Linfomas literarios


  

4a98d1e5c3620a019767c1019cdffff7187eaa6b          “No hay, realmente, más precio que la muerte; entonces, incluso morir no es pagar un precio demasiado alto” si lo que se busca es una emancipación radical del pasado. ¡Viva la muerte! bajo el signo de Marte, al auspicio de la lucha y la creación. Morir protestando.

                  Zorn, en alemán, significa furia, cólera. De cuando la vida, apagándose, sabe hablar enfurecida desde el más allá de su inminente extinción para saldar cuentas con todas las ratas de la existencia. Parafraseo: pierdo la batalla contra el cáncer a mis 32 años, pero escupirlos a todos en la cara, sobre todo a mi familia de burgueses degenerados, constituye, a pesar de todo, en mi inmensa derrota, una última pequeña victoria.

                  La literatura como reino de la desesperación: “No me afligen las penurias pasadas, sino el hecho de que sigan actuando, siempre incesantemente. No es el peso del pasado lo que me agobia, sino no entrever un final tampoco en el futuro, es eso lo que no puedo soportar”.

            La lectura de este libro resulta una experiencia demoledora tanto mental como físicamente. Llega un momento en que uno quiere que ya acabe porque no sólo se hace insoportable la repetición de su vengativa y caustica agonía sino porque también consigue transmitirle a uno el temor de que le contagiara su carcinoma. Recuerda a las películas de Bela Tar, como el Caballo de Turín (2011), que buscan escaparse de su condición de objetos de arte para convertirse en objetos de tortura y de este modo poder asaltar al observador en su modorra y propinarle un merecida (o no) paliza. Leer como experiencia del sufrimiento para los que saben o han escogido sufrir.

                He aquí un fragmento desgustación para los más timoratos:

            “En la teología cristiana se expresa la idea de que Jesús es clavado en la Cruz constantemente, a cada instante de la eternidad; y yo puedo comprender esta idea, aunque con el signo contrario. Comprendo que la humanidad atormentada clave constantemente a Dios en la cruz, y sé también por qué: lo hace de rabia por todo lo que Dios le ha hecho al mundo, ése es el motivo por el cual la humanidad clava a Dios en la Cruz. Creo que también yo soy uno de aquellos que crucifican a Dios, porque lo odiamos, y queremos que muera constantemente.”

Refutación de Adorno por un poeta de Navarro

            La inocente mas no excusable pedantería -por exceso de buena fe, habría que creer- de ciertos europeos demasiado inteligentes llama a la risa. Dizque después de Auschwitz se acababa la poesía o, lo que es peor, que en adelante resultaría una barbarie escribirla o si quiera maquinarla. Está claro que nadie con dos dedos de frente se tomó el trabajo de refutar semejante declaración, entre otras cosas porque dentro de la misma iba contenido el germen de la necesidad de construir un nuevo mundo democrático (algunos hablarían aquí de la culpa alemana). En todo caso, nadie lo hizo por lo menos en los términos en que su enunciador exigía llevar a cabo tal refutación. Procedo del mismo modo: no vengo a hablar de política; hablaré de otra cosa.

            Navarro, otrora a escasos kilómetros de Cali, actualmente uno de sus suburbios, fue durante el periodo colonial (y después de él) acaso el principal centro agrícola que por la notable riqueza de sus suelos contribuyó como ningún otro al engrase de la adormilada y provincial aristocracia caleña. Los mejores aguacates, el cacao más tierno y los más suculentos plátanos de los que se nutrían los Borrero y los Caycedo (y otros tantos integrantes de esta burguesía agro-comercial) provenían de Navarro. Después de que se abolió la esclavitud, todo apuntaba a que los navarreños, a punta de esfuerzos, de disciplina, de fidelidad a sus terratenientes y soportando audazmente los vejámenes que su posición periférica implicaba, constituirían en tres o cuatro generaciones un campesinado pujante y, en los mejores casos, rico; desprovisto, no obstante, de ambiciones espirituales, pero al mismo tiempo satisfecho de la felicidad que suponía el aislamiento de su verdor bucólico. Naturalmente, nada de esto sucedió. Por un golpe de gracia, o cabe mejor decir por un golpe de desgracia de la Historia, a alguien se le ocurrió (es esta una manera ambigua y probablemente irresponsable de decirlo, lo sé, aunque soy por otra parte consciente de que pudo haber sucedido precisamente así, nada más que por la ocurrencia de alguien) que el potencial de Navarro no era ya de carácter agrícola sino el de transformarse en estercolero.

            Mientras Cali, soplada como un suspiro (hablo del bizcocho) y durmiendo su pueril sueño de sabor y cachondeo, se expandía hacia el oriente como una medusa que con tentáculos suicidas empujaba a miserables y necios hacia el abismo del oriente, Navarro, la fértil Navarro, terminó en pocos años convertida en una monumental meseta de basura que, por las tardes bochornosas, recuerdo, solía o suele, ya no sé, abrirle una extraña (o estrañante) zanja trapezoidal a la parte del cielo que no alcanzaban a cortar las cordilleras. A veces se me ocurría, al caer la tarde, que Navarro era una caja negra de la que salía la noche que se tragaba a la ciudad. También llegó a ocurrírseme (por exceso de buena fe) que era el terraplén sobre el que se había fundado muchos siglos atrás una gloriosa ciudad precolombina, como las de Centro América. Pero no era el caso, se trataba de algo más bárbaro: una ciudad basura, en eso concluyó Navarro, en un espacio basural (me embarga de repente un apetito por resonancias posmodernas), en un trapecio repleto de toneladas de mierda y desperdicios que por decenios vigiló el buen dormir de los caleños.

            Y entre tanto, ¿qué sucedía? El intercambio, además de anacrónico, era vulgarmente desigual. Cali, esta ciudad de buenos vividores, que eligió el vivere pericoloso de una existencia curada en el menjurje del romanticismo tropical, esta monstropolis, sucursal de un infiernillo ridículo (por lo ridículamente pretensioso y por lo ridículamente provinciano), sin círculos concéntricos, ni profundidad ni aristas, le enviaba su basura a Navarro a través de sus interminables bostezos anisados, esto es, le practicaba su inoculación basural. Basura y más basura, años luz de cochambres que erigieron una ciudadela de recicladores.

            Y como en todas las ciudadelas donde campea la hediondez y mosqueros casi tan vastos como las bíblicas plagas de mangostas, en la nueva Navarro también germinó la poesía, sus poetas se las arreglaron para encontrar en ella inspiración de sobra. Para la muestra un botón:

            Tenga el lector ahora la bondad de saltar al minuto 20:17 (https://www.youtube.com/watch?v=omfjJumrY3w&t=238s), de dar un vertiginoso salto al instante en que se abre a sus ojos una sordidez monolítica que es a la vez pura barbarie, antipoesía pura (permítaseme este exabrupto, difícil dejarlo pasar). Sólo una cosa puedo decir con exacta sinceridad: nada, en varios años, me había conmovido tanto. Juzgo inútil describir lo que me produjo la recitación (el cosmos, más bien, de la recitación de ese poema y, sobre todo, el de su previa explicación). Sólo anotaré que el silencio de esa secuencia (silencio, por llamarlo de alguna manera a falta de un vocablo más preciso) me hizo sentir que me transformaba en otra persona (un desdoblamineto es una forma barata de plantearlo), que yo dejaba en ese mismo instante de ser yo mismo y devenía otra cosa que, a medida que pasaban los segundos de la escena, se iba impregnando de un sentimiento que, en su aspecto inmediato, era similar a la tristeza pero que en el fondo se asemejaba más a la humildad (en su forma proteica y no cristiana, quiero decir, una humildad que se desprendía de la incandescencia fortuita de mis neuronas espejo). Una humildad infinita, quise pensar en un principio, pero no fue tal cosa; eso hubiese sido burda sensiblería, digo, si lo digiera ahora. Fue sencillamente una humildad completamente nueva para mí, que se me revelaba en ese momento bajo la forma de una sensación igualmente nueva. Y ésta, lo supe luego, me propulsaba hacia una comprensión (por entonces todavía sin palabras pero que intuía del mismo modo inaudita) de la forma en que me había relacionado hasta ese momento con la masa social de la que provengo. En resumidas cuentas, a través del prodigio de esa poesía saldé cuentas con mi mundo, pedí perdón y se me concedió, y enseguida vi que esa indulgencia, además de su brutal banalidad, me abría una puerta (puertas sería una exageración). Es todo lo que puedo decir, lo demás se lo dejo al lector.

            Va siendo hora de terminar. Volvamos de nuevo al minuto 20 con 17 segundos: quiera el lector contemplar a ese poeta negro ataviado oportunamente de marfil; pose su mirada sobre ese bardo de los lixiviados, fíjese con atención en ese trovador de sentinas, sienta el lector el aurea sacra de ese druida de la porquería, entréguese al bálsamo de su poesía extrema que es en sí misma una suerte de barbarie creadora. Y después de observarlo una o dos veces, tenga en cuenta lo siguiente:

            La poesía es ensanchamiento de lo humano (o del espacio de lo que se llama humano) y no su medida, como lo creía Adorno. ¿La dimensión de la Humanidad se alarga y se angosta a medida que el acordeón poético se infla y se desinfla? No. Esa es función de la barbarie, que no es ni europea ni renacentista, sino sencillamente animal (de lo orgánico). Ha quedado comprobado por el providencial poeta de Navarro: a media que dispara los bárbaros chorros de su poesía el mundo de lo humano se despliega como una baraja inconmensurable (una riqueza que es, en últimas, de la que se alimenta la poesía). Gracias a él he comprendido todo lo anterior, pero además me he dado cuenta de por qué estoy aquí, de por qué sigo aquí. Debo confesar que desde antes tenía la sospecha: por esa forma tan universal de poesía en que nací y que me hace perdurar en esta “obsesión absurda” (no hay tal vez mejor forma de nominar nuestra barbarie, la que creamos y nos crea).

Carne de chigüiro


            –¿Un chigüiro?–, le replicó incrédulo, y con el ceño comprimido por la duda, continuó acomodando al niño en la camilla sin volverle la cara. Desenvolvió a la criatura de la sabana ensangrentada con movimientos rápidos y precisos, concentrado en lo que hacía. Después de unos segundos,  al ver que no se resolvía a agregar nada, salió de su ensimismamiento, le volvió la frente bruscamente y lo encaró con los ojos desorbitados, llenos de soberbia. Dio un paso hacia él y, aprestándose a deslizar sus manos en los guantes, le preguntó de nuevo, todavía sin dar crédito:

            –¡¿Un chigüiro?!–. Sin ocultar el desprecio que se le regaba por los tuétanos, arremetió otra vez: –Usted me está diciendo, ¡¿un chi-güi-ro?!–. Pronunció las tres silabas alzando la voz para acentuar su indignación, ya no dirigiéndose a él sino a las enfermeras y a los otros internistas.

            –Un chigüiro… –, no tuvo más remedio que volver a pronunciarlas para sí, esta vez perdiendo el crescendo, y como desembarazándose de un repentino acceso de tristeza. Guardó silencio y se puso a extender las falanges para terminar de ajustarlas dentro del látex. Recuperó la compostura pero luego de inclinarse sobre el niño y descubrir su ingle perforada en un limpio corte tubular, dejó escapar otro berrido:

            –¡¿Con un niño tan pequeño?! –.

            Atenazado por la indignación, se puso a agitar ambos brazos y a escrutar el conjunto de cubículos desde donde los otros cirujanos lo miraban con aplomo, sin sacarse de las orejas los estetoscopios ni detener sus auscultaciones. Vociferó y sacudió las manos con violencia como si fuese a rasgarse las vestiduras hipocráticas y de ese modo envalentonar a una turba que, por un momento, le pareció menos indolente. Luego volvió a encarar al hombre, quien seguía observándolo anquilosado en su desamparo, mordiéndose los labios, con la cara lívida cubriéndosele de vetas glaucas.

            –!¿Y usted de dónde carajos sacó ese animal?!–, le gritó  dirigiendo la mano al boquete de la herida.

            photo 3Al chigüiro lo dejó huérfano una bala idénticamente huérfana, un plomo ignoto cuya detonación no oyeron los animales de las planicies anegadas. Apareció de la nada cortando el aire hasta que el espinazo empapado de la chigüira ahogó su silbido agudo y burlón. A lo lejos no se vio más que la profusión del agua atomizada por el impacto; luego el cuerpo flotando entre la impunidad de los pastos casi a la misma altura del óvalo carnoso del sol; y unos instantes después, la zambullida de los caimanes saliendo de su modorra y acudiendo al llamado de la carroña fresca.

            El chigüiro, con el hocico sumergido a la altura de las fosas nasales, vio con inescrutables ojos de espía cómo despedazaban a su madre. Cuando entendió que se había quedado solo, huyó del Llano.

            En Acacías, el hombre, que venía huyendo de Puerto Gaitán, le compró por mil pesos la cría a unos cuivas que iban camino a Bogotá –fugados también, de Casanare–. Llegó a Cali con el chigüiro, un cachirri y un alcaraván al que poco después se vio obligado a sacrificar porque su poderoso canto, lleno de desesperación, perturbaba las somnolencias de los habitantes del barrio. Sus largas patas descarnadas terminaron adornando, como palillos chinos, un consomé con escasa enjundia. El reptil, por su parte, convocado por otras carroñas, se escabulló por un sifón tan pronto como pudo.

           El roedor, que aún estaba lejos de convertirse en el rubia bestia de cincuenta kilos que despedazaría la ingle del niño, fue acogido con sobradas atenciones y mimos. No era entonces más que una especie de tierna rata neonata, abrigada por una pelusa de tonos ocres, a la que nutrían con pedazos de caña y mazorcas; un animal que sorprendía ya por la precocidad de sus dotes coprofágicos de los cuales servía para duplicar su extracción de celulosa. Viéndolo comerse su propia mierda con la más pulcra indiferencia, el hombre tuvo una idea. Con el pulgar de un guante de hule y un botellón de Pepsi, le diseñó un biberón por el que a diario le inoculaban varios litros de leche.

            –Este lo cebamos para navidad–, le anunció con entusiasmo pero también con cierta severidad, para que no fuera a apegarse al animal. El niño le abrió los ojos como dos focos plagados de dolor. Calló y en lugar de lloriquear siguió alimentando a su mascota.

            Retiró el índice y el cordial de los entresijos. –El páncreas está ileso–, dijo. –Hay que ver el hígado y el colón–, añadió con frialdad, sin mirarlo, como si se dirigiese a alguien más. –El menor rasguño y hay que operar de inmediato–, agregó en un siniestro tono de escepticismo profesional para agudizar su tortura. Luego volvió a deslizar sus dedos hacia la parte alta de la herida y empezó a hacerlos girar en forma de radar. El infante, presa de los narcóticos, dormía un sueño quejumbroso y se estremecía cada tanto con las embestidas de la mano del médico. Su padre, que a la altura de los glúteos sostenía con ambas manos un mugriento sombrero de fique, seguía succionándose los labios y mordiéndoselos compulsivamente. Parecía que le hubieran cosido la boca desde adentro. Cimbraba y sudaba como un infecto terminal.

            El calor de Cali, a diferencia de sus habitantes, no lo desesperaba ni lo llenaba de violencia; al contrario, le brindaba una temperatura ideal para pasarse las horas del día royendo cadenciosamente, sumido en una especie de estado semi-comatoso del que sólo lo sacaba el ruido de las rejas estrellándose contra los marcos: señal infalible de la llegada del alimento. El hombre consiguió una cacerola gigantesca, de las que se usan para batir el manjar blanco, y le acondicionó una piscina en uno de los solares de la terraza. Ahí, el chigüiro se sumergía y se ponía tardes enteras a desafiar el tedio con su impasibilidad colosal. Entre tanto, la comida le llegaba en abundancia. Como era la primera vez que en el barrio se tenía noticia de una visita tan distinguida, los vecinos le enviaban a sus hijos con las sobras de sus humildes viandas. Por las mañanas se formaban pequeñas procesiones que venían a rendirle pleitesía. Se le atendía como a un rey, y él, por su parte, dando las respectivas muestras de gratitud, engullía todo cuanto se ponía en su mesa. Pronto abandonó su dieta vegetariana y empezó a engullir huesos de cola, costillas de cerdo, esqueletos de pescado y cartílagos de gallina. Todo cuanto le arrojaban lo hacía polvo con sus incisivos de marmota descomunal. Incluso a sabiendas de que lo estaban cebando para ser cena, engordaba sin miramientos, se alimentaba incansablemente como si muy temprano hubiese comprendido que en nada le incumbía la muerte traicionera que se proponían darle. Cuando veía resplandecer su áspero pelaje bajo las radiaciones matutinas de Cali, el hombre se sentía satisfecho de tener tan bien alimentado a su chigüiro. Contaba los días hasta diciembre.

            Gracias a estas atenciones, el animal progresó asombrosamente rápido. En poco tiempo, se convirtió en mucho más que una rata y, con su peso, pero sobre todo con sus incisivos que se asemejaban a una guillotina acanalada, logró amedrentar a la doberman con la que compartía los dominios de la terraza. Cuando se acercaba demasiado, el chigüiro le pelaba los dientes con irracional furia, y a pesar de que la perra le daba muestras de una sumisión absoluta, corría tras ella para embestirla tal como un novillo embiste a un ser humano. En un abrir y cerrar de ojos, la indefensa Paty quedó confinada al par de metros cuadrados de su nido, el cual se situaba en uno de los recodos más sombríos de la terraza. El roedor le prohibió incluso alimentarse y cagar más allá de dichos límites.

            Al ver esto y notando también que el animal empezaba a demostrar cierta hostilidad hacia el niño, el hombre decidió confinarlo. Puso un barandal a la entrada de una de las habitaciones inconclusas de la terraza y ahí lo recluyó con su piscina. Desde su destierro, el chigüiro empezó a sufrir nuevas transformaciones: a medida que se hacía más corpulento su personalidad se tornaba más arisca, de modo que pronto terminó convertido en un mozalbete resentido y agreste. Su odio se incrementó cuando Paty pudo de nuevo pasearse soberanamente por toda la terraza y cagar donde le placiera. Como toda forma de vida existente, ella también incurrió en vindicaciones: se pavoneaba frente a la entrada de la pieza, olfateaba aquí y allá y luego reclinaba el rabo sobre uno de los postigos que separaban al chigüiro de la libertad y meaba en sus narices con sorna. Cuando esto sucedía, el hombre observaba con preocupación los labios superiores del roedor separarse en un movimiento trémulo, como cuando se despliegan las alas de una libélula, para exhibir sus incisivos cargados de energía asesina. A pesar de bullir por detrás de la barrera, el resentimiento del animal le inquietaba.

            Y el niño no comprendía por qué ya no podía darle sus teteritos al capibara. Por las mañanas, después de arrojarle el desayuno, se paraba encima de una pila de chatarra junto a la entrada, y mordiéndose los labios, se quedaba inmóvil mirando a su animal con un recelo enigmático, como si estuviese a punto de recriminarle o de proponerle algo. A veces dejaba escapar algunas lágrimas que pronto se secaban y le dejaban surcos salinos sobre las mejillas. Adentro, el chigüiro izaba con altivez el hocico y contemplaba con desconfianza su pueril modo de lidiar con el duelo.

            Hacia mediados de octubre, las tempestades azotaban la ciudad y el hombre ansiaba cada vez más la llegada de la demencia decembrina en la que se sumía la ciudad. Ya había armado, con bastidores de pino, una especie horca en la que colgaría al roedor de las patas traseras para desangrarlo halal, cual devoto practicante de la ley islámica. El chigüiro, aunque lo había visto construir el armatoste donde le rasgaría la yugular, permanecía inmóvil empapándose bajo los aguaceros sin alterar su masticación transfinita, ungido de la misma indiferencia, como no si no se enterase de nada y sólo esperase el momento en que todo se consumara –tal vez una oportunidad–. Su maldad quedó comprobada una tarde en que un poderoso vendaval asoló la ciudad, arrancó ceibas y sacó a los ríos de su cauce. En medio de las descargas eléctricas, que parecían brocas azules taladrando el pantanal de la urbe, un rayo impactó el patio de la gallera que colindaba con la terraza. Formando una especie de tela de araña, sus millones de voltios se desparramaron por entre las mallas de las jaulas, espuelas, herrajes y sujetadores metálicos que estaban clavados en el suelo empantanado. El destello carbonizó a la mayoría de los gallos, salvo uno al que la energía del trueno elevó varios metros por los aires borrascosos. El ave, ignara de su suerte, pasó por encima de las tapias y se dejo caer con un aleteo fatuo ignorando que aterrizaba en territorio capibara. Al otro día, el hombre comprendió lo que había ocurrido cuando descubrió una pata despellejada que todavía conservaba el fiel abrazo de su argolla. El traqueteo ensordecedor del aguacero sobre el eternit había silenciado la masacre.

            –No hay lesión hepática–, afirmó el médico que había vuelto a sacar sus falanges de la herida y las observaba detenidamente en busca de rastros de tejido. –Mire–, detuvo a una enfermera que pasaba delante de la camilla a toda prisa. –Este señor tiene un chigüiro en su casa–, le dijo sin volver la cara hacia el hombre, tan sólo señalándolo con un barrido despectivo de la mano. –Con un niño de tres años, ¡¿cómo le parece?!–, le preguntó embalándose de nuevo en su rabia. –Un chigüiro de mascota, ¿dónde se ha visto? ¡Dígame usted!–. Alzó la voz, e imprimiéndole toda su inquina, agregó: –¡Hay que ser demasiado ignorante!–.

            La enfermera, adiposa y bañada por un sudor menopáusico, encaró al hombre y le arrugó la frente con un menosprecio más maternal que hipocrático. Lo miró unos instantes con ojos altaneros, moviendo la frente reprobatoriamente, y sin decirle nada, le volvió la espalda. –Pobre criatura–, dijo para sí antes de perderse en la blancura aséptica del recinto. Al hombre, que bordeaba el delirio, se le infló el tórax y alcanzó a dar medio paso hacia adelante. Pero antes de desbocarse en el ataque, una brutal pero al mismo imperceptible sacudida lo dejó paralizado. Se liberó de la pulsión dejando escapar un leve mugido que sólo él oyó desvanecerse en su tráquea. Los puños se le cerraron y volvió a quedar petrificado en la trituración de sus labios.

            –Falta el colón–, observó el médico perpetuando maquinalmente su monologo, consciente de su plena libertad para fustigarlo. Luego se volvió hacia el niño e introdujo sus dedos en la parte baja de la herida y se puso a hurgar en sus entrañas como si buscase una moneda en una hendija.

            La mañana en que lo iban a matar, el chigüiro se encontraba de pésimo humor. La noche anterior, otro vendaval había azotado la terraza y sus soplidos habían creado remolinos de mierda y sobras de comida que lo habían perseguido por toda la habitación. Esta vez la tempestad sólo le había traído rollos de ropa embarrada, jirones de plástico, vegetación muerta y otras porquerías provenientes de la ciudad. –Hay que bañarlo antes de colgarlo–, le dijo el hombre al niño señalándole las costras de suciedad que, todavía húmedas, le colgaban como festones por los costados. –Estese detrás mío–, le indicó, –que lo jode ese animal–. Retiró el cerco y con una viga en cuya punta había clavado una estiva, arrinconó al chigüiro en una de las esquinas de la pieza. –Téngalo ahí, duro–, le ordenó cediéndole el palo, –voy por la escoba y la manguera–.

            Se había alejado apenas unos metros cuando escuchó el golpe del listón contra el suelo y enseguida la estiva chirriar. Quiso volver pero ya era demasiado tarde. Sintió la carrera del animal hacia el niño, un segundo después la embestida y luego los gritos.

            Cuando lo vio entrar, el chigüiro soltó a su presa y se escabulló por entre la madera. El hombre sacó a la criatura de la piscina adonde el roedor lo había arrastrado. Lo alzó para examinarlo y percibió el borde rasgado de su camiseta. Debajo descubrió la herida perfectamente redonda, palpitante y limpia, sin rastros de sangre, que se internaba en la humanidad del niño como un túnel en una montaña. Sólo una hebra de grasa pendía de ella como lengüeta amarilla. En medio de la confusión y de los gritos, le entregó el niño a su mujer y salió a cazar al agresor que a pocos metros de ahí aprovechaba sus últimos segundos de vida para saldar cuentas con la perra.

            Paty retrocedía acorralada contra el fondo de su nido mostrándole la totalidad de sus modestos colmillos con los que apenas conseguía retardar el ataque. Antes de que la mordiera, el primer ladrillazo se lo acomodó en la nuca. El roedor corrió chillando y bamboleando la cabeza como una gualdrapa hasta que el hombre lo alcanzó y le asestó una segundada pedrada en la tapa superior del cráneo. La muerte chilló todavía más fuerte en el chigüiro, corrió con él un par de metros más y luego ambos se desplomaron sobre un montículo de excrementos.

            –Lo que faltaba–, masculló dibujando una mueca de amargura con los pliegues de sus mejillas. Pulsó el órgano unos instantes más, luego sacó la mano y se la puso frente a la cara para examinarla. –Maldita sea–, dijo al observar sangre oxigenada cayendo por la cuesta de su índice. –Enfermera–, llamó con una voz temeraria que retumbó por toda la sala de urgencias, –¡mándeme ya un anestesista!–. Luego se volvió hacia la recepción: –Merceditas, y llámeme a la policía, hágame el favor, que el señor del chigüiro les debe explicaciones–, ordenó con malévola complacencia a una de las secretarias. Entonces empujó la camilla en dirección del quirófano y cuando se encontraba a punto de cruzar la entrada, le hundió al hombre su última estocada. Se detuvo una fracción de segundo, torció el cuello hacia atrás con exquisitez de cisne y con la cabeza bañada por la luz roja del umbral, concluyó lleno de desprecio:

            –Campesinos de mierda–.

            Antes de que se lo tragara la luz lechosa del túnel, el hombre le llegó a hurtadillas por la espalda y le hundió un ancho cuchillo entre los omoplatos. En el lapso de unos pocos segundos, las puñaladas lo prendieron con certera elegancia, como si lo hubiese atrapado el mecanismo de una fornicación enrabiada y suculenta. Cuando se sació, liberó su víctima con hastío, y súbitamente golpeado por la epifanía de su inminente extinción, se volvió hacia Merceditas. Paralizada, desde el otro extremo del pasillo, la secretaria lo contemplaba con el auricular atrapado entre la oreja y el hombro y su boca espantada describía un belfo estúpido. Descargó el fulgor enloquecido de sus ojos en los de ella y enseguida volvió la frente para contemplar una última vez al niño que persistía en su sueño inerte. Comprendió que no había caso. Entonces buscó una salida, enfocó la estrechez en la que se perdía la perspectiva del corredor y, propulsado por la segunda arremetida de su trance aniquilador, corrió a estrellarse contra los ventanales del piso octavo. Antes de romperlos, descubrió en ellos concentrada una luminosidad sensual y ambarina, similar a la que por las tardes de su infancia solía ver estancada en los espejos acuáticos que se forman en las vastas planicies de su patria. Cuando atravesó la placa de esa luz carnosa, el destello de una visión absoluta le fulminó ambos ojos: los Llanos Orientales, en su vaciada amplitud, neutralizando tiempo y espacio y dejándolos confinados en una quietud delirante. Pero en lugar de entregarse a la nostalgia o a la vergüenza, se despedazó contra el pavimento consumido por la rabia pues ni él ni su niño podrían ya degustar su última carne de chigüiro.

 

Ribeyro, lecturas que se imponen


            ¿Cómo se puede andar por la vida, y sobre todo en la literatura, ignorando ciertas cosas que, una vez descubiertas, se revelan esenciales?

            El texto llegó a mis manos en fotocopias en el verano del 2015. Nunca lo leí. Pensé que terminaría perdiéndose, como tantos otros, en los cajones donde confino decenas de lecturas inconclusas y penitentes. Tenía que pasar tiempo, mudarme de ciudad, forjar nuevas amistades, leer otros libros, en suma, tenía que ocurrir la vida para que madurase el momento en que regresara, por otros caminos, a Sólo para fumadores, un relato sencillamente excelso.

            Hace dos semanas abrí por vez primera El Síndrome de Ulises (2005), de Santiago Gamboa, y al leer la dedicatoria se produjo un breve ruido en mi interior, como si en el instante se activara un mecanismo de la relojería neuronal. “A Julio Ramón Ribeyro, in memoriam, por París, los libros y la vida”. La frase, conmovedora entre otras cosas por el tipo de alusión a París (libros y vida), me alertó de inmediato. Desató un torbellino de dudas y surcó como un relámpago el hollín de mi memoria. Sin saber exactamente de quién se trataba, al releer los nombres no me quedó duda de que, no solamente yo tenía algo que ver con la persona aludida (permítaseme esta exageración), sino que no mucho tiempo atrás nuestros caminos ya se habían cruzado –aunque fugazmente–. Julio Ramón Ribeyro, me quedé repitiendo por varios minutos. ¿De dónde me resulta tan familiar? Y me encarnicé en una búsqueda que, como casi todo hoy día, duró poco.

            El autor de Sólo para fumadores, es un potente cuentista nacido en Lima en 1929 cuyo nombre, a pesar de ser contemporáneo con los luceros del boom, no figura en la selecta lista de esa constelación. Una especie de lobo solitario, que vivió durante décadas una vida de apátrida en varios países europeos. Un escritor sesudo,  capaz de una prosa pétrea, serena y luminosa, cargada de un humor penetrante; una figura, eso sí, a la sombra del gran Vargas Llosa, por carecer de la sed de gloria y de la volubilidad creativa requeridas para encajar en la miopía folklorista con la que Europa –Francia principalmente– ha celebrado las letras hispanoamericanas. No se trata pues de ese tipo de escritor latinoamericano. En efecto, Ribeyro despreciaba a los escritores que se apropian de un sufrimiento que, por lo general no es suyo, para venderlo en remedos de autocompasión colonialista, y así obtener a cambio largos tirajes y reseñas lisonjeras. Una especie de mendicidad cultural.

            ¡En hora buena! pensé, era el momento para otro dichoso descubrimiento que me permitía robarle terreno a mi ignorancia, pero también para volver a hacerme la pregunta mortificadora: ¿cómo fue que viví tanto tiempo ciego, o mejor, cegado a la influencia de un gigante como Ribeyro? En la contraportada de la antología completa de sus cuentos (Alfaguara, 1994. 749 páginas), Bryce Echenique advierte que se trata de un “narrador excepcional que, a lo largo de cuatro décadas, se ha entregado a la literatura sin aspavientos, alejado de modas y todo tipo de experimentalismos al día”. Y ahí está la respuesta… alejado de modas. Tengo la certeza de que, en parte por su carácter, y principalmente por su, digamos, episteme literario, Ribeyro fue ignorado por la critica que favoreció la efervescencia del boom. Y es probable que él mismo lo haya querido de ese modo. Fue, antes que nada, un escritor. No uno latinoamericano, ni sudamericano ni peruano, ni quiso venderse a los facilismos del exotismo o a los sonsonetes del postcolonialismo exacerbado. Fue un escritor, en el sentido profundo del término, más exactamente un cuentista, como no los hay muchos en la literatura de lengua hispana. Algunos lo acusan de ser el más grande del Perú. Que no es poco decir.

