Mecanismos internos

“En medio del horror, la vida cotidiana siempre prosigue y eso ha salvado la cordura de muchos. Se perciben los signos de la muerte y del terror, pero no hay visiones claras de una alteración de las costumbres. Los ómnibus paran en las esquinas, los negocios funcionan, algunas parejas se casan y hacen fiestas, no puede ser que esté pasando nada grave. Se ha invertido la sentencia de Heráclito, pensó Junior”. La ciudad ausente, Piglia.

El libro, en parte, tiene que ver con una máquina capaz -gracias a sus núcleos narrativos- de absorber textos y regurgitarlos en nuevos textos que son a su vez nuevas formas narrativas las cuales no pierden su relación con los textos previamente devorados. A su modo, es un artefacto capaz de crear. Memoriza y aprende maneras de narrar. Entre más devora, más autonomía desarrolla.

Luego, en alguna parte, el lector termina por enterarse de que el libro es la palpitación de la maquina misma. Leer es ponerla en marcha. Y hay desolación: la mecánica narrativa es inasible para el lector porque ésta opera como un azar cuántico, subatómico.

Tarde ancestral


¡Larvas sicofantas!

Aunque el sol suela brillar más,

Las estrellas menores jamás se apagarán.

Qué bello es este mundo en acción y unidad,

¡Cuán placenteros son los días sin horas!

¡El mar sin atavíos de espumosas olas!

¡Gusanos impostores!

Saludad de la vastedad su mano perfecta

Que ha creado una tierra sin tierras,

Y ha anegado océanos soberbios

Sin acudir a besos de fieles afluentes.

!Farsantes sabandijas!

El crudo simple de las verdades naturales

Celebra con furia la seducción del predador.

Grandioso será el porvenir horrorizado cuando

El triste ocaso estará apagando todo conocimiento.

Volodine: la distopía post-exotista.

        1. Diecisiete de febrero de 2015. En la Sorbona, la gran aridez cristalizada: según Daros, no se conoce ninguna novela en la que la cuestión del personaje, en tanto margen, no sea planteada. Esto, por lo menos desde Cervantes. Desde entonces, ningún producto novelesco ha escapado a la ineludible pregunta de ¿quién?. En el fondo, anota D., toda la masa de la producción romanesca reposa sobre el proyecto de la problematización de la identidad narrativa del personaje. “Problematologizar,” la novedad de dicha séance.

         2. Post-exotismo: una literatura que se origina en otra parte y se dirige hacia otra parte; literatura extranjera que acoge las voces de diversas corrientes y tendencias, las cuales rechazan la esterilidad del vanguardismo. Creación de un objeto literario atravesado por una polifonía de voces de escritores inexistentes. Elaboración de un objeto poético marginal. Subversión de la noción de autor. Reflexión sobre el fracaso de las luchas revolucionarias y utopías de antaño; genocidios del siglo XX, como espacios narrativos y evocativos; puesta en escena de la soledad, de la impotencia frente al dolor y la destrucción del otro; indistinción entre sueño y realidad; porosidad onírica del tiempo; fabulación de lo político; realismo socialista mágico; dimensión comunitaria en el “estar en sí”, en el hermetismo límpido del sujeto desolado, de la identidad narrativa pulverizada.

          3. “Es posible que, en el marco de esta exploración, adquiramos un conocimiento más detallado sobre nosotros mismos. Esto, naturalmente, no nos brindará ningún sosiego, porque saber ‒menos que decir‒ no nos hará más fácil vivir; pero por lo menos nos alentará a encaminarnos con menos torpeza hacia el final”.

Encuentro.


          Anoche me emborraché con un salvadoreño; neurólogo. Brillante el tipo. De los que les gusta exprimir a los literatos (en el fondo, ellos también hacen ficción). Me preguntó por la paz de Colombia y por lo que creo va a pasar con las FARC, ya reinsertadas, como partido político, etc. Curiosamente, me lo preguntó con cierto paternalismo indulgente, como queriendo decirme: ya nos pasó a nosotros con la guerrilla salvadoreña, cuando entraron al poder, se enloquecieron con el capital, la corrupción, divisiones internas, los lodazales del partido, etc., y todo, todo, entero, el sueño revolucionario, la ética de una izquierda que animaba ese porvenir de un mundo más justo, se hizo añicos. Me habló por un largo rato de sus crímenes. Quiso prevenirme contra la ingenuidad.

