentada con movimientos rápidos y precisos, concentrado en lo que hacía. Después de unos segundos,  al ver que no se resolvía a agregar nada, salió de su ensimismamiento, le volvió la frente bruscamente y lo encaró con los ojos desorbitados, llenos de soberbia. Dio un paso hacia él y, aprestándose a deslizar sus manos en los guantes, le preguntó de nuevo, todavía sin dar crédito:

            –¡¿Un chigüiro?!–. Sin ocultar el desprecio que se le regaba por los tuétanos, arremetió otra vez: –Usted me está diciendo, ¡¿un chi-güi-ro?!–. Pronunció las tres silabas alzando la voz para acentuar su indignación, ya no dirigiéndose a él sino a las enfermeras y a los otros internistas.

            –Un chigüiro… –, no tuvo más remedio que volver a pronunciarlas para sí, esta vez perdiendo el crescendo, y como desembarazándose de un repentino acceso de tristeza. Guardó silencio y se puso a extender las falanges para terminar de ajustarlas dentro del látex. Recuperó la compostura pero luego de inclinarse sobre el niño y descubrir su ingle perforada en un limpio corte tubular, dejó escapar otro berrido:

            –¡¿Con un niño tan pequeño?! –.

            Atenazado por la indignación, se puso a agitar ambos brazos y a escrutar el conjunto de cubículos desde donde los otros cirujanos lo miraban con aplomo, sin sacarse de las orejas los estetoscopios ni detener sus auscultaciones. Vociferó y sacudió las manos con violencia como si fuese a rasgarse las vestiduras hipocráticas y de ese modo envalentonar a una turba que, por un momento, le pareció menos indolente. Luego volvió a encarar al hombre, quien seguía observándolo anquilosado en su desamparo, mordiéndose los labios, con la cara lívida cubriéndosele de vetas glaucas.

            –!¿Y usted de dónde carajos sacó ese animal?!–, le gritó  dirigiendo la mano al boquete de la herida.

            photo 3Al chigüiro lo dejó huérfano una bala idénticamente huérfana, un plomo ignoto cuya detonación no oyeron los animales de las planicies anegadas. Apareció de la nada cortando el aire hasta que el espinazo empapado de la chigüira ahogó su silbido agudo y burlón. A lo lejos no se vio más que la profusión del agua atomizada por el impacto; luego el cuerpo flotando entre la impunidad de los pastos casi a la misma altura del óvalo carnoso del sol; y unos instantes después, la zambullida de los caimanes saliendo de su modorra y acudiendo al llamado de la carroña fresca.

            El chigüiro, con el hocico sumergido a la altura de las fosas nasales, vio con inescrutables ojos de espía cómo despedazaban a su madre. Cuando entendió que se había quedado solo, huyó del Llano.

            En Acacías, el hombre, que venía huyendo de Puerto Gaitán, le compró por mil pesos la cría a unos cuivas que iban camino a Bogotá –fugados también, de Casanare–. Llegó a Cali con el chigüiro, un cachirri y un alcaraván al que poco después se vio obligado a sacrificar porque su poderoso canto, lleno de desesperación, perturbaba las somnolencias de los habitantes del barrio. Sus largas patas descarnadas terminaron adornando, como palillos chinos, un consomé con escasa enjundia. El reptil, por su parte, convocado por otras carroñas, se escabulló por un sifón tan pronto como pudo.

           El roedor, que aún estaba lejos de convertirse en el rubia bestia de cincuenta kilos que despedazaría la ingle del niño, fue acogido con sobradas atenciones y mimos. No era entonces más que una especie de tierna rata neonata, abrigada por una pelusa de tonos ocres, a la que nutrían con pedazos de caña y mazorcas; un animal que sorprendía ya por la precocidad de sus dotes coprofágicos de los cuales servía para duplicar su extracción de celulosa. Viéndolo comerse su propia mierda con la más pulcra indiferencia, el hombre tuvo una idea. Con el pulgar de un guante de hule y un botellón de Pepsi, le diseñó un biberón por el que a diario le inoculaban varios litros de leche.

            –Este lo cebamos para navidad–, le anunció con entusiasmo pero también con cierta severidad, para que no fuera a apegarse al animal. El niño le abrió los ojos como dos focos plagados de dolor. Calló y en lugar de lloriquear siguió alimentando a su mascota.