            Sólo para fumadores es el relato de una vida cuya historia se confunde con la historia de sus cigarrillos, pero es además otras cosas. Por un lado, inventario y catación de los diferentes tipos de cigarrillos que se comercializan en el mundo. Por otro, exploración de la rica pero insuficientemente explotada relación entre el tabaquismo y la literatura (una de sus joyas es revelar que para Gide escribir era un acto complementario al de fumar). Es igualmente un sumatorio anecdótico en que la carencia de tabaco conduce a actos temerarios, hilarantes e incluso a la confrontación directa con la muerte (en este caso, el humor resulta un eficaz atenuante, pues llaman sin falta a la risa, por ejemplo, las peripecias del fumador inquebrantable que, internado por una ulcera reventada, se las ingenia para darse unas pocas caladas diarias al menor descuido de los enfermeros).

            Naturalmente, la lista puede engrosarse, pues Sólo para fumadores se extiende a otros espectros. Es también un coletazo de nostalgia para quienes, como su autor, vivimos las luminosas miserias de los áticos parisinos. Baste, por último, anotar que este cuento hizo revivir mis ganas de fumar, una pulsión que ya creía extinta. No apto para exfumadores, habría que agregar.

            Invito pues al lector a tomarse la pastilla roja para evadirse de la matrix de la literatura latinoamericana, y darse una zambullida en la realidad de Ribeyro, un autor que, a mi juicio, podría ser el equivalente de Chejov en las letras hispánicas. Un maestro, en todo caso, del cuento. Aquí una de las cúspides del texto:

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Por qué (No) Publicar en “Editorial Académica Española”

Crítica Ácida

“La práctica de la ciencia premia de manera excepcional la honradez.
Es característico de la ciencia que cualquier
falta de honestidad conduce inmediatamente al desastre.”

B. F. Skinner (1953-1981) *

La masificación de las publicaciones que promueve la Editorial Académica Española puede convertirse en una bomba de tiempo, pues banaliza la labor editorial al no existir ningún filtro para publicar y conduce a llenar la biblioteca virtual de internet de basura académica sepultando los buenos y malos trabajos bajo un mismo sello. Incluso algunas universidades han empezado a recomendar no hacerlo. Pero para algunos  es quizá la única oportunidad que tienen muchos egresados de los posgrados de publicar, o al menos contar con un ejemplar de su tesis impreso y la posibilidad de que ésta sea comprada por algún interesado en el tema, aunque a un precio extremadamente alto, si consideramos que muchas Universidades han decidido subir a internet las tesis. Los…

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Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe en llanto

 


            Resumo el pathos de este original ensayo escrito en 2003, por László Földényi, que destaca por su brevedad y por la fuerza de su razonamiento.

            En la primavera de 1854, Dostoievski fue enviado a Semipalatinsk, un minlasloúsculo burgo en el sur de Siberia, territorio kirguiz, etnia nómada acostumbrada a asentarse en yurtas. En suma, un punto perdido en medio de un desierto de arena adonde llegaban los rusos europeos a purgar sus penas de trabajo forzado. En su habitación, modestamente amoblada pero lo suficientemente espaciosa, Dostoievski solía recibir a Alexandre Iégorovitch Wrangel, regente del campo de prisioneros y disciplinado lector. A pesar de que aún no había escrito sus obras magnas, y de ser uno de los escritores más desprestigiados de Rusia, Wrangel sentía admiración por el autor de Pobres gentes. Con el tiempo, terminó convertido en su único proveedor de libros (ayuda que prestó desinteresadamente). A cambio de las novedades literarias provenientes de toda Europa, Dostoievski le recitaba de memoria sus poemas favoritos de Pushkin y le confiaba los planes y tropiezos de Recuerdo de la casa de los muertos, novela en la que llevaba años trabajando con ardor. Compartían también un marcado interés por la historia.

            En una ocasión, Wrangel se presentó con una obra singular, el grueso de Las lecciones sobre la filosofía de la historia, volumen recientemente publicado en versión definitiva, a cuyo estudio se entregaron de inmediato. Dicho texto compilaba una serie de conferencias dadas en la Universidad de Berlín entre 1822 y 1831, precisamente el período durante el cual millares de rusos eran deportados a Siberia. En él Hegel menciona, aunque con injusta brevedad, el rol de esta región en la Historia. Cree Földényi que dicha mención debió de haber despertado la curiosidad de Wrangel por cuanto aludía a un territorio que le resultaba familiar al tiempo que lo sometía a una categórica descalificación. Por esta razón llevó el libro hasta Semipalatinsk.

            En efecto, Hegel excluía a Siberia del gran cauce de la Historia Universal. En la parte de Las lecciones en que se refiere a Asia, en particular a su vertiente septentrional, afirma que (traduzco del francés) si se considera racionalmente, es necesario retirarla de nuestro estudio ya que las características morfológicas de esta región no son propicias a la conformación de una cultura histórica, ni permiten a este actor desempeñar un rol de importancia en la Historia.

            Empleó una imagen bastante sencilla para fraguar el sofisma sobre el que fundó su determinismo. Propuso a sus estudiantes concebir la Historia como un ancho y caudaloso cuerpo de agua propulsado hacia adelante en la línea del tiempo, conformado a su vez por el aforo de afluentes que desempeñaban un papel esencial en su constitución. En su largo recorrido por los siglos, tal vez por anomalías que el mismo Hegel no se detiene a explicar, el gran río recorre parajes y estuarios donde se bifurca en brazos que se extravían en direcciones ajenas al curso principal: los tramos muertos de la Historia, territorio de los pueblos no-históricos. Desde estas zonas, estos últimos debían resignarse a contemplar el devenir del Espíritu mientras éste se conjugaba en las interacciones de sus actores de primera línea. A las sociedades de la periferia, les correspondía pues contemplar el gran espectáculo desde afuera, en el estancamiento y la pasividad.

            De un tajo, Hegel no solamente aislaba del terreno histórico a los pueblos nómadas siberianos, sino a muchos otros pertenecientes a diferentes latitudes del globo, sociedades que por sus atributos inherentes así como por sus condiciones materiales, no estaban llamados a formar parte de su élite. Es sabido que dentro de su saco de las sociedades parias no-históricas –patio trasero del mundo civilizado–, incluyó también a los negros del África subsahariana y a los salvajes de América del Sur. Todos ellos, medidos con el mismo rasero, debían conformarse con los roles secundarios.

            Sólo las modernas naciones occidentales, en torno de las cuales se aglutinaban civilizaciones que otrora participaron de manera determinante en la Historia  pero que en tal punto habían declinado, sólo ellas cumplían con los requisitos para integrar el casting de la historiae Universaelis. Ni korowais ni chibchas contaban con la gracia suficiente para ser admitidos; precisamente los que han conocido las grandes afrentas de la Historia. Sin duda, de la historiografía hegeliana –por lo menos en el aspecto aquí tratado– puede leerse como el correlato de la dominación de los “aventajados” sobre los “lisiados”.

            Naturalmente, no se desconoce aquí la amplitud ni la complejidad (tampoco la oscuridad) del pensamiento hegeliano el cual exige una lectura cuidadosa, alejada de cualquier reduccionismo. No obstante, la estrechez de la mirada con la que juzga a las culturas “secundarias”, es la que suscita la reacción de este artículo, sin que por ello se pretenda condenar el resto de esta filosofía (tampoco se cree que no sea condenable). De dicha miopía se desprende el mismo sentimiento de desolación y de consiguiente rebelión que invadió a Dostoievski cuando, al leer Las lecciones, descubrió que se hallaba en territorio non-historicum y que, por ende, para la totalidad de su sufrimiento no había ninguna esperanza. Desde la lejana Europa –ramillete de ideas con las que estaba íntimamente emparentado–, dicha filosofía decretaba la imposibilidad de salvación para las gentes situadas por fuera de la esfera de la Historia.

             Grande fue la combustión de sentimientos e ideas, anota Földényi en su curioso ensayo, que embargó al escritor quien todavía no cumplía los treinta años. Y no era para menos, explica el ensayista húngaro: de repente se vio excluido por el mismo engranaje de ideas liberales por las que estuvo a punto de ser fusilado; por el paradigma que había reconfigurado la idea de Dios, esto es, la había situado por debajo de la jerarquía de las leyes naturales. Se sintió traicionado por ese mismo espíritu que había creado para el hombre industrial el Estado de Derecho, el espacio legal necesario para garantizar la igualdad entre ciudadanos. Esa misma fuerza humana suprimía el peso universal de sus padecimientos.

            Sin embargo, resalta Földényi, sin esta humillación es probable que Dostoievski no hubiese encontrado los insumos necesarios para elevar su obrar a la inmortalidad. Verse de repente separado de su espacio espiritual, sin posibilidades de salvación, lo condujo a la revelación de que la vida humana no se reduce exclusivamente a su condición histórica. Desde el privilegiado más-allá de su historicidad, en el no-lugar de la depresión siberiana, se elevó por encima de los límites de la Historia, y no solamente comprendió que su transitar obedecía a una cruenta mecánica, sino que además desató en su alma una imperecedera fe por el milagro. El mismo sentimiento que lo llevó a afirmar que, incluso en el mundo de Las Luces, un hombre puede rehusarse a creer que dos más dos equivale a cuatro. El milagro, una suerte de religiosidad materialista de los humillados a la que desde entonces todo su ser se arrojó. Y también su obra.

            La noche en que milagrosamente la exclusión hegeliana le develó las limitaciones de la Historia, no sólo rompió en llanto, sino que fue llevado por un camino absolutamente insospechado a la fuerza interior que le garantizaba la salvación. Lloró, sostiene Földényi  (aunque es probable que se trate de una fabula elaborada por el parasitismo literario), pero también se rebeló contra la creencia de que el hombre no es más que pura historicidad, y que su sufrimiento tiene valores fluctuantes en función de su posicionamiento geopolítico. Y la substancia de esa rebelión se la inoculó a las novelas que luego escribiría.

            De este modo, contra Hegel, los cimientos de la literatura dostoievskiana se fundarían sobre las facciones no-históricas de la humanidad, sobre la miseria de los excluidos, de asesinos, jugadores, ladrones, homosexuales, desquiciados, apátridas, y de todos los desdichados cuyo sufrimiento se ha cotizado desfavorablemente en la bolsa de la Historia. Son sus voces, en últimas, las que resuenan dentro de sus novelas. Ahora bien, a este singular aspecto no se reduce, ni se propone reducir Földényi, la vastedad de la obra de Fedor Dostoievski. Tan sólo propone una lectura original e incontestable –él, igualmente originario de un pueblo nómada sin participación histórica– sobre la elevación de un espíritu que en el fragor de auténticos sufrimientos edificó una obra genuinamente ética.

            Por mi parte, no hallo mejor proyecto literario al que adherir. También yo, inmigrante extraído de uno de los tantos lodazales en los que se pudre La Idea, me rebelo contra todo determinismo que pretenda justificar, directa o indirectamente, la supremacía de los supuestos hacedores de la Historia. Por esa razón, escupimos la mezquindad del gran señor Hegel, y saludamos las lágrimas que aquella primavera de 1854 lloró el inmortal Fedor Dostoievski.

Por un rancho (epítome de una serie de indolencias).


1.

            Betsaida tenía miedo de que Hermes y Ulises se destazaran a chuchillo por lo que quedaba del tugurio. Había venido a despedirse de la muerta y a presenciar el último episodio de la sarta de ultrajes por la que se había precipitado su vida. Desde el día en que se había prendido petróleo por todo el cuerpo, Esneda había decidido no morir –aunque ya no le quedara vida–, ser más fuerte que Héctor, y sobrevivir a su odio hasta que pudiera verlo bajar al sepulcro un día muy remoto. Por eso estaba ahí, no para asistir a la indolencia y la carnicería en que acababa todo, sino para saludar su gesto heroico. Por fin pudo morirse, pensaba mientras respiraba el aire caldeado del entierro y observaba con inquietud a ambos hijos arrojar tierra al fondo de la fosa; a Hermes a quien había abandonado por haber querido darle la misma vida de su madre; y a Ulises que vaciaba su pala con la premura del adicto consumado. Los miraba infestados de codicia por esos muros de bahareque, repartiéndose miradas fratricidas, y sepultando a una madre a la que no amaron y cuya memoria despreciaban por haberse muerto sin cobrar siquiera la primera mesada de la pensión que había heredado de Héctor.

2.

            Junto a la fosa, el párroco profiere sus rezos en un Latín altanero. Sin hisopo, saca con las puntas de los dedos el agua bendita del acetre para esparcirla sobre el lote de Esneda. A diestra y siniestra, dos diáconos sostienen con desgano incensarios por los que no se escapan hilachas de humo. Poco más lejos, el círculo de vecinos se entrega a sus respectivas observaciones. Se rumora sobre los meollos de la repartición de la herencia, pero sobre todo se teme que éste, como otros sepelios, termine produciendo más muertos. Unos dicen que Esneda quería dejárselo todo a Ulises, su preferido; otras sostienen que hijos no reconocidos de Héctor ya han aparecido a reclamar una porción de las ruinas. Los más certeros afirman que se matarán deudas pues el rancho debe al fisco décadas de impuestos. Sin embargo, nada entienden Hermes y Ulises, cegados como están por esa hambre ancestral que les carcome los huesos. Se acusan mutuamente de perfidia cuando la sola añoranza que se alberga en sus corazones es acapararlo todo para poder entregarse a una descomunal orgía de bazuco y aguardiente.

            … venga, doña Teresa, echémosle tierrita a doña Esneda, dicen que es bueno. No, Betsaida, esos muertos así a mí me dan miedo. No le tema, doña Teresa, mire que ella no era mala, era indefensa… fuerte pero indefensa. Diciendo esto, a Betsaida se le nubla la vista con recuerdos, se acuerda de cuando preguntó en la escuela cómo se hacían enormes ciertas piedras, y recuerda enseguida la respuesta de Ortegón que le dijo que las piedras se arriman a otras piedras más pequeñas y las absorben y así van creciendo. De ese modo se representaba a doña Esneda, como a las rocas macizas de los ríos, inmóvil ante el castigo de los elementos, enmudecida ante el dolor, como un farallón que se agranda a medida que aspira afrentas. Da dos pasos hacia delante, deja caer en el agujero unas manotadas de tierra y piensa en el día de su incineración.

            La víspera había ido hasta El Hormiguero a pedirle a su madre que le ayudara a liberarse de Héctor. La encontró sumergida hasta la cintura sacando arena del río, rodeada de niños desnudos que chapaleaban en el agua sedimentosa. Cuando la vio parada al borde del peñasco, escupió el tabaco, sumergió los hombros y volvió a raspar el lecho con un movimiento pendular. Dónde están tus hijos, le preguntó dos segundos después con el balde rebosado entre las manos y clavándole una mirada de desprecio. Esneda, con la cara ya descompuesta por el tremens del llanto, no supo responderle. Más tarde, mientras comían, escuchó el descargo de las atrocidades sin musitar palabra ni modificar un sólo instante la expresión de desconfianza que dominaba su rostro. Cuando entendió que a Esneda se le habían acabado las palabras, se inclinó por encima de la mesa y le impactó el rosto con una potente bofetada. El chasquido de sus mejillas interrumpió brevemente la algarabía de los insectos nocturnos. Si se llega a ir, la amenazó, yo misma la encuentro y la cuelgo. Con ese hombre usted se muere, ¿o fui yo quién la mandó a casarse?

            Ulises vio el resplandor esparcirse por las paredes del zaguán y avanzó hacia el patio sin sospechar nada. Cuando salió, la halló acurrucada al lado del carambolo dejándose abrazar por la candela. Inmune al dolor, con el sosiego casi plácido de un bonzo, Esneda se iba de bruces como una pera negra reduciéndose en el bailoteo de las llamas. Sofocó el fuego a cobijazos, la cargó hasta la pila y la dejó caer en el agua. El olor a pelo quemado le recordó el rostro de su padre cuya imagen le provocó una punzada de odio en la boca del estomago. Vio los ojos abrirse en el agua y mirarlo desde ahí con la misma condenada confusión de las mañanas en que Héctor la pateaba –o le aventaba el chocolate hirviendo– porque el cuello de la camisa estaba mal almidonado. Por entre las pestañas achicharradas vio con nitidez lo mucho que con los años su alma se había percudido de desgracia. Sacó la cabeza del tanque con ambas manos y la vio emerger con su nueva forma, con sus bultitos de pelo arremolinado, como si del fondo trajera enredados nudos de algas. Quédese aquí, mamá, le dijo, ahora vuelvo a despegarle esa ropa de los brazos. Y enseguida corrió a armarse.

            Lo encontró en los confines del Paraíso, a las afueras de un antro, rodeado por una multitud de borrachos armados que se carcajeaban y aguardaban la continuación del duelo. En medio del tierrero, Héctor se tambaleaba bajo la luz amarilla de los faroles de queroseno esperando la embestida con los brazos abiertos. Por debajo de la camisa el cabo del mataganado sugería la existencia de un miembro enhiesto. En la polvareda que acaba de levantarse frente a él, un hombre con la boca bañada en sangre terminaba de incorporarse. Sacudía la cabeza, se comprimía el tabique tumefacto e intentaba en vano devolverlo a su lugar. Al ver que nada contendría la hemorragia, caminó hacia Héctor y le asestó un prodigioso puñetazo en el esternón que lo levantó del suelo. El pecho vaciándose le silbó como un fuelle reventado. Cesaron las carcajadas cuando vieron que por más que aspiraba con desesperación no conseguía traer de vuelta el aire a sus pulmones aplastados. Lo levantaron por los sobacos, empezaron a sacudirlo y a darle golpes en las costillas hasta que el aire le volvió a bajar a los alvéolos. Ulises esperó a que los jugadores se estrecharan la mano, y luego corrió hacia su padre desnudando el cuchillo de las hojas de periódico. Mataste a mi mamá, granhijueputa, le gritó. Venga a ver malparido, le respondió su padre sacándose el cuchillo del cinto. Es el hijo, no lo dejen matar, vociferó un bandolero. Que se maten esas lepras, que se maten, gritó otro cuchillero. Y nadie intervino. No obstante, al centro de la danza de las puñaladas, que duró más de lo que dura una misa, los otros cuchilleros fueron arrojando taburetes, toldos y canastas de cerveza para impedir que los metales se engarzaran en sus carnes. Se dispersaron cuando el taconeo de las botas de los militares empezó a resonar por las bocacalles.

3.

            Después del Pater Noster, el párroco se interrumpe unos instantes para saber si la ofrenda familiar alcanzará para que el alma de la difunta disfrute de un servicio completo. Con gesto inequívoco de la frente, ordena al diácono ir a consultar a los deudos. Hermes se escarba los bolsillos esforzándose por darle una mínima dignidad a su miseria, y enseguida señala con el índice cargado de ira a Ulises quien, a su vez, despliega las manos en gesto desvalido y le devuelve un destello de rencor con los ojos. Y antes de que se salten encima, de entre los dolientes emerge oportunamente una música de monedas que van cayendo en las manos de doña Lucila (corva anciana zalamera de parroquias). Oyéndola, el párroco llena sus pulmones de aire y reanuda con los preces de la Última Encomendación: absólve, quæsumus, Dómine, ánimam fámulæ tuæ Esneda ab omni vínculo delictórum / Amen…

            … mírelos, doña Teresa, la misma estampa del padre, llenos por dentro de la misma maldad. Ahí están ambos armados, con sus estacas listos para matarse. Y saber que la casa no es para nadie. ¿Cómo es eso, Betsaida? Dejó dicho en un papel que se la devolvía al Municipio. Imagínese usted, quitarles lo poco o nada que en vida levantara. Eso andan diciendo, unos que sí, otros que no, y por eso están así, mírelos, envenenados por las habladurías. Mire al Hermes, yo lo conozco bien, ahí donde lo ve está embebido de alcohol, mírele la boca emblanquecida al Ulises cómo le tiembla, llena de vicio, mírelos, doña Teresa, esos pobres hermanos harapientos dispuestos a matarse por un rancho que lleva años desmoronándose. ¡Padre bendito! ¿Y el menor, Betsaida? Ése también tiene velas en este entierro. ¿El niño Héctor? Dicen que ya no reconoce de lo postrado que lo tiene el bazuco. ¡Señor Todopoderoso! ¿Por qué habrá sido tan malo ese hombre?

4.

            En los tiempos en que la ciudad se descuajó de su centro y se lanzó a su extensión suicida hacia el oriente, más allá de las zonas inundables, la vida en el Paraíso se nutrió de campesinos invasores que bajaban de las cordilleras atraídos por la bonanza industrial, gentes inocentes o victimarias, en su mayoría curtidos de violencias, que huían del campo para salvarse. Héctor fue uno de los fundadores del barrio, llegó en la época en que los decretos del régimen atizaban la lucha por la recuperación de los ejidos que bordeaban la orilla izquierda del río Cauca. Había huido de San Antonio de los Micos, decía él mismo, poco después de un genocidio, tras esperar inútilmente unas semanas a que sus familiares se reagruparan en las parcelas que hasta entonces les habían pertenecido. Su padre, un Tama de sangre pura que no leía ni escribía, cuando sintió la muerte venírsele encima, se internó solo en las montañas con un hacha y desde ese día nadie volvió a verlo. A todos los demás los aniquilaron. Héctor, aún adolescente, que se había salvado gracias a la astucia de unas tías que lo escondieron en las raíces de un guacarí centenario, esperó a su padre deambulando por las veredas circundantes, cazando guacharacas o cuchas para mitigar el hambre, entrando en casas deshabitadas a hurgar en los baúles saqueados, y a veces viendo durante sus caminatas cabezas rodantes que dibujaban rizomas rojos sobre las laderas. Perdió las esperanzas a partir del momento en que otras gentes aún más armadas empezaron a llegar al pueblo con mulas cargadas de enseres, rompían con barretones los viejos candados y se encerraban en los ranchos a borrar las huellas de las matanzas sin sospechar que a apenas unos kilómetros otras hordas todavía más armadas venían siguiéndoles los pasos. Los miraba desde la maleza y sentía el odio darle sus picotazos en la boca del estomago. Una tarde, sintió silvestre y se puso a seguir el curso de las quebradas que bajaban de las cuchillas de Calarma, descendió por vericuetos de trochas donde otros desplazados terminaron por arrastrarlo hasta Chaparral. De ahí se internó en el Cañón de las Hermosas, decía, siguiéndole el paso al Amoyá, a pie limpio durante semanas. Luego anduvo al sur por el todo el piedemonte, apenas deteniéndose a ver el fuego que terminaba de consumir las veredas devastadas. Una noche, un buhonero ebrio al que le pidió comida, le dijo que la mancha cobriza de palmeras que al fondo se distinguía, era Palmira. Ahí hallaría pan.

            Otros tolimenses del barrio, sin embargo, habían hecho correr el rumor de que su periplo empezó el día en que violentó a una de las hijas del hacendado para el que trabajaba, un tal Iriarte, un “español legítimo”, como decían en ese entonces indios y mestizos por la calvicie y la copiosa barba. Tan salvaje era aún a sus diecisiete años que cuando el patrón se presentaba con sus hijas a pasar revista a sus cebús, el contacto con el aura femenina lo espantaba y de inmediato corría a esconderse detrás de los matorrales. Desde ahí observaba a las púberes con un celo ignoto que le revolvía en el pecho una inestable mezcla de depredación, deseo y vergüenza, la cual lo mantuvo a raya hasta el día en que le pareció que el ecosistema le ofrecía una presa. Decían que había logrado escaparse de los capataces y de los dóberman de Iriarte camuflándose entre el ganado que la madrugada siguiente iba a ser conducido a la estación del ferrocarril. Se abrazó al vientre de una de las decenas de reses que esperaban a ser despachadas y uno de los arrieros lo ató por las muñecas y los tobillos con cabuyas para que pasara inadvertido antes de entrar al tren. Apeñuscado en un vagón de carga, con las uñas trituradas por las pisotadas de las bestias, y con la piel cocida en urea, Héctor habría llegado a Buga una mañana radiante. Y ya lo suficientemente cerca de su núcleo, la ciudad monstruo no habría tardado en atraerlo.

5.

            La gutural resonancia de los cánticos ahoga los insultos que Hermes y Ulises se lanzan desde ambos costados de la tumba. Betsaida ve la furia con la que gesticulan sus improperios y, presa del pánico, se aferra a la mano de su compañera. A su vez, el párraco aboga con pagada solemnidad por el alma de Esneda:  Ne recordéris peccáta mea, Dómine/ Dum véneris iudicáre sǽculum per ignem…

            … doña Teresa, mire, yo le digo una de las cosas, es que ni siquiera era malo, era otra cosa, tal vez más, tal vez menos que eso, yo no sé, nunca supe, porque usted lo veía cómo era con los vecinos, tan cortés y servicial, desviviéndose siempre por saludarlo a uno, y ver luego cómo era con sus hijos, que nos les llevaba nada, todo se lo bebía, y sobre todo lo que hacía con ella, cómo la trataba. Y nadie nunca hacer nada, Betsaida, por esa pobre alma. No crea, al principio don Octavio, ánima bendita, por tanto alarido y estruendo que se oía en ese rancho, un día no pudo más de la indignación y desafió a Héctor. Gusano, le dijo, usted no es hombre, uno en la calle puede ser el hijo de puta que quiera, pero en su casa, usted que tiene que ser un caballero. Salga y nos matamos. Y se agarraron a fierrazos. ¡Por eso era que le faltaba media mano! A don Octavio, ese señor que era la decencia misma. Y desde ese día, santo remedio, el Paraíso se sumió en la más callada indolencia. Sólo unas pocas de nosotras, cuando se emborrachaba, corríamos a decirle, “doña Esneda, doña Esneda, Héctor está bebiendo, vaya escóndase, piérdase”, pero ella no decía nada, porque ya entonces había perdido el habla, sólo se quedaba mirándonos con esos ojos que de una manera apacible y al mismo tiempo amarga nos daban las gracias para luego perderse en la penumbra de ese rancho de barro… y no hacía nada, sólo se ponía a esperarlo en el patio a que llegara con su furia alborotada a acabar hasta con el nido de la perra, a construirle caminitos de vidrio o de carbón ardiente por los que la hacía caminar durante horas, bajo el carambolo, ése arbolito que es testigo de tanto oprobio. ¡Padre bendito! Así sucedía hasta que la ebriedad lo vencía y se dormía, entonces ella se ponía a curarse sus pies chamuscados. Fría, Betsaida, dicen que era estrecha y fría, ¿sí me entiende? que por eso era que no la quería. Ay doña Teresa, vaya usted a saber, en todo caso, yo no podré nunca aceptar que nada más por eso un hombre sea capaz de engendrar semejante odio y de llenar de tantos estragos la vida dizque de sus seres amados. Ese misterio sólo Dios ha de conocerlo. Amén, Betsaida. Amén, doña Teresa, y vámonos yendo que el sepulcro está casi lleno, y Ulises y Hermes, esos dos engendros, no se van a quedar quietos.

6.

            Entró en Cali la madrugada de la gran explosión. Rayaba el alba y todavía el resplandor de la columna de fuego, erguida sobre las ruinas humeantes de los barrios, iluminaba la suerte de los primeros saqueadores. Héctor, casi en la indigencia, se entregó al pillaje de inmediato. El advenedizo Thénardier se arrastró por entre los cadáveres hurgándoles los bolsillos de los blazers y los pantalones carbonizados, con un ojo aquí y el otro allá, cuidando de que no lo sorprendieran los soldados que durante las horas de ley marcial patrullaban los alrededores de la antigua Estación de Ferrocarril. A Esneda la conoció poco después en una casa de empeño de la Carrera Octava adonde fue a cambiar por pesos el botín amasado. Puso sobre el mostrador las argollas y los relojes de bolsillo, todavía con la costra de la grasa quemada, y le preguntó: ¿cuánto me da por esto? No esperó ni a que se enfriaran, le respondió ella mirándolo con asco. Entonces él, tras observarla un fugaz instante en el que creyó detectar un rastro de complicidad, se precipitó en una estruendosa carcajada. Y tal como en adelante sentiría cada vez que lo viera carcajearse, Esneda sintió formársele por dentro una melaza de curiosidad y espanto. Viendo despuntar el lado humano de su animalidad, supo en ese instante que algo la emparentaba con Héctor.

            Llegaron al Paraíso pocos meses después. Para entonces Héctor hacía parte de los obreros que a punta de pica y porra trituraban la roca muerta sobre la que pavimentaron las calles aledañas de la Plaza de Caicedo. El Sindicato de Trabajadores le otorgó un lote sin instalaciones de agua ni alcantarillado, la mera tierra cenagosa revestida de maleza, la cual se vio obligado a defender a machetazos de las hordas de invasores que continuaban empujando hacia el oriente los límites de la ciudad. Durante los meses que le tomó al catastro delimitar los terrenos, los vecinos del incipiente Paraíso se aliaron para protegerse de los destechados, carroñeros ávidos que salían en bandadas a merodear los baldíos y a desvalijar tugurios. Temibles manadas conformadas en su mayoría por parias de toda calaña, se desplazaban por el monte cargando con ellos sendos troncos que utilizaban como arietes para asaltar los ranchos atrincherados. Era entonces común, como lo eran también descalabrados y apuñalados, el robo de enseres, incluso de bacinillas, de animales domésticos y cuanta cosa sirviera, aunque simbólicamente, para saciar el hambre y la desolación de esas gentes desposeídas. En este paradisíaco orden de cosas se asentó la naciente familia, con Ulises que se formaba ya en las entrañas de la silente Esneda, ambos bajo la protección de Héctor que pronto se dio a conocer por el salvajismo de sus juergas. Ahí los arrojó la vida, a ese reservorio de violencias regurgitadas de por todo Colombia, para seguir siendo ellos mismos la violencia. Y ahí vivió Esneda los largos años de su silenciosa resistencia, lavando y planchando ropas ajenas, mientras esperaba a que las fuerzas de la naturaleza doblegaran a Héctor.

7.

            Hermes y Ulises apuran sus paladas al tiempo que el tono de la plegarias se eleva: subvenite Sancti Dei, ocurrite Angeli Domini suscipientes animam eius. Offerentes eam in conspectu Altissimi…

            … y ahora acude ella al llamado del Señor, doña Teresa, a estas alturas eso se entiende, pero yo me hago esta pregunta, Dios me ha de perdonar, ¿por qué acude uno al sufrimiento? Dígame, ¿por qué quedarse uno a sufrir en esa vida sin sacar de eso ningún provecho? Con cada paliza se le fue acerando la cara y en la piel se le fue sembrando una capa de luz cada vez más pálida, hasta el día en que se dio cuenta que se había quedado completamente sola en el mundo y de la angustia de verse así toda desamparada se prendió fuego. Fue ahí cuando decidí largarme y dejar todo atrás porque yo sí supe que esa vida no era capaz de soportarla. Seguir viviendo rodeada de esas gentes, doña Teresa, era un sacrificio demasiado grande. ¿Qué son? ¿De qué están hechos?, me he preguntado todos estos años. Mírelos, no son negros ni indios, tampoco zambos, no se ven viejos ni jóvenes, ni sanos ni enfermos, es como si sus cuerpos obedecieran a otras leyes diferentes de las de Dios. Son como ancestros muy remotos, hienas, y su odio eterno los hace repulsivamente poderosos.

