Cartas del Paraíso (Carta I).

Santiago de Cali, junio 28 de 2006.

            Hijo querido,

            ¡Definitivamente ante tanta perfección tiene que haber algo! ¡Algo tiene que haber! Estoy alegre, ¿cómo te parece? Permítime empezar así esta vez, no te vas a preocupar, te lo advierto, mi estado no ha empeorado. Ante tanta perfección tiene que haber algo, así es. Mil veces te lo he dicho, y no vas a creer que de verdad he enloquecido ni que ahora de viejo me ha atrapado la religión, ya sabés el odio que le tengo a esos curas doble-hijos-de-puta, cacorros mamadores de pollas, ya sabés vos. Mi creencia se eleva a lo supremo, una sola palabra, sólo eso puedo decir.

            Te escribo para contarte que tengo la moral en alto. Y no son los medicamentos. Es curioso: incluso cuando uno termina, por fatiga casi siempre, entregándose a la certidumbre de que en la vejez ya ningún escenario es susceptible de sorprendernos, el día menos pensado suceden cosas que nos sacuden y nos sacan de nuestra rutinaria apatía. Así ocurrió hoy.

            Hijo, a pesar de esta cabeza mía ‒enjambre de relámpagos que ni siquiera los ansiolíticos consiguen opacar‒, y a pesar del desorden fulgurante que la gobierna desde hace tantos años, me doy cuenta de que todavía conservo el ojo intacto para seguir captando los prodigios de la Creación. Sabrás perdonarme este momentáneo desborde de vanidad. Vos sabés que, en el fondo, te hablo siempre con humildad.

            Hoy martes, como todos los martes desde que me encuentro aquí, vino a visitarme el doctor que se ocupa de mi cabeza. Ya sabés que es un hombre dócil y reflexivo, que escucha sin juzgar. De esas personas que, por una razón misteriosa, se obstinan por disimular su presencia ante el mundo y apenas se atreven a proyectarla con mesura, como esas sombras alargadas que se desvanecen en los últimos instantes del crepúsculo. Diríase el talante distante, un tanto severo pero al mismo tiempo receptivo de Freud, esa humana frialdad. Bondades inexpresables, digo yo, encarceladas y a veces trituradas por la ambición de saber. La gente así a mí me genera confianza, ignoro por qué. Debería de ser al contrario, ¿no? Pero bueno, al fin y al cabo, lo habrás notado, no es un sujeto viril, y a uno le cuesta imaginarlo malvado en su lejanía casi languideciente. Imaginatelo más bien como a un pequeño Freud del uno se puede fiar.

            Bueno, sin más rodeos, hoy estuvo estimulante nuestra conversación. Me contó una historia llena de ingenio que alcanzó lo profundo de mi ser. En una palabra, vi, como nunca vi antes, la obra de Dios operando con toda la crudeza de su pueril impunidad: orgías interminables de una maldad delirante y beatificada. Así, sin más. Es curioso, hace ya un buen tiempo que las palabras me llegan solas, no consigo controlarlas, son como mis recuerdos, ráfagas de ráfagas que alguien o algo en mi interior dispara. No oigo voces, no; ellas, al contrario, me escuchan a mí, y desde el fondo de mi alma, se reproducen como el eco de una agresión interminable, como la sinergia de una oscuridad intangible que me posee. Es la polifonía de mi demencia. Pero ya sabés que no estoy loco, vos sabés qué quiero decir cuando empleo esta palabra. Una mera variación en la escala tonal de la vida. Demencia, demencias, todos tenemos. Pero bueno, continúo, perdóname, sé que tengo por momentos arrebatos de fenomenólogo y me pongo pesado hasta el hartazgo.

            Imaginate que ya me disponía yo, como es costumbre, a responder a sus preguntas, a hablarle de las cosas que me han sucedido a mí en la vida, de toda esa violencia que me tocó ver de niño, todos los días mate y mate gente en ese barrio, que aquí que allá, que atracaron a fulano, que le dieron machete a sutano, vos sabés, esa barbarie, esa pobreza tan horrible en que nacimos, en fin, de todo eso iba ya a hablarle. El pequeño Freud insiste siempre en hablar de eso. Me pide que le cuente todo. Y yo, ni corto ni perezoso, estaba ya soltando la lengua para mencionarle un recuerdo que me frecuenta casi a diario, la imagen de aquella vez, en 1973, cuando ahí en el Paraíso el gordo Bethoven asesinó por la espalda al hijo de doña Doris, a Pedrito.