          Quiso también saber si en verdad mi generación creía, considerando los casos ya consumados de otras revoluciones negociadas, que las cosas iban a tomar el rumbo correcto.

         Yo, que soy una persona que siempre habla más de la cuenta, y cuando me embriagó me fascina mentir, le respondí que no, que a los colombianos no nos iba a pasar lo mismo.

          “¿Tienen esa fe los colombianos?”, me preguntó cediendo a la sorpresa.

          “La guerra nos dejó a todos lobotomizados”.

         “¿Cómo es eso?” insistió.

         “Ningún corazón colombiano es verdaderamente capaz de ilusión”, le respondí.

        Bebimos hasta el amanecer. Luego, cogidos por los brazos, atravesamos el Pont de Pierre. Y observando al ancho Garona que se inflaba estrepitosamente por el influjo de la marea, comprendimos -estoy seguro- cada uno a su manera, que la verdadera paz era un horizonte situado mucho más allá de todos los horizontes que ninguno de nosotros pudiese concebir.

Mi alma tiene prisa…


          He aquí un poema que, aunque irradia cierta sabiduría blanda ‒ de ésas con las que uno no se atrevería a estar en desacuerdo pero que tampoco estremecen las vísceras‒, no deja de ser cliché por su tono un a veces cantaletoso, a veces seniloide (a lo mejor sea un efecto de la traducción). Me permito, con los tres cuartos del vientre anegados de vino rojo, subrayar en negrita e italicas las frases por las que, creo, se merece un lugar en mi blog. En todo caso, de Andrade, que es una suerte de Rubén Darío de las letras brasileras, parece un tipo interesante. Habrá que echarle un vistazo a su novela Macunaima (1928). Naturalmente, mi alma tiene prisa:

“Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…

Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a manipuladores y oportunistas.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros. Las personas que no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… 

Sin muchos dulces en el paquete… Quiero vivir al lado de gente humana…muy humana.

 Que sepa reír, de sus errores. Que no se envanezca, con sus triunfos. Que no se considere electa, antes de hora.

Que no huya, de sus responsabilidades. Que defienda, la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. 

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quienes los golpes duros de la vida, le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma.

Sí…tengo prisa -por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Tenemos dos vidas y, la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una”.

          el-silenciero-antonio-di-benedetto-1-ed-envio-gratis-mza-d_nq_np_19094-mla20164585564_092014-f  Yoshida Kenko dijo un día que un hombre que no rinde homenajes se va quedando seco como los tramos postreros de los brazos del bambú. Homenajear es servir a la virtud.

          Pues bien, de autores sobrevalorados está lleno el teatrillo del mundo literario. Igualmente de injusticias. Molesta que, por ejemplo, a Cortázar se le de tanta importancia cuando autores como Di Benedetto permanecen en la sombra, y a sus obras apenas se les mencione. Cortázar es un ingenioso armador de historias (aunque nunca termino de creerme eso del final circular), sí, pero le falta tanta carne para ser ese gran escritor que nos quieren vender. Por eso será que todos los años los estudiosos de su obra agregan más y más levadura al pastel de su fama. En todo caso, a mí el entusiasmo de La Señorita Cora y La Aupista del Sur me duró poco (lecturas escolares de la temprana adolescencia). Un recuerdo del recuerdo de alguien que había leído mal a Cortazar : una noche una pareja se pasea por las calles desoladas de París y, de golpe, descubren un paraguas abandonado y a uno de ellos se le ocurre ponerse a jugar con él (Rayuela). La escena, había yo de suponer, raya en lo sublime-inefable. Luego vuelven a su chambre y se encierran a escuchar jazz, a fumar empedernidamente y a hablar con una voz queda y melancólica ( se debe aceptar que dicha sensibilidad es la sensibilidad). A mí ese mundillo de gente languideciente y pretendidamente inteligente, esa ralea de posadores de poetas frustrados autoindulgentes que circunda (lectores mediocres) el universo Cortázar no me dice nada.