            Los diáconos empiezan a bambolear los incensarios y la mano del párroco sale de la casulla a dibujar cruces en el aire acompañando las últimas encomendaciones: Dómine, exáudi oratiónem meam / Et clamor meus ad te véniat…

            … ¿Por qué se quedó y, más allá de todas las explicaciones posibles, por qué fue tan leal, aunque esa no sea la palabra exacta, a ese desdichado? Seguir viviendo nada más que para verlo caer muerto el día en que le mandara morirse Dios. Eso yo no lo puedo comprender. A lo mejor fue por vanidad, por probarle al mundo que permanecería de pie hasta el final sin acudir a nadie. Es la resignación que de todos nosotros reclama el Señor, Betsaida, no diga sandeces. Tal vez orgullo, doña Teresa, o soberbia, aunque es posible que esas tampoco sean las palabras adecuadas, ya ve usted, yo no sé hablar. Yo lo que sé, Betsaida, es que en todos ellos, en Héctor, en Ulises, en Hermes, incluso en ella misma, ha habitado siempre una guerra sin tregua librada en todos los frentes de la vida, tal vez contra la misma vida, una noche muy oscura del alma que ha de servir, espero yo, a alguna trascendencia para los que vendrán luego…

            … Réquiem ætérnam dona ei, Dómine / Et lux perpétua lúceat ei / Requiéscat in pace / Amen. Adiós, doña Esneda, adiós. Descanse en el Todopoderoso, disfrute de esa paz que aquí en tierra nunca conoció. Caminemos, doña Teresa, alejémonos de esta carnicería. Que no quiero ver cómo se matan esos infelices.

8.

           La Iglesia se retira con su bolsa repleta, los fierros fulgen y retornan a su danza siniestra. Lejos del estrépito y de los últimos despidos de la turba que se dispersa, no se sabe si las flores y los ramilletes que llueven desde ambos costados de la fosa, caen para despedir a la muerta o para impedir que se asesinen los hermanos.

           Empero, antes de que salte el primer borbotón de sangre, sendas ráfagas de plomo, que se oyen como un ronquido metálico, llenan de agujeros los cráneos de Ulises y Hermes. Mientras la turba huye despavorida pisoteando las lapidas, sobre la tierra fresca de doña Esneda sus hijos se mueren muertos. Héctor, dirán luego, les había contratado un sicario por si algún día les daba por matarse por ese rancho.

Aniquilación.

“El crimen es doble: es una muerte inconclusa y siempre abierta. El muerto es un cuerpo presente que no vuelve a estar”. Alfedro Molano.


            No lo mate, compadre, ¿para qué otro muerto? Le pidió desde la otra rama con la voz a punto de quebrársele.

            Dudó un instante, se terció el mataganado por detrás del pantalón y se quedó escudriñando el horizonte que por la orilla opuesta del valle se ensanchaba transparentado por las bocanadas de aire tórrido. Lo vio sin azul ni nubes, abotagado de vapores, soplándose como vidrio candente; vio también la mordida interminable que le propinaba la cordillera, y se fue siguiéndola con los ojos volcados en el vacío hasta que sintió por dentro que la luz lo hería y le hacía manar de las tripas borbotones de ese mismo anhelo gélido –mataría de nuevo–. Al fondo reconoció al Nevado del Huila penetrando en la niebla con su pescuezo enchapado de blanco. Escrutó por largo rato ese cielo rasgado con la mirada hueca como si contemplara una belleza que era también holocausto. Luego, todavía sin responderle nada, dejó caer su espalda sobre el tronco, acomodó la roca en el boquete de sus muslos, y memoró lo que había soñado esa madrugada.

            Abandonaba el caserío brincando por peñascos, escabulléndose de alaridos, de soliloquios de motosierras y de silbidos de machetes cortando el aire e impactando piedra. Pasadas unas horas se enterró en un lodazal a la entrada de la ciénaga y esperó a que los masacradores dejaran de rastrearlo. Cuando el sol volvió a emerger, cruzó el manglar reptando por entre las raíces de los mangles, barriéndose en la podredumbre como si él mismo fuese podredumbre y no carcasa. Por momentos, cuando salía a respirar, le parecía percibir cierta congoja en los cangrejos que lo observaban desde las orillas. Al verlos, detectaba cierta urgencia en el mecánico tecleo de sus patas como si se afanaran por narrar la miseria en que lo descubrían. Más tarde, se alzó del lodo antes de que éste se derramara en precipicios. Le pesaban los miembros y la arcilla le sellaba los parpados con una costra pútrida. Vio en el fondo de su tiniebla que nubarrones se crispaban y se sacaban chispas de inquina. Huían garzas y chigüiros estremecidos por la cantidad de maldad aglutinada en ese cielo que era incubadero de tormentos. Andaba por ratos, luego se desplomaba y reptaba. Mientras lo lavaba la lluvia con goterones que le caían como garrotazos sobre las heridas, marañas de rayos le zumbaban por las orejas. Y el firmamento se partía en carcajadas con cada destello.

            Hallaba refugio en una cabaña incrustada en lo alto de un páramo con frailejones, laguna y humedad agobiante. Afuera, en el agua empezaban de repente a reflejarse bandadas de tigres descomunales que intentaban penetrar en el rancho para masacrarlo. Mientras corría de una habitación a otra bloqueando todos los accesos, chorros de sudor frío se le estancaban en los sobacos. Por las ventanas, veía a las bestias merodeando, trepadas en el techo, embistiendo contra las paredes, rugiéndole, cavando túneles con sus garras. Cuando cargaban contra los postigos, las cabezas se les inflaban y de sus ojos, deformados, se desprendía una tenacidad exclusivamente humana. Viéndolos tan despiadados, en las brechas de tiempo que le abría la inminencia de ser despedazado, lo invadía la curiosidad de saber cómo era que su propia indefensión capitalizaba tanto odio. No lo dominaba el miedo de ser muerto; luchaba no para vivir sino por una vanidad insondable, para ahorrarle a los despojos de su carne la vejación final.

            Compadre, póngame cuidado, ¿para qué seguir matando? Yo de eso no me olvido, don Pedro, le respondió con la mirada todavía perdida en la anchura del valle. Deje en vida a ese infeliz, sólo para que a esos niños no les falte bocado. Ya le he dicho, yo mientras respire, yo no olvido. Ay compadre, años ya de eso. Tanto recordar es lo que lo tiene enfermo. Don Pedro, si es que esto no es cuestión de curarse, ¿no ve que de esta matadera no se salvarán ni mis nietos? ¡Usted no sabe!, eso déjeselo a la justicia, a la ciencia, le increpó puñeteando su rama con aflicción. No me ofenda, don Pedro, le respondió sin despegar los ojos del curso del río que parecía una víbora dormitando sobre los cañaduzales de la llanura. Es para que no se empuerque más las manos, compadre. Las muelas de Rodrigo, don Pedro, desperdigadas sobre el tablado de su rancho, las veo a diario desde entonces, a partir del silencio de ese amanecer en que todo el caserío empezó a descomponerse; las miro desparramadas como granitos de maíz en un yerto, tal como las encontré esa mañana, frecuentadas por moscas, el sol bañándolas con la misma indiferencia con que su luz ilumina todas las demás cosas de la tierra; revolcadas con coágulos y barro como si fueran los dados de una suerte aciaga. Las veo, no hay día que falte, y alcanzo a ver el brazo que las desencajó de sus mandíbulas pero no me ha alcanzado hasta hoy la vida para encarar al rostro que asestó semejante machetazo. Y yo, fíjese usted, no me puedo morir sin antes conocerlo, mirarlo apenas los instantes que le tome a este cuchillo barrerle la garganta. ¡Las cosas que dice, compadre, Dios lo perdone! Sucede, don Pedro, para que vea como son las cosas, que ciertas tardes cuando va menguando el calor y la brisa se desparrama de los Farallones, viajo con los recuerdos a la vida de antaño, y entregado a mis cavilaciones, y viendo también a la ciudad que con el crepúsculo empieza a activar sus tenazas, sucede, don Pedro, que de un momento a otro salgo disparado de mi silla como si me escupiera una borrasca. ¡Salto como un animal desquiciado! ¿Y qué es lo que le pasa, compadre, en esos momentos? Nada, don Pedro, que es como si a ratos le diera a la memoria por zamparme un fierro ardiente por el recto, ¿sí ve cómo es la cosa?

            El horror del sueño consistía en que por cada pestillo cerrado un instante antes de que las bestias penetraran, otros tantos saltaban automáticamente de sus agujeros disparados por la misma fuerza que se empeñaba en aniquilarlo. Recorría sin tregua cada rincón fluctuando sin sentido como un insecto atrapado en un embolo, guiado por el caprichoso traqueteo de los cerrojos, y en la cerradera sinfín a veces se le pasaba por la mente por qué también a la vieja cabaña le daba por matarlo. Sentía que los entresijos se le enfriaban, el sudor encharcado en los sobacos se volvía escarcha y lo cortaba. La casa cimbraba como un termitero enloquecido por el fragor de la sevicia de los tigres. Era un sueño circular en que el crescendo de la angustia sólo se detenía cuando las bestias caían del techo y una de ellas se le tragaba la cabeza de un tajo. Entonces todo se enmudecía, él mismo se transformaba en un tigre que se echaba a andar selva adentro añorando desgarrar incluso las nubecillas de polen que, en los recodos, delatase el contraluz.

            Había empezado a soñarlo el día en que recogió una por una las muelas macheteadas de Rodrigo. Poco antes, su muerte había comenzado cuando un hombre con sus hombres, que lucían como anfibios, se asentaron a la entrada de la finca. Alto, le dijo Rodrigo, cuando vio que se le entraba. Si entra ya me perjudica con los otros, no me haga ese mal. Si no entro, le respondió el mercenario observándolo con sorna, entonces se perjudica con los míos. No se preocupe que le vamos a pagar. Rodrigo, pobrísimo en frases, asintió con un movimiento vencido –sacudía siempre la frente como potro brioso pero manso–, se quedó mirando a los hombres hambrientos salir del pinar, desperdigarse por el terreno y montar cacería a puercos y gallinas. Se quedó viendo el festín sin moverse de donde estaba, sembrado en su propia impotencia, con los ojos límpidos, sintiendo ya el peso de lo que se le venía encima. Pensó en matarse matándolos, pero no olvidó que en el rancho había cría y mujer con más huesos consolidándose vientre adentro. Se fue entonces perdiendo en su suerte como se pierde una esquirla de materia en el centro de un trapo que se retuerce. Cuando terminó, recibió los billetes, se metió en su casa como si se deslizara en una fosa, y esperó.

            El guayacán resonaba con el cuchicheo de sus voces lastimeras. Vigilaba cada tanto los recodos de la senda que desde la altura parecía una arteria taponada por la maleza. Compadre, entre más mate, más se muere por dentro, ¿no ve? Pero si no mato, tampoco vivo, don Pedro. Déjese de enredos, compadre. ¿A usted le parece que esto es un juego? Mire don Pedro, a mí me tocó esta vileza y en ella mal que bien sobrevivo. A cada hombre se le da su pedacito, llega al mundo a trompicones, ya revolcado en sangre y cebo, y sin que se lo pregunten lo avientan aquí o allá a lidiar desde muy temprano con la roña. Este es mi ecosistema, mírelo don Pedro, ¿sí me entiende? aquí me tocó a mí,  en estas montañas en las que el hombre es más que un lobo para el hombre, en estas cumbres plagadas de cafetales que conocen horrores, despeñaderos de centenares de cabezas solitarias; aquí me tocó a mí, mire usted, en este hormiguero frenético esclavizado por la muerte para la fragua de su propia aniquilación. Pero a pesar de todo aquí se vive. Se vive, sí, eso nadie lo puede negar. Es tan difícil de explicar, don Pedro, pero también le alcanza al hombre para ser una especie de santo en su propia maldad. Vendrán tiempos mejores para este valle y estas cordilleras, compadre. Dios lo oiga, don Pedro.

            Pero su tiempo estaba ya muy sepultado con la muerte. Aunque no se juzgaba desdichado, llevaba adentro la certeza de ser hombre de acción, y reconocía en sí vestigios de porvenir.

            Compadre, ¿qué es lo que tanto mira? La belleza mortífera de este valle, don Pedro, sus vientos pandilleros bufando humillaciones sobre millares de vidas; veo ahora a mi madre con el lomo cargado de yucas coronando una cuesta; mis sembrados, la urgencia de las tripas de mis hijos, todo eso. También veo a Rodrigo trepado en su yegua, blandiendo su peinilla, todo irradiado en su inocencia, en la bondad de su escasez de habla, y pienso en que me hubiera gustado verlo una última vez aunque fuera así todo tasajeado, pero ni eso, sólo sus muelas humilladas me quedaron, sus muelas que hablan una lengua que yo no hablo… sí, una última vez haberlo visto… ¿para qué? nada más para verlo, para reconocerlo en la barbarie en que me lo dejaron… para conocerlo estando muerto. ¡Ay compadre, usted sí está muy enfermo! !Silencio, don Pedro! Escuche, parece que por ahí viene bajando el canalla ése. Quédese bien quieto.

            Solivió un tanto la roca, la sopesó y con la mirada ya encendiéndosele calculó con intuición prehistórica la caída libre. La cacofonía del guayacán se silenció.

            Poco después, una noche saturada de estrellas la muerte envalentonada volvió a emerger del pinar con sus alicates y sus machetes. Otros  asesinos que también lucían como anfibios regresaron para enjuiciar a Rodrigo. Lo sacaron del rancho y arrodillado empezaron a quebrarlo delante de la mujer, el feto y el muchachito. Él sólo recordaba de aquella encomienda la oscuridad en la que los ojos lívidos de las reses formaban una especie de constelación terrestre. Mientras bamboleaba su soga, de cuando en cuando sus ojos se topaban con su parpadeo acompasado, y desde el lomo de su bestia observaba el gesto disuasivo que en ellos ardía. Dónde, le preguntó un anfibio. A un baldío por detrás del último cerro de las tierras de don Urdaneta. Cuánto, le interpeló otro. Sesenta mil pesos por llevar hasta ahí todo ese ganado, respondió Rodrigo al tiempo que paladeaba el sabor metalizado de su sangre. Desde allí los forajidos arrearon los bovinos a punta de perrero hacia el puro monte. Y oyendo sus propias palabras Rodrigo recordaba en ese instante los ojos humillados de las vacas apagándose aleatoriamente por el castigo de los latigazos. Entonces los asesinos, como tigres rodeándolo antes de rasgarlo, se pusieron a operar con sus instrumentos. A lo largo del interrogatorio, las manos se le deshojaron, antorchas que iban y venían le tiznaron las plantas de los pies, le rostizaron el vello, y los rabos de los fusiles le enquistaron los ojos como los de un batracio. Callaba y a su modo también actuaba, y en la escasez de su pensamiento se hacía en hombre. Mordiéndose los labios, esperó hasta el último momento a que le preguntaran por qué. Un asesino, entre tanto, escribió con letras rojas “Por abigeo” sobre la fachada de cal del rancho. Al final, el anfibio superior enarboló su machete y cortó en dos lo que quedaba de Rodrigo. Nadie escuchó el pianoteo que sus muelas produjeron al rodar sobre los tablones. Lo demás se lo tragó el pinar minutos después y desde entonces nunca más regurgitó nada.

            Lo había soñado innumerables veces, pero esa madrugada había descubierto que no eran los tigres ni la cabaña los que se proponían masacrarlo. En el trajín de puertas y ventanas, siempre había percibido una suerte de presencia postrera que hasta esa madrugada no había conseguido identificar pero que lo acompañaba persistentemente; iba adonde él iba, corría detrás de él, a veces creía ver sus manos cerrando pestillos. Había querido creer que su discreta asistencia le insuflaba ánimos para no dejarse aniquilar. No obstante, todo había sido engaño. La tenue entidad deshacía todo cuanto él hacía. Hasta entonces había sido incapaz de ver que a sus espaldas se mofaba de su desesperación, que le abría las cerraduras en cuanto se volvía, retiraba los cerrojos de sus huecos, lo delataba y convocaba a los tigres. Esa madrugada había por fin comprendido que dicho ente era una suerte de anti versión de su propia persona y que desde el principio intentaba inmolarse a través de él. Esa mañana lo despertó el espanto de ver que todo era aniquilación en sus sueños.

            El cráneo crujió como cuando se machaca un totumo seco. Al constar que el cuerpo no se levantaría de su desplomo, regresó al vacío la mirada y se quedó unos instantes más contemplando los remolinos de vapor deslizarse por la línea del horizonte. Cuesta abajo todavía se oía el chirrido de la maleza atropellada por la roca. Luego se descolgó por el lazo con la misma serenidad con la que solía combatir a los tigres. ¿Dónde está Rodrigo? le preguntó arrodillándosele en el pecho. Al anfibio se le desorbitaron aún más sus ojos agónicos y se puso a resoplar como si adentro en la consciencia se le desatara la succión de un agujero negro. Examinó el rostro astillado y escupió en la boca que se deformaba en la mueca de una súplica horrenda. Luego se sacó el mataganado y le serruchó el cuello sin percatarse del chapoteo de los paquetes de vomito que en lo alto del guayacán se le salían a don Pedro.

Infamias

          Con Rebelión de los oficios inútiles, Ferreira procura, entre otras cosas, el placer de descubrir pintores. En el entramado de líneas narrativas que trenza escueta pero audazmente, una de las historias es la de Ana Larrota, líder cívica, mujer facinerosa. Esta imagen, sugerida sutilmente por el narrador, es una pista para sumergirse bien en la atmosfera de la novela (y en la resonancia de este personaje). Hambre, locura y crimen, fue pintado por Antoine Wiertz en 1853:

Antoine_Wiertz_-_Faim,_folie_et_crime

           Su fuerza tal vez se deba a que aglutina el instante en que la locura parece ceder su lugar a la cordura. Delirante, en todo caso, así como es delirante la fuerza de la infamia de Colombia. Un fragmento:

          “Mi madre fue ayudante en el ejército liberal del general Rafael Uribe Uribe. A la derrota de Palonegro se fue a vivir con su segundo marido en un refugio junto al río Magdalena. En paz no pudo vivir. Nadie podía vivir en paz en ese entonces, aunque mucho quisiera. Las mujeres estaban viudas y los hombres estaban lisiados. La finca, como otras fincas de antiguos combatientes, fue quemada en dos ocasiones por el gobierno conservador, con la excusa de que ahí se escondían bandoleros que no se acogieron al tratado de Neerlandia. Con sólo recordarle, si me lo permite, que a toda esa zona se la llamó Cordillera de los Cobardes porque era el refugio de muchos combatientes en desgracia, perseguidos por el gobierno.”

Tiempo.


Tampoco importará entonces

que te mueras rasgándote la carne

con uñas horrorosas, con espanto;

nada importará que te extingas

zarandeando el cráneo desesperadamente

como una veleta inerme abofeteada

por mezquinas borrascas;

importará un bledo

que al borde del tiempo

despostes tus muslos

con garfios enloquecidos.

Nada importará que maldigas y odies,

ni que dibujes en tu rostro acerado

la suplica del que nada ha logrado

y sólo ha sabido ser víctima.

Igual, no importa,

te devorará el fiordo incoloro del tiempo.

Postrado,

envuelto en la inmundicia de tus mortajas

plagadas de manchas ocres,

como si fueses gusano o superficie

de un mundo sulfuroso;

desterrado en tus liquideces úricas,

ahí,

no importará que te mueras

debiéndole todo a tus hijos o nietos,

todavía empapado de tus violencias insondables,

carbonizado, corroído,

ulcerado por las acideces de tus sueños

tan absurdamente soñados;

un comino importará

que te mueras tan mal, tan ofendido,

tan defraudado,

que de tu extinción

sólo reverberen miserias, laceraciones.

Valdrá verga que te retuerzas

y que te abras las rodillas

y te que te desuelles las mejillas

para exhibir el horror lateral

de sonrisas nunca vistas.

No importa, y tampoco importará entonces

que grites tus pueriles estridencias

de moribundo excelso.

Quién me ha herido de este modo,

preguntarás,

quién me ha inoculado esta putrefacción en el pecho,

esta oscuridad interminable;

y así serán tus últimos lamentos,

hipócritas,

y así fulgirás por dentro

todavía neciamente obstinado

por formularle una dignidad

a todo tu sufrimiento.

Y querrás que se ría la muerte,

pero no habrá muerte, verás,

sólo hay tiempo.

Y no importará, como no importa ahora,

que sea un horror tu agonía,

que te lleves contigo

millares y millares de injusticias

no saldadas.

Porque ya entonces

cuando no te quepa más carne en las uñas,

serás tiempo.

No serás roca, ni torbellino,

ni torcaza, ni orgasmo, ni coleóptero;

serás sencillamente tiempo:

te apagarás roído por la misma rabia incólume,

y no serás ballena que repose

en las profundidades de un azul ignoto,

ni mutarás en verdores fragantes.

Al igual que siempre, desdichado,

seguirás siendo tu furia en el tiempo,

en el tiempo mismo que es tu furia,

y verás su porosidad baldía

arrebatándote el privilegio

de seguir ardiendo.

Y cuando se apague tu rencor

y te lubrique con su lívido bálsamo

la muerte,

serás tiempo,

seguirás siendo tiempo.

Serás tiempo.

E importará un bledo.

Horacio Castellanos Moya, breve semblanza de un sobreviviente.


                       1.

“La literatura como oficio de hombres desesperados es la que cuenta”

            Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), suele dividir el catalogo de los escritores que se exilian en dos categorías. Por un lado, están aquellos que, perteneciendo al primer mundo, experimentan una fuerte necesidad de descentrarse y a su obra le imprimen una persistente búsqueda de alteridad (digamos, el caso Conrad). Por otro lado, figuran los escritores de la periferia ‒los parientes menos favorecidos de los primermundistas‒ que al parecer son incapaces de cortar el cordón umbilical y en consecuencia sus obras responden a la necesidad de una indagación sistemática sobre los países de los que provienen. Los primeros, en general, migran por iniciativa propia, por tedio, hastío, y se les reconoce por huir de la racionalidad encostrada de sus mundos; los segundos, escapan para preservar la vida, han palpado la materialidad del mal, y el exilio constituye para ellos la oportunidad de saldar cuentas ‒suele hablarse aquí de un trabajo de memoria‒ con sus universos politicoculturales (blandos, todavía en formación). Fernando Vallejo, el animalista y apostata colombiano, no desentonaría en este último taxón.

          Si aceptamos esta clasificación, la etiqueta resultante es la siguiente: Castellanos es un escritor periférico que a pesar  de haber vivido en Canadá, México, España, Alemania, Costa Rica y Estados Unidos, ha aglutinado una obra que se nutre esencialmente de la historia política de El Salvador, esto es, de la cloaca por la que se vierten los estragos de las dictaduras militares, el crimen organizado, el narcotráfico, y la degradación de sus actores políticos. En ella, la violencia es un elemento predominante. Por la mordacidad y desolación de su universo literario, algunos lo tildan de ser el precursor de la estética del cinismo.

           Generacionalmente, se considera a sí mismo un sobreviviente.

            Hacía marzo de 1980, cuando tenía 22 años, el FMNL da inicio a su ofensiva final. El combate se libra en las calles de San Salvador, la violencia se recrudece, y tras el magnicidio del arzobispo Óscar Romero, defensor de los derechos humanos, el ambiente se torna verdaderamente peligroso y asfixiante. El exilio es el solo gesto sensato. En México vive alrededor de 13 años hasta la firma de los acuerdos de paz, a principios de 1992, entre la guerrilla y el ejército salvadoreño. Estos pueden considerarse sus años de formación durante los cuales se gana la vida como periodista. El oficio de redactor, ejercido desde de lo que él mismo llama la cocina del periodismo ‒no fue reportero de campo‒, otorgará al novelista embrionario una visión del mundo y del engranaje de los mecanismos del poder (aspecto clave en su obra).

            De este periodo resulta su primera novela, La Diáspora (1988), una radiografía de la izquierda salvadoreña naufragada en el fango de sus pugnas internas. Escrita con un tono incisivo, impregnado de desazón, puede leerse como un mordaz requisitorio de sus contradicciones y crímenes. Hace alusión a hechos que, sin ser presentados como tal, se desprenden de la realidad política del país, y que la izquierda pretendió callar en su momento: tres muertes que significaron su resquebrajamiento ético y el exilio de muchos de sus militantes. Por un lado, el asesinato Roque Dalton, militante comunista y tal vez el mayor poeta de El Salvador, fusilado por sus propios camaradas quienes, en un clima de mentiras y desconfianza, terminaron por dar crédito a tergiversaciones que lo señalaban como un espía de los norteamericanos (con los años, no obstante, se sabría que la CIA misma estaba detrás de la astuta carambola). Por otro lado, el affaire del Comandante Marcial, alto mando guerrillero, uno de los lideres que condujeron a la consolidación del FMNL (el equivalente de Jacobo Arenas en las FARC). En 1983, falsamente acusado de ser el autor intelectual del asesinato de la comandante Ana María, otra guerrillera insigne, con quien había cofundado las FPL, opta por suicidarse. La diáspora es así el testimonio amargo de una esperanza que se corrompe a sí misma. Y desde la saturación insuperable de ese fracaso político, Castellanos, sin prestarse a concesiones de ningún tipo, desnuda el esqueleto de un porvenir despellejado (éste, por lo demás, es otro de los sustratos de su proyecto literario).

            Con el final de la guerra civil, intelectuales y artistas de su generación retornan a El Salvador movidos por la esperanza de que el país iba a surgir de sus cenizas. Pero este sueño de la construcción democrática de una nueva sociedad, pronto se revelará ilusorio. Castellanos vuelve al parecer con la intención de fundar una revista literaria. Al cabo de unoselasco1 pocos años, no obstante, los cambios no se materializan, la atmosfera vuelve a tornarse irrespirable, esta vez por la degradación generalizada de las instituciones, la ascensión del narcotráfico y el embrutecimiento de los ciudadanos. El asco (1997), una novela corta, divertida, incendiaria y visceral como pocas, que no deja títere con cabeza, aparece entonces como una mueca furiosa escupiendo repugnancia por una sociedad abocada “al placer del crimen” en todas sus dimensiones. Inspirado en la virulencia de la escritura de Thomas Bernhard, el relato corre por cuenta de una única voz librada a un soliloquio enardecido que se ensaña contra todo, desde la calidad de la cerveza nacional, pasando militares sádicos, el sentimentalismo de la música izquierdosa latinoamericana ‒puesta de moda, según el narrador, por la diáspora de comunistas chilenos‒ hasta presidentes y monarcas corruptos de la iglesia. Su tono vindicativo no tardó en desencadenar una serie amenazas de muerte que lo precipitaron a un segundo exilio (que no concluye todavía). El asco lo catapultó también a las grandes ligas del mundo editorial (Tusquets) y marcó el derrotero de una producción novelesca original y contundente que la crítica internacional lleva ya años saludando.

            Desde entonces su itinerario comprenderá varias ciudades, entre ellas Madrid y Frankfurt (acogido por el programa Ciudades Refugio), hasta desembarcar en Estados Unidos, país donde reside hace más de diez años y en el que tiene actualmente una cátedra de literatura en la Universidad de Iowa. Sus visitas a El Salvador serán esporádicas y breves. Durante estos años el grueso de su narrativa se producirá a un ritmo constante. Después de El asco, entre 2000 y 2013 publica 8 novelas:

            La diabla en el espejo (2000), finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2001;

            El arma en el hombre (2001), cuenta la vida de Robocop, una suerte de kaibil que al finalizar la guerra, intenta reinsertarse en la vida civil pero, traicionado por el gobierno, desempleado, termina rápidamente convertido en mercenario;

            Donde no estén ustedes (2003): antaño un diplomático astuto e influyente, Alberto Aragón fue en su momento un enlace clave en las negociaciones entre la guerrilla y el ejército salvadoreños. En 1994, cuando el país pasa a manos de la derecha, todos le vuelven la espalda. Enfermo y sumido en el alcoholismo, huye a México para garantizarse una muerte digna, donde no esté la podredumbre;

             Insensatez (2004), otra novela de corte bernhardiano, escrita en una prosa que brota aInsensatez-Horacio_Castellanos_Moya-9788483103142 chorros compulsivos, y se despliega en un intenso encadenamiento de largas frases subordinadas que imponen un ritmo frenético al lector (escasa puntuación y separación de párrafos casi inexistente). Contratado por la alta curia de un país centroamericano, un periodista extranjero y de confesión atea se da a la tarea de revisar un extenso informe sobre masacres cometidas contra comunidades indígenas durante una guerra civil que duró décadas. A medida que se adentra en el texto, las atrocidades detalladas por los sobrevivientes van devastando sus ya fragilizados nervios hasta sumirlo en un delirio persecutorio del que sólo se librará huyendo a Alemania. Aquí la trama hace alusión a lo sucedido en Guatemala en 1998 con el Informe para la Recuperación de la Memoria Histórica (REHMI), el cual vinculaba a altos militares con genocidios perpetrados contra indígenas inermes. 54 horas después de su publicación, a monseñor Gerardi, uno de los encargados del proyecto, le destazaron la cabeza a ladrillazos cuando entraba a su parroquia;

            Desmoronamiento (2006), es la historia de una familia influyente en cuyo centro orbita una portentosa figura femenina carcomida por odios políticos invencibles. De un modo original, el relato combina la narración tradicional en tercera persona y el registro epistolar;

            Tirana memoria (2008), es a mi juicio, su novela más lograda tiranadesde el punto de vista de la inteligencia del narrador y de la solvencia de la estructura del relato, el cual se organiza en forma de diario personal. El hilo de la historia es tejido por las entradas que en él va consignando Haydée ‒esposa de Pericles, periodista arrestado por su oposición a la dictadura de turno‒ a la espera de que éste sea liberado. La fuerza de este texto radica en que, a través de la mirada ingenua pero concisa de Haydée, se narra con nitidez y desde diferentes perspectivas (su voz reproduce una polifonía de chismorreos de la elite política salvadoreña) el desarrollo de los acontecimientos que condujeron a la huelga general de los brazos caídos (1944). Una lectura intensa que mantiene el ritmo gracias a un prosa fluida y bien calibrada, detrás la cual se ve la mano de un escritor dueño de su técnica;

            en La sirvienta y el luchador (2011), el turno es para otra voz femenina, María Elena, empleada domestica que ha servido fielmente a la familia Aragón durante toda su vida. En el peor momento de la guerra, cuando las bombas y el caos campean en San Salvador, emprende un peligroso periplo para acercarse a El Vikingo, un policía torturador que ha participado en la desaparición de Albertico, el hijo comunista de sus patrones. Este verdugo, antiguo pretendiente, le ayudará, cree ella, a dar con su paradero. Armada nada más que de su simpleza e inocente determinación, recorre las calles de la ciudad sin percatarse del peligro, sortea tiroteos, interroga a matones, recibe un cachazo en un pómulo y termina incluso descubriendo que su nieto está involucrado en operaciones guerrilleras. Esta es ‒por necesidad‒ una novela de acción donde predomina el encadenamiento de frases cortas que pasean al lector por numerosas escenas violentas descritas con su autentica crudeza. María Elena es el testigo ocular de episodios que delatan las practicas criminales de que se valió el estado salvadoreño para contener la avanzada subversiva;

            por último tenemos El sueño del retorno (2013), retrato psicológico de Erasmo, periodista alcoholizado, un hombre “incompleto de la mente” que se somete a sesiones de hipnosis para tratar de curarse de los delirios obsesivos y persecutorios que lo atormentan. Su sufrimiento tiene que ver con el hecho de que duda de la veracidad de su propia memoria. Ciertos recuerdos violentos, vividos durante la primera infancia, le fueron suplantados por otros. Su abuela, la misma mujer de Desmoronamiento, altera la memoria del infante a punta de mentiras y halagos para encubrir una muerte en la que tiene parte.