            Retiró el índice y el cordial de los entresijos. –El páncreas está ileso–, dijo. –Hay que ver el hígado y el colón–, añadió con frialdad, sin mirarlo, como si se dirigiese a alguien más. –El menor rasguño y hay que operar de inmediato–, agregó en un siniestro tono de escepticismo profesional para agudizar su tortura. Luego volvió a deslizar sus dedos hacia la parte alta de la herida y empezó a hacerlos girar en forma de radar. El infante, presa de los narcóticos, dormía un sueño quejumbroso y se estremecía cada tanto con las embestidas de la mano del médico. Su padre, que a la altura de los glúteos sostenía con ambas manos un mugriento sombrero de fique, seguía succionándose los labios y mordiéndoselos compulsivamente. Parecía que le hubieran cosido la boca desde adentro. Cimbraba y sudaba como un infecto terminal.

            El calor de Cali, a diferencia de sus habitantes, no lo desesperaba ni lo llenaba de violencia; al contrario, le brindaba una temperatura ideal para pasarse las horas del día royendo cadenciosamente, sumido en una especie de estado semi-comatoso del que sólo lo sacaba el ruido de las rejas estrellándose contra los marcos: señal infalible de la llegada del alimento. El hombre consiguió una cacerola gigantesca, de las que se usan para batir el manjar blanco, y le acondicionó una piscina en uno de los solares de la terraza. Ahí, el chigüiro se sumergía y se ponía tardes enteras a desafiar el tedio con su impasibilidad colosal. Entre tanto, la comida le llegaba en abundancia. Como era la primera vez que en el barrio se tenía noticia de una visita tan distinguida, los vecinos le enviaban a sus hijos con las sobras de sus humildes viandas. Por las mañanas se formaban pequeñas procesiones que venían a rendirle pleitesía. Se le atendía como a un rey, y él, por su parte, dando las respectivas muestras de gratitud, engullía todo cuanto se ponía en su mesa. Pronto abandonó su dieta vegetariana y empezó a engullir huesos de cola, costillas de cerdo, esqueletos de pescado y cartílagos de gallina. Todo cuanto le arrojaban lo hacía polvo con sus incisivos de marmota descomunal. Incluso a sabiendas de que lo estaban cebando para ser cena, engordaba sin miramientos, se alimentaba incansablemente como si muy temprano hubiese comprendido que en nada le incumbía la muerte traicionera que se proponían darle. Cuando veía resplandecer su áspero pelaje bajo las radiaciones matutinas de Cali, el hombre se sentía satisfecho de tener tan bien alimentado a su chigüiro. Contaba los días hasta diciembre.

            Gracias a estas atenciones, el animal progresó asombrosamente rápido. En poco tiempo, se convirtió en mucho más que una rata y, con su peso, pero sobre todo con sus incisivos que se asemejaban a una guillotina acanalada, logró amedrentar a la doberman con la que compartía los dominios de la terraza. Cuando se acercaba demasiado, el chigüiro le pelaba los dientes con irracional furia, y a pesar de que la perra le daba muestras de una sumisión absoluta, corría tras ella para embestirla tal como un novillo embiste a un ser humano. En un abrir y cerrar de ojos, la indefensa Paty quedó confinada al par de metros cuadrados de su nido, el cual se situaba en uno de los recodos más sombríos de la terraza. El roedor le prohibió incluso alimentarse y cagar más allá de dichos límites.

            Al ver esto y notando también que el animal empezaba a demostrar cierta hostilidad hacia el niño, el hombre decidió confinarlo. Puso un barandal a la entrada de una de las habitaciones inconclusas de la terraza y ahí lo recluyó con su piscina. Desde su destierro, el chigüiro empezó a sufrir nuevas transformaciones: a medida que se hacía más corpulento su personalidad se tornaba más arisca, de modo que pronto terminó convertido en un mozalbete resentido y agreste. Su odio se incrementó cuando Paty pudo de nuevo pasearse soberanamente por toda la terraza y cagar donde le placiera. Como toda forma de vida existente, ella también incurrió en vindicaciones: se pavoneaba frente a la entrada de la pieza, olfateaba aquí y allá y luego reclinaba el rabo sobre uno de los postigos que separaban al chigüiro de la libertad y meaba en sus narices con sorna. Cuando esto sucedía, el hombre observaba con preocupación los labios superiores del roedor separarse en un movimiento trémulo, como cuando se despliegan las alas de una libélula, para exhibir sus incisivos cargados de energía asesina. A pesar de bullir por detrás de la barrera, el resentimiento del animal le inquietaba.