         Cuánto, al contrario, me dice Besarión con su torpe pero noble añoranza de abandonar este mundo; cuánta compasión y fraternidad (para conmigo mismo) me sucita la ofendida dignidad del personaje principal de El Silenciero, ese héroe espiritual condenado a la miseria que la brutalidad de este mundo impone a seres fragiles como él. En una frase: la soberbia del hombre urbano-sensible, su resistencia y su caída. También el triunfo (venganza luego prisión) de esa soberbia que, inofensiva, no se vuelve más que contra sí misma. Padecimiento, eso narra esta novela, con una originalidad apabullante. Toma tiempo digerir un estilo (una sintaxis) tan curioso y poblado de matices, tan compacto (una piedra ardiente que se pone trémula por la combustión de su contenido); una inteligencia tan fina. La de Di Benedetto es una prosa parca que se muerde los labios cuando habla (sin ser el autismo postmoderno) pero que es filo, rasga. Un libro para neuróticos, para gente que sufre y vive padeciendo un mundo (el del ruido de la estupidez y la ignorancia, el de las maquinas) en el que no encuentra su lugar. Una apología a esa resistencia solitaria y vencida que es la existencia sensible en el espíritu, eso es El Silenciero.

          Hoy obsequié a la biblioteca de mi barrio el único ejemplar que, por accidente, conservaba de Cortázar. Se los juro, nada abyecto rezuma a través mi pasión. Sólo un homenaje.

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Tomado de:  Sapiens De animales a dioses (2015) de Yuval Noah Harari.

     Te atormentas. Sí. Escribes sobre el tiempo, sobre este tiempo que te desata estas violentas irrupciones de eczema; sobre este tiempo que te hace anhelar otro tiempo. Quisieras no estar aquí, dices, escupes tu hastío, hacia arriba, hacia donde se te antoja, pero lo haces sin verdadero rigor, sin convencimiento, porque ninguno de tus teoremas prueba la injusticia de la vida que te corresponde vivir. Entonces, como eres bueno y liberal, abrazas el porvenir. Pero sigues atormentándote, la sarna florece con su impunidad de siempre, y se extiende sobre tu piel hasta hacerte gritar. Bruxas frenéticamente, cierras los puños, ponderas tu roña con desesperación. Así ha de ser hasta el final. Sí. Hablas del tiempo que fluye hace adelante; de mares, de amaneceres. En el fondo, en el eco de tus tormentos un solo clamor se escucha: pides justicia. Crees que lo que escribes debe ser proporcional a la pretendida profundidad de tus tormentos. Pero, sabes -o tal vez no-, que esta no es más que una ponderación falaz y vanidosa. Pides justicia, ergo no te escuchas. Sólo escuchas tus tormentos. Eres tan joven.

          Reclamar ese porvenir no te convierte en visionario. Alguien, no obstante, te saluda desde el futuro, desde tu tiempo, desde tu justicia. Cuentas con un poco de suerte. Cualquier cosa que ocurra con tus tormentos no tendrá ningún sentido para nosotros.

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Detalle del Jardín de las Delicias de El Bosco (imágen tomada de Google Earth’s Prado exhibition)

          Una de las interpretaciones de la escena del ángulo inferior derecho del Jardín de las delicias, sostiene que el Bosco se pintó a sí mismo resistiéndose a una chancha que viste un hábito de monja dominica, la cual se propone seducirlo para, a cambio de la salvación eterna, arrebartarle todas sus posesiones. El motivo, pintado pocos años antes de su irrupción, es un claro preludio del luteranismo.

