Refutación de Adorno por un poeta de Navarro

            La inocente mas no excusable pedantería -por exceso de buena fe, habría que creer- de ciertos europeos demasiado inteligentes llama a la risa. Dizque después de Auschwitz se acababa la poesía o, lo que es peor, que en adelante resultaría una barbarie escribirla o si quiera maquinarla. Está claro que nadie con dos dedos de frente se tomó el trabajo de refutar semejante declaración, entre otras cosas porque dentro de la misma iba contenido el germen de la necesidad de construir un nuevo mundo democrático (algunos hablarían aquí de la culpa alemana). En todo caso, nadie lo hizo por lo menos en los términos en que su enunciador exigía llevar a cabo tal refutación. Procedo del mismo modo: no vengo a hablar de política; hablaré de otra cosa.

            Navarro, otrora a escasos kilómetros de Cali, actualmente uno de sus suburbios, fue durante el periodo colonial (y después de él) acaso el principal centro agrícola que por la notable riqueza de sus suelos contribuyó como ningún otro al engrase de la adormilada y provincial aristocracia caleña. Los mejores aguacates, el cacao más tierno y los más suculentos plátanos de los que se nutrían los Borrero y los Caycedo (y otros tantos integrantes de esta burguesía agro-comercial) provenían de Navarro. Después de que se abolió la esclavitud, todo apuntaba a que los navarreños, a punta de esfuerzos, de disciplina, de fidelidad a sus terratenientes y soportando audazmente los vejámenes que su posición periférica implicaba, constituirían en tres o cuatro generaciones un campesinado pujante y, en los mejores casos, rico; desprovisto, no obstante, de ambiciones espirituales, pero al mismo tiempo satisfecho de la felicidad que suponía el aislamiento de su verdor bucólico. Naturalmente, nada de esto sucedió. Por un golpe de gracia, o cabe mejor decir por un golpe de desgracia de la Historia, a alguien se le ocurrió (es esta una manera ambigua y probablemente irresponsable de decirlo, lo sé, aunque soy por otra parte consciente de que pudo haber sucedido precisamente así, nada más que por la ocurrencia de alguien) que el potencial de Navarro no era ya de carácter agrícola sino el de transformarse en estercolero.

            Mientras Cali, soplada como un suspiro (hablo del bizcocho) y durmiendo su pueril sueño de sabor y cachondeo, se expandía hacia el oriente como una medusa que con tentáculos suicidas empujaba a miserables y necios hacia el abismo del oriente, Navarro, la fértil Navarro, terminó en pocos años convertida en una monumental meseta de basura que, por las tardes bochornosas, recuerdo, solía o suele, ya no sé, abrirle una extraña (o estrañante) zanja trapezoidal a la parte del cielo que no alcanzaban a cortar las cordilleras. A veces se me ocurría, al caer la tarde, que Navarro era una caja negra de la que salía la noche que se tragaba a la ciudad. También llegó a ocurrírseme (por exceso de buena fe) que era el terraplén sobre el que se había fundado muchos siglos atrás una gloriosa ciudad precolombina, como las de Centro América. Pero no era el caso, se trataba de algo más bárbaro: una ciudad basura, en eso concluyó Navarro, en un espacio basural (me embarga de repente un apetito por resonancias posmodernas), en un trapecio repleto de toneladas de mierda y desperdicios que por decenios vigiló el buen dormir de los caleños.

            Y entre tanto, ¿qué sucedía? El intercambio, además de anacrónico, era vulgarmente desigual. Cali, esta ciudad de buenos vividores, que eligió el vivere pericoloso de una existencia curada en el menjurje del romanticismo tropical, esta monstropolis, sucursal de un infiernillo ridículo (por lo ridículamente pretensioso y por lo ridículamente provinciano), sin círculos concéntricos, ni profundidad ni aristas, le enviaba su basura a Navarro a través de sus interminables bostezos anisados, esto es, le practicaba su inoculación basural. Basura y más basura, años luz de cochambres que erigieron una ciudadela de recicladores.