            Y el niño no comprendía por qué ya no podía darle sus teteritos al capibara. Por las mañanas, después de arrojarle el desayuno, se paraba encima de una pila de chatarra junto a la entrada, y mordiéndose los labios, se quedaba inmóvil mirando a su animal con un recelo enigmático, como si estuviese a punto de recriminarle o de proponerle algo. A veces dejaba escapar algunas lágrimas que pronto se secaban y le dejaban surcos salinos sobre las mejillas. Adentro, el chigüiro izaba con altivez el hocico y contemplaba con desconfianza su pueril modo de lidiar con el duelo.

            Hacia mediados de octubre, las tempestades azotaban la ciudad y el hombre ansiaba cada vez más la llegada de la demencia decembrina en la que se sumía la ciudad. Ya había armado, con bastidores de pino, una especie horca en la que colgaría al roedor de las patas traseras para desangrarlo halal, cual devoto practicante de la ley islámica. El chigüiro, aunque lo había visto construir el armatoste donde le rasgaría la yugular, permanecía inmóvil empapándose bajo los aguaceros sin alterar su masticación transfinita, ungido de la misma indiferencia, como no si no se enterase de nada y sólo esperase el momento en que todo se consumara –tal vez una oportunidad–. Su maldad quedó comprobada una tarde en que un poderoso vendaval asoló la ciudad, arrancó ceibas y sacó a los ríos de su cauce. En medio de las descargas eléctricas, que parecían brocas azules taladrando el pantanal de la urbe, un rayo impactó el patio de la gallera que colindaba con la terraza. Formando una especie de tela de araña, sus millones de voltios se desparramaron por entre las mallas de las jaulas, espuelas, herrajes y sujetadores metálicos que estaban clavados en el suelo empantanado. El destello carbonizó a la mayoría de los gallos, salvo uno al que la energía del trueno elevó varios metros por los aires borrascosos. El ave, ignara de su suerte, pasó por encima de las tapias y se dejo caer con un aleteo fatuo ignorando que aterrizaba en territorio capibara. Al otro día, el hombre comprendió lo que había ocurrido cuando descubrió una pata despellejada que todavía conservaba el fiel abrazo de su argolla. El traqueteo ensordecedor del aguacero sobre el eternit había silenciado la masacre.

            –No hay lesión hepática–, afirmó el médico que había vuelto a sacar sus falanges de la herida y las observaba detenidamente en busca de rastros de tejido. –Mire–, detuvo a una enfermera que pasaba delante de la camilla a toda prisa. –Este señor tiene un chigüiro en su casa–, le dijo sin volver la cara hacia el hombre, tan sólo señalándolo con un barrido despectivo de la mano. –Con un niño de tres años, ¡¿cómo le parece?!–, le preguntó embalándose de nuevo en su rabia. –Un chigüiro de mascota, ¿dónde se ha visto? ¡Dígame usted!–. Alzó la voz, e imprimiéndole toda su inquina, agregó: –¡Hay que ser demasiado ignorante!–.

            La enfermera, adiposa y bañada por un sudor menopáusico, encaró al hombre y le arrugó la frente con un menosprecio más maternal que hipocrático. Lo miró unos instantes con ojos altaneros, moviendo la frente reprobatoriamente, y sin decirle nada, le volvió la espalda. –Pobre criatura–, dijo para sí antes de perderse en la blancura aséptica del recinto. Al hombre, que bordeaba el delirio, se le infló el tórax y alcanzó a dar medio paso hacia adelante. Pero antes de desbocarse en el ataque, una brutal pero al mismo imperceptible sacudida lo dejó paralizado. Se liberó de la pulsión dejando escapar un leve mugido que sólo él oyó desvanecerse en su tráquea. Los puños se le cerraron y volvió a quedar petrificado en la trituración de sus labios.

            –Falta el colón–, observó el médico perpetuando maquinalmente su monologo, consciente de su plena libertad para fustigarlo. Luego se volvió hacia el niño e introdujo sus dedos en la parte baja de la herida y se puso a hurgar en sus entrañas como si buscase una moneda en una hendija.

            La mañana en que lo iban a matar, el chigüiro se encontraba de pésimo humor. La noche anterior, otro vendaval había azotado la terraza y sus soplidos habían creado remolinos de mierda y sobras de comida que lo habían perseguido por toda la habitación. Esta vez la tempestad sólo le había traído rollos de ropa embarrada, jirones de plástico, vegetación muerta y otras porquerías provenientes de la ciudad. –Hay que bañarlo antes de colgarlo–, le dijo el hombre al niño señalándole las costras de suciedad que, todavía húmedas, le colgaban como festones por los costados. –Estese detrás mío–, le indicó, –que lo jode ese animal–. Retiró el cerco y con una viga en cuya punta había clavado una estiva, arrinconó al chigüiro en una de las esquinas de la pieza. –Téngalo ahí, duro–, le ordenó cediéndole el palo, –voy por la escoba y la manguera–.