          En ese entonces el escritor sabía para quién y por qué escribía. Conocía bien los peligros que acechaban su escritura; los dogmas tenían estatuto oficial o por lo menos tenían formas bien definidas. Si se vendía, tenía claro quién lo compraba. Si corría peligro o su obra era cuestionada, sabía quién estaba a cargo de su protección.

          A diferencia de ahora, en esa época no se escribía para hacer accesible el mundo ni para revelar la condición del hombre en el universo socioeconómico. Salvo las muy pocas excepciones que se conocen, escribir era en gran medida rutinario y poco estimulante. Se escribía para que las elites afianzaran su poder y para que el conocimiento, momificado, se transmitiese a otras generaciones.

          Hay quienes afirman que el macartismo suprimió de las escena literaria a un tipo de escritor no-capitalista, emparentado con Erasmo y con las grandes plumas universales. Puede afirmarse con cierto sentimentalismo que estas lumbreras humanistas escribían por la verdad, para la humanidad (para nadie) y reconocían al dogmatismo como el mayor peligro para su obra. Su producción literaria tomaba a la ignorancia como punto de partida. Ciertamente había todo un mundo a la espera de ser descubierto. Su obra era juzgada en función de su propio contenido y de sus implicaciones. El autor no era, hasta hace relativamente poco, más que un agente que materializaba ideas y aglutinaba palabras. Lo que escribía era un sedimento de su personalidad, mas no a la inversa.

          No sé sabe exactamente cuándo se hizo por primera vez, ni quién fue el afortunado, pero fue gracias al macartismo, a inicios de los años cincuenta, que en las portadas y solapas de los libros se empezó a incluir la foto del autor. Desde entonces, naturalmente, las reglas de juego se transformaron. En la dinámica de la literatura industrializada, el rostro del autor (que debe siempre sugerir una identidad) se convirtió en un elemento de peso (no sólo para la comercialización sino también para la evaluación de los textos). En la actualidad, incluso los buenos libros caen esta práctica.

          La novela de Evelio Rosero, La carroza de Bolívar (Tusquets, 2012) que no es necesariamente un buen libro pero que fluctúa ‒tal vez subrepticiamente‒ entre serlo y no serlo, propone (impone, mejor decir) un primer plano del escritor en la solapa. De igual manera sucede con La forma de las ruinas (Alfaguara, 2016). Las mejillas tumefactas de Vásquez son prueba irrefutable del magnífico momento que atraviesa su escritura. El caso de Vásquez, sin embargo, llama menos a la sorpresa ya que este es un escritor de tribunas y de cierta figuración mediática. Rosero es refractario a este tipo de tentaciones. Escribir, sostiene, es lo único que le interesa. Es decir, hacer obras verdaderas capaces de defenderse por sí mismas en lugar de fabricar opiniones, participar en polémicas de periódicos en las que se posa de historiador, politólogo y economista. En su favor, el de Rosero, debe decirse que su rostro despide cierta rigidez reticente, cierto fastidio (hacia la cámara).

          El escritor de la era macartista, o post-industrial, no sólo escribe libros que ya tiene vendidos, también a veces se le obliga a comprarlos antes de que pasen a la imprenta. Su agente literario además de aconsejarle qué escribir (después de un libro de cuentos con más o menos buenas ventas, el terreno editorial queda abonado para una novela), hace igualmente las veces de un asesor de imagen (como a las reinas de belleza, a ellos se les aplica por igual una base de maquillaje). Es altamente desalentador descubrir, sin quererlo, la cara impresa a todo color de un autor por el que se tiene admiración. Coetzee, con los brazos cruzados a la altura del pecho, con su postura desafiante, se asemeja más a un insensible abogado que a un nobel de literatura. Cómo han podido ceder, me he preguntado cientos de veces, atormentado, a esta ignominia. Y hay todavía casos mucho peores, pero es baladí señalarlos aquí. En todo caso, están lejos de poder remedar ‒aunque sea toscamente‒ la severidad reconfortante y espiritual, por ejemplo, del retrato de Tolstoi. Se ven tan sonrientes, tan sumidos en la autoindulgencia que llaman a la desconfianza. Por fortuna, de vez en cuando algunos suelen escribir bien.