            Castellanos no es «un escritor de temas», no es uno de esos autores que se sienta a investigar, a buscar en la materia de la vida una historia digna de ser contada. En él la experiencia (con mayúscula) ya está dada, su trabajo consiste en darle forma; Castellanos escribe por una necesidad vital, por el arrojo de las tripas. En el fondo, no es exagerado acudir al trillado lugar común de que lleva años escribiendo un mismo y único libro. Esto resulta innegable cuando se descubre que la mayoría de sus novelas, pese a no respetar un orden cronológico en su publicación, retratan las andanzas de por lo menos tres generaciones de familias estrechamente ligadas al poder (la saga de la familia Aragón que cuenta entre sus miembros un abuelo que sirvió de diplomático a una dictadura, hijos golpistas y nietos comunistas). Aunque cada una de ellas es un libro cerrado e independiente, llaman a ser leídas como elementos de una única unidad ficcional en la que no solamente los personajes se repiten, evolucionan y decaen, sino que además ciertos puntos ciegos de la trama son transferidos a otras novelas en donde un narrador otro intentará, si no esclarecerlos definitivamente, por lo menos ampliar la perspectiva. El asesinato del personaje Alfredo, por ejemplo, rebota de una novela a la otra como si éstas se prestasen a un cuchicheo interno. En Desmoronamiento, su muerte parece ordenarla un militar de alto rango, ofendido por los cuernos de su esposa; en Tirana memoria, lo que se entiende es que, la víspera de un golpe de estado, por saber más de la cuenta, sus propios compinches deciden eliminarlo; por último, en La sirvienta y el luchador, el rumor refiere que violó María Elena cuando era apenas una púber. La hipótesis varían pero el personaje crece en tres espacios narrativos diferentes que, en el fondo, pertenecen a una misma diégesis.

            Por último, vale la pena mencionar su estadía ‒becado paraportada-cuadernodetokio1 hacer una investigación sobre el nobel de literatura Kenzaburo Oe‒  de seis meses en el Japón, porque esta experiencia dará lugar a Cuaderno de Tokio (2015). Este libro es una suerte de diario aforístico que revela, por un lado, un llamativo dominio de la frase sucinta, filosa, que por momentos da la impresión de aspirar a cierta musicalidad oriental. Por otro lado, ofrece una faceta intima del escritor, para entonces en el clímax de una crisis emocional y creativa que parece mitigar infiriéndose, en los momentos menos turbulentos, una autocritica incompasiva, y en otros, acudiendo a un humor negro que practica a modo de harakiri. El valor de este texto, hasta ahora invisible para la crítica, radica en que responde sin ambages a la pregunta ¿qué tipo de escritor es Horacio Castellanos? Cito aquí dos entradas que trazan un perfil inequívoco. La primera, sobre la locura y la soledad del individuo neurótico:

 «Pagas cada momento de lucidez con prolongadas caídas en la oscuridad y la desesperación. Y luego de esas caídas, aunque percibas con mayor precisión, eres más vulnerable. Un precio alto es el que pagas».

           La segunda versa, en el fondo, sobre lo mismo, pero además define a su lector:

            «Aunque sepas que el mundo es una ratonera, que estarás atrapado hasta tu muerte, lo único que le da sentido a la vida es siempre tratar de escapar, vivir la ilusión de que no te has dejado atrapar».

2.

            El pasado 24 de noviembre, en el marco del festival Lettres du monde que se celebró en la región de Aquitania, Castellanos fue uno de los novelistas invitados a la biblioteca Flora Tristan de Burdeos, en donde respondió preguntas sobre su obra y habló de literatura. Al final de la charla, tuve el privilegio de conversar unos minutos con él. He aquí cuatro preguntas.

        MP: Hablaste de Rulfo y Onetti como tus principales influencias en lengua castellana. ¿Cuáles son, si las tienes, tus influencias francesas o inglesas, o mejor, de la literatura europea? Autores de referencia, que te formaron, digamos. Por ejemplo, ¿qué tan presente es Bernhard tu escritura?

          HCM: Puedo habar de los escritores cuya obra me gusta o me ha gustado en algún momento de mi vida. Pero son demasiados y ya lo he repetido varias veces de manera pública. Lo de las influencias es más complicado, porque el escritor no necesariamente tiene conciencia de ellas, y cuando las menciona pueden ser parte de una estratagema.

      MP: ¿Cómo te posicionas respecto a la herencia del boom latinoamericano, precisamente respecto a los trabajos de memoria y denuncia como los hechos por Vargas Llosa (La Fiesta del Chivo) y García Márquez (El Otoño del Patriarca)? Pienso en tu novela Tirana Memoria que fácilmente podría clasificarse dentro de esta, digamos, tradición. ¿Cómo reaccionas a esta “acusación” de inscribirte dentro de una tradición latinoamericana de escritores que tienen novelas sobre las dictaduras?

              HCM: La diferencia entre Tirana memoria y esas obras que mencionas, es que en la mía no hay dictador como personaje. Nunca tuve interés en retratarlo o construirlo. Lo que no es poca cosa como diferencia.

            MP: Vuelvo a mi punto sobre la literatura del testimonio. Te alcancé a decir que me refería a cómo ésta variante literaria se entiende acá en Francia y no en Latinoamérica. En general, en nuestro continente se entiende desde el punto de vista de la verdad, de aquel que pretende conocer la verdad y por lo tanto escribe desde una perspectiva de autoridad para justificarse o culpar a los otros. Naturalmente, como tú mismo lo dijiste, eso no es literatura. Lo que llaman acá littérature du témoignage (a veces literatura de la Shoah) hace referencia específicamente a las obras producidas después de la segunda guerra mundial, en su mayoría escritas por sobrevivientes de los campos de concentración. Tres ejemplos emblemáticos: Primo Levi, con su obra Si esto es un hombre (1947). Jorge Semprun con La escritura o la vida (1994). Luego esta Imre Kértezs, con su novela Sin Destino (1975) en la que  además de hacer una descripción detallada del funcionamiento de los campos de concentración, propone un cuestionamiento de la exacerbación de la posición de la víctima y de la instrumentalización desproporcionada del sentimiento de culpabilidad en este tipo de literatura (de vuelta a Budapest, el personaje principal de Sin destino declara lacónicamente echar de menos la vida en los campos).

            En general, en este tipo de literatura, prima la escritura en primera persona, y se sobreentiende que el testimonio es personal o que al menos no pretende zanjar la cuestión de la verdad. Mezclado a la ficción (es ahí donde se separa del periodismo), el testimonio se convierte una pista, una porción sobre la verdad, y propone sobre todo una reflexión sobre el Mal, la materialidad del terror, la imposibilidad de una memoria total (pienso en el caso de Erasmo en el Sueño del Retorno, en sus dudas sobre cómo posiblemente le fueron implantados ciertos recuerdos).

            Te hago toda esta introducción porque sé, si es que no lo están haciendo ya, que los franceses van a ver en tu obra una clara proximidad  (mutatis mutandis, naturalmente) con la literatura del testimonio, y no me sorprendería que la valoren desde ahí. Justamente porque eres un sobreviviente a la barbarie, escribes sobre lo que te dicen tus vísceras, y no sos un autor que busca temas, podrían ponerte esa etiqueta. ¿Qué les responderías a los franceses si osaran un día clasificar tu trabajo de este modo?

           HCM: La verdad es que eso de las etiquetas, de las casillas, no tiene solución. Cada quien lee como puede e interpreta como se le antoja. Creo que esas obras que mencionas están escritas a partir de experiencias vitales de cautiverio –no importa hasta dónde el escritor lleve la ficción, como en el caso de Kértezs–, y por lo mismo asumen el punto de vista de la víctima. Ni Robocop, ni Laura Rivera, ni el Vikingo, ni Joselito, ni muchos otros están construidos desde esa experiencia de la víctima cautiva. Claro que podríamos decir que todos somos víctimas en este planeta. Pero eso es otra cosa.

           MP: ¿Por qué no hay lugar para la nostalgia en tu obra? Nostalgia por el país de la infancia, por una sociedad que antaño era mejor, menos asesina. En otros autores uno detecta con facilidad la nostalgia por un país idealizado, pero no es tu caso. ¿Por qué? Sé que has hablado del rencor, tal como lo ve Ciorán, del rencor como motor de la escritura. En ese sentido, este tipo de escritura rencorosa se constituye como una respuesta a algo. Digamos que en tu caso, el rencor es la respuesta a la brutalidad militar que se apoderó de El Salvador, una respuesta a una fuerza que quiso negar por años el derecho a otra parte de ese mismo país a existir. Si tu obra novelística es una respuesta en sí misma, ¿tiene ésta necesariamente una dimensión política? ¿Hasta qué punto consideras que podría hablarse de un compromiso político en tu obra?

          HCM: No tengo la remota idea de por qué la nostalgia por un mundo o un país ideal no asoma en mi obra. Claro, el rencor es un motor, es el que yo más he mencionado, pero eso no significa que no haya otros, incluso desconocidos para mí. El escritor no tiene por qué ser consciente del origen de sus impulsos, lo que hace es aprovechar esos impulsos para escribir la obra que debe escribir. Y en cuanto al “compromiso político” –que como concepto hiede a naftalina– , me parece que en mi obra puede haber un compromiso contra la política, la política entendida como el ejercicio del poder.

 

Abrir el cuerpo.

1.

          Don Epifanio había quedado de venir esa tarde para encargarse de la muerte del abuelo. Desde el balcón que domina la colina, vemos su silueta tambaleante irse agrandando a medida que gana la pendiente. La gruesa lima de herrería, que lleva sujeta al cinto, hace aún más penoso su ascenso. El contorno de sus hombros y sombrero se difuminan bajo los torbellinos de aire tórrido que soplan en torno de ellos. Bajo el sol inclemente del medio día, un karma candente parece desprenderse de su cuerpo. Cuando llega, se detiene un instante frente a la casa, escupe y, avanzando hacia donde nos encontramos, saluda con su sombrero. Por detrás, un barranquero aterriza, con redonda elegancia, sobre el boquete de un peñasco. El anciano, que masca una goma negruzca, supera los tres escalones de la entrada con parsimonia. Cuando se estabiliza sobre el entarimado, pregunta: “¿dónde es que tienen al enfermo?”. Papá, sin decir nada, le indica con un gesto atento la puerta por la que alcanzan al filtrarse los ecos de las oraciones y los alaridos del abuelo.

         Llama con tres golpes secos que da con el extremo puntiagudo de la lima. Tardan unos segundos en abrir; luego una voz quebrada, desde adentro, le dice: “Don Epifanio, bien pueda”. Ingresa y al instante oímos, desde el corredor, el saludo –un coro afligido– de las mujeres que asisten al moribundo. Por un breve momento, en el que sólo se escuchan las murmuraciones de las aves, la casa parece quedarse inhabitada, vaciarse, como si el chasquido de la cerradura nos suprimiera a todos. Al cabo de unos segundos, los berridos del abuelo vuelven a romper el silencio.

          Afuera, el grupo, repelido por la tensión, se dispersa. Permanezco junto a Papá, que no se decide a abandonarme. Tío Milton enciende un cigarrillo y, exhalando el humo, le dice: “No podemos hacerle esto”. Mientras se le acerca, Papá lo mira con enfado, fingiendo no comprenderlo. “Qué lento se apaga”, agrega tío Gabriel llegándole por el lado opuesto. Los gemidos, sostenidos, guturales, tensan más y más nuestros nervios; resuenan como una orden que llevamos días desatendiendo. “Mi mamá hubiese estado de acuerdo”, anota lacónicamente tío Jesús Antonio que contempla a lo lejos la aglomeración quística de los cerros. Levanta los codos del barandal, se yergue, gira, y da un paso adelante con las palmas de las manos desplegadas, casi suplicantes, a la altura del pecho.

         Rodeado, papá intenta la evasión. Viendo que en los ojos se me estanca un horror vidrioso, me devuelve una mirada tierna, rasgada no obstante por un destello recriminatorio. Tampoco tú querrás  traicionarme, parece sentenciar. Me levanta maquinalmente por los sobacos, besa mi frente y me anuncia, con los labios todavía pegados a la piel: “Hay que ayudarlo a partir”. Deten la carnicería, le replica mi mirada, crepitante. Me observa unos instantes y pareciendo lamentar algo (tal vez el menosprecio de mis sentimientos), me responde con obstinación: “Hay que abrirle el cuerpo, para que se pueda morir bien”.

          Cauces de lágrimas surcan mis mejillas.

          Adentro, don Epifanio se pone a obrar. El carrasposo silbido del metal raspando materia más noble, puedo soportarlo apenas unos segundos. Estallo en un potente chillido que papá ahoga contra su pecho. Su cadencioso raimiento me recuerda al sádico deglutir de las cucarachas que, en noches particularmente silenciosas, roen las tablas de mi cama. Intento liberarme para echarme a correr pero Papá me retiene en sus brazos.

          “A los que les han cerrado el cuerpo”, interviene tío Jesús Antonio, “hay que abrírselo por los dedos”, e intenta calmarme extendiendo puerilmente su mano frente a mi cara. “Sólo por ahí”, reitera, “puede salir el ánima”. “Si no se hace”, añade papá, “sufren mucho”. “A los veinte dedos”, anuncia tío Milton eyectando su colilla humeante con una mueca de dolor, “hay que molerles las uñas hasta que sangren”. “¡Qué barbaridad! Lo estamos torturando”, explota enseguida la voz de tío Gabriel, el menor, quien sucumbe a la desesperación.

          Mientras tanto, el abuelo gime, su agonía se recrudece, su alma golpea ciegamente su cuerpo y desde adentro lo hace retumbar como un bombo. Sigue llamándonos sin que sus clamores se aplaquen.

          “Así se han hecho siempre las cosas”, corta papá el silencio con agresividad en un intento por reprimir le rebelión parricida que preparan sus hermanos. La cacofonía es delirante: desde el interior, los bramidos atraviesan los tabiques de madera para venir a taladrarnos el corazón. Y el llanto femino, que los acompaña en contrapunteo, ya adquiere una enloquecida tonalidad plañidera.

          Pasan los minutos, se enciende más tabaco, itinerarios erráticos se trazan sobre el entarimado. Los hombres se entregan, absortos, a sus cavilaciones, aunque ninguno de ellos acierta a decir nada. En el aire palpita la trifulca a punto de reventar. De repente, los cuatro se lanzan una retreta vertiginosa de miradas cargadas de rabia. Papá me regresa al suelo. Se pone enhiesto, infla el pecho como un palomo, y enfrenta, resuelto a aplastar la rebelión, a sus tres hermanos que han vuelto a rodearlo furtivamente. Pero todo es simulacro. El fondo de la tradición está resquebrajado y, con ésta, su autoridad de hermano mayor. “Lleva cuatro días sufriendo”, le grita tío Gabriel enardecido, “nos lo está pidiendo, ¿no lo escuchas?”. “Matalo vos, hijo de puta, si sos capaz,” le contesta papá, enceguecido por la ira, y enseguida le salta encima, lo agarra por el cuello de la camisa y lo estrella contra las duras placas del chanul de la casona. Forcejean, se insultan, se estrujan, pero no se baten. Luego, se sosiegan y se separan. “Yo no puedo”, dice papá bajando la frente, paladeando con resignación su derrota. “Yo tampoco”, le responde su hermano examinándolo con un fulgor temerario en los ojos, “pero a vos te corresponde”. “Cálmense, hermanos”, dice tío Jesús Antonio ofreciéndoles sendos tinteros de aguardiente.

            Beben con amargura.

          Súbitamente el abuelo, como si acabase de entender que por fin será sacrificado, va apagando sus lamentaciones.

2.

          Se abre la puerta y don Epifanio emerge secándose con el dorso de la mano las gotas de sudor que descienden por sus sienes. Se acerca al barandal, deposita la lima sobre el travesaño, y vuelve lanzar un compacto escupitajo contra la maleza. Diseminados sobre el artefacto, se observan los detritos de queratina y sangre que forman una mancha húmeda. A un lado del valle, la aserrada cresta de los Farallones se inserta el cielo. Las nubes, arrastradas por los vientos que penetran del Pácifico, se precipitan contra sus bordes rasgándose en un despliegue de belleza suicida. Salen también las mujeres con marcha sigilosa, una tras de otra, entristecidas y abatidas por las largas noches de vigilia y oración. Primero tía Consuelo que dice: “el tumor le duele menos”; luego tía Amparo que añade: “está durmiendo”, y finalmente tía Esperanza que concluye: “descansará pronto”. Y las tres lloran. Y  don Epifanio, dando un giro lento hacia nosotros, habla con Papá:

         ‒ Está bien cerrado el viejo‒.

         ‒ Lo cerró Casimiro‒.

          ‒ ¿El de Itsmina?

          Papá asiente con un tachón de vergüenza dibujándosele en la frente.

      ‒ ¿Y vos cómo sabes? ‒ le pregunta tío Jesús Antonio, sorprendido, sirviendo más aguardiente.

          ‒ A mí también me cerró, le informa Papá.

          ‒ ¿Con qué? ‒, inquiere de nuevo el curandero apurando la copa.

          ‒ Sangre de armadillo y humo de sauco rojo.

          ‒ ¿Le abrió la ingle?

          ‒ Detrás de las rodillas también.

          ‒ ¿Y el emplasto?

          ‒ Petróleo crudo, brea.

          ‒ ¿Y la cura?

          ‒ Le rezó una novena en una gruta del San Juan.

          ‒ Ay, joven, ese señor es casi inmortal, sentencia don Epifanio al tiempo que extiende la mano para recibir otro trago.

          ‒ Ni el plomo le entra, dicen en el pueblo.

          ‒ Son indios duros como la piedra.

          ‒ Una noche vi cómo le rebotaban los machetazos.

         ‒ ¡Entonces esta noche tampoco el cáncer lo va a doblegar!‒, interfiere tío Gabriel cediéndole todos sus nervios a la indignación.

        ‒ Lo mejor es que lo abra usted mismo que también está cerrado‒, concluye el don Epifanio y con un gesto humilde señala a Papá con su lima sangrada.

         ‒ ¿Cómo?

         ‒ Tiene que ser un orificio limpio en la parte más alta de la cabeza.

         ‒ ¡¿Una trepanación?!, gritan al unísono tío Gabriel y tío Milton que en el acto se doblan para vomitar.

             Don Epifanio presenta sus respetos, toma el dinero, vuelve a levantar su sombrero, y echa a andar colina abajo recibiendo con indiferencia la metralla solar. Aunque sigo a su lado sin abandonarlo, Papá se queda inconmensurable solo. Y yo, que algún día lo habré de matar también, apenas intuyo el tamaño de mi desamparo. Todos lo miramos al tiempo. Entonces se arma de valor y acepta su destino de tener cerrado el cuerpo. Y mientras avanza hacia la habitación con pasos cada vez más firmes, alcanzamos a oír que lucha por contener un llanto horrendo. Cuando entra, ya es asesino.

3.

            Al atardecer del tecer día, Papá y yo esparcimos las cenizas del abuelo desde la cúspide del cerro más alto. Sentados a la sombra de un samán, las vemos desvanecerse entre los torrentes de aire cálido que propician el ascenso de los gallinazos. Cuando ya no queda nada, Papá desliza una de sus manos sobre mi cráneo. Busco entonces sus ojos para que me digan tranquilo, no matarás. Pero él sólo mira hacia el fondo del valle desde donde la ciudad se distingue como una mancha aparatosa de la que emergen las músicas de su fragor y de su demencia.


Pedagogía del Talión (o violencias elementales).

1.

          Las fornicaciones de mi padre y Rosita, la directora de la escuela, habrían de crearme un trastorno obsesivo tan agudo, que ni siquiera las innumerables sesiones de hipnosis ericksoniana, al cabo de los años, conseguirían arrancármelo del alma. Con el tiempo −a tal punto crecería su afición−, la pérfida Rosita terminó por creer que era mi madre.

2.

          Una mañana de 1988, mientras jugaba embelesado con las piezas de un armatodo, Rosita apareció en el aula, visiblemente contrariada, intercambió un par de frases con mi maestra, y, tras buscarme fugazmente entre los demás niños, se dirigió enseguida hacia donde me encontraba. Desde el suelo, noté cómo su semblante cambiaba a medida que se aproximaba. Rosita, como las buenas almas de dios, era de una suma transparencia; la observación, incluso la de un ser incipiente como era yo en ese entonces, la traspasaba con facilidad (un arbusto desnudo atravesado por una ventisca desértica). Cuando se detuvo frente a mí, su mueca de desagrado se había convertido en apaciguamiento vengativo. Con un gesto artificiosamente maternal, se inclinó y me dijo: “Tu hermano está llorando, vamos”. Me tomó de la mano incitándome a abandonar el juego, sin brusquedad pero con cierta templanza que me intimidó. Sentí de inmediato el miedo ramificarse como grietas de hielo sobre mi espalda, y contraerse en un picotazo seco a la altura del cuello. No me quedó ninguna duda de que algo nefasto estaba a punto de ocurrirme.

          Durante el trayecto, intenté regazarme; en vano, porque Rosita, sin musitar palabra, me vigilaba con el rabillo del ojo, y amainaba el paso en cuanto percibía que me iba quedando atrás. Tras entrar, lo primero que vi fue dos criaturas, aterradas, paradas delante de la pizarra. Alineadas una junto a la otra, parecían esperar la orden de su fusilamiento. Alguien más, intuí, debía de haber estado vigilándolas. Pero no tuve el valor de volverme para escudriñar el recinto; el ayudante de Rosita se desvaneció entre las brumas que ascendían con mi miedo. Por la izquierda, el sol atravesaba los vitrales corredizos a través de los cuales irradiaba una luz anaranjada. Como no me movía, Rosita le imprimió una leve presión a mi hombro con la palma de su mano. Con cada paso, me parecía que el aire se infestaba de un polvillo ambarino que otorgaba una liquidez intimidante a los objetos. Mi hermano me observaba desde donde estaba con la cara todavía encharcada de sangre, lágrimas y manchas de barro. Tenía la camiseta sucia, arrugada; no cabía duda de que lo habían revolcado. Cuando lo tuve a un paso, su humillación me pareció tan vasta que fui incapaz dirigirle la palabra. En lugar de eso, sentí un raudo estertor en las vísceras, y luego comprobé que me embargaba una tristeza completa, sin ambages, soporífera. Quise entonces llamar a nuestro padre, gritar su nombre con todas mis fuerzas. Derramé dos lágrimas cuando descubrí el abultamiento en su ojo, la raspadura sobre la frente, y el estancamiento de sangre en una de sus fosas. Alguien nos había atacado, sentí en ese momento. Sólo atiné a atrapar su mano.

          Al lado, el agresor permanecía rígido y mantenía la mirada clavada en el suelo; las palmas de sus manos, más fuertes que las de mi hermano, las tenía pegadas a la cara externa de los muslos (Rosita le había dado la orden de quedarse así hasta que recibiese su castigo). El ceño fruncido le daba cierta impenetrabilidad. Estaba limpio, ileso, pero su victoria le era ajena, no había logrado consumarla. Desde atrás, oímos a Rosita decir: “Este abusivo le pega a los más pequeños.” El implicado levantó la frente apenas unos grados para calcular la talla de quién iba ahora a agredirlo. Noté el estremecimiento de sus músculos faciales; su boca temblorosa dibujó un puchero aterido. “Mira cómo volvió a tu hermano”, recalcó la directora con colérica indignación. Me volví a verla, y me aterrorizó descubrir sus ojos inyectados destacándose como dos gemas rojas sobre su rostro anaranjado. “Pues ahora tú le vas a enseñar”, concluyó interpelándome con brutalidad. Después de escuchar su mandato, me percaté de que la calidad del aire se deterioraba; me resultaba arduo parpadear. Mi hermano, que hasta entonces me había observado con un talante vindicativo, ahora me obsequiaba cierta empatía. Cada vez me costaba un esfuerzo mayor levantar los parpados. Me angustiaba, infringía una herida mortal a mi primigenia vanidad, la suposición de que alguien más, escondido tras un armario, fuese a convertirse en testigo de la degradación moral a la que la bárbara Rosita me condenaba.

         Por primera vez, alguien me obligaba a compadecer mi propia persona. Y este sentimiento me llenaba de una gravidez paralizante. Aunque la creciente ansiedad en mi interior lo invocaba, el antojo de agresión no se avivaba. Veía la cara de mi hermano y la de su agresor tornarse más y más amarillas, casi sulfurosas. Sentí una calidez envolvente apropiarse de mi cuello, como si un brazalete candente se cerrase en torno a él. La garganta se me secaba y me pareció que los ojos se me inflaban. Mi rostro adquirió cierta pesadez; creí por un breve instante que iba a desprenderse de su osamenta. “Yo llamé a tu papa”, me susurró esta vez al oído, “y está de acuerdo con que defiendas a tu hermano”. Respirar fue más difícil a partir de ese momento. Y por una razón que ni con los años he conseguido dilucidar, la asfixia fue cerrándome los puños. “Usted, gran atrevido, se me queda ahí, quieto a que le pongan la mano”, le dijo Rosita al agresor como lamentando que ella misma no pudiese hacerlo, y con un ademan igualmente severo me ordenó: “Me hace el favor y me le revienta la cara, para que aprenda”. Una ultima corriente de aire llenó mis pulmones, cerré los ojos y, dando un espantoso alarido, me descargué entero contra la cara de aquel otro niño.

          Cuando culminó el ataque, me descubrí aferrado a su cuello, derrumbado en él, desolado, expidiendo hondos sollozos, entrecortados por los espasmos de la culpa que se enraizaba en mi ser. Desde mi derrumbamiento vi que también mi hermano lloraba y que por un costado alguien evacuaba a mi victima que sangraba por la nariz. “Ya, mi corazón, no llores más”, me reconfortaba Rosita, satisfecha, mientras me secaba las lagrimas con un pañuelo, “ya se te pasará”.

            Pero nunca pasó.

3.

          Veinte años después, cuando regresamos a la escuela en busca de Rosita, la bárbara y fogosa pedagoga, para descargarle todo el peso de la ley, mi hermano y yo fuimos informados de que en el 2008, poco después de su jubilación, un agreste cáncer uterino se había descargado contra ella. Desde entonces, ambos buscamos a ese niño que, espero, no yazca todavía en una de las fosas de Colombia. Sólo en él, ha terminado por convencerme mi hipnopata, podré hallar la cura contra mis manías agresoras.

Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… final.

8.

            De vuelta a París, el desmoronamiento: “Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas”. Qué maravilla esta última frase, mi estimado M., una caída de telón digna de un culebrón venezolano, como para matar de un ataque catártico a más de una ama de casa, comenta A. en su última respuesta, con una mordacidad a la que ya no pone límites. Tu perfil, prosigue, no alcanza a ser ni siquiera una falsa caricatura del hombre que fue Sándor Márai. No se requiere de un momento de verdadera lucidez ‒debo admitir que tu grandilocuencia vacía a veces tiene cierto encanto‒ para que ver que se trata de un retrato deforme, rico en imprecisiones y fallas de enfoque (así lo señala el segundo lector) que no hace otra cosa que deformar la buena cara que ya posee este autor en el mercado mundial del libro. Ambos, por lo demás, coincidimos en que las lagunas biográficas son múltiples. Creemos que el fracaso de tu perfil se hace manifiesto en el momento en que decides abordar (explotar desproporcionadamente) un momento de la vida del susodicho ‒clave, sí, un giro drástico, sí, pero al fin y al cabo un momentum que, por lo demás, confundes con una anécdota‒, y dejas de lado las otras dos mitades, te ciegas a muchos otros elementos de interés. ¿Qué hay del Márai napolitano, el de los años 70, el húngaro en Nueva York, un universo al que consideraba no apto para seres humanos? ¿Y el de Los Años Locos en Alemania, el joven hundido hasta el cuello en el alcohol y los estupefacientes; el Márai periodista que tomó prestado el alemán como lengua de expresión, dónde está el cronista itinerante, de 19 años, que abría sus crónicas con in media res, ese escritor en formación, atormentado y solitario, que recorría Berlín con un revolver en el cinto? ¿No hay en todo lo anterior suficiente material para extraer de él una bella anécdota? Eso es justamente lo que, acá, sorprendidos, nos preguntamos todos, remata A. su frase con sorna regocijada.

            Grave pecado, opina mi colega, haber desechado el Márai francés, provinciano, empobrecido y desorientado en París, empleado por un tiempo en una carnicería del Mercado de Châtelet para lavar tripas de cordero. Imperdonable olvidar al mozo escritor que frecuentaba por las noches Montparnasse para observar de lejos a la pandilla de Hemingway y a otros escritores como Ezra Pound, a los que admiraba por intrépidos y degenerados. Cómo pasar por alto al pueblerino que erraba por las calles aledañas a la plaza Vendôme al asecho de escritores consagrados o maldecidos por el exilio; al desempleado que pasaba tardes enteras en el café del Ritz leyendo los diarios del mundo, ése mismo muchacho melancólico que recuperaba el sosiego al ver a Unamuno atravesar la plaza, a paso lento, con su dignidad prehistórica, en dirección de la calle Saint Honoré. Y ni hablar, estimado M., de sus diarios, ni de su obra ensayística y dramática, aspectos esenciales de los que infortunadamente no haces ninguna mención. ¿Cómo pasar por alto, por ejemplo, el juicio moral que abre Coetzee en su contra? Bien sabrás que este último ve una actitud imperdonablemente cínica en un Márai que, en lugar de lamentar la falta de imaginación y energía creativa de la burguesía europea frente a los problemas del siglo XX, se reprocha no haber disfrutado más la vida, no haber explotado a fondo los medios de que disponía para ser feliz. ¿Por qué no tomar la defensa de un Márai convertido, por la pluma de un académico pedante, en una figura odiosa, un individualista despreciable, un hombre que renuncia a la acción? Servido en bandeja de plata, M., así y todo, lo dejaste pasar.

            Nunca te pedimos un perfil romántico; te solicitamos, al contrario, una visión cínica, postmoderna, de su existencia, y no una interpretación idealizada, llena de sensiblerías ingenuas de estudiante de pregrado. Nosotros publicamos ‒aunque no valga la pena ya recordártelo‒ artículos de lectores duchos, curtidos, incrédulos, si así lo quieres, opiniones de sujetos que no pueden entender la literatura de otro modo que como una meretriz a la que, dada su vanidosa deshonestidad, es menester maltratar, insultar. Frivolidades, eso publicamos, pero frivolidades simbólicas, al fin y al cabo. Y no palabrerías de novato, de lector cándido que añora, por sobre todas las cosas, mostrarle al mundo el tamaño de su admiración. Nos hablas de un hombre que por años creyó que era algo que no quería ser, lo llevó a cuestas por años, pero al cabo del tiempo, con la purificación de la guerra, se dio cuenta de que, en el fondo, sí quería ser ese otro porque ese otro era precisamente él mismo. Dímelo tu mismo, M.: ¿eso quién te lo va a creer? Peor: ¿qué gracia puede tener? Queríamos que hicieras vivir a Sándor Márai el fin de la Historia, y no que hicieras vivir al lector su propia historicidad (la del escritor). En fin, para dejarnos de rodeos, tu articulo no va. Ya hemos perdido suficiente tiempo con Márai, este texto no cuajó. Ya encontraremos a alguien capaz de hacernos ese perfil lúdico e ingenioso. Abortado. Buena suerte, A.