            Y como en todas las ciudadelas donde campea la hediondez y mosqueros casi tan vastos como las bíblicas plagas de mangostas, en la nueva Navarro también germinó la poesía, sus poetas se las arreglaron para encontrar en ella inspiración de sobra. Para la muestra un botón:

            Tenga el lector ahora la bondad de saltar al minuto 20:17 (https://www.youtube.com/watch?v=omfjJumrY3w&t=238s), de dar un vertiginoso salto al instante en que se abre a sus ojos una sordidez monolítica que es a la vez pura barbarie, antipoesía pura (permítaseme este exabrupto, difícil dejarlo pasar). Sólo una cosa puedo decir con exacta sinceridad: nada, en varios años, me había conmovido tanto. Juzgo inútil describir lo que me produjo la recitación (el cosmos, más bien, de la recitación de ese poema y, sobre todo, el de su previa explicación). Sólo anotaré que el silencio de esa secuencia (silencio, por llamarlo de alguna manera a falta de un vocablo más preciso) me hizo sentir que me transformaba en otra persona (un desdoblamineto es una forma barata de plantearlo), que yo dejaba en ese mismo instante de ser yo mismo y devenía otra cosa que, a medida que pasaban los segundos de la escena, se iba impregnando de un sentimiento que, en su aspecto inmediato, era similar a la tristeza pero que en el fondo se asemejaba más a la humildad (en su forma proteica y no cristiana, quiero decir, una humildad que se desprendía de la incandescencia fortuita de mis neuronas espejo). Una humildad infinita, quise pensar en un principio, pero no fue tal cosa; eso hubiese sido burda sensiblería, digo, si lo digiera ahora. Fue sencillamente una humildad completamente nueva para mí, que se me revelaba en ese momento bajo la forma de una sensación igualmente nueva. Y ésta, lo supe luego, me propulsaba hacia una comprensión (por entonces todavía sin palabras pero que intuía del mismo modo inaudita) de la forma en que me había relacionado hasta ese momento con la masa social de la que provengo. En resumidas cuentas, a través del prodigio de esa poesía saldé cuentas con mi mundo, pedí perdón y se me concedió, y enseguida vi que esa indulgencia, además de su brutal banalidad, me abría una puerta (puertas sería una exageración). Es todo lo que puedo decir, lo demás se lo dejo al lector.

            Va siendo hora de terminar. Volvamos de nuevo al minuto 20 con 17 segundos: quiera el lector contemplar a ese poeta negro ataviado oportunamente de marfil; pose su mirada sobre ese bardo de los lixiviados, fíjese con atención en ese trovador de sentinas, sienta el lector el aurea sacra de ese druida de la porquería, entréguese al bálsamo de su poesía extrema que es en sí misma una suerte de barbarie creadora. Y después de observarlo una o dos veces, tenga en cuenta lo siguiente:

            La poesía es ensanchamiento de lo humano (o del espacio de lo que se llama humano) y no su medida, como lo creía Adorno. ¿La dimensión de la Humanidad se alarga y se angosta a medida que el acordeón poético se infla y se desinfla? No. Esa es función de la barbarie, que no es ni europea ni renacentista, sino sencillamente animal (de lo orgánico). Ha quedado comprobado por el providencial poeta de Navarro: a media que dispara los bárbaros chorros de su poesía el mundo de lo humano se despliega como una baraja inconmensurable (una riqueza que es, en últimas, de la que se alimenta la poesía). Gracias a él he comprendido todo lo anterior, pero además me he dado cuenta de por qué estoy aquí, de por qué sigo aquí. Debo confesar que desde antes tenía la sospecha: por esa forma tan universal de poesía en que nací y que me hace perdurar en esta “obsesión absurda” (no hay tal vez mejor forma de nominar nuestra barbarie, la que creamos y nos crea).

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