            ¡Uy hijo! Si hubieses estado ahí, qué puñalada, qué sevicia ‒¡por nada, por droga!‒ directo en la ingle atinó el certero carnicero: e ipso facto el chorro mortal que empieza a silbar como los abejorros de mayo, y nosotros ahí, imaginate, y esa femoral que estalla en medio de la calle como un géiser furibundo que nos escupe encima un diluvio escarlata. Y frente a todos, ante el barrio entero, la gente del Paraíso, el moribundo en su espanto que se muere, que agita los brazos intentando alcanzar el asidero de la vida; todavía lo veo tambaleándose sobre el asfalto mientras se vacía cual res sacrificada. Veo aún sus ojos que me llaman desde la nada. Ver morir, hijo, ver morir. Irse separando progresivamente de la vida. Sólo eso. ¡Qué juventud la mía!

            En fin, centelleaban en mi cabeza dichos recuerdos, y me disponía ya a dar inicio a mi anécdota, cuando por vez primera, el pequeño Freud me interrumpió con voz conciliadora. Permítame primero contarle algo, me dijo. Como usted ordene, doctor, le repliqué con sorpresa. ¿Le teme a las avispas?

            Hijo, yo me acuerdo que en el Paraíso, con tus tíos, nosotros las atrapábamos con paños, sin hacerles daño, las sujetábamos y les separábamos las patas con palitos de madera, neutralizábamos el aguijón, y con una meticulosidad quirúrgica, les amarrábamos un hilo de costura en torno a sus estrechas caderas. Sin apretarlo mucho, claro está, para no ir a guillotinarlas. Y como si volásemos cometas, nosotros volábamos avispas. ¡Tardes enteras! Me pongo a veces a pensar en lo lindo que se vería ese espectáculo, observado desde atrás, la tropa de infantes reunida en medio de un potrero, confabulada en su algarabía, enardecida por el peligro, con sus bracitos zigzagueantes elevados hacia el cielo, de los que armoniosamente se despedían y ondeaban hilos de todos los colores, como si simulasen una ofrenda para burlarse de la eternidad. ¡Qué alegría! Y cuántas picaduras. Porque una vez liberadas, se echaban a volar las avispitas contentas de recobrar su libertad, pero en cuanto sentían, a dos metros de distancia, el tirón del hilo, se daban vuelta y se nos lanzaban encima como kamikazes zumbando de ira. A veces el único objetivo del juego era simplemente torearlas sin dejarse picar. Lo hacíamos horas y horas, hasta que se quedaban sin aliento y se desplomaban a tierra, moribundas, dando sus últimos aguijonazos ciegos al vacío. Al anochecer, el que tuviese menos picaduras, ése ganaba. ¿Qué ganaba? Pues nada, sólo un pueril prestigio al que ninguno podía resistirse. Ya sabés cómo es uno de niño.

            Y me pregunta el pequeño Freud si les temo. Me hizo reír. Pero bueno, por ahí no iba la cosa. La cosa tiene que ver con la Glyptapanteles, la diosa de las avispas, la máxima invención de Dios. ¿Sabés lo que hace esa condenada? Hace más o menos cien millones de años, este prodigio de la ingeniería genética selló el pacto más exitoso y duradero del reino animal. Esta avispita integró un virus en su genoma, le brindó morada y luego, a modo de chantaje, lo obligó a mutar. No está claro todavía cómo lo introdujo en su ser, pero lo cierto es que el virus, ya sabés, una forma de vida sin hogar, un huérfano de la Naturaleza, a cambio de un techo, se lanzó de lleno en la trampa del taimado animal. Y éste, laborioso ingeniero, en cuanto lo tuvo adentro, enterito, poco tardó en crear una nueva cepa a partir del virus inicial. ¿Y todo para qué? Para vivir-matar.

            Para mí, eso es Dios mismo retratado en su infinito. Y los grandes genios de antaño dizque pintando capitillitas fenomenales, cúpulas grandiosas, gigantescos frescos, componiendo colosales sinfonías, los muy ingenuos creyendo que así iban a acorralar la inmensidad de Dios. Saber que ni si quiera en la maldad del hombre, en su maldad indigna, se encuentra Dios. Él no controla el cosmos, es en la Glyptapanteles donde mora el Señor. ¡Si vieras a las pobres orugas lo que les pasa! Entrado ya en su trance metamorfosico, rechoncho, indefenso y sobre todo ciego ante el peligro, el mísero gusano recibe el pinchazo que le inocula el coctel mortal. Al poco tiempo, la cepa del virus mutado ejecuta su parte, transcribe el ADN de la avispa en el de la oruga, y desde entonces, voilà, la avispa, como a control remoto, modifica (que es poco decir) su comportamiento natural. La pobre oruga es obligada a producir el propio veneno que la ha de paralizar. Se transforma entonces en un zombi, en un guardaespaldas que hará todo lo necesario para garantizar la supervivencia de los bebes Glyptapanteles. Si la vieras, hijo, rematada en su delirio, la oruga ataca incluso a insectos que normalmente no representan ningún peligro para ella, pero que sí son enemigos naturales de la avispa. Por dios, ¡la oruga se convierte en una avispa! ¿Habrase visto tanta economía, tanta pulcritud? Luego la avispa-gusano muere (estando ya muerta la parte  gusano), sin recibir nada a cambio, la eclosión de las larvas maduras la revienta desde adentro, y deja así de funcionar, impunemente, esa esquirla de materia-energía sin darse si quiera por enterada de que ha servido a un fin más alto (o más bajo, qué sé yo), al de la escabrosa perpetuación de la vida. Sin más.