            Se había alejado apenas unos metros cuando escuchó el golpe del listón contra el suelo y enseguida la estiva chirriar. Quiso volver pero ya era demasiado tarde. Sintió la carrera del animal hacia el niño, un segundo después la embestida y luego los gritos.

            Cuando lo vio entrar, el chigüiro soltó a su presa y se escabulló por entre la madera. El hombre sacó a la criatura de la piscina adonde el roedor lo había arrastrado. Lo alzó para examinarlo y percibió el borde rasgado de su camiseta. Debajo descubrió la herida perfectamente redonda, palpitante y limpia, sin rastros de sangre, que se internaba en la humanidad del niño como un túnel en una montaña. Sólo una hebra de grasa pendía de ella como lengüeta amarilla. En medio de la confusión y de los gritos, le entregó el niño a su mujer y salió a cazar al agresor que a pocos metros de ahí aprovechaba sus últimos segundos de vida para saldar cuentas con la perra.

            Paty retrocedía acorralada contra el fondo de su nido mostrándole la totalidad de sus modestos colmillos con los que apenas conseguía retardar el ataque. Antes de que la mordiera, el primer ladrillazo se lo acomodó en la nuca. El roedor corrió chillando y bamboleando la cabeza como una gualdrapa hasta que el hombre lo alcanzó y le asestó una segundada pedrada en la tapa superior del cráneo. La muerte chilló todavía más fuerte en el chigüiro, corrió con él un par de metros más y luego ambos se desplomaron sobre un montículo de excrementos.

            –Lo que faltaba–, masculló dibujando una mueca de amargura con los pliegues de sus mejillas. Pulsó el órgano unos instantes más, luego sacó la mano y se la puso frente a la cara para examinarla. –Maldita sea–, dijo al observar sangre oxigenada cayendo por la cuesta de su índice. –Enfermera–, llamó con una voz temeraria que retumbó por toda la sala de urgencias, –¡mándeme ya un anestesista!–. Luego se volvió hacia la recepción: –Merceditas, y llámeme a la policía, hágame el favor, que el señor del chigüiro les debe explicaciones–, ordenó con malévola complacencia a una de las secretarias. Entonces empujó la camilla en dirección del quirófano y cuando se encontraba a punto de cruzar la entrada, le hundió al hombre su última estocada. Se detuvo una fracción de segundo, torció el cuello hacia atrás con exquisitez de cisne y con la cabeza bañada por la luz roja del umbral, concluyó lleno de desprecio:

            –Campesinos de mierda–.

            Antes de que se lo tragara la luz lechosa del túnel, el hombre le llegó a hurtadillas por la espalda y le hundió un ancho cuchillo entre los omoplatos. En el lapso de unos pocos segundos, las puñaladas lo prendieron con certera elegancia, como si lo hubiese atrapado el mecanismo de una fornicación enrabiada y suculenta. Cuando se sació, liberó su víctima con hastío, y súbitamente golpeado por la epifanía de su inminente extinción, se volvió hacia Merceditas. Paralizada, desde el otro extremo del pasillo, la secretaria lo contemplaba con el auricular atrapado entre la oreja y el hombro y su boca espantada describía un belfo estúpido. Descargó el fulgor enloquecido de sus ojos en los de ella y enseguida volvió la frente para contemplar una última vez al niño que persistía en su sueño inerte. Comprendió que no había caso. Entonces buscó una salida, enfocó la estrechez en la que se perdía la perspectiva del corredor y, propulsado por la segunda arremetida de su trance aniquilador, corrió a estrellarse contra los ventanales del piso octavo. Antes de romperlos, descubrió en ellos concentrada una luminosidad sensual y ambarina, similar a la que por las tardes de su infancia solía ver estancada en los espejos acuáticos que se forman en las vastas planicies de su patria. Cuando atravesó la placa de esa luz carnosa, el destello de una visión absoluta le fulminó ambos ojos: los Llanos Orientales, en su vaciada amplitud, neutralizando tiempo y espacio y dejándolos confinados en una quietud delirante. Pero en lugar de entregarse a la nostalgia o a la vergüenza, se despedazó contra el pavimento consumido por la rabia pues ni él ni su niño podrían ya degustar su última carne de chigüiro.

 

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