            Tras poner el primer pie en el andén de la entrada del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III, todo el rencor se desvanece súbitamente. Ruinas, de nuevo. Por motivo de una restructuración administrativa, se lee en el decreto firmado por el decano de Letras, los despachos, la biblioteca y todas las demás dependencias del centro, se han integrado desde la fecha al Departamento Central de Estudios Orientales de la Sorbona (departamento que, según se explica más adelante, abrirá sus puertas hacia finales de 2018). Balazs ha vuelto a Budapest, pienso al tiempo que vuelvo la mirada hacia el documento que llevo en la mano, sus apuntes para la preservación de la literatura proletaria húngara. Lo observo unos segundos ‒siento el pánico expandirse paralelo a la sensación de libertad que crece en mi interior‒ para enseguida arrojarlo mecánicamente a un bote de basura del que emerge un asqueroso vaho de tabaco. La sensación se hace inequívoca mientras contemplo la senda torre de la Gran Mezquita, sus techos rígidos, sus arabescos, en fin, la belleza de sus muros. Se ha hecho polvo la caricatura. Apuro entonces el paso por la calle Censier y, al introducirme en el Jardín Botánico, comprendo que ha llegado la hora de escribir este pérfil.

Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… cuarta parte.

7.

            Barrio de Krisztina, Buda. Avanzo a paso firme sobre la calle Tábor mientras trato de quitarme de encima, con copiosos chorros de palinka, el enojo que me ha dejado la traición de Kányádi. No hay rastros del sol, la negra muralla de nubarrones progresa rampante en su descenso a tierra. El cielo se desgaja en cualquier momento, pienso lidiando con la asfixia de su cercanía y la compresión que ejerce sobre mi psiquis. Clima de mierda, día de espanto, me enardezco, el invierno será siempre esta experiencia humillante, me torturo al tiempo que batallo contra la fatiga ocular y siento el frio marmóreo apoderarse nuevamente de mis vísceras. Gotitas semi-congeladas, cual alfileres, empiezan a impactarse contra mi cráneo. Era de esperarse, me recrimino sintiendo la embestida puntiaguda del granizo reventarse en mi frente, Kányádi jamás respondería a mi llamada, el gesto de entregarme su tarjeta no fue más que la postiza cordialidad del burócrata académico. Balazs tenía razón. Llueve.

            A pocos metros del cruce con la calle Mikó, ruinas. Una señal de prevención me cierra el paso sobre la acera, cintas de plástico rodean un voluminoso arrume de ladrillos negruzcos, carcomidos por la humedad. Bajo a la calle, apresuro el paso sorteando los detritos de fango y concreto, al llegar a la esquina descubro maquinaria pesada, artefactos de obrero apostados alrededor de la bocacalle que separa las dos vías. La escena desata un súbito retortijón en mis entrañas el cual es acompañado por un resoplido gélido que me petrifica el duodeno. Temo lo peor, el gobierno de Orbán ha decidido demoler el antiguo inmueble donde Sándor Márai vivió los mejores años de su vida; dentro de poco, pienso, ya no quedará nada ahí del gran escritor ni de su casa (doblemente derribada por las retaliaciones del fascismo) en cuyo lugar construirán ‒probablemente en un gesto de vulgar demagogia‒ viviendas de interés social. El suelo se abre bajo mis pies, colapsa la vivienda, se hunde mi perfil. Y el alcohol baja como un fogonazo límpido por mi garganta.

            Regreso al andén, busco, aguijoneado por la paranoia, la respectiva placa en lo alto de la fachada. Por fortuna ‒aspiro el aire frio con menos ansiedad‒ sigue ahí indicando, entre otras cosas, el intenso periodo de glorias y desdichas, comprendido entre 1931 y 1945, años en los que escribió casi de un tajo las novelas que se leen actualmente en Occidente. En un breve instante pasan delante de mis ojos los cientos de imágenes y episodios de la vida de Sándor Márai que me he ido construyendo a lo largo de estos años de atentas lecturas. Observo la placa con detenimiento, la encuentro insignificante, en sus dimensiones, en su ubicación, demasiado alta, de caracteres minúsculos, burdos, confundibles con los de la señalización del distrito. Ignoro el texto; siempre me ha parecido deshonesto intentar comprender, en un golpe de oportunismo, una lengua que nunca he trabajado. Me doy entonces media vuelta, animado por un recuerdo que de repente cobra vida, descubro del otro lado de la calle Mikó la pequeña plaza en la que apenas se consigue distinguir, en medio de la penumbra y la vegetación, el busto y los dos bancos puestos delante de él. Abandono la acera y, para terminar de orientarme, me paro exactamente en el centro de la bocacalle. Desde ahí doy un giro completo sobre mi eje. Ni una sola alma húngara alrededor. El viento sopla recio.

            Una oscura inercia me conduce de vuelta hacia la pila de ladrillos que reposa a la entrada de la calle Tábor. La visón de los desechos adoquines, que vistos desde donde estoy parecen formar los escombros de una pirámide, me crispa de nuevo los nervios. En un esfuerzo por ver lo qué me sucede, decido acercarme aunque los picotazos y el escalofrío internos se agudicen. La última bocanada de palinka baja con dificultad, siento su borboteo ardiente estancado en la boca del estomago. Con cada paso, aumenta la sensación de que voy regido por una suerte de macabro algoritmo de distanciamiento, uno que hace las cosas que componen mi existencia se estén separando constantemente, unas de otras. Una gran dilación, como el universo, expansión de zonas vacías. A un paso de las briquetas, me quedo mirando las gotas reventarse contra la piedra. Comprendo que el momento es triste y real.

            De golpe, la imagen se cristaliza con nitidez: la fotografía fue tomada por el célebre reumatólogo János Kunszt exactamente en este mismo sitio, una mañana de marzo de 1945. La vi ayer en el museo, ampliada y restaurada digitalmente. El enfoque es idéntico: el montón de ladrillos, aunque más voluminoso, dominando el primer plano, sugiere la inminencia de desplomarse sobre el observador al siguiente parpadeo; en segundo plano, a unos cuatro metros, se distingue a dos hombres, ambos con el ánimo sosegado, que tienen vuelto el rostro hacia la calle Tábor (que es hacia donde estoy mirando ahora) y observan la hilera de edificios devastados que compone el fondo de la escena. El cielo es una franja apenas perceptible que serpentea sobre el borde de las fachadas, perforadas por los obuses, y las azoteas, destrozadas por las granadas, abiertas como vientres reventados desde adentro. Entonces, como ahora, el cielo carece de importancia.

            La similitud es desconcertante y al mismo tiempo premonitoria: concluido el asedio, Márai se dirige a Budapest. Acompañado por su mujer, ambos siguen la estela dejada por los soldados rusos que avanzan hacia la capital. La ciudad es difícilmente reconocible. Una gran destrucción campea por doquier; la mayor parte de los edificios ha desaparecido, la orientación es ardua, incluso en el barrio donde ha vivido los últimos veinte años de su vida. Millares de mujeres, niños y ancianos, heridos, doblegados por el hambre, acaban de abandonar sus refugios y regresan, como Márai, a casa. Budapest, molida por el fuego, aún sepultada en sus propias ruinas, empieza a volver en sí. El Puente de las Cadenas yace sumergido sobre el lecho del Danubio; el Águila de bronce que antaño, las alas desplegadas, vigilaba los jardines del Castillo Real, ha perdido su gallardía y, amputada, se le ve ahora humillada, salpicada por la metralla, escupida por la Historia; de la cúpula humeante del Parlamento todavía puede verse a las llamas dar saltos repentinos por entre las lozas resquebrajadas. Márai tiene la impresión de caminar entre ruinas arqueológicas. Al llegar a la intersección de las calles Tábor y Mikó, al igual que Kunszt, apenas con unas horas de diferencia, se topa con el mismo montículo de ladrillos frente a la entrada de su casa. Se detiene frente a éste, lo contempla con gravedad, y enseguida vuelve la mirada hacia donde debería encontrarse su residencia. La visión consigue apenas alterar la expresión de fatiga que predomina en su rostro.

            Como casi todos los de este barrio, su piso es ahora un agujero donde reposa un impenetrable revoltijo de madera rajada, hierros retorcidos, papeles incinerados y cemento triturado. Es poco lo que ha sobrevivido a las bombas. Escala como mejor puede la escombrera en que se ha convertido su salón y, una vez en la primera planta, enfila con una lentitud objetiva hacia su antiguo lugar de trabajo. De los seis mil volúmenes de su biblioteca, sólo es rescatable un ejemplar de poco valor (El libro de los cuidados de los perros en el hogar burgués) junto al que reposa intacto un retrato de Gorki y Tolstoi en su casa de Iasnaia Poliana. Echa mano a ambas cosas y las incrusta con indiferencia en el bolsillo de su abrigo. Invadido por una extraña serenidad, observa casi con agradecimiento ‒le tomará años comprenderlo‒ las ruinas de su antigua vida. Permanece atento a sí mismo, sondea como puede sus reacciones, decide ignorar los detalles, su serenidad empieza a sorprenderlo; no repara realmente en los destrozos sino en sí mismo, intuye que debe volver la vista no hacia afuera sino hacia su interior, está plenamente consciente de la importancia del momento, de la transformación que le está ocurriendo. Luego, tras unos instantes de inmovilidad, retira su mirada del vacío, se aclara la garganta, arroja su colilla al suelo para aplastarla contra el carbonizado parqué. Expele el humo y, sin miramiento alguno, deja todo atrás.

            Comunica el balance de las pérdidas a su mujer quien se ha quedado abajo esperándolo, conmocionada, junto a los ladrillos. Sólo han quedado en pie los muros estructurales, le dice. Ella inclina la frente conteniendo el llanto y, minada por el dolor, da un paso hacia él. Márai, en cambio, conserva la compostura, la recibe contra sí, echa de nuevo un vistazo a los adoquines, envuelve enseguida sus hombros con ambos brazos, siente sus sollozos reverberar contra su esternón mientras la estrecha con fuerza. Vamos, le dice al acabo de un minuto. No hay alaridos, ni lágrimas, ni siquiera un resquicio de venganza asoma en el corazón de Sándor Márai. Juntos emprenden la retirada por la calle Tábor hacia el Castillo de Buda. Deben ahora buscar donde vivir. Por el camino expresa su solidaridad a sus vecinos burgueses sobrevivientes que lloran sus pérdidas, maldicen la barbarie de la guerra, pero sobretodo se aprestan a defenderse de la amenaza comunista. A medida que marcha, se da cuenta de que no comparte ese mismo sentimiento a pesar de que, como ellos, también lo ha perdido todo. Una pasión diferente bulle en su corazón.

            A pocos metros, se detienen un instante frente al que había sido el domicilio de su antiguo vecino, Dezső Kosztolányi, el escritor húngaro a quién más respetaba, cuya obra consideraba sencillamente perfecta. Las llamas todavía consumen el mobiliario. Dónde estará ahora su obra, estará a salvo, se pregunta imaginándola arder impunemente. Una honda inhalación ensancha su caja torácica. Por fin ha sucedido, dice para sí, a media voz, disponiéndose a retomar la marcha, con el ánimo disuelto en una inusitada levedad. Su mujer se arrellana contra su cuerpo, cierra con vigor ambos brazos en torno a su torso, hunde su mejilla derecha en la cavidad de la axila. Ha escuchado la frase pero no puede comprender su sentido. Prefiere entonces guardar silencio. Veinticinco años después iba a saber, gracias a una de sus más sorprendentes confesiones, que en aquel momento –él mismo se acordaría de ello en muchas ocasiones– Sándor Márai, su marido, era presa de un curioso e inmenso alivio.

            Ha oscurecido por completo en Budapest. La lluvia arrecia, se ha convertido en un chubasco que sopla inclemente, y sacude, caprichoso, las ramas de los castaños en todas direcciones. Por la cuneta de la calle se desliza una delgada corriente de agua, juguetona, rauda, que ha empezado a filtrarse por las costuras de mis zapatos; siento su caricia entumecerme la punta de los dedos. La brisa, que acelera como una tromba gracias a estrechez de la calle Tábor, me arroja en la cara una manotada de basura vegetal. Indefenso, inmóvil, siento ascender desde mis tobillos una creciente sensación de debilidad. El licor, pero sobre todo la prolongada falta de luminosidad ha trastornado mis ritmos circadianos. Veo sin ver, mi intuición del tiempo proviene de una especie de sinestesia invertida, suspendida en el punto medio del embotamiento en el que se encuentran todos mis sentidos. No puedo hacerme una idea precisa de por cuánto tiempo he permanecido absorto contemplado los adoquines siendo bañados por la lluvia, dando rienda suelta a cientos de divagaciones y de escenificaciones en torno a una vida que no me pertenece.

            El estruendo de un potente resoplido termina de sacarme de mi embelesamiento. Me vuelvo hacia la calle Mikó y veo al instante la arremetida del viento estremecer el follaje de los robles que protegen la plaza donde yace el busto de Sándor Márai. El vendaval penetra en la plaza por ráfagas irregulares las cuales, una vez atrapadas por la espesura de los arboles, se elevan estrepitosamente para producir una reverberación gutural.

            A medida que me acerco, escucho con mayor claridad un sonido seco, repetitivo que destaca entre el barullo del vendaval y el chirrido de las hojas muertas que cepillan el asfalto.  Dos pasos dentro de la plaza: el busto del gran escritor burgués, bañado por el aguacero y embadurnado por residuos de la calle, está siendo inclementemente azotado por una cinta con los colores de la bandera de Hungría. La escena me parece tan humillante que, al instante, una vigorosa arcada me doblega. Escupo una babaza espumosa y densa. Trato de incorporarme pero una segunda arcada me estrangula el esófago. Vomito amarillo con olor a pera alcoholizada. A pocos centímetros del suelo, alcanzo a reparar en los trazos de mi rostro deformándose aleatoriamente sobre el espejo formado por la mezcla del agua embarrada y la luz amarilla del farol. Una lágrima (o dos) se me escapa. Vuelvo la mirada hacia el busto: la hilera de gallardetes que, en días menos aciagos, tienen la función de recordarle al pueblo magyar el legado de ese gran espíritu, ahora sólo obedecen, ciegos, a la voluntad de la tempestad, y le están dando una tunda de bofetadas a la cara inerme de Sándor Márai. Sin comprender muy bien el motivo de mi indignación, me dejo caer, ebrio, sobre uno de los bancos. Recuperar el aliento para marcharme enseguida, es lo único que se me ocurre hacer. Poso ambas manos sobre mi vientre y siento un grueso quiste pétreo aplastarse contra mis vertebras. Apenas puedo inclinarme. Rígido, vuelvo a fijarme en la testa de bronce que me recuerda, por lo estrecha, a los perfiles lánguidos, filosos, malignos de Daumier. Todo lo que le está sucediendo es de un mal gusto execrable, concluyo, vencido, y dejo caer hacia atrás la cabeza. Mis parpados colapsan de inmediato.

            «¿Por qué has venido hasta aquí?», susurra la voz, altiva, surgiendo del silencio al que ha dado lugar la cesación de la lluvia.

            «¿Qué fue lo que verdaderamente le ocurrió aquí, aquella mañana de marzo de 1945?»

            «Nada de lo que pueda vanagloriarme», replica la voz, autoindulgente.

            «¿Quién eres?».

            «Márai Grosschmid Sándor Károly».

            «Debo terminar tu perfil», le digo tiritando, presa del desvarío.

            Su voz melodiosa me sosiega:

            “Un instante de falsa lucidez, nada más que eso ocurrió… Con los años se termina por comprender que la vida también está regularmente habitada por momentos como éste. Es imposible, y por lo tanto absurda, la pretensión de alcanzar una claridad total sobre nosotros mismos. Siempre es demasiado tarde cuando comprendes lo que has debido hacer o lo que te ha sucedido en tal o cual momento. En mi caso, aquella mañana de marzo, los adoquines amontonados a dos metros de la entrada de mi domicilio, dirigían un mensaje directo a mi vida, a la existencia aburguesada que había llevado hasta entonces. Lo comprendí de inmediato en cuanto los vi; de su materialidad emanaba una fuerza singular, una suerte de trueno que retumbó de súbito en mis entrañas, sin dejarme tiempo para reaccionar. En la vida hay momentos así, una tarde cualquiera esperas a alguien sentado en la terraza de un bar, estás cómodo, llevas una vida normal, en apariencia nada te acongoja, tus hijos son felices, etc., interrumpes un instante tu lectura del periódico para ver pasar al tranvía sobre el bulevar, oyes distraídamente el ruido producido por los rieles, sin saber por qué, te fijas en una mujer emperifollada que abandona el vagón, reparas en las plumas enhiestas que rematan la copa de su sombrero y empiezan a oscilar erráticamente al ritmo de su marcha apresurada. De golpe, de esa completa banalidad, algo se cristaliza, se seca definitivamente en ti, una detonación sorda te hace estremecer, una parte de tu persona se agrieta, implosiona, se abre un honda raja en ella, una ventisca helada barre tu interior, enmudeces, mueves tu frente en todas direcciones en busca de una respuesta, es demasiado tarde, una revelación se desprende de toda la restante confusión para definir sus propios contornos y anunciarse como una verdad igualmente banal, pero igualmente irremediable: se ha agotado el amor y la complicidad entre dos personas, nada puede echar atrás la desconfianza que ahora media entre ellas, las heridas que ambas se han causado han dado lugar a un rencor incurable, hace tiempo ya que esa persona sencillamente ha salido de tu vida a pesar de que la hayas seguido viendo a diario. Y así…”

            “Sin saber cómo habían llegado ahí, o quién se había tomado la molestia de reunirlos laboriosamente, yo supe, en cuanto las vi, que esas briquetas eran una señal inconfundible de la Historia, un comunicado perentorio que me anunciaba que algo de mi existencia personal se extinguía junto a todo lo que acababa de desaparecer de Budapest. Esos ladrillos, abrasados por el fuego y la furia de la guerra, constituían una síntesis de todo cuanto había sucedido conmigo, con Hungría y con Europa durante los últimos veinte años. Se manifestaban ante mis ojos como la señal de una liberación, una liberación, naturalmente, personal, pues nunca me entregué a la ingenuidad de creer que ese gran país oriental, con su gigantesca maquinaria de guerra y su caótica mezcla de razas asiáticas, llegaba a Hungría con el propósito de substituir a la tiranía nazi, de la que por un lustro los húngaros habíamos sido objeto, e instaurar en su lugar un sistema de valores democráticos. Los alemanes por fin se habían marchado, sí, pero nadie, en aquel momento, se hubiese atrevido a anunciar con desmesurado optimismo la llegada de una nueva era de paz y de estabilidad para Hungría, ese pequeño país que, tras años de manoseos, engaños y manipulaciones por parte de las grandes potencias europeas, parecía finalmente recobrar su autonomía política. Rusia, yo lo había comprendido varios años antes, venía no sólo a apropiarse de su existencia material, sino que deseaba igualmente apoderarse de nuestras almas, arrebatárnoslas. Esa mañana de marzo, no obstante estar al tanto de todo esto, me encontré de pie frente a la destrucción de mi propia casa, y me sentí libre, liviano, salía vencedor de una prolongada batalla en cual había estado a punto de perecer. Eso creí entonces. En medio de la devastación generalizada que reinaba en Budapest, ciudad en la que me había convertido en un autor de éxito, donde mis opiniones contaban para un cierto sector culto de la población; Budapest, esa capital europea por la que sentía un cariño como el que no he llegado a sentir nunca por otra ciudad, esa mañana luminosa acaba de ser liberada, y yo, como ella, me sentía liberado de una parte de mí mismo que había arrastrado por años; me sentía inmensamente aliviado porque creía que un segmento de mi propia persona, uno que me hería y me avergonzaba, una faceta de la que me había sido hasta entonces imposible desprenderme, se había hecho polvo. Tal era el mensaje, imaginé, que la Historia me lanzaba a través de dichos ladrillos”.

            “Todo ello, sin embargo, no era más que un espejismo. Con facilidad ‒pues nada me convenía mejor‒ accedí a convencerme de que la destrucción dejada por ambos ejércitos fascistas había corrido el manto que ocultaba una verdad que hasta ese momento yo me había negado a ver. Una verdad sobre mi propia existencia burguesa: dicha sensación de sosiego frente a las ruinas de mi casa parecía responder al hecho de que en ese instante se cerraba una etapa de mi biografía –la del periodo de entreguerras– en el que todas mi actitudes y actos no habían sido más que un simulacro, una caricatura del verdadero burgués que había sido, por ejemplo, mi padre, así como la mayoría de las figuras masculinas que me habían acompañado durante mi infancia en Kassa, hombres honorables, cultos, orgullosos, cosmopolitas, solitarios, de sólidos principios, creativos, disciplinados. Una versión degradada del verdadero hombre urbano humanista, en eso me había convertido, en un vividor decadente, un burgués amanerado, un dandy indolente, un vagabundo maniático, un neurótico cazador de experiencias, un citadino flemático que escribía libros, obras de teatro, artículos de prensa como si participase en una competición. Por un momento (claro, por un momento denominado histórico) quise creer que ese malentendido personal, esa especie de contradictio in objecto que bifurcaba mi personalidad, esa caricatura de mí mismo, de mis ancestros burgueses, desaparecía y que, en consecuencia, a partir de esa mañana de marzo de 1945, por fin podía volver a ser quien era en verdad”.

            “Tal cosa creí en dicho instante. Deje atrás mi residencia de la calle Mikó convencido de que bajo las ruinas se pudría, se descomponía ese viejo burgués decadente en el que me había convertido. Sin titubeos, me precipite por la pendiente del autoengaño creyendo que, en medio de la Historia con mayúscula, había quedado aniquilada la caricatura deforme que yo había encarnado. Fue un momento bellísimo, inolvidable, como cualquier momento en el que uno miente con un alivio total y con absoluta sinceridad. Entones todavía ignoraba que uno jamás se libra por completo del malentendido que se forma acerca de su propia persona, que es imposible librarse de ello porque dicho malentendido también contiene elementos de verdad, y la caricatura que el mundo le pone a uno como espejo es, al tiempo, uno mismo y aquel cuya existencia se ha intentado por años silenciar. El ser humano no solamente actúa, habla, piensa y sueña a lo largo de su vida, sino que también calla: durante toda nuestra vida callamos sobre quiénes somos, sobre ese ser que sólo nosotros conocemos y que no podemos revelar a nadie. Sin embargo, sabemos que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos”.

            “El efecto apaciguador de esa falso momento de lucidez no tardó en disiparse. Entonces todo quedó al descubierto, la mentira se hizo insostenible. A partir de ese instante me vi obligado a aceptar que ese ser deforme que yo había tenido que asumir, era verdadero, yo mismo lo había creado, me pertenecía; por ende, resultaría inútil intentar culpar a los demás por mi falta de valentía y de tacto para enfrentarme a mi propio destino. En efecto, me había faltado el coraje pero sobretodo la madurez necesaria para aceptar que uno no solamente es aquel que es, sino también, indefectiblemente su propia caricatura. Ésta última no es divertida ni serena, sino amarga, cruel y vengativa. Por eso preferimos volverle la espalda. Esto, sin embargo, carece de importancia. Así lo comprendería más tarde. Tras la decepción, después de someterme a un riguroso examen de consciencia, lo primero que entendí fue que no había habido liberación porque en realidad no había nada que liberar, mi fuero interno no estaba sometido a ninguna contradicción entre sus partes, el hombre no es ni lo uno ni lo otro por separado, supe entonces que lo verdaderamente importante era  sellar un pacto definitivo entre ambos actores e integrarlos a mi existencia tratando de establecer entre ellos una mínima armonía para que su coexistencia cesase de causarme vergüenza y dolor”.

            Una presión dolorosa en el pecho me despierta. Abro los ojos, percibo de inmediato los vestigios de alcohol acumulado en mis carúnculas. Ha amenecido. El cielo está, por fortuna, despejado. Desde abajo, veo a un hombre de pie, en uniforme, hundiéndome su bastón de mando en el costillar derecho. A su lado, otro gendarme me pide, con un gesto poco amigable, mi identificación. Me pongo de pie, y entrego, solícito, lo que me piden. Respondo a sus preguntas, consigo explicarles, en un inglés mejor que el de ellos, el motivo de mi presencia ahí, en el Barrio de Krisztina, frente al monumento que rememora la vida de uno de sus más distinguidos habitantes. Ambos me observan con desconfianza, asienten mal encarados y me indican que me largue de inmediato. Eso mismo hago. Al pasar delante del busto, noto que ahora la banderita reposa, serena, sobre los hombros de Sándor Márai quien, a su vez, ha recuperado su rictus de solemnidad orignal. Sé que nunca más volveré a verlo. El momento es, a la vez, real y falaz. Bajo por la calle Mikó con el paso ligero, un raro alivio despunta en medio de la resaca.

Matoneo


 

«El hombre nace malo y la sociedad lo empeora».

Fernando Vallejo.

1.

            A las seis de la tarde, el crepúsculo, en estampida, se cernía violentamente sobre el cielo de aquel día de mayo. Las nubes parecían aves deformes de regazos purpuras y el aire, impregnado de los perfumes de la caña de azúcar, soplaba dejando un aroma empalagoso sobre las cosas. En casa de Ocoró, una fastuosa narco hacienda en la que antaño habían sido esclavizados sus ancestros congoleses, cerca de treinta bachilleres nos habíamos reunido para celebrar nuestra graduación.

            Desde el principio, botellas de diversos licores empezaron a circular con alarmante velocidad. La multitud reventaba en descomunales carcajadas, compartía evocaciones de sucesos escolares, hablaba de los planes futuros, de actualidad política o deportiva, se jactaba de sus primeros triunfos sexuales y, también, se daba a reanimar odios insuperables. El resultado era una estrepitosa polifonía de voces enardecidas e insultantes que confundían la búsqueda del humor con la conquista de lo grotesco. A propósito de un crimen que acababa de atizar el mórbido pathos de la opinión pública, la siguiente conversación empezó a marcar el tono siniestro que acompañaría el resto de la velada:

‒ Loaiza, le explotó el collar a la señora, ¿sí viste?‒.

‒ ¡Guerrilla hija de puta!‒.

‒ Dicen que no fueron las FARC‒.

‒ ¿Quién entonces?‒.

‒ Bandoleros, desquiciados, almas de Dios‒.

‒ ¡Qué delicia este trago!‒.

‒¿Por qué seremos tan viles?‒.

‒ ¿Sí le viste la tetas a Tatiana?‒.

‒ En vivo y en directo‒.

‒ Cuando almuerzan los colombianos‒.

‒ Cuando se tragan sus muertos‒.

‒ Y sus culos ensiliconados, maestro‒.

‒ La nación entera pegada al televisor‒.

‒ ¡Atenta a la detonación!, ¡iujuuu!‒, anotó Loaiza con sonoro sarcasmo rematando su frase con la desconcertante y aguda onomatopeya que solía emplear para expresar sus extraños arranques de satisfacción. Aunque sin hacer caso de ésta, el intercambio de frases se reanudó en medio de la algarabía:

‒ Como si la realidad fuera ciencia ficción‒.

‒ Un sueño tan luminoso y desbordante que nadie lo puede ver‒.

‒ ¡Óigame a este gran guevón!

‒ Como tener un sol postrado en la ventana‒.

‒ Pobre señora, Loaiza‒.

‒ ¿Viste las cámaras cómo la acechaban?‒.

‒ ¡No jodas que estoy que me follo!‒.

‒ 15 de mayo del 2000, ¡hoy nace nuestra generación!‒.

‒ Y saber que mañana lo vamos a olvidar‒.

‒ Nacemos indolentes, ¿qué más queres?‒.

‒ Loaiza, esto lo hemos de pagar. ¿Loaiza?‒.

‒ Espérate que me voy a drogar, ¡iujuuu!‒.

 

2.

            Hacia las ocho de la noche, algunos empezaron a reclamar la presencia de prostitutas. Al oír esto, Ocoró, cual devoto monaguillo, se abrió paso entre nosotros con una bolsa abierta de par en par a la que fuimos arrojando generosamente billetes de todas las denominaciones. Los más aventajados reclamaban la presencia de prostitutas cuadragenarias, en lo posible de aspecto poco amigable y con ínfulas de dignidad. Con ellas, decía Ocoró, hay un margen menor para la negociación, pero el servicio es mucho más humano.

            Loaiza sostenía un trago de whisky recién servido. Sus largos dedos ocres, delgados como estacas, temblorosos por efecto del bajo índice de masa corporal, se aferraban al vaso con insistencia. El conjunto conformado por el antebrazo, las falanges y la copa, daban la impresión de ser una pesada carga para él. De cuando en cuando, en medio de la agitada conversación, sus ojos se desviaban abruptamente de su interlocutor para fijarse en la mano comprometida, como preguntándose ¿hasta cuándo?

            Esa noche se mostraba inusualmente locuaz. En su dicción reverberaba un innegable eco de febrilidad, en sus conjuntivas brillaba una luminosidad de alcaloide. Sus mandíbulas se estrellaban corta pero potentemente, como el mecanismo de un fusil. “Carne, señores, carne”, dijo frotándose las manos y se apartó del grupo. Aproveché su ausencia para preguntar a los otros si era posible que esa noche Loaiza estuviese armado y ocultase en uno de sus bolsillos su famosa navaja automática. Su desenfreno impregnaba la noche de peligro.

            A su regreso, todos contemplamos con alegre espanto las partículas de cocaína esparcidas en las inmediaciones de su nariz. “¿Me quedó maquillaje? ¡Aaah!, replicó con cinismo, sin intención de limpiarse. Aunque su sarcasmo nos sedujo, algo despreciable se delataba en su conducta. Dándole largas a su patetismo, retomó uno de sus temas preferidos: las meretrices. Ya muchas veces antes nos había contado con lujo de detalles sus relaciones con este gremio. Había entregado su virginidad a una veterana prostituta que también solía atender a uno de sus tíos. A los trece años. Hablaba de sus encuentros sin el menor resquicio de vergüenza. Ni titubeaba para reconocer que la prostitución era el único medio del que disponía para acceder a la carne. Después de depositar un billete en la bolsa, dijo:

            “Diez mil esta noche, por la causa. Pero Ocoró no tiene ni puta idea”. “¿Sobre qué?”, le interrogó Cuellar de inmediato. “Con las putas viejas es de lo peor”, le respondió acercando su vaso a la boca. “Una puta cuarentona debe tener ya muchas mañas, mucho resabio”, acotó Vélez furtivamente para mantener el hilo de la conversación. “No es sólo eso”, contestó Loaiza, conciliador, “con algunas, es verdad que eso humaniza mucho más el servicio, pero no es siempre así, además, ese no es el punto”. “¿Cuál es entonces?”, le interpeló Rodríguez quien hasta entonces se había mantenido al margen. Siendo tan buen mozo, el asunto del acceso al coito con dinero le parecía abominable.

            “Mirá”, se dispuso a explicarle con un aire de superioridad, “por la enorme exposición a todo tipo de humores y fluidos corporales, el tubo vaginal incrementa con los años su pH. Es una respuesta natural del sistema inmunológico. Se vuelve más ácido, deshace, mata todo lo que por ahí entre. Eso no lo dicen los manuales, señores… ¿ven el problema?”, apuró nuevamente su bebida y concluyó con su risita maniaca: “eso no tiene nada de humano.” Rodríguez le devolvió una mueca de asco y abandonó el grupo. Los demás nos quedamos mirándonos sin decirnos nada. Loaiza regresó al baño. ¿Dos, cuatro líneas más?