            En una palabra, !la simbiosis más extrema del reino animal, macabra alianza de una insondable plasticidad. Ay hijito, ¡Las filigranas evolutivas del Señor! Impresionante. Figúrate vos que al enterarse de semejante alevosía, el buen Darwin anotó en su diario: “No logro convencerme a mí mismo de que un Dios benéfico y omnipotente las hubiese creado (a las larvas) con la explicita intención de que se alimenten de las orugas cuando aún están vivas”. ¡Ay! Hoy en día, sabiendo que ni es benéfico ni omnipotente Dios, yo creo firmemente que, en el fondo, el buen Darwin no habrá contemplado dicho fenómeno sin tener la impresión de que observaba una especie de milagro. Seguro estoy de que el filo de su poderosa inteligencia debe haberle abierto una raja helada en el corazón.

            Piense sobre todo en la oruga, y no tanto en la avispa, me corrigió el doctor al ver que me emocionaba tanto con la Glyptapanteles. Pero la oruga es víctima, anoté. Por eso mismo, replicó Freud. Él cree que de esta, digamos, metáfora es posible extraer la cura contra mi enfermedad. Dice que la violencia es como un virus, que verdugos y agredidos, vivos y muertos, todos son sus víctimas. Es ella el gran victimario…

El dolor de ella (principio de novela, 2009).

1.

Mientras la espero para lo que he pensando ha de ser nuestra última conversación, permanezco tensamente sentado bajo las estiradas sombras que las palmeras  proyectan sobre las mesas del café Hornos. Bebo un espeso café de las tres de la tarde, y mientras tanto, medito confusamente sobre la triste condición que durante años me ha unido a ella. Aun no estoy completamente seguro si le haré saber lo que hoy sé. Sin embargo, ahora mismo comprendo, sin indignación alguna, la exacta dimensión de mi ceguera, aquella que me impidió ver que nuestros estaban unidos por la imposibilidad de comunicarnos alguna vez. Ignoro si algo más puede suceder entre nosotros; no puedo saberlo porque también he llegado a ver con claridad que ha sido ella, y nada más que ella, quien ha establecido las reglas para que dicho destino se articulara inexorablemente. Por años, he tocado su cuerpo sin tocarla realmente a ella; he visto la luz de sus miradas pero nunca he visto lo que ve ella; he oído sus palabras, su eco dulce y melodioso, pero no la necesidad vital detrás de ellas. Sí, debo reconocerlo: ella ha sido todo este tiempo una especie de cuarto oscuro de mi vida, un desierto gélido y sin estrellas, en el que he andado a tientas inexplicablemente por años. Sí, como todos, yo también aspiré a la felicidad; amé y quise ser amado. Pero, con ella, esa aspiración, ese derecho…. nuestras almas nunca dialogaron.

2.

Mis ojos la encontraron por casualidad. Justo al ponerse de pie trajo delante de mis ojos su delgada figura, de perfecta rectitud, gustosamente proporcionada a la que castaños manojos de pelo rodeaban graciosamente. Desde mi posición, su torso se veía exquisitamente tenso y erguido, como un fino y resistente vaso de cristal labrado con gusto y tenacidad. Desde su base, a la que constituían turgentes carnosidades, dicha obra magna de la anatomía humana iba creciendo progresivamente, se ensanchaba modestamente hasta desembocar en la cúspide de sus delgados hombros. Una espalda bellísima, de romanas dimensiones. Con la frente inclinada, siguió con cierta molestia el desplazamiento de su asiento y se dispuso a marcharse. Desde donde yo la observaba no me era posible detallar su boca ni la expresión de sus labios; sólo pude constatar que portaba el ceño ligeramente fruncido y que su nariz, sin tener ningún defecto de proporción, lucia inusualmente recta, como si fuese una especie de polígono.

3.

     Ni por un instante, durante todos estos años, fui capaz de enterarme, por mis propios medios, que ella me ocultaba, con obstinada convicción, todas sus  miserias, que había algo en su persona que estaba firmemente decidido a apartar de mis ojos todo su sufrimiento, y que en su fuero más profundo existía una pulsión que se destinaba única y sistemáticamente a alejar de mi alcance la posibilidad de internarme en el núcleo intimo de sus penas. De este modo, y por esa razón, que sólo ahora puedo ponderar como sencilla, ella, a pesar de que en ciertos momentos se empeñara genuinamente por conseguirme un lugar en su corazón, nunca iba a amarme.

 4.

Tiempo después, constaté que ella era diferente de todas las demás mujeres que serían, en adelante, nuestras compañeras de curso. Dicha diferencia se sustentaba en una sencilla condición: durante años, ella había dormido en una mejor cama que todas las demás, se había alimentado mucho más saludablemente que todos nosotros, había recibido una mejor educación que nosotros, había tenido unos mejores padres, una mejor familia y, sobre todo, había sufrido de una manera diferente a cada uno de los demás. Había sufrido como sólo la gente de su clase esta educada para sufrir. En resumidas cuentas, el mensaje de su rostro blanco, de sosegadas expresiones, era justamente la historia en la piel de una vida sustentada en una lógica orgánica ajena a la de todas las nuestras.

5.

     Debo conocer –aunque eso ahora no tiene ningún sentido porque no puede alterar el rumbo que han tomado los hechos– la razón sobre por qué, especialmente a mí, me fue negada esa posibilidad de conocer lo esencial de ella; por qué –me preguntó lleno de impotencia- esa brecha infranqueable entre su pasado, su herida fundamental, y yo. “¿Por qué tal imposibilidad de acceder a lo que resultaba crucial entre nosotros?”, me he preguntado con amargura. Y la respuesta, escurridiza en medio de sus palabras y se matiza en cada una de sus sonrisas, no es otra cosa que su imbatible muralla, su coraza: el dolor de ella (así lo he bautizado), sólo él de ella porque es mayor a cualquier otro dolor que haya conocido antes; porque no hubo nunca nada más fuerte que pudiera presentarse entre nosotros. Yo habría acogido con fervor su desdicha, habría amado ciegamente su dolor… no quiero ponerme sentimental; es ridículo porque es una respuesta débil y pueril frente a los hechos que constituyen la realidad.
Sé que en ella hay otras cosas, mil virtudes, un alma dócil, una inteligencia serena, un corazón… no, yo no puedo hablar de su corazón…. su dolor se sobrepone a todo lo demás. Eso sí que lo sé bien. Es curiosa esta sensación que me aborda justo ahora –ignoro si por fortuna– de poder saborearlo y palparlo meticulosamente, del mismo modo que saboreo el café que se adhiere a las paredes de mi boca. El dolor de ella. Sí; es eso precisamente contra lo que lucha con tanto éxito. Y lo que jamás estuvo dispuesta a revelarme.

6.

Sucedió en repetidas ocasiones que, mientras fumaba y bebía café en el intersticio de una clase a otra, la veía pasar por los pasillos de la cafetería acompaña por sus primeros amigos, un sequito sumiso y sin talento alguno, al que iría luego abandonando progresivamente, con discreción pero sin contemplaciones de ningún tipo. En esos momentos, cuando yo me percataba de su presencia, rodeada por gente a quien no le quedaba otra opción que tolerar, conseguía distinguir su cabeza entre todas las demás cabezas, sobresaliendo con elegancia, mirando al frente con rigidez y orgullo, sin volverla a ningún costado. Yo me sentía inmediatamente atraído por dicha figura acompañada por esa gracia tan diferente a todo lo demás, por esa rectitud tan natural, esa dulce templanza de espíritu que no veía en ninguna otra mujer. Entonces yo levantaba un poco la frente y la seguía cuidadosamente mientras cruzaba el recinto y desaparecía por algún corredor contiguo. Como respuesta a mi curiosidad, yo recibía a cambio un gesto lleno de suspicacia. Al sentirse presa de mis miradas, volvía su cabeza hacia mí nada más que unos pocos milímetros, su flequillo castaño caía un poco hacia el costado, su expresión se suavizaba un poco, se liberaba de ese aire de severidad impersonal, recuperaba su aspecto humano y su boca ejecutaba un minúsculo movimiento lleno de significado. Ni sonreía con genuino interés ni era totalmente indiferente. Más bien sus labios ejecutaban una especie de vibración casi imperceptible, un constreñimiento que se mostraba pacifico pero distante al mismo tiempo. No se asqueaba, no se mostraba amenazada ni altanera, pero tampoco buscaba nada ni veía nada en dichas miradas.  Solo respondía con un acto reflejo; no podía hacer nada más. Reaccionaba ante mi inspección de la misma manera en que se reacciona ante la intensidad de la luz del sol, algún olor u obstáculo en el camino. Devolvía un gesto con otro gesto. Así era ella, así era su vida, ambas revestidas de lenguajes sutiles y fríos.