3.

            Loaiza exhibía una delgadez anormal, como si la hubiese causado alguna enfermedad consuntiva. Su musculatura era excesivamente magra, gozaba de poca estatura, y en su cara se dibujaba una fealdad poco común. Su cabeza era como una especie de calavera forrada en un lienzo chamuscado.

            Diríase un organismo consumido por alguna extraña fuerza. Su infancia estuvo marcada por largos periodos de padecimiento y una costosa lucha por acoplarse a la vida. Prematuramente envejecido, se contaba entre los estudiantes de mayor edad de nuestra clase. La enfermedad lo había atacado de nuevo a comienzos de la adolescencia y lo mantuvo alejado de las aulas durante dos años. Sin previo aviso, ésta solía atacarlo de cuando en cuando.

            Tenía las mejillas copiosamente pobladas de granos y manchas negruzcas. Quistes y cicatrices evidenciaban las secuelas de una varicela mal cuidada. Su cara era alargada y huesuda. Sus ojos, muy negros y de un brillo burlón, constituían su rasgo más molesto (reflejaban, desde su infierno, una mofa cruenta). Sus labios, plagados de petequias, se desprendían de los maxilares dibujando la silueta de una campana de trompeta; su textura era reseca y callosa. Arce, hijo de médico, observó en una ocasión ‒no sin cierta fingida preocupación‒ que Loaiza podría estar entrando en la fase terminal del síndrome de la inmunodeficiencia.

            Existían varios rumores en torno a él. Se decía que antes de llegar a nuestro colegio, había llevado una vida agreste de pandillero. Por eso, aunque a muchos asqueaba, también les suscitaba temor: había apuñalado en repetidas ocasiones y, a cambio, también había recibido numerosas estocadas. No había duda de que su flaqueza física escondía la capacidad de reaccionar con mucha más determinación y violencia que cualquiera de nosotros (tentaciones homicidas incubadas en el padecimiento).

4.

            Cuando se incorporó de nuevo al grupo, notamos la expansión de la mancha blancuzca; ahora parecía una pequeña nebulosa alojada alrededor de su nariz. Los dedos de las manos se le abrían y cerraban mecánicamente, intercalándose entre sí, sin que los pudiese controlar. Sus labios se retorcían en un zarandeo cadencioso como los de un dromedario mascando.

            “¡Entonces! ¿Ya llegaron las perras?”, preguntó mientras le echaba mano a su whisky. Bebió un sorbo más y agregó: “Lo bueno de este negocio es que siempre le está llegando nuevo material”. Rodríguez regresaba, y al escuchar sus últimas palabras, le increpó: “hijueputa, todavía con lo mismo, ¡no jodás!”

            “Bueno, vos que participas tanto en la clase de filosofía, Ciorán decía que las putas son las mejores psicólogas, ¿no es cierto?”, le replicó Loaiza mientras sorbía estruendosamente los chorros de fluido nasal que se le precipitaban por las fosas. Reímos a medias, preocupados por la brutalidad de su embalaje. “Creeme, embistió de nuevo, cuando una puta te ve, de inmediato se da cuenta de tu problema, nadie como ellas para sacar a flote la mierda que llevas estancada por dentro.”

            “No me digas, guevón”, le respondió con desdén, y con el mismo tono, agregó, “bueno, contanos entonces qué te han dicho sobre los vergueros de tu alma, sobre lo infeliz que sos? ¿Ah? ¡A ver!”. El tono abiertamente agresivo de esas palabras nos llenó de preocupación. No obstante, la réplica pareció –al menos por el momento– paralizar a Loaiza. Consideré entonces imperativo saber si éste, a quien se le inoculaba en los ojos el veneno de la rabia, estaba armado. Por fortuna, su siguiente acotación vino llena de melancolía: “conmigo fue distinto. No hay nada en particular que me aflija ni me alegre. Ellas, todas, coinciden en que carezco de alma. No hay nada en que penetrar. Escasamente poseo un cuerpo”. Dicho esto, volvió a abandonarnos. Todos los demás nos quedamos contemplando nuestras bebidas con gravedad mientras secretamente calculábamos cómo evitar una lluvia de puñaladas.

5.

            En los últimos meses su condición física había empeorado. Su constante febrilidad nos ponían los nervios de punta. Su forma enfermiza de reír, de reaccionar felizmente ante los más insignificantes sucesos; sus observaciones casi siempre banales; su loca manía de emitir constantemente burdas y excitadas onomatopeyas ante la más vulgar nimiedad; los groseros detalles de su imaginación y, sobre todo, su incapacidad para responder ante los agravios de que era objeto, habían terminado por conjurar una maldición contra su persona. Entre más decaía, más se hacía odiar.

            Loaiza se había convertido en un adicto a esa agresividad juvenil tan propia de púberes pertenecientes a instituciones educativas masculinas. Su único interés era consumir violencia y agresión, incluso cuando éstas se volvían contra él.

6.

            Alrededor de tres horas habían transcurrido. La noche estaba despejada, plena de estrellas y de aedes aegypti. La mezcla del aroma del whisky y de la caña de azúcar provocaba una suerte de asfixia dulzona. La velada seguía su curso entre carcajadas y obscenidades, aunque la tensión se mantenía intacta. La cocaína parecía hacer las veces de una camisa de fuerza sobre Loaiza, quien sudaba frío y en cuyos ojos fulguraba el destello de una lejanía boreal.

            De repente, alguien se acercó ofreciendo cacahuetes. Loaiza declinó sonriente como volviendo en sí tras un plácido desvarío. “No puedo… por  el riñón”, dijo, casi con el candor de un niño. Y fijó enseguida sus ojos en los míos como si me estuviera haciendo una exigencia. El efecto de ese comentario modificó de inmediato nuestro humor. Nunca antes lo habíamos oído hablar así.

            “¿Cuál riñón?”, pregunté afectando cierta indiferencia. “Esta fuma de hoy puede joderme mi siguiente cirugía”, replicó para sí, abatido. Comprendimos entonces que había llegado el momento. Nos miramos extasiados, como si por fin llegase a nuestras manos el trofeo por el que habíamos competido todos esos años de escolaridad. Era la primera ocasión en que pronunciaba abiertamente la palabra cirugía.

7.

            Su decisión no era del todo imprevisible. A inicios de ese último año escolar, el ejército nacional, como es costumbre, había convocado a todos los bachilleres a definir su situación militar. Corría el mes de septiembre. Aquel día, en el batallón de la tercera brigada, los cincuenta y cuatro jovenzuelos aguardábamos el llamado. Los militares nos trataban con hartazgo, nos ordenaban esto o lo otro, nos interrogaban, registraban nuestros datos y huellas dactilares para finalmente conducirnos a una amplia sala en la que se ejecutaría el examen médico.

            Como reses, por tandas de a veinte, nos ordenaron desvestirnos frente a un galeno vestido de castrense. Este haría más preguntas, y luego, con el mismo guante de látex que emplearía toda la jornada, nos haría un tacto testicular en busca de varicocele.

            La desnudez de Loaiza causó una inmediata conmoción. Su torso desobedecía a todos los cuadros simétricos de la anatomía humana. Diríase una fisionomía cubista: la tetilla izquierda colgaba más arriba de la derecha y el ombligo, rasgado por el boquete de una enorme cicatriz, se elevaba hacia el costillar izquierdo. El resto de su carne parecía haber sido arada centenares de veces.

            Al verlo, el militar de mayor rango dejó escapar un alarido de asco. “¡Uy mijo! ¿Y a usted qué le pasó? ¿Lo arroyó un tren?”, le preguntó con todo el cerdismo de que su fuero lo hacía capaz. “Vístase, vístase”, le ordenó con rabia, “pase al despacho para que lo eximan, firma y se va para su casa que usted así no puede servirle a la patria”.

            “Ni a la patria ni a nadie”, agregó una voz aguda y maléfica que se había camuflado en un ángulo del claustro. De inmediato el recinto se inundó de carcajadas.

            La humillación, empero, no lo perturbó en absoluto. Llevaba años preparándose para ese momento. Tomó su ropa, se vistió pacientemente y abandonó el lugar con indiferencia, dando pasos lentos y seguros, con la frente inclinada pero sin el menor dejo de consternación. Si hubiese estado en el lugar de todos los demás, hubiese reaccionado de manera idéntica. Victima estudiosa, nos dejaba a nuestra suerte mientras se internaba en la suya.

            A partir de ese momento, los meses restantes de escolaridad darían lugar al periodo más infeliz de su existencia. Cientos de apodos virulentos y mortalmente ingeniosos se enfilarían incompasivamente hacia su persona. “Cuerpo e’ chorizo” y “sobrado e’ tigre”, fueron de los más celebres. Su cuerpo se convirtió en un objeto de culto para todos; en él nuestra violencia hormonal y cultural hallaba el mejor catalizador de su sevicia.

            Y Loaiza había callado hasta aquella noche.

8.

            “Son dieciséis cirugías mayores y veintisiete menores, sin contar las puñaladas”, dijo con la boca temblorosa y con el cuerpo entero cediendo a una intimidante vibración. El peso de sus palabras nos dejó estancados en un denso mutismo. Invadidos por una enferma fascinación, ninguno de nosotros conseguía reaccionar.

           Entonces sufrió el ataque. En un mismo segundo, en su cara se observó una inexpugnable plenitud en la que se mezclaban desprecio, cólera y tristeza. Saltó enseguida sobre la mesa principal, se quitó la camisa y expuso su torso. “Miren, malparidos, aquí lo tienen. ¡A ver! Vengan a tocar”, increpó a la multitud que empezaba a rodearlo. Las risas no tardaron en hacerse escuchar. “¡Mirá al chorizo, ve, se acaba de pelar!”, gritó alguien con hilaridad. Pero ya nada podía detener al mutilado nudista. “Esto que ven ustedes aquí, gonorreas, inscrito sobre esta grosera panza, son las marcas de una vida harto infeliz. ¡Ya verán, ¡iujuuu!”.

            En adelante, remataría casi cada frase con esa molesta onomatopeya que tanto lo caracterizaba y que resultaba tan irritante para todos. Lo peor era que dicho sonido venía acompañado por un gesto incomprensible: elevaba hacia su pecho el puño como si se tratase de un campeón olímpico que acabase de batir un record mundial. “Llegué al mundo cuando apenas me encontraba en mi quinto mes de gestación… ¡iujuuu!”, exclamó con todo su patetismo cocainizado. Y prosiguió: “Lo primero que los médicos descubrieron fue que carecía de ano, ¡iujuuu!”.

            Alguien soltó una estruendosa carcajada. Loaiza rió con él macabramente y arreció su siniestro espectáculo: “A ver, ¿a cuántos conocen nacidos sin ojete? Sin culo, ¿no está ya uno condenado? ¡iujuuu! ¡A mí me lo tuvieron que perforar! Además, los pediatras descubrieron que la porción final de mi colón no conectaba con el esfínter. Y para unirlas, el procedimiento fue muy simple: partirme el abdomen en dos. Pensaban que no iba a sobrevivir, ¡iujuuu!”. Entonces empezó a pasarse mórbidamente el índice derecho por la cuenca de esa cicatriz en el centro de su abdomen, ésa precisamente que era como la columna vertebral de toda su mutilación.

            Ya nadie reía, sólo se escuchaban interjecciones de hastío.

            “Los rayos X demostraron que mi vejiguita tampoco iba bien; su estructura estaba incompleta. Era apenas un tejido tierno y poroso. Por esa razón, fue necesario incrustarme en el vientre una malla para contenerla. Luego, todos se preocuparon al ver que yo no era capaz excretar mi propio pipi. Entonces las dudas sobre la existencia de mi uretra no se hicieron esperar, ¡iujuuu! Por desgracia, ese caminito hacia el exterior tampoco había sido zanjado. Sin embargo, dijeron los médicos, la solución era como cortar un banano. Entonces procedieron a tasajearme la verga, con un escalpelo muy afilado, y así me fabricaron una uretra, ¡iujuuu! Y funciona de maravilla, porque lo que no puede dios, lo puede el hombre, ¡iujuuu!”. Hablaba con la fascinación que ejercen los actores más auténticos, al tiempo se frotaba con ambas manos sus costados lacerados, conjurando la escena en una suerte de streap tease carnicero.

            La repugnancia nos dejo a todos paralizados. El silencio se hizo absoluto.

            “De ñapa –dijo consciente de su dominio sobre la multitud– las cosas se jodieron todavía más. Mientras me recuperaba de las primeras cirugías, resultó que tenía insuficiencias renales. Durante el tiempo que estuve dentro de mi madre, sólo se me formó un cuarto de riñón. Por eso no puedo comer frijol ni lenteja, ni consumir alcohol, por tener sólo un pedacito de riñón, ¡iujuuu!”, remató su frase hundiendo sus dedos en torno a la carne mutilada de sus caderas.

9.

            La decisión fue unánime. Antes de que volviera a hablar, vimos una botella viajar de un extremo al otro del salón e impactar violentamente su cráneo. La explosión generó una paralizante llovizna de vidrio y vodka. Tras verlo caer, la multitud se le echó encima para cobrarle el repugnante indecoro de su confesión. Avasallado por los golpes, con su infatigable rictus burlesco, el último aliento de vida le alcanzó para proferir unos cuantos más “¡iujuuus!”. En respuesta se oyeron todo tipo de improperios. El vaho a sangre, nicotina, sudor y alcohol, era insoportable.

            Después de incinerar el cuerpo, todos regresamos al salón y continuamos bebiendo en silencio. Las prostitutas estaban por llegar, ellas nos arreglarían la noche. En ninguno de los presentes se adivinaba el más mínimo rastro de arrepentimiento. Por el contrario, una expresión justiciera dominaba nuestros rostros. Tan corrompidos estábamos ya para la vida que ni siquiera hizo falta un solemne juramento para mantener en secreto el terrible crimen de nuestra generación.

 

Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… tercera parte.

6.

            Hacia el medio día, me despierta un ardor intenso en el tubo digestivo. La sensación de enfriamiento y pesadez ha desaparecido. Siento las tripas ligeras y despejadas como si me las hubiese bañado un tsunami de aguarrás. Llegan las observaciones sobre lo que redacté anoche, presa de la ebriedad: M., de entre toda la basura que me enviaste ayer, sólo se salvan estos retazos. Encuentra la manera de unirlos. Aunque, francamente, la comparación con Balzac me parece un desacierto. Me tomé el atrevimiento, por el bien de todos, de suprimir las frases que más trastabillan. Animo, A.

            Me tumbo en el sofá y descubro el producto de mi inspiración hecho trizas:

            … una marcada consistencia entre vida y obra…

            … tomemos a Balzac. En su caso, no es injusto afirmar que entre la una y la otra existe un abismo que las opone. Honorato fue un hombre arribista, monárquico, egoísta, vulgar y hasta cínico. Derrochador de dinero, buscó abiertamente convertirse en aristócrata para acercarse a señoras y duquesas. Bien se sabe que movió cielo y tierra para incrustar un de nobiliario entre su nombre de pila y su apellido. Un hombre mundano, exuberante y carnal, dotado de un gran talento para endeudarse y mentir…

            … cuan poco se parece la obra a su creador, cuan poco se refleja lo uno en lo otro. Muy poco tienen en común la Comedia Humana ‒una crítica a la sociedad de su época que empezaba a entregarse al perverso dominio de las relaciones dinero-poder‒ y el hombre de carne y hueso que empuñó la pluma para darle forma. ¿Una vida inhumana que engendró una obra universalmente humana? (tontos juegos de palabras, M., cuidado con el fair play de la literatura).

            Con Márai sucede lo opuesto. Su vida y su obra son dos espejos puesto uno delante de otro. Ambas se alimentan, y el hombre que fue Sándor Márai trabajó cuidadosamente, desde la literatura y la vida, para edificar una perfecta simetría entre ellas. En este escritor se encuentra algo conmovedor que es develado constantemente por su relación consigo mismo, con su ficción y con el mundo que le correspondió vivir…

            … la literatura representaba para él una forma real de llevar una existencia ideal… (esta frase es una monstruosidad, me produjo una arcada brutal, la dejo para que veas de lo que eres capaz).  

            … esta es una de las claves para comprender su figura y el interés que despierta en los lectores de hoy. En Márai hay siempre una búsqueda de consistencia entre el acto y la palabra, entre la ficción y la vida…

            Hacia el final de El último Encuentro, Konrad y Henryk llevan ya horas conversando a la luz de los candelabros para dejar todo aclarado antes de morir. Sin embargo, la verdad, esa verdad esperada por Henryk por más de cuarenta años, aún no ve la luz. Ha formulado todas sus preguntas, ha rescatado del olvido todos los detalles, cada recuerdo, los sentimientos y motivaciones que, en una época, circundaron su amistad. Conrad, empero, el traidor que debe rendir cuentas al amigo cuyo orgullo hirió, se niega a contestar. De repente, hastiado ya, consciente de la insuficiencia de las palabras, Henryk dice:

            «Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera. »

            … así respondió Márai a las preguntas más importantes de su vida, con actos que hablaron por él tan coherentemente como sus propias frases… las vibraciones de su vida… la palabra se reviste de la fuerza de un acto trascendente…

            Con la cabeza dándome aún dolorosas palpitaciones, corro a la cocineta, me lavo la cara y me preparo un café con leche. Me pongo a escribir de inmediato con la equivoca pero feliz certeza de quien cree haber hallado las todas respuestas.

            Durante los últimos años de su vida, directores de cine, prestigiosos diarios de Budapest, casas editoriales de renombre, la misma Asociación de Escritores de Hungría, periodistas, todos lo instaban a volver del exilio. Pero sus ruegos no conseguían convencer al anciano escritor radicado en San Diego, California, que sólo esperaba pacientemente a la muerte y quien, entre tanto, consagraba sus últimas reservas de lucidez para despotricar de la literatura industrializada. Le prometían recibimientos con bombos y platillos, o con la discreción que se debía a un autor de su talla; él sólo tenía que escoger. Pero fue inútil. Dicha bondad e interés pareciéndoles sospechosos, Márai declinó siempre las tentativas de arrastrarlo de vuelta a Hungría. Se olía sobradamente bien lo que había detrás de todo ello. Las nuevas generaciones tenían la intención de rescatar del olvido al injustamente censurado escritor burgués para montar un espectáculo mediático que pusiera en evidencia las perversidades cometidas por el Kremlin. Le ofrecieron miles de dólares, cátedras y bustos. ¿Monumentos? Para lo único que sirven es para que los meen los perros, replicaba.

            En una ocasión consiguieron ofenderlo. Un ambicioso cineasta húngaro que buscaba hacer carrera le escribió para sugerirle que abandonase ese «gesto vacío» del exilio pues hacía tiempo que éste había perdido su sentido. Las cosas en Hungría habían cambiado, le aseguraba. Ahora le correspondía volver a su patria para recibir la gloria que se merecía. La historia iba a recompensarlo antes de morir. Y él mismo, insistía el director, estaba dispuesto a inmortalizar su vida en un filme biográfico. En el fondo, las cosas sí habían cambiado. Pero para peor. La generación naciente veía a los intelectuales del periodo de entreguerras como reliquias vivas destinadas a adornar los anaqueles de los museos. Por fortuna, diría Márai, «siento un gran alivio al pensar que todo un océano de distancia me separa de esa clase de gente».

            Algunos regresaron a casa después de años de exilio. A principios de los ochenta, el régimen soviético se ablandaba y todo indicaba que los rusos permitirían a la sociedad húngara una pacifica transición hacia la democracia. Era el momento ideal para regresar, creyeron algunos. Los comunistas se mostraban condescendientes y los exiliados ya no eran considerados como traidores a la patria. Pero no así lo creyó Márai, más obstinado que nunca. Pasó los años finales de su vida convencido de que aquello que sus colegas llamaban casa había dejado de existir hacía cuatro décadas. El país se había bolchevizado por completo. Sabía que, además de convertirse en un idiota útil para el Partido, volver a esa Hungría equivaldría a un nuevo exilio. No quedaba un solo miembro de su familia con vida, ni compañeros de profesión ni amigos. Todos sus enemigos habían desaparecido también. «Si volviera a Budapest no encontraría con quien enfadarme», anota en su diario de 1988, pocos meses antes de quitarse la vida. Por eso prefirió desvanecerse en el olvido, muy lejos de su venerada lengua materna. Desde 1948, su postura fue siempre la misma: mientras no se cesase la ocupación y no hubiesen elecciones democráticas con observadores internacionales, jamás regresaría ni autorizaría la publicación de una sola de sus líneas. Así esperó hasta el último momento, año tras año, y cuando entendió que pronto sería incapaz de valerse por sí mismo, puso fin a su vida con dignidad, en absoluta soledad, sin sentimentalismos, sin ambages ni tratos última hora con el mundo. Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas.

Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai)… continuación.

4.

            De vuelta al hostal, malas noticias. A. se ha tomado la molestia de darme un ejemplo de una buena entrada. Estimado M., te propongo una pista:

            Sándor Márai nació el 11 de abril de 1900 en lo que hoy podemos considerar dos territorios diferentes. En el primero se situaba Kassa, una ciudad húngara que desde el siglo 12 se había desarrollado bajo la tutela de la dinastía Árpád y de los Habsburgo; sobre el otro se encuentra actualmente Košice, el segundo centro urbano de la República de Eslovaquia, el cual estableció su independencia tras la desintegración del Imperio Austro-Húngaro y también tras la desaparición de Checoslovaquia. ¿Estamos hablando entonces de un escritor de origen magyar con raíces eslovacas y parcialmente checo? Esto, sin contar la germanofilia que predominaba en su familia. Ahora bien, si una cosa es una cosa y dos substancias (mucho menos tres) no pueden ser a la vez una misma substancia, como sostenía… perdona, no recuerdo quién pero debe de ser el mismo que afirmó que el tiempo es una substancia elástica, el teólogo… en fin, ¿cómo pudo Márai llegar a adosarse, sin haberlas solicitado, tres nacionalidades diferentes? Los cataclismos de la guerra, dirás con tu tonito académico. Pero no, es sencillamente la mala suerte, estimado M.; una muy mala, por cierto. Lucidez postindustrial, no hay más, déjate guiar por ella. Porque ¿de qué otra manera puede interpretarse ese ligero inconveniente, quiero decir, el de haber nacido en el lugar menos indicado cuando tiendes a ser conservador y a aferrarte más de la cuenta a tu tierra, a tus costumbres y a tu gente? Ahí tienes ya el titulo del perfil: La insufrible fortuna de Sándor Márai o las tribulaciones de una identidad tripartita.

            El olfato, M., para rastrear el lado trivial ‒porque siempre hay uno‒ de los grandes destinos, eso justamente es lo que le falta a tu texto. Atención: en un pasaje de sus autobiografías el susodicho da cuenta del dolor que experimentó al ser tratado como extranjero en su propia ciudad natal, es decir, al intentar ingresar a Košice cuando hacía más de veinte años que no ponía un pie en Kassa. Las autoridades le exigían un pasaporte checoslovaco y para obtenerlo era menester haber prestado el servicio militar en dicho país. Márai tenía ya más de cuarenta años, ¿te lo imaginas haciendo flexiones de pecho a esa edad? Imposible regresar. Le tocó resignarse a seguir viviendo con el deseo insatisfecho de visitar por última vez la casa donde nació y de pasearse por el barrio de su infancia. Oh infortunio. ¿Lo ves? Así es que hay que dirigirse al lector, con un ingenio divertissant, hacer uso de una ironía refrescante, de un lenguaje que tenga su propia dinámica y le imponga un ritmo inteligente, mas no pedante, al lector. En el caso de Márai, hay que descubrir cómo burlarse dignamente de sus miserias. No sé si vas a entenderme. Empiezo a perder la paciencia, cordialmente, A.

5.

            Bajo al restaurante y ordeno medio litro de palinka con pepinillos, cebollas, pimentones y ajos al vinagre. Tengo aún la cabeza invadida de malos pensamientos, ganas de abandonarlo todo. Apenas me recupero del golpe. Las vísceras se me han enfriado en exceso, aumentan mi gravidez, las arrastro como si adentro llevasen mierda de mármol. Me propongo, con 40 grados de alcohol, devolverles su temperatura habitual. Naufragaré, me prometo, en este exquisito aguardiente de pera mientras examino el documento que me entregó Kányádi. Y leo. Balazs hace gala de gran virulencia. Capoteo el texto, hago naturalmente justicia a su tono panfletario, y a partir del tercero, empiezo saltar párrafos indiscriminadamente. Me detengo aquí:

            “Es simple, camaradas: cae el Muro, y entonces, sólo entonces, Francia y Alemania, se dan cuenta de que sus parientes lejanos, nosotros, los europeos periféricos, checos, húngaros, polacos, a los que han repetidamente traicionado, a los que toleran a regañadientes en sus territorios, ¡nosotros! comprenden que también somos inteligentes, y que también poseemos literaturas.”

            Quién es este hombre, me interrogo con franca sorpresa; aunque más exactamente pienso en la conversión o en el relavado de cerebro que debió de haber sufrido entre este panfleto y su beca parisina. Un texto de su temprana juventud, sin duda. Bebo, mastico, bebo. A media página, hallo la perla de su razonamiento:

            “Es por eso, camaradas, que os invito a no creer en el éxito importado de ciertos escritores burgueses. Os propongo ignorar la impostura de su notoriedad, mero constructo de las potencias occidentales decadentes que favorecen, gracias a sus maquinarias editoriales corrompidas por la ley del mercado, a quien mejores ventas prometa. ¡Sándor Márai! Una vergüenza nacional, un burgués indolente que nada hizo por su pueblo. ¿Su éxito? Nada más que una moda editorial pasajera, impulsada por la culpabilidad que los europeos occidentales sienten por sus primos lejanos, los europeos del Este. !Cuántos escritores, camaradas, mucho más nobles y profundos no posee nuestra patria!”

            Balazs, musito sacudiendo la cabeza… Balazs. Y de inmediato lo imagino en su insignificante despacho parisino catalogando obras que nadie leerá. ¿Qué le diré cuando vuelva a verlo? De repente, un jolgorio de voces ebrias que se aproxima desde atrás no me da tiempo a decidirme por la compasión o la burla. Aunque me propongo ignorar el bullicio, el impacto de tres violentos manotazos sobre mi hombro interrumpe mi concentración. Cuando me pongo de pie para encarar al sujeto, éste está apuntando con su índice derecho hacia mi cara, y en el momento en que nuestras miradas se penetran, suelta una estruendosa carcajada que interrumpe abruptamente para entregarse a la ejecución de un burdo acto teatral. El vértigo de la acción me deja inmóvil.

            El mentecato, perdido en su alucinada ebriedad, se pone a ulular dándose raudas palmaditas en la boca con la punta de los dedos. Imita con vulgar torpeza el estereotipo hollywoodense de una danza nativa americana. Presa del súbito aturdimiento, no puedo otra cosa que observar. Aúlla y gesticula como un demente dando saltitos con una pierna y luego con la otra, al estilo de los indios en los westerns. Por instantes, detrás de su voz se delatan gruñidos de animal asustado. Calculo que está a sólo un trago de perder completamente el equilibrio.

            Un alarido de guerra, pienso. Pero, ¿qué guerra me declara? El silencio se apodera de la sala. Es un hombre joven, conserva todavía frescos los rasgos de la adolescencia. Muy rubio, de ojos azules y finos rasgos caucásicos, su rostro se asemeja al de un lince boreal. Por fortuna, no es un jobbik, me tranquilizo. Va bien vestido, con un traje cortado a la moda. Parece oficinista de un despacho de abogados, ambicioso, despegando en su carrera. Su persona no irradia la hostilidad del ser marginal. Es sólo un filisteo más de la globalización. Ha bebido demasiado alcohol, y rematado, se encuentra fuera de sí. Ha visto por primera vez a un amerindio.

            De golpe, frente a él, una imagen: se ha decidido el asedio de Budapest, los bolcheviques ocupan las posiciones abandonadas por los nazis. Márai se refugia en una casa de campo a media hora de la capital. La mañana del día después de navidad de 1944, se topa con el primer el soldado, un bielorruso de pómulos prominentes. Éste, exhausto, sin bajar de su caballo, y apuntándole con su ametralladora, le pregunta dos veces en lengua incomprensible ¿quién eres? Al oír pisatiel, en su rostro alarmantemente ajeno se enciende una chispa de furia compasiva. Baja el arma y le ordena volver a casa. Márai no habla ruso, pero sabe que la única palabra (escritor) que es capaz de pronunciar en esa lengua, ejerce un efecto mágico sobre los soviéticos. Disuasivo, en este caso. En la Unión Soviética la literatura y los escritores son cosas de respeto.

            Años después, Márai evoca esta anécdota en Tierra! Tierra! para introducir una extensa disertación sobre lo que él mismo denomina homos sovieticus y la insuperable alteridad que lo separaba de este tipo de sapiens (con este párrafo ya te estás cagando en el ritmo del texto, subrayará A. horas después, impaciente, preguntándome de dónde saco esas alocuciones latinas pretensiosas que nadie comprenderá. Alteridad, ¿qué es eso? A ver, y ¿a quién le importa que sea extensa la disertación). Sin poderlo saber en ese instante, nos dice Márai, la llegada de aquel soldado representaba el encuentro de dos civilizaciones. En el fondo, arguye, ese ¿quién eres? era su punto convergencia. El soldado y el escritor, ignorándolo, eran vehículos del mismo interrogante. Márai siempre creyó que una nueva fuerza oriental tocaba a la puerta de Occidente para aniquilar su modo de vida. Llevaba años viviendo su propia guerra fría.

            Cuando termina su ejecución, el imitador de indios adquiere un rictus macabro y decide acercarse. Tras una profunda inhalación, alcanza a dar dos pasos tambaleantes antes de que sus camaradas lo sujeten para arrastrarlo de vuelta a su mesa. Mientras se bate por liberarse, sus ojos siguen observándome con la misma curiosidad malsana, con el autentico fulgor de un odio animal, primigenio. Retorciéndose cual sanguijuela, deja escapar de su boca una frase de tres silabas cuyo contenido no puedo comprender, pero cuya intención capto con nitidez. Sin saberlo, me está haciendo la misma pregunta, lo sé, ¿quién eres?

            Y ¿quién soy yo? Soy Sándor Márai, no sé por qué, quisiera responder. Pero de nada serviría. Jamás lo entendería. Como un can mantenido a raya por su correa, repite una y otra vez su frase con idéntica insistencia rabiosa. Escucho sus ladridos ahogados por el alcohol, y siento también una braza de furia compasiva encenderse en mis ojos. Sereno, articulando cada silaba con lentitud, le digo: soy un indio, ¿quién eres  tú?

            Sé que esta vez no hay palabra milagrosa ni revolución que valga. Recibe mi respuesta como un golpe y da un último retorcijón. A medida que se aleja, esa soberbia atávica que se reflejaba minutos antes en su mirada vidriosa empieza a transformarse en pena. El homos caucasicus se sumerge en una muda aflicción. Pareciera que la alteridad que nos aleja es insuperable, me anuncian con congoja sus ojos mientras sus acompañantes lo instalan atropelladamente en un taburete. Trazo un ademan pacifico con mi mano izquierda, excusándolos, y el mismo gesto me devuelven del otro lado del salón. Vuelvo entonces a mis cebollas y a mi botella de Palinka. El barman viene a verme para asegurarse de que todo está bien. Lo despacho pidiéndole otro medio litro del mismo aguardiente. Una justa soberbia me impide mirar alrededor.

Fracaso de un perfil (sólo para lectores de Sándor Márai).

1.

            La idea de viajar a Budapest me la dio Gyula Balazs, responsable de la biblioteca del Centro de Estudios Interuniversitarios Húngaros de París III. Durante las tardes de trabajo silencioso en las que sólo él y yo ocupábamos el recinto, empecé a deslizarle cautelosamente preguntas sobre Sándor Márai. Con el tiempo, entre prestamos y consultas bibliográficas, terminé hablándole de mi último proyecto ‒que ya había abandonado dos veces‒, un perfil lúdico, encargado por una revistillla colombiana, cuya realización ya había empezado a catalogar entre mis fracasos. ¿En Colombia?¿Sándor Márai? inquiría Balazs sorprendido pero al mismo tiempo reprimiendo un cierto deseo de aplaudir semejante extravagancia. Una tarde, tal vez para ayudarme a superar mi frustración de biógrafo derrotado, me dijo:

            »Verá, no es fácil escribir un perfil breve, ingenioso y divertido sobre alguien tan perfectamente aburrido como Sándor Márai. No comprendo por qué está usted obsesionado con este autor, si es un novelista tan mediocre.

            Insistía en que sus novelas carecían de tejido narrativo, de acción, y que sólo contenían largos monólogos taciturnos llenos de reflexiones pesimistas sobre la vida. Yo guardaba silencio y recibía sus frases con la resignación del condenado:

            »Nadie me ha hecho bostezar tanto, un ignorante total en el arte de la novela, agregó satisfecho de su insulto.

            Balazs había obtenido, de la burocracia franco-húngara, una beca que le permitiría concluir la redacción de una investigación audaz y original sobre el aporte de la clase campesina a la lirica húngara durante el periodo de las revoluciones liberales del XIX. A cambio, tenía que magnetizar las adquisiciones, organizar coloquios minoritarios, y dar clases de lengua. Cuando nos conocimos, llevaba ya dos años de sereno enclaustramiento, el cual era perturbado ocasionalmente por una o dos visitas semestrales. Prueba de la exposición prolongada a la luz halógena, manchas verdosas le cubrían frente y mejillas. Su biblioteca era minúscula y abría al público sólo trece horas y media por semana.

            »No pierda su tiempo, concluyó, su texto es un callejón sin salida.

            Sus palabras me caían encima como una mole de hormigón. En efecto, tras meses de fallidas tentativas, dicho perfil se negaba a superar su etapa embrionaria. Me solicitaban una buena entrada para un texto ameno que se leyese por sí solo; nada de pedanterías académicas ni de erudición barata. Una anécdota, me había sugerido el editor, algo humano o banal, que nos acercase a Márai desde su vida cotidiana, pero que también arrojase pistas sobre su obra. Pero no hallaba nada. Márai no cooperaría, insistía Balazs. Y así llevaba por lo menos un año, estancado, con todo el material listo, a la espera de una buena entrada. Balazs parecía tener razón.

            »Aunque, verá, podría hacer algo por usted, volvió a decir, y se quedó meditando unos instantes, como si llevase a cabo un cálculo intrincado.

            En nuestras conversaciones, Márai ocupó desde el comienzo un lugar central. Cuando hablábamos de él, Balazs se ponía serio y arrugaba el ceño como si intentase sacarme de un error pueril o de corregir una injusticia. Porque eso significaba para él su éxito desproporcionado: una suerte de injusticia con Hungría. Le costaba aceptar que, afuera, a su país lo representase un escritor burgués, decadente y hasta cínico. Viendo las cosas como las veía Balazs ‒concluí luego‒, era como si para un extranjero la máxima gloria de la literatura colombiana no fuese García Márquez sino, por ejemplo, Vargas Vila.

            Era joven Balazs, pero daba la impresión de que hacía mucho tiempo había dejado de interesarse por la vida, que vivía sin ilusiones. De sus gestos se desprendía una suerte de abulia melancólica incurable ‒luego comprendería que este es un rasgo característico de los húngaros‒. Sus largas pausas me llenaban de impaciencia. No obstante, todo lo que decía me parecía de una indudable inteligencia.

            »Verá, mi director de tesis trabaja en el Museo Literario Sándor Petöfi. Es un burócrata, pero puede que él lo ayude a encontrar lo que necesita.

            A veces, cuando parecía hastiado de impactar maquinalmente el teclado, Balazs se detenía y me hacía preguntas para aliviar su curiosidad. Le costaba, como a muchos, entender que un amerindio ‒eso era yo para él, y eso he terminado siendo‒  se interesase por la literatura húngara. Era calculadamente cordial, su trato rígido, pero sabía envolver nuestras conversaciones en una especie de templada frialdad que yo aceptaba sin miramientos. Cuando me hablaba de la literatura de su país, gesticulaba lúdica y fraternalmente tal como quien hace un trabajo humanitario. Esto no me impedía seguir adelante porque no captaba arrogancia alguna de su parte; la honestidad de su ignorancia me tranquilizaba. En una ocasión en la que fumábamos viendo caer nieve sobre la calle Censier, me confesó haberse preguntado si en mi tribu también teníamos por costumbre llevar coronas de plumas exóticas en la cabeza los días feriados o en momentos especiales. También cuando tu mujer se marcha con otro, recuerdo haberle replicado con un dejo de irritación. Esbozó entonces una sonrisita nerviosa y bajó los parpados con lentitud al tiempo que dejaba escapar el humo de su boca con cierta melancolía como si no fuese capaz de leer la mordacidad expedita de mi sarcasmo y, en lugar de eso, atisbase en él un misterio que lo entristecía.

            »¿De quién se trata? pregunté.

            »Doctor Kányádi Ander.

            »Sé quién es, repuse de inmediato, con entusiasmo, entregándome a lo que prometía ser una esperanza. Acaba de publicar una antología de artículos sobre el boom Márai.

            »Le escribiré para ver si puede recibirlo. Pero absténgase de ilusiones.

            Una visita a Budapest, cómo no lo había pensado antes. Mi frustración empezó a languidecer. Buda y su venerado barrio de Krisztina, el busto de la calle Mikó; el ancho Danubio; el museo: la colección de sus últimas pertenencias, sus gafas, su bastón, su sombrero, su Moleskine, lo último que poseyó antes de matarse, todo ello me ayudaría a saciar mi morbo. Y tal vez Kányádi me ayudaría, quise creer, a escribir el breve, ingenioso y divertido perfil de Sándor Márai que tanto me obsesionaba.

2.

            Antes de partir, justo lo necesario para atizar mis nervios: el editor se manifiesta. Estimado M., empieza diciéndome con falseada jovialidad pedagógica, este fragmento

            Según cálculos serios (ver La Fortune Littéraire de Sándor Márai, Syrtes, 2012), desde su accidental descubrimiento por un librero italiano, pasando por el boom editorial desatado en la Feria del Libro de Frankfurt de 1999, al 2012 se han ya vendido más de treinta millones de sus libros en todo el mundo. Una cifra que se corresponde con una excepcional efervescencia de homenajes y traducciones en decenas de lenguas. ¿Cómo explicarlo si se trata de un escritor que en 1989, año de su suicidio, desapareció siendo un desconocido? En el fondo, muchos otros escritores, provenientes de su misma región, tuvieron destinos mucho más trágicos que el suyo, lo cual otorga, digamos, un valor agregado a sus obras. Actualmente, Márai es más leído que Kértezs, sobreviviente al exterminio nazi y nobel de literatura. Hay quienes sostienen que se lee precisamente por eso, por ser judío y haber sobrevivido. Pero Márai no conoció campos de concentración ni era judío. Entonces, ¿dónde está el truco? Un destino trágico no es garantía de una obra excelsa. Debe necesariamente haber algo más. Una particularidad difícil de precisar. Posiblemente la magia consista en la estrecha relación que guardan vida y obra.

            … no presenta problemas excepto por la innecesaria y, a mi juicio, pretenciosa alusión a Kértezs, autor que ni yo mismo había oído hasta hoy mencionar. Sobra, al igual que la referencia bibliográfica en francés (publicamos solamente en castellano, ¿a quién quieres impresionar? ). Te ruego suprimas ambas cosas. Después de una tercera lectura encuentro que el remate del párrafo adquiere un tono de ensayo que no es coherente con lo que buscamos en la revista. Tampoco veo por qué inmiscuir al lector en cuestiones literoraciales. Se presta a la confusión. Por último, la palabra truco se me antoja truculenta. Te daré más noticias luego, por ahora sigo a la espera de las observaciones del segundo lector, y de lo que vayas agregando tú mismo al perfil. Cordialmente, A.

            Malnacido, resuena en mi voz el eco de mi ego herido mientras incrusto con violencia mis corotos en la maleta. Corregiré en el avión.

3.

            Calle Károly, Pest. Espero en el vestíbulo. De modo ‒estoy diciéndome para mitigar la ansiedad‒ que hay un Márai húngaro y otro internacional. Curiosamente, prosigo en mi cogitación, en Hungría es más apreciado el ensayista que el novelista. Y el primero no existe todavía para Occidente.

            »¿Señor M.? ¡AH! Pero usted es indio, dice mientras se acerca para estrecharme la mano. Su mirada trasluce una rara felicidad y al mismo tiempo una especie de desconfianza atávica. Como si al observarme, sus ojos descubriesen la reliquia de un pariente milenario que se hubiese extraviado en alguna migración por las estepas de Mongolia.

            La visita empieza mal: Kányádi ignora el malentendido y decide tratarme como al dignatario de una comunidad exótica. Me toma cinco minutos convencerlo de que no hablo ninguna lengua amazónica, de que no poseo conocimientos sobre plantas medicinales ni de que no pertenezco a ninguna etnia en riesgo de extinción. Incapaz de infringirme la menor pose de auto-exotismo, poco o nada significa enterarme de que he vivido toda mi vida siendo «un indio» sin saberlo. Sólo quiero entender por qué no compartimos el mismo escritor, por qué Márai es uno para los húngaros y otro para un gran número de personas que descubren su obra del otro lado del océano.

            Sólo cuando le recuerdo que investigo sobre la recepción de Márai en Hispanoamérica, Kányádi abandona su delirio colonial.

            »Excúseme, se corrige al notar mi malestar, y me pide que lo siga. Mientras nos dirigimos a la sala de las colecciones especiales, reservada exclusivamente a investigadores, noto que el personal del museo me mira con extrañeza.

            »No haga caso, me sugiere Kányádi. Mitad orientales, mitad occidentales… ¿Conoce el pasaje? Márai bien lo sabía: provenientes de Asia, los húngaros somos un pueblo perdido en Europa, aislados de su cosmopolitismo por culpa de nuestra lengua-prisión.

            Ante semejante revelación, apenas consigo despegar los labios unos milímetros para musitar que lengua-prisión me parece un bello artilugio metafórico. Fabricación francesa, observa mi interlocutor regalándome un guiño de incipiente camaradería.

            Penetramos en la sala y al instante siento su densidad envolverme el cráneo. Entonces las veo surgir de su inmovilidad, centenares de reliquias guarnecidas en escaparates de noble madera tallada, separadas del mundo por delgados cristales y bisagras doradas. Están ahí como meros objetos, pero también están manifestándose con toda la fuerza de su muda realidad: de ellas destila la entereza de su suicidio, de su carácter. Todo es Márai. Siento su gravidez impregnada en los objetos, en cada recodo. Este silencio, el de sus novelas, el de los instantes que preceden a una confesión o a una rendición de cuentas que ha madurado durante años en los fiordos de un alma, y que al final nada significa porque el tiempo no sólo le ha borrado sus contornos sino que le ha despojado también de toda su importancia.

            Esplendido. Pero el estremecimiento no llega ‒lo evito, en el fondo‒, me esfuerzo por permanecer impávido, no aspiro a ser otra cosa que ojos. Me guardo de pasar por un vulgar amateur. Demasiado joven aún para ver que cuanto más batallo por no parecer un provinciano, más ridicula hago mi propia caricatura. Por fortuna ‒sigo diciéndome con el mismo atolondramiento‒, cierta dosis de lucidez maraiana me ha venido protegiendo contra la desilusión. Poco o nada me impresionó la Sixtina, este lustroso deposito no es que obnubile mi escasa sensibilidad. Además, me recalco, a las personalidades fuertes les enferma el sentimentalismo ‒siempre pensando en mi escritor, en rendirle un homenaje‒. Con los bríos renovados, le digo a Kányádi que aunque su pueblo esté predestinado al aislamiento y a la soledad, como el mismo Márai creía, una noble y rigurosa búsqueda de lo universal lo caracterizó a él ‒no a Kányádi‒ al igual que a los escritores con los que estaba emparentado. Y que dicha búsqueda compensa sobradamente el inconveniente de su nacionalidad.

            Mi tono se va crispando, se le filtra mi ansiedad. Ya me sudan las manos. Considero que acabo de hablar con agudeza. Sí. Y estoy listo para entrar en materia.

            Pero Kányádi vuelve al ataque. Resulta que uno de sus colegas, en busca de grandilocuencia, le ha conferido (a Sándor Márai) recientemente el titulo de Erasmo de los Balcanes. Incluso 25 años después de su muerte, dice con la mano a la altura del mentón recorriendo la sala, Márai sigue viajando con estos objetos. Este bastón, este encendedor, estas solapas gastadas, este abrigo, este revolver, casi todo lo que ve aquí en esta sala, me asegura, fue enviado desde Estados Unidos. Puede parecerle un lugar común, pero pocos escritores han viajado tanto como él. Más que un flagrante lugar común, pienso, es también una instrumentalización abusiva. Pero callo.

            Recorro las vitrinas relucientes y saltan a la vista las evidencias en numerosas lenguas. Patterns from a globetrotting hungarian’s life, titulo del catalogo de una exposición realizada en 2004 por el Centro Cultural Húngaro de Londres. Sobre la portada, una fotografía de un Márai de pie al borde del mar, con su sobretodo encima, capturado en una pose transitoria, disponiéndose a partir. Sostiene con ambas manos sus anteojos a la altura del vientre, cierto fastidio de premura insatisfecha se dibuja en su mirada. A sus espaldas, la vastedad del océano está a punto absorberlo.

            Una vida en imágenes (2005), biografía de Ernö Zeltner que parece harto ilustrativa. Fotografías. El escritor estrechando la mano de Thomas Mann en los años 30 durante una visita a Budapest. El hombre en un barco acompañado por Lola, su mujer; ella sonriente, y él medio rígido haciendo gala del universal rictus del neurótico. El marido celebrando sus bodas en 1924; más tarde el padre en la década del 40 contemplando a su hijo natural, recien nacido, que moriría siete semanas después. Una imagen atrae mi atención: San Diego, California, 1986. Márai, encorvado pero impecable en su vestimenta, se tiene de pie junto a János, su hijo adoptivo. Sus labios forman una recta inexpresiva, pero los largos pliegues verticales que surcan sus mejillas le confieren una cierta bondad de morsa. Una bondad asqueada. Enfrenta el lente con dureza, pero no con una propia de su carácter, sino con la dureza física de la vejez, a la que suele subyacer cierta soberbia. El momentum de su rostro ha quedado congelado en el instante en que su expresión estaba a punto de convertirse en hastío o en indiferencia. Ni siquiera puede decirse que se le vea agotado. Lo único que parece querer comunicar su serenidad es que sigue ahí, detrás de una línea de sombra que lo separa del resto de los seres humanos, y desde la cual espera a la muerte.

            Majaderías psicologizantes, me impugnaría  días después el editor pidiéndome por favor retirar ese fragmento. No es más que tu propia proyección de lo que crees que es la vejez. ¿Engañar al lector? No por gustar de leer banalidades éste deja de ser perspicaz. Un abrazo, A.

            Sigo ojeando el libro mientras avanzamos. Kányádi dice que tengo en mis manos la edición original en lengua alemana, lengua en la que, por lo demás, Márai cuenta con el mayor número de estudios y de traducciones. ¿Tiene eso alguna importancia? De cierto modo. Pero de otro modo no viene al caso, advertiría A. con la miopía audaz de su intelecto. ¿Es acaso irrelevante señalar que los alemanes son los que más han estudiado su obra? Para el lector de una revista de perfiles amenos, naturalmente. Prosigo. No muy lejos, encuentro un libro voluminoso en el que otro biógrafo germano procede como si se tratase de un pintor. Con una elegancia nada pretensiosa, presenta su vida en un periodo alemán, uno parisino, otro aquincense, y luego, a partir del exilio definitivo del 48, en uno napolitano y en uno norteamericano. Al final, dedica un capítulo a sus escapadas a Londres, Damasco y Tijuana.

            »Un trotamundos… ¿de qué huiría?, pregunto fingiendo una vocecita aguda e insegura.

            Verá… Y Kányádi se lanza de lleno a la regurgitación: Márai nació en un imperio multinacional, vivió en una ciudad cosmopolita. La aspiración al universalismo lo acompañó desde siempre. Viajar nunca fue para él una excentricidad. Su educación se fundó sobre el mito de que Europa era una patria espiritual, progresista, formada por personas disciplinadas y cultas, en su mayoría burgueses ‒dice aclarándose la voz‒ que creían en la Razón… en fin, ya conoce usted ese relato, eso era hacia 1900.

            Siguiéndole el paso, lo escucho soltar desinteresadamente frases escuetas sobre las catástrofes de las guerras mundiales, las rupturas culturales del 20, las ruinas del universo espiritual europeo, el nuevo orden mundial, el capitalismo de masas. Trasboca casi con desdén lo que ya han mencionado biógrafos, reseñas y periódicos: apátrida, pacifista, opositor a los regímenes totalitarios, despreciado por los soviéticos, ferviente defensor de la libertad interior, la mitad de una vida en el exilio, soledad consumada, olvido. Luego, ejecutando los ademanes típicos de una visita guiada, Kányádi habla de la nostalgia y del sentimiento de pérdida que habitan su obra; de su búsqueda de lo irrecuperable, de su apego a la lengua materna, bastión y último vestigio de la patria perdida.

            Búsqueda de lo irrecuperable, de dónde habrá sacado esa frase, me pregunto. E intuyo que por ahí puede encaminarse el perfil. Pero enseguida advierto que ninguno de los datos suministrados es divertido ni ingenioso. La segunda mitad de la vida de Sándor Márai estuvo manchada por una suerte inmisericorde. No es por lo tanto de extrañarse que de ésta no pueda extraerse ‒sé que exagero‒ más que rencor y amargura. Precisamente ambos sentimientos serían ‒persisto en la exageración‒ los pilares de su cotidianidad. Veamos. Que con su descomunal aparato militar los bolcheviques aparezcan de repente sobre la escena histórica y, amenazantes, se apropien de tu país, a muchos les sucedió; pero si además de eso, siendo quién eres ‒el respetado portavoz de un viejo orden‒ te prohíben incluso conservar la libertad de callar, sólo un paso te separa de caer en el acantilado de la humillación.

            Una anécdota en absoluto banal: poco antes de abandonar su país definitivamente, Márai visita por última vez a su editor. Éste le informa que la editorial acaba de ser nacionalizada y que el Partido le ha dado la orden de no imprimir más sus libros por considerarlos literatura nociva. Descienden juntos al sótano de la imprenta y Márai descubre en un rincón la cuarentena de títulos que hasta entonces constituía el trabajo de tres décadas. Márai tiene 48 años y, perplejo, por vez primera se encuentra cara a cara con la obra de su vida. Qué he querido decir durante todo este tiempo, a través de tanto papel y tanta tinta, se pregunta al tiempo que lo invade una sensación de rechazo. Es todo lo que he logrado conservar, te pertenece, debes llevártelo, le pide su editor, o me meteré en líos. Es un momento conmovedor: el autor comprende que su obra no verá más la luz en su país natal; sus lectores dejarán de tener acceso a ella en su lengua original. Se extinguirá.

            Días después, intentaría desesperadamente convencer a A. de que pocos escritores han vivido algo así, de que es verdaderamente conmovedor que un autor sea vea obligado a despedirse definitivamente de su obra, porque al perder a sus destinatarios originales ‒le explico en tono de suplica‒ la obra se pierde para sí misma. No hay necesidad de ponerse sentimental, me replica A. escupiendo sobre mi anécdota. Créeme M., estas cosas ya no conmueven al lector de hoy. Ignoro por qué, pero aunque sea verdad todo lo que le sucedió a ese gran escritor, hay algo de inverosímil y de forzado en su dramatismo. A mí me parece demasiado infestada de catolicismo dicha experiencia. Enfócate mejor en su lado dandi, cuéntanos de su rutina decadente en Budapest, del fumador compulsivo, háblanos de ese individuo que leía periódicos y jugaba al tenis por las mañanas; preséntanos a ese Márai que por las tardes iba a la piscina y nadaba dos kilómetros antes de tomar un masaje relajante en un balneario de aguas termales. Muéstranos a ese hombre que sólo en las noches, después de vivir su vida entre cafés y tertulias, consagraba algo de tiempo a la escritura. Eso es lo que quiero leer. Un saludo, A.

            El paseo continua, las curiosidades no se hacen esperar, algunas son reveladoras, otras no tienen caso. ¿Qué importancia tiene, por ejemplo, exhibir en un museo literario una serie de pasaportes con los que se muestra cómo fueron desapareciendo los acentos ortográficos de sus nombres originales a medida que migraba de un país al otro? Los italianos le robaron el acento agudo del segundo apellido, y los norteamericanos le arrebataron la tilde del primer nombre. Qué falta de seriedad. No puedo incluir algo así en mi perfil, me advierto, aunque grande sea la tentación. No obstante, tratándose de algo banal…

            Kányádi se ha alejado para atender una llamada. Continuo mi visita. Por ciertos detalles de su intimidad, su vida me antoja casi monacal. Márai era un hombre aseado. El revólver no está lustrado y presenta signos de abandono. Me parece ver rastros de pólvora esparcidos sobre el tambor. Por respeto, me explicará Kányádi, los puristas no querían incluir esta pieza en la colección. Pero, le digo, supongo que la presión del despacho de finanzas terminó por imponerse. Blande su frente con frialdad. Ver los originales del último volumen de sus diarios (1984-1989) me resulta casi tan conmovedor como su misma lectura. Están abiertos en la última entrada, escrita a mano el 15 de enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”

            Lucidez suprema hasta el último instante. Envidiable. Pero, ¿y el otro Márai, el mal novelista, el que vine a buscar? Y es que presentado así, no puede suscitar ninguna animadversión. Tampoco mayor simpatía. A. no aceptará nunca un perfil como este, pienso sintiendo una raja helada abrirse bajo mi esternón. Es una figura entrañable, un abuelo con muchos sesos y cojones, un guerrero de principios, un alma herida. Una víctima más del siglo que le correspondió vivir. Es el escritor de Salamandra o Albin Michel, un perfil de solapa. Ni un solo rasgo que lo haga sobresalir de la oscuridad del pabellón de los escritores que murieron olvidados. Punto para A.

            Kányádi está de vuelta. Bien, me digo, basta de protocolos, ahora algo provocador. Y tras un denso silencio, me atrevo:

            »Márai es una especie de héroe nacional que representa a su pueblo pero que en nada se parece a él.

            »¿Qué ha dicho?

            Reproduzco la torpe grandilocuencia de mi frase, y el eco del rechinamiento de mis muelas resuena en la sala. Trato de enmendar mi torpeza:

            »En Francia y en Hispanoamérica adoramos sus novelas pero los húngaros las desprecian.

            »La cuestión no es tan trascendental como cree, me replica Kányádi, contento de que me haya atrevido a tal provocación.

            »Balazs lo detesta, agrego un poco de más de pólvora.

            » Verá, cuando Kértezs obtuvo el nobel, los nacionalistas se negaron a celebrar porque era judío. Y hay quienes censuran a Márai por ser burgués. A ambos escritores los condena, en el fondo, un sentimiento análogo. Pero a mí me tienen sin cuidado los prejuicios literarios de los húngaros.

            Hace una pausa, un abre su maletín y me entrega un cuadernillo en papel rústico.

            »Hay también en este país mentes brillantes corroídas por resentimientos de clase que terminan escribiendo cosas como esta.

            »¿El libelo de Lukács contra Márai?

            »Léalo, tiene su interés. Fue excluido de la colección. Pertenece, digamos, a nuestro pasado soviético.

            Balazs Gyula, leo en un paréntesis en tinta roja. Apuntes para la preservación de una verdadera literatura proletaria en Hungría.

            »Llámeme mañana, dice mientras me desliza su tarjeta sobre la cartilla. A las 3 p.m. Le mostraré algo. Ahora le ruego me disculpe, doy una conferencia en cinco minutos.

            Nos damos un sincero apretón de manos. Le agradezco por su tiempo, él me agradece por mi interés en Márai.

            »Lo dejo con el camarada Balazs, dice al volverme la espalda. Y creo notar que me regala un último guiño de complicidad.

            Decido permanecer unos instantes más en la sala para recorrerla una última vez, como si me encontráse al asecho de algo. Tal vez nunca vuelva a encontrarme tan cerca de mi escritor. Aguzo mis sentidos, vuelvo a recorrer los vitrales llenos de afiches y homenajes, de obras criticas y objetos fetiches. Entonces un ataque de pseudolucidez me dice que estoy actuando como un payaso, que esta cercanía artificiosa sólo me separa de Sándor Márai. Se me ocurre algo mejor antes de desaparecer. Me acerco al libro de visitantes y, con cierta turbación, escribo que todo me parece fenomenal. Doy las gracias y firmo como investigador del CNRS.

            A la salida del museo me entero de que la conferencia de Kányádi versa sobre la influencia de la cosmogonía imperial turca en los novelistas húngaros del siglo 18. Madre mía, exclamo, todo el camino que me falta aún recorrer. Sonrío y le devuelvo el guiño a Kányádi observando la fachada del museo con complacencia. Un gracias se escapa de mis labios como un soplido que se confunde con la brisa que desciende del monte Gellért.

            Afuera ya anochece, vuelvo a estar solo. Es hora de ponerme en marcha. Divago por el Pest desolado de mediados de invierno. El viento me reseca los ojos y me agrieta los labios. El Danubio no es azul, sólo me parece una gran losa grisácea sobre la que se reflejan las densas luces amarillas del Parlamento y el Castillo de Buda. Nunca estuve tan solo en Europa como lo estuve en Budapest. La densidad de ciertas ciudades europeas me abre en el corazón hondos boquetes de ansiedad.

Conversación con Kornél Esti (Tercera parte).

― Muy pronto cumpliré treinta años ― digo con la voz un tanto debilitada una vez quedamos completamente solos sobre el Boulevard Saint-Martin. Camínanos hacia Place de la Republique, y es la única frase que puedo decir después de todas estas horas pasadas junto a Kornél Esti. Todo el licor ingerido y el frenesí creativo lo han dejado un tanto exhausto; no será él quien inicie esta conversación.

― Y ya me siento muerto… casi por completo ― agrego al cabo de medio minuto de silencio; cierro la frase lleno de hastío hacia mí mismo y me preparo para la respuesta de Esti como un púgil acorralado, plenamente consciente de que el cuerpo que tiene en frente representa la inminencia de una avalancha de golpes mortales.

― Y entonces era inevitable, eh, estimado K. ― replica con los primeros destellos de sorna dibujándose en su cara. ― A ver, criatura, déjame ver… ¡Ya está! El infante se niega a crecer. No consigue renunciar a sus fantasías uterinas… ¡Vamos K! También cumpliré treinta años el próximo mes. ¿Y qué con eso? ¿Acaso ves que se me desprendan las muelas o que me falte presión en la próstata? No, nada de eso, micciono a la perfección. Mis pulmones se inflan con la misma potencia y flexibilidad de hace quince años. ¡Qué infantil eres K.! ¿Es que no lo ves? Pasas últimamente  leyendo tantas tonterías. De una manera u otra, cada libro es siempre una impostura. ¡A los treinta años ya deberías tenerlo bien grabado en los sesos!

Acto seguido da un paso al costado, se pone frente a un sauce, abre la cremallera de su pantalón con delicadeza, y descarga el contenido de su vejiga sobre el tronco mientras deja caer hacia atrás la cabeza. No hay una sola alma alrededor, París es menos bulliciosa ahora; en consecuencia el sonido del chorro impactándose contra la corteza del árbol se escucha como si fuese una catarata.

― Hace años leí ― casi hablando para sí mismo ― que  una tarde, al miccionar frente a los pronunciados acantilados del mar Egeo, Tales de Mileto descubrió que todo era agua. Me encanta creer ese tipo de cosas… porque así de vulgar e insignificante acontece la vida.

Lo dijo con los ojos cerrados, su rostro apuntando hacia el cielo, bañado por los destellos lunares, y con una amplia sonrisa malévola surcando sus mejillas. Kornél Esti nunca se deja ganar por la melancolía.

― Cállate. Basta de majaderías. Sabes de qué hablo.

― Oh… entonces es de eso que quieres hablar, estimado K. De tu obra, ¿no es cierto? ¿du souci de l’ouevre?

Enseguida dejó escapar una carcajada seca y estruendosa al tiempo que reacomodaba su falo en el interior de su pantalón.

― Tres décadas y no he hecho nada de valor. Nada publicable. ¿Ves de lo que hablo, húngaro infeliz?

― Pues bien ― poniéndose de nuevo en marcha ― hace ya mucho tiempo que estás muerto.

― ¿Eso crees?

― Hace años que lo veo. Escucha, Wilde dijo en una ocasión que a los dieciocho años ya había concebido todas las ideas que darían sustento a la cosmogonía de su programa literario. Tenía claro, al llegar a sus veinte años, que en lo venidero debía dedicarse exclusivamente a poner todo su talento al servicio de dichas ideas. Muy listo el irlandés, ¿no crees?

― Posiblemente, pero como era vanidoso también era inevitable que hablase más de la cuenta. Por mi parte, nunca he aspirado a ser Wilde ni ningún otro.

― ¡Muy astuto, K.! No lo sabes pero en el fondo sí sabes que aspiras a ganarte una placa en el Hall de las estrellas de literatura universal. ¿No te das cuenta de lo absurdo que es el mero hecho de mencionarlo?

― ¿Entonces de eso se trata? En adelante, ¿sacar provecho de las ideas que alcanzaron a empollarse en mi cerebro de veinte años?

― Que no es gran cosa, por cierto.

No sólo de sus frases ni de su boca salían disparados chorros de sarcasmo. También de su cuerpo entero. Sus ojos ardían como si todo el licor de los vermut ingeridos se estuviese ahora quemando en ellos.

― Las pocas que he tenido no han sido ideas ni muy originales ni muy profundas. Y tampoco poseo el talento suficiente para elevar la fuerza de esas migajas conceptuales a un nivel que me permita crear algo aceptable, por lo menos. ¡Qué triste!

Al oír esto, Kornél Esti inclino la frente y siguió caminando en completo silencio. Parecía que se apiadaba de mí. Seguimos avanzando en completo silencio por varios minutos. A pocos metros de la plaza, Esti seguía inmerso en el mismo silencio. Entonces entendí que precisaba una respuesta de su parte antes de que se adentrara en los túneles del metro y no volviera a verlo en mucho tiempo. El amanecer despuntaba y el estertor de los primeros trenes del día ya estremecía el suelo parisino. Debía formular la pregunta adecuada.

― ¿Qué me queda entonces? ― pregunté buscando atentamente su mirada clavada en el asfalto.