7.

     Aspiro a que ella misma me lo diga; aunque es posible que ni siquiera lo sepa. ¿No haría eso inmensamente más perfecta nuestra fatalidad? Por eso debo pedirle que me dé una explicación. A eso he venido esta calurosa tarde de septiembre, casi diez años después de haberle escrito la primera carta de amor. Deberá entregarme su última y única rendición de cuentas, porque alguien no puede pasarse la vida por ahí sin nunca llegar a enterarse de que ha causado daño a otros, que ha hecho infeliz a alguien, y le ha humillado con sus actitudes, actos y su falta de respuestas… no se puede dejar de existir de ese modo, con ese pecado ontológico a cuestas. Llega un momento en que el estado de las cosas entre dos personas alcanza una cúspide y se aproxima a un abismo, y entonces, ya nada puede quedar oculto.

     Fue muy doloroso cuando supe la verdad. Pero lo grandioso es que la verdad sobre ciertos aspectos de nuestras vidas no nos es enviada por una deidad ni es develada por una fuerza superior; nos llega en el instante más inesperado, más banal, cuando menos la esperamos. Y esto es porque siempre ha estado ahí, con nosottros, en los insondables vericuetos de nuestros cerebros en donde se van acumulando nuestras experiencias. Sólo hace falta un sonido cualquiera, un gesto, tropezar con alguien en el metro, un par de versos, para que se genere una sinapsis determinada, la sinapsis reveladora.  En momentos así, la realidad, las cosas, parecen derrumbarse, como si todo lo demás ahí afuera no fuese más que escombros, sombras, obstáculos que te han impedido ver la verdad que media entre tu persona y otra. Yo sentí mis entrañas llenarse de un frio mortal. Era un día como cualquier otro. No hacía nada inusual. Me encontraba con las mismas personas que en ese entonces solía frecuentar. Bebía la misma la misma clase de cerveza, fumaba el mismo tipo de tabaco, me encontraba en el mismo bar, en la misma ciudad, era un viernes como tantos otros, pero sucedió que, por azar, alguien dejó escapar su nombre en medio de una conversación sin importancia. Sólo basto con que la mencionaran a ella. Su nombre. Sí, el que tantas veces había yo oido, el mismo que tantas veces había repetido yo. No obstante, ese sonido producido por la combinación de las mismas vocales, esta vez desató una poderosa detonación en mi cerebro. Sentí un poco de vertigo al comienzo; pero sólo unos pocos segundos. Tras la sacudida todo quedó en orden entre ella y yo, legible y simple pero al mismo tiempo incontestable. Casi que me sentí alegre. Fue como si acabara de morir y al instante fuese devuelto de nuevo a la vida.

A partir de ese instante empiezas a ver todo desde una óptica diferente, a la luz de una nueva realidad porque sin haber dejado de ser tú mismo, ya eres otra persona; algo que ardía en ti ya ha agotado todo el combustible de que disponía, y te ha liberado de sus emanaciones. Eres más fuerte que eso. Has sobrevivido. Se ve la verdad, pero no la gran verdad de los místicos, sino esa verdad pequeña de la que están hechas nuestras vidas. Cuando el tiempo, algo o alguien te liberan de la pesada carga de los sentimientos, los hechos se depuran y de ellos emana una savia simple, la de la verdad. Incluso los recuerdos adquieren una nueva textura, un aspecto más solido y claro. Parecen objetos muertos que ya no pueden ejercer ningún tipo de influencia sobre ti.

Así pues, sólo tengo una sola pregunta para ella. Tendrá que informarme sobre el por qué de esa sencilla realidad, que antes se manifestó tan abrumadoramente confusa e inasible, pero que hoy yo puedo resumir en llanas palabras, en una escueta pero imperturbable formula: sin la llave que abriera las puertas de su dolor, yo jamás conseguiría nada de ella. Y esa llave ella la conservaba para alguien más.

“¿Por qué? ¿Qué me hace indigno de tu dolor?” es todo lo que me oirá decir. Mientras tanto, la seguiré esperando sosegado en medio del calor tropical de mi ciudad natal.