― Después de su muerte, a los treinta años, a un pseudo escritor como tú o yo no le queda más que la promiscuidad de las letras, leer, succionar todo cuánto es digno de ser leído. ¿Sabes? Empleas el término obra con una ligereza que me pone de muy mal humor. Escucha con atención: no quiero volver a leer nada escrito de tu mano mientras sigas pensando en construir una obra en el sentido clásico de la palabra. Es absurdo, una completa enajenación. ¡Me averguenzas!

― ¿Entonces qué debo hacer, qué puedo construir?

― Se puede construir, al cabo de mucho tiempo y esfuerzos esporádicos, una suerte de unidad compuesta por una serie de muchos fragmentos diseminados sin orden alguno… vivencias, querido K., para no ir más lejos, vivencias, amontonadas tal y como las va depositando la vida a tu alrededor.

― Vivencias…

― Sí, fragmentos de existencia en los que se ha logrado la captación de una cierta poesía.

― Difícil componer una novela así, sobre una base narrativa meramente anecdótica. Carecería de mérito porque no habría ningún tipo de trabajo trás ella.

― ¿Una novela? ¿Trabajo? ¡Qué tonto eres! Lo máximo que podrás escribir es una suerte de biografía novelesca, como un álbum de fotografías, sin ningún tipo de trama sicológica ¿ves?

― Lo veo y no lo veo.

― La novela es un género decadente, moribundo. ¿Quién querría conocer hoy la intimidad, miserable o grandiosa, de la vida interior de un ser forjado con palabras? Sólo tontos como tú.

― Puede que tengas razón.

― Abre los ojos, querido K. Ya lo dijo Kosztolányi: escribir siempre como se escribe un telegrama.

― Prefiero leer.

― Pues entonces lee.

―Pero… leer así, en esas condiciones, resignado, maniatado.

― ¿Y qué otra cosa puedes hacer cuando careces de la fuerza suficiente para imponer tu visión de las cosas en el mundo?

― No lo sé.

― Pues yo sí ― dijo levantando la voz ― y está muy claro. Debes aceptarlo todo.

― No veo la necesidad intrínseca para que sea de ese modo.

― ¿Intrínseca? ― preguntó a carcajadas ― ¿de qué demonios hablas, K.? Déjate de eso ya y mira tu vida directamente a los ojos. Entonces sabrás que es totalmente innecesario ponerte a fabricar explicaciones con palabras que no conducen a ningún lado. ¿Sabes que te espera?

― Quiero disciplina, consagración al trabajo… todas esas cosas son dignas, dan sentido a la vida.

― ¿La vida? A media que la comprendes ves lleno de extrañeza que en las tautologías de la sabiduría popular parece esconderse una lógica aplastante. Nunca estuviste destinado a crear nada, querido K. ¿Por qué? No lo sé. Sólo sé que siempre he sabido que es así. ¿Ves?

― Patrañas.

― Estás muerto, amigo. En adelante, esta será tu condena, la de los hombres sin talento: saberte contenido en todo cuanto leas. Porque cada intuición, cada sentimiento, cada vivencia, ha estado ya contenida previamente en otra psiquis, ha sido trabajada y depurada por otro talento. Sólo queda la vulgaridad, el impudor, saberte siempre comprendido en algo más, deducido en algo más, vivido por algo más. Confesiones; sí, sólo eso, nada más que reverentes confesiones, porque es eso justamente lo más digno que puedes hacer cuando en una mísera página toda esa confusión de sentimientos y hechos que forma tu vida se devela ante tus ojos bajo una forma sensible, ordenada y previamente sometida a los cálculos de otro. No queda más que aceptar y confesar. Porque en el fondo no eres nada. No has sido capaz de generar ningún contenido lo suficientemente compacto en sí mismo como para resistir el juicio de un entendimiento capaz de penetrar a fondo su materia. Es una aberración llevar una vida así: intentar alcanzar algo, dirigirse hacia algo que te llevará siempre años luz de distancia, una ventaja infranqueable… algo que jamás podrás anticipar. !Es una monstruosidad! Es posible que precisamente a eso se refiriera Zilahy, estimado K., cuando pensaba en las cárceles del alma. En todo caso, cada vez escribo más y más para odiar más y más la literatura.

― Es un panorama desolador.

― De nuevo te equivocas. Aún te queda campo de acción. Cuando dejas de ver con los feroces ojos de la ambición, te conviertes en alguien capaz de sopesar con mucho más precisión sus posibilidades. Pronto daremos por terminada esta conversación sin sentido.

― ¿De qué hablas?

― En uno de mis viajes a África, descubrí un animal espantoso, vil, sucio, pero también grandioso. Tú alma es como ese animal; por lo menos así se presenta ante mis ojos, querido K. No es un reptil ni una rata ni un primate, no obstante, tal vez, siendo un ave, en él se condense lo peor de todos éstos. La Cigüeña Marabú… la carroñera de los carroñeros, criatura siniestra, roba a las hienas y los buitres despojos de carne en descomposición. Es un animal poderoso y voraz. Su pico podría partirte en dos el esternón de un solo golpe.

Cigüeña Marabú
Cigüeña Marabú

― La carroñera de los carroñeros…

―Sí, y ese es el limite de tus aspiraciones… pues teniendo un alma carroñera no serás otra cosa que un escritor carroñero. No hay más.

Como siempre Kornél Esti hacía gala de su ingenio para herir lo más mortalmente posible mi vulnerable dignidad de escritor.

 ― Con que un escritor carroñero ― le repliqué con una mueca de amargura y a la vez de admiración ― y robar todo cuanto pueda de los grandes talentos para luego regurgitarlo en palabras y frases descompuestas. ¡Vivir así! !Robando a las hienas!

― Ni más ni menos.

― Kornél Esti, bárbara sabiduría la tuya ― le dije mientras le estiraba la mano para agradecerle por la respuesta de aquella noche.

― Un día, un texto, un poco de Ibsen mezclado con unas gotitas de Cioran, un poco de sicología narrativa rusa… y así, hasta agotar todas las posibilidades.

― ¿Qué tal un poco del burguesismo de Thomas Mann cocido con la inhumanidad de Borges? ¿O la ridiculeces sentimentales de Neruda con las búsquedas identitarias de Semprun?

― Sí, sí, lo que quieras… pero calláte ya.

― ¿L‘écriture ou la vie, Kornél Esti?

Nos detuvimos unos instantes en medio de la plaza. Kornél le dio la última calada a su cigarro, lo arrojo a los pies del gran monumento que nos acechaba desde lo alto, se quedó mirándome fijamente unos segundos, posó su mano sobre mi hombro y dijo: uno siempre espera un gesto, una señal proveniente de alguien más que te sugiera un rumbo a seguir. Tú sabes, este tipo de naderías. Por eso he pasado por París.

― Esta noche has cumplido bien tu misión.

― Ha llegado mejor el periodo de tu vida, K. También el mío. Podrás construir algo, como farsante, como Cigüeña Marabú, pero al fin y al cabo: algo. Ahora empieza la vida de verdad. Serás como todos los demás. La disfrutaras más a fondo. Tómalo todo, querido K., porque ese es el tipo de cosas que no se le perdona a la gente sin talento: dejar pasar la vida en vano. Todo lo demás son temores sin fundamento.

Dicho esto, Kornél Esti estrechó nuevamente mi mano y agregó: nunca volveré a este lugar. Intentaré establecerme en la ciudad honrada. No puedo mentir más. París… bueno, tú lo sabes ya, querido K… Esta vez no debes restarle valor a lo que he dicho. He estado aquí pero todo el tiempo ha sido como si estuviese más allá.

― Adiós, viejo amigo.

― Adiós, querido K.

Entonces lo vi alejarse paso a paso, penetrar dulcemente en la niebla del amanecer y fundirse en la fresca bruma matutina con su traje blanco impecable. Esa fue la última vez que vi a Kornél Esti.

Conversación con Kornél Esti (Segunda parte).

2.

Después de beber un par de copas más, Kornél Esti me propuso caminar por París. Nos dirigimos hacia La Porte de Saint-Denis, en el Xe Arrondissement, por donde antes de la Revolución solían entrar a la incipiente ciudad los monarcas recién coronados. Le habían hablado a Esti de un bar mélangé en el que se reunía todo tipo de gente. Indocumentados, mendigos, franceses de souche, franceses pobres, estudiantes sudamericanos, ancianos solitarios, punkers, lesbianas y todo cuanto emergía de las arterías de París. Esti quería conocer en persona el lugar. A lo mejor, me dijo, ahí le vendría una buena idea para escribir y entregarse por fin a un nuevo proyecto tras años de inactividad.

Kornél y yo, en el bar Le Sully.
Kornél y yo, en el bar Le Sully.

― Es un sitio repugnante ― dije mientras me instalaba a tropiezos en la diminuta mesa que habíamos seleccionado. El lugar era, como era de esperarse, minúsculo y en sus escasos cuarenta metros cuadrados se aglomeraban varias decenas de individuos.

― No ― respondió Esti con enojo ― acabamos de llegar. Estamos obligados a esperar. Ya pasará algo.

Así pues, decidimos esperar. Ordenamos las bebidas y encendimos par cigarros. Esti miraba en todas direcciones con inmensa curiosidad.

Absorbía la atmosfera del recinto. De vez en cuando veía yo pasar entre nuestros zapatos ratoncillos corriendo desesperados al encuentro de las sobras de un Kebab. En la mesa vecina, teníamos a un grupo bastante particular. Cuatro hombres mayores, turcos, bien vestidos, limpios y hasta –podría afirmarse- de buenos modales, se encontraban en compañía de dos chicas muy jóvenes, bastante alicoradas y excitadas. La una era una rubia francesa, bella, delicada y sensual en su inocencia; la otra era una amerindia del Perú, carnal, redonda y salvaje en sus pulsiones. Ambas llevaban besándose apasionadamente más de un cuarto de hora; sus manos escarbaban por debajo de sus vestimentas con desesperación, como si quisiesen alcanzar un punto remoto y privilegiado en las honduras de sus carnes. Desde donde estaba podía escuchar la respiración entrecortada de ambas. Esti no les quitaba el ojo de encima ni un segundo. Era un espectáculo grotesco y triste al mismo tiempo. Los turcos que las acompañaban, sobrios todos, sólo las observaban con indiferencia y permanecían en silencio mientras tal demostración de sensualidad tomaba lugar. En su paciencia se advertía una completa calma, y tras ella se escondía la certeza de que aún no llegaba su momento de actuar. Ellos aguardaban su bout de la nuit.

― ¡Voilà Le Sully! ― dijo Esti muy alegre ―décadas atrás este lugar era un antro árabe de juegos de azar ― agregó tras una breve pausa ­― lo que llaman, bien habrás de saber, un tripot, santuario de obreros, zona de congregación de solitarios, gente marginal y herida, en fin, espectros provenientes de los submundos parisienses ― esto último lo dijo mientras volvía su cara hacia el otro lado para observar en la otra mesa a un senegalés que mordía la nuca marmórea de un adolescente francilien al que rápidamente una lengua y una dentadura africana iban despojando de su pureza ― y ahora mismo lo puedes corroborar, querido K., el tripot se ha convertido en un excelso templo de la democracia y la transculturalidad. ¡Es hermoso! ¡Brindemos por eso, querido amigo!

Y ahí estaba yo, otra vez, junto a Kornél Esti esperando a que sucediera algo. Llevaba meses sin verlo, un año completo en el que había

conseguido mantenerme al margen de su influencia y su ingenio. Lo echaba de menos, cierto es. Pero no por eso ignoraba lo estimulante y dolorosa que me resultaba su compañía. No había ninguna persona, como Kornél Esti, que lograra olfatear con tal facilidad todos mis temores y debilidades. Diseccionaba mi interior con la habilidad de un cirujano. Yo odiaba el hecho de que siempre terminase demostrándome, valiéndose de sofismas y argucias, que yo no poseía ningún tipo de talento. Leía siempre mis poemas con infinito desdén. Fue a él a quién confié la lectura de mis primeros textos, a la edad de diez y siete años. Mientras leía en voz alta el desastre rítmico de mi poesía, al final de cada verso se detenía para escupir o fingir que era presa de poderosas arcadas; cuando hacía esto, ubicaba ambas manos en la parte baja de su vientre, doblaba espalda y rodillas, emitía sonidos onomatopéyicos de todo tipo y decía ― Sólo eres un gran narizón y no tienes nada qué decir. Acéptalo de una buena vez―. Hubo veces en las que se arrojó al suelo y estuvo revolcándose ahí un cuarto de hora, como una lombriz cubierta de sal, retorciéndose y dejando escapar sonidos incomprensibles. Es cierto que me abordaba un sentimiento de injusticia con relación al modo en que Esti reaccionaba frente a lo que yo escribía; al fin y al cabo yo le revelaba mi intimidad y su agresividad era evidentemente innecesaria y desproporcionada. Sin embargo, en momentos así, me quedaba paralizado sin encontrar qué responderle, porque algo en mi corazón se tranquilizaba al enterarse de la verdad oculta detrás de mis poemas, la cual él develaba con facilidad. Kornél Esti no ama nunca; sólo consume. Su capacidad para ridiculizar es inconmesurable. Así son los grandes talentos.

Al cabo de un año, regresaba a París y veía yo, desarmado ante su carisma, cuan imposible me resultaba resistirme a su personalidad. En el fondo, hacía tiempo que añoraba hablar con él. Por eso le había escrito e incluso había telefoneado a un par de hoteles en Budapest. Cargaba en mi interior la urgencia de hablarle sobre ciertos asuntos personales que hasta esa noche no me había atrevido a confesarme a mí mismo.

No hay duda que desde el primer momento él había notado mi inquietud. Pero prefería ignorarla por completo. Aún no era el momento indicado para adentrarnos en esos terrenos. Así que de momento me veía obligado a beber y esperar. Tras una profunda inhalación, Esti introdujo varios litros del viciado aire del Sully, sacó su estilógrafo, abrió su libreta y, con el semblante colmado de arrogante suficiencia e inspiración, se puso a escribir. Así se pasaría las próximas cuatro horas, escribiendo, haciendo muecas, retorciéndose las falanges, escupiendo, intercambiando una que otra frase con algún vecino ebrio, y fumando frenéticamente.

Conversación con Kornél Esti (primera parte, deformación de un relato de Dezső Kosztolányi).

Y resulta que Kornél Esti estaba de vuelta en París. Había transcurrido ya un año entero desde la última ocasión en que habíamos conversado. Durante este tiempo le había escrito varias cartas para pedirle consejo sobre algún problema relacionado con las traducciones que me ocupaban. Empero, no obtuve respuesta de ninguna de las direcciones que él mismo había anotado en mi agenda. De los hoteles en los que solía instalarse por algunas semanas en Praga, Budapest, Viena y Berlín no habían llegado signos de vida suyos.

Kornél Esti a los 24 años.
Kornél Esti a los 24 años.

Esta vez, se encontraba solo sentando en la terraza del majestuoso café l’Européen, justo frente a la gare de Lyon. Tenía la pierna derecha ligeramente cruzada sobre la rodilla izquierda; ambas piernas, largas y elegantes, parecían formar una trenza que se escurría por debajo de su mesa. Estaba vestido con la misma elegancia de siempre, completamente de blanco, zapatos y calcetines incluidos. Sólo un pequeño pañuelo violáceo se asomaba por el bolsillo izquierdo de su frac. Cada pieza de su vestimenta ocupaba impecablemente su lugar. Como toda personalidad talentosa, Kornél Esti iba siempre pulcro y altivo. Sobre su mesa reposaba una copa de vermut y un paquete de sus cigarrillos baratos, de esos dulzones que a él le encanta fumar. Inclinado sobre el cenicero, un cigarro ardía, y de la brasa que se quemaba en su punta se desprendía un humo denso y copioso que ascendía en espiral hacia el cuello de Esti; parecían las retorcidas corrientitas de  humo formar un par de brazos asesinos lanzándose sobre su cuello para estrangularle. Y el pobre de Kornél ni se daba por enterado. Por último, en la mitad de una pequeña libreta de notas, reposaba su particular estilógrafo plateado que se asemejaba más a un puñal lanceolado que a un utensilio de escritura.

Yo cruzaba el boulevard Diderot a toda prisa y lo vi con la mirada perdida apuntando hacia la multitud. Parecía un poco abatido, y el hecho de que no tuviese compañía despertó todo mi interés. Un año atrás había prometido que no regresaría jamás a una ciudad tan poco honrada como París.

― Con que de nuevo aquí ― le dije plantándome frente a él, con ambos brazos sobre la cintura, mirándolo desde arriba y condenando abiertamente su ingratitud.

― Sí, de nuevo aquí ― musitó después de elevar la frente y contemplarme un instante sin dar señales de sorpresa o disgusto ― ¿y qué con eso?

Estaba tan apuesto como siempre. La gomina con la que se peinaba, tan negra como la brea, le daba una luz traslucida a su cara, como si fuese ésta una pequeña perla atrapada en una oscuridad infinita. La suya, no obstante, era una palidez sana, espiritual. Al notar que lo examinaba de arriba abajo, se incorporó un tanto, ajustó las mangas de su frac, las sacudió, retiró algunas motas, y cuando se sintió completamente listo, volvió su filosa mirada hacia mí, y sus ojos, con la misma luz argentada, me miraron desafiantes y amables. En ese instante, se dio cuenta de que lo había estado esperando todo ese tiempo. Entonces, por primera vez en esa noche, me sonrió maliciosamente.

― ¿Dónde has estado? ― pregunté aun con la mirada puesta en los pliegues de su boca angelical.

― En Suramérica.

― ¿De excursión en la ciudad honrada?

― En efecto ― dijo todavía sonriente mientras acercaba el cigarrillo a sus labios.

Esti acababa de salir de su letargo.

― ¿Entonces es cierto todo lo que se dice?

― Sí, lo he visto bien. Ni un ápice de falsedad.

― ¿Y has redactado algo ya? ― pregunto esperando escuchar que su paso por París se debe a una cita con su editor francés.

― No he escrito una sola línea, ¿cómo crees? He estado aquí y allá, de un lugar a otro, viviendo, incrustado en la vida, querido K., atrapado por ese pulpo de innumerables tentáculos… la vida.

Dice esta última palabra con una entonación cargada de significado, como preguntándome ¿y tú, en lo mismo de siempre? Pero me rehúso a responderle ahora.

― ¿Entonces es verdad que en la ciudad honrada los almacenes de zapatos advierten a sus clientes sobre la mala calidad de su calzado y dan garantía absoluta sobre la aparición de callos y ampollas una vez usado; y los restaurantes ofrecen en sus menús platos incomibles, ensaladas rancias y postres pasados?

― Ni más ni menos ― me respondió complacido Esti al tiempo que me acercaba una silla para que tomase asiento.

― ¿Las librerías envían sus catálogos reseñando libros como basura ilegible redactada por un escritor alcoholizado que no ha vendido un solo ejemplar en toda su carrera; y a la entrada de las cafeterías se leen cosas como: aquí, lugar predilecto para holgazanes, buenos para nada; precios elevadísimos, platos sin lavar y meseros arrogantes?

― Constatado en pleno uso de mis facultades, mi querido K.

― ¿Y los periódicos tienen títulos como El adulador, El hipócrita, El homofóbico, El facho?

Kornél Esti, en 1999, antes de perder la virginidad.
Kornél Esti, en 1999, antes de perder la virginidad.

― Tout à fait – me replica Kornél ― estos periódicos reconocen abiertamente estar al servicio del gobierno de turno, no ocultan su filiación política de ultraderecha ni se avergüenzan en sus editoriales de defender los intereses de minorías poderosas que oprimen a otras masas de población mucho más vulnerable y tradicionalmente oprimida. ¿Por qué habrían de hacerlo? Es la ciudad honrada. Y lo es en todo sentido.

― ¡Qué interesante!

―Sí. Y sólo tienes que fijarte en los anuncios que publican. Hay cosas muy llamativas y divertidas. Por ejemplo: ofrece sus servicios empleada domestica cleptómana y ninfómana, con antecedentes penales; profesor de español con escasos conocimientos en fonética y sintaxis, con acento y dicción incomprensibles, ofrece clases a domicilio a las que regularmente ha de llegar retrasado. Es estupendo. Todo el mundo es demasiado poco exigente. Por eso no tienen necesidad de mentirse ni de agregar valor a lo que hacen, fabrican, venden, escriben o dicen. El primer día de mi estancia en la ciudad honrada vi una enorme valla con letras de neón que decían: «Robamos, arrebatamos, mentimos, estafamos.»

― La cárcel.

― Qué va, K., no tienes idea aún. Era un banco. Porque en la ciudad honrada también los bancos son sinceros.

En ese preciso instante comprendía a cabalidad cuanto había extrañado a mi viejo amigo. Junto a Kornél Esti sentía que recuperaba de inmediato todas mis fuerzas, se renovaba mi interés por la vida. ¡Qué estimulante la compañía de Kornél! decía para mis adentros mientras sorbía un poco de mi Calvados.

― ¿Y los políticos, cómo son? ― indagué después de pasar el trago.

― Igual de honestos y humildes que todos los demás habitantes de la ciudad honrada querido K. Por cierto, un día conté con la suerte de pasar por una plaza pública en la que justamente uno de los políticos locales se dirigía a sus habitantes. Vociferaba: “fijaos en la estrechez de mi frente y los rasgos de mi cara desfigurados por una avaricia que no conoce límites, por una soberbia insaciable, para que os deis cuenta quién soy en verdad. Conozco mal leyes, no me interesa aplicarlas en favor de vuestro bienestar. Y desprecio este oficio cuya meta final es conduciros por el buen camino hacia una existencia digna y equitativa. ¿Sabéis cuál es en verdad mi meta final? Deseo hacerme rico en un santiamén, bañarme en oro, saciar mi ambición y volverle la espalda a vuestras necesidades. Es por eso que busco siempre confundir vuestras consciencias con dogmas religiosos y elucubraciones intrincadas que jamás comprenderéis. ¿Y todo esto para qué? Para que os embrutezcáis más y más y me elijáis a mí.”

― Parece insoportable tanta sinceridad.

― En absoluto. Debes hacer un esfuerzo mayor para ver con claridad la lógica del asunto. La verdad no está oculta en ningún lugar. Nadie laposee ni nadie se la arrebata a nadie. Todo el mundo es sincero y humilde, y prefiere aparentar ser menos a aparentar ser más. Es por eso que nadie se toma al pie de la letra lo que oye o lee. El nivel de autocritica está muy desarrollado en la ciudad honrada. Por esa razón aque lugares como París, por ejemplo, siempre te ves obligado a dudar de lo escuchas o lees en los diarios, te ves en la necesidad de desconfiar de tu prójimo y de regatear sin antes haber escuchado el precio de un bien o un servicio que estás a punto de adquirir. En cambio, en la ciudad honrada debes añadirle valor a todo lo que constituye su existencia material y anímica.

― Ya voy comprendiendo el asunto― digo y me dispongo a encender un cigarro.

En ese preciso instante, llega el mesero a nuestra  mesa. Ambos nos quedamos esperando a que salude o presente un mínimo gesto de simpatía. Sin embargo, entrega indiferentemente nuestras bebidas, cambia el cenicero y desaparece sin musitar palabra.

― Eres afortunado. No todos lo hacen con tanta facilidad. Toma tiempo habituarse a sus honradas costumbres ― agregó Esti con indulgencia y bebió un sorbo.

― Grata experiencia, Esti, vivir entre gentes honradas. A propósito ¿por qué regresaste? ¿No estabas a gusto ahí?

― Me hallaba naturalmente a gusto en la ciudad honrada. Pero fui repatriado, absurdamente repatriado.

― ¿Cómo es eso?

― Cuando me presenté ante el oficial de inmigración para solicitar mi residencia definitiva en la ciudad honrada cometí un grave error. Dije: “Encantado, señor; igualmente encantado de estar en vuestra ciudad, he venido a jurar lealtad su gente y a su estado.” De inmediato, el oficial dedujo que yo era un sucio extranjero, imprudente e hipócrita, que se atrevía a mentirle sin ningún reparo en su despacho. Enfurecido, ordenó mi repatriación al instante. Yo no merecía vivir en la ciudad honrada, fue lo último que me gritó.

Al oír esto ambos soltamos a reírnos a todo pulmón. Los franceses de las mesas vecinas, embotados en sus meditaciones, en su soledad, voltearon a mirarnos con desprecio. Entonces nos carcajeamos aún más fuerte.

― Míralos, K. ― dijo Esti retorciéndose de risa sobre su silla ― los habitantes de la ciudad honrada de París.

La verdad era que me daba gusto volver a Kornél Esti. Pero no me atreví a decírselo en ese momento por temor a verlo regatear de inmediato mis sentimientos. Era un bello rencuentro.

La riqueza de la vida; las miserias del cine y la literatura.

1.

Abajo, fragmento traducido del francés de una carta, con fecha del 26 de noviembre del año en curso, enviada por un colega con el que suelo beber y hablar de ociosidades tales como filmes y libros:

“…y si con El Caballo de Turín, Béla Tarr se propuso reproducir lo absoluto de la realidad en un filme, por un lado, pletórico de tedio como hecho estético y que, por otro, expone al espectador a una suerte de sadismo de la imágen, yo por mi parte, con mi filme El Último Perro de Stefan Zweig me alejaré de ese odioso hiperrealismo húngaro que, en la ficción, acomete la necia tarea de recordarle a los seres humanos aquello que en la realidad desean ignorar. Será un rodaje impecable que reproducirá la triste realidad de un cachorro al que, acostumbrado a una vida acomodada, el suicidio de su dueño condena a un largo número de peripecias, siendo conducido de un amo a otro, de una asociación protectora a la otra… pobre animal, tanto estrés. Es una visión terrible, peor que la del caballo que hizo enloquecer a Nietzsche. Y todo, para luego… bueno, todavía no se sabe con certeza nada sobre los últimos días del perro de Stefan Zweig. Mi investigación acaba de comenzar.

Perdona mi emoción querido K., pero es que lo veo con tanta claridad: no me cabe duda que esta película será un hito y abrirá la senda a un nuevo género. Porque, como lo hemos discutido ya, el cine del futuro será un cine sin humanidad, sin psiquismos ni narrativas del yo… De pasada, también dejará sin fundamento a Ricoeur. ¿Cómo representar el universo interior de un perro desde el perro mismo? Los animales no se narran ni se saben narrados; sólo reaccionan. ¡Ahí es donde también agradecemos inmensamente a Lorenz por legarnos la etología! Y de paso habrá que reconocer también los aportes de David Attenborough en el género del documental natural… un tipo muy serio en lo que hace… ah, sí, se abre un gran camino y no puedo más que contemplarlo con dicha prematura. ¡Ya veremos!

En todo caso, por ahora, solo puedo agradecerte a ti, querido colega, el haberme tan generosamente marcado el camino a seguir. Eres, a pesar de todo lo que has sufrido acá, un hombre sin egoismo. Por eso te quiero.

Besos y hasta pronto,

Etienne.”

2.

Que ¿cómo se explica todo eso? Pues bien, es muy sencillo. Para variar, como estudiantes de París III, estacionados en la terraza del Café Censier Daubenton del Quinto Arrondissement, hablábamos de lo mismo que se habla en Literatura Comparada: la Shoah, la literatura testimonial, la figura del verdugo, la transmisión de la memoria del Holocausto, etc. Nos encontrábamos reunidos dos colombianos, un par de franceses y una chica turca. Unos, atizados por el sueño de ser escritores de renombre, y otros, réalisateurs de una exquisita sensibilidad, todos nos dábamos cita en dicho lugar para aliviar con tragos baratos la amargura de lo que París nos informaba a todos por igual: que éramos individuos carentes de ese misterioso impulso vital que conlleva a la creación; es decir, que carecíamos, en lo esencial, de talento. Hiciéramos lo que hiciéramos, cada uno, a su modo, lo sabía ya. Por eso estábamos juntos. Para ayudarnos a callarnos a nosotros mismos esa verdad que nos dolía tanto y que representaba nuestra ascensión a la adultez.

Para ponerle un poco de picante al asunto, señalé con cierta sorna el hecho de que Adolfo Hitler y Stefan Zweig, el del final de los años 1930, viejo y deprimido, presentan rasgos faciales curiosamente similares. Ambos eran austriacos. Y ambos fueron vecinos en lo alto de las colinas de Salzburgo. Este es claramente un paralelismo que fácilmente podría establecer el presentador de un programa cultural de un canal de televisión regional, claro está. No obstante, entre más se hablaba más se bebía. Y ese era el tipo da solidaridad a la que todos buscamos adherirnos, como insectos que revolotean en torno a una luz fluorescente. En realidad, nadie se interesaba por nadie. Sólo ocurría lo que le ocurre al homo sapiens frente a la catastrofe: se agrupa.

En vista de que un silencio, largo en exceso, dejaba en claro que ninguno de los presentes había visto jamás la cara del autor vienés, decidí entonces seguir hablando de él. En breve, narré la tragedia de su vida, cómo un rico aristócrata judío, cosmopolita de cultura germánica –que se pudo dar el lujo durante toda su carrera de creer y promulgar la fraternidad humana-, terminó suicidándose en una soleada mansión en Petrópolis, Brasil. Uno más de esos europeos nacidos en la segunda mitad del siglo XIX a los que se les acabo el mundo con la Gran Guerra. Luego, fue imposible evitar hablar de Plucky, su última mascota, un simpático fox-terrier, cachorro todavía, el cual  esperó hasta bien entrada la tarde a que su amo abandonase su habitación aquel aciago lunes 22 de febrero de 1942.

Entre los muchos documentos que se encontraron en la habitación, se hallaba la carta suicida. “Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos,” así cerraba Zweig su actuación en el mundo minutos antes de introducir en su cuerpo una gruesa dosis de veronal. Poco tiempo después vieron la luz otros documentos que Zweig había entregado a un colaborador, los cuales había ordenado mantener en secreto hasta nueva orden. Entre ellos figuraba Disposiciones con relación a mi perro, agregué con la firme intención de callarme a partir de ese momento.

3.

Stefan Zweig junto a uno de sus perros.
Stefan Zweig junto a uno de sus perros.

“¿Y el perro… pero qué pasó con él?” preguntaron los demás al unísono, compungidos de compasión canina.

“Pff… moi, j’en sais rien,” respondí con desdén y al mismo tiempo le hice señas al mesero para que me trajera otra picon bière. Acto seguido, François, antiguo estudiante del Henri IV, se levantó de la mesa embargado por una súbita explosión de dicha y ansiedad, como si a la vez se esforzase por contener entre sus labios un poderoso e incierto Eureka. Arrojó seis euros sobre la mesa y abandonó la terraza del café sin decir palabra mientras sacaba del bolsillo derecho de su abrigo un Samsung Galaxy para hacerle una consultilla a la red. Días después me escribió esa efusiva carta, convertido y hablando como un prestigioso director.

En momentos así, ustedes han de saberlo, uno disfruta la vida y su impúdica abundancia. En momentos así resulta difícil digerir esa simbiosis de cierto cine y cierta literatura.

Yo también le estoy agradecido a él, a Etienne, este jovenzuelo parisiense de sensibilidad post-industrializada, el primero que hasta hoy parece intuir que, detrás del documento que marcó el destino de un can huérfano, se esconde una nueva riqueza estética.

Nadie sabe qué fue del último perro de Stefan Zweig. Eso está por saberse. Tal vez Cannes 2014 nos sorprenda con un filme mucho más profundo y abrumador que el de Béla Tarr. Lo que ya está claro es donde está localizada toda la gran aridez que caracteriza estos años de comienzo de siglo.