          Naturalmente, el problema no es que un autor quiera vender sus libros. El problema radica en que quiera venderlos pretendiendo ignorar que su gueule está siendo usada por una compañía que sólo busca aumentar sus beneficios. El escritor macartista se ha desligado de toda resistencia contra éste, sabe bien que escribe para el capital (puede escribirse bien bajo su tutela). Pero contrariamente a del Bosco, ya no tiene verdaderas tentaciones a las que oponer resistencia (salvo una, él mismo). Nadie lo protege, está desamparado, y los dogmas de los que debiese cuidarse apenas son perceptibles para él. No hay constelaciones que guíen su intuición, su escritura carece, por definición, de un destinatario (porque todos son potenciales destinatarios). Lo incorrecto es que acceda al éxito, ejerza cierta influencia y pretenda ignorar que no disfruta de una libertad cabal. Es decir, que sea un hipócrita.

          Para el escritor de hoy, ¿es el capital su irresistible marrana tentadora? No. Es la vanidad. El macartista desconoce la humildad (no la cristiana). Y es así porque lo que produce ya no es un artefacto portador de un mensaje de trascendencia. Él mismo, su sí mismo, aspira a ser mensaje. Insoportables los escritores, tan políticamente correctos, que se la pasan en la televisión dando opiniones sobre lo divino y lo humano (hay tantos, para qué mencionarlos). Los tiene sin cuidado que se les ponga al mismo nivel de presentadoras de farándula. Ni siquiera ven la necesidad de defenderse cuando, como ahora, se les acusa de tales futilidades. Aducen al resentimiento de a los que no se les han abierto las puertas del éxito. Tienen razón.

          Saludo la osadía, que aunque no original resulta interesante, del caso de Elena Ferrante (autora ficticia) que, a pesar de que sus libros se están vendiendo por centenares y están siendo traducidos a muchas lenguas, se niega a aparecer en público (ver su tetralogía napolitana). Nadie conoce su nombre verdadero, y sólo da entrevistas por correo (a Arcadia le concedió una). Al parecer, a parte de su editor y de su agente, ninguna otra persona podría distinguirla físicamente (en Italia existe un grupo editorial, de inclinación foucaultiana, que combate la noción de autor. Todo lo que publican es anónimo o bajo seudónimo). Lo pausible de Ferrante, además se conservar sus escrúpulos, de abstenerse de codearse con faranduleros, y embarcarse en frívolas cofradías, es que parece mantener bien a raya a su marrana de del Bosco. Se agradece la humildad que se desprende de sus frases compactas e inteligentes; de la sensatez de un autor que está contruyendo una obra y no una personalidad.

 

 

Souci de l’oeuvre.

            En una de sus últimas conferencias (sobre la relación entre la enfermedad y la literatura), Roberto Bolaño habla, no sin cierta sorpresa, de un artista neoyorquino cuya obra descubrió accidentalmente una madrugada en una cadena televisiva española. Un día, nos cuenta Bolaño, el hombre recibe la noticia de que un cáncer terminal lo aventará en unas pocas semanas por el precipicio de la muerte. Demasiado tarde para operar, le dice su médico. Sólo le queda la resignación. El artista, viajero cosmopolita, decide, a partir de ese momento, grabar en video la totalidad de su agonía hasta el instante mismo de su muerte.

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Hombre levitando, cuadro del pintor colombiano Fernando Maldonado

Y así procede: el día a día entre pasillos de hospitales, pinchazos, quimioterapias, vómitos sanguinolentos, y la espera, sobre todo eso, la espera. A Bolaño, según lo que nos cuenta, lo impresiona la motivación que mueve a este creador a registrar meticulosamente los vaivenes de su agonía para luego presentarla a las masas. Indiferencia. Bolaño observa que detrás de su gesto se esconde una indiferencia total, glacial frente a su propio destino, el cual lo deja impávido en el momento mismo en que recibe el diagnóstico; porque se trata de un desenlace carente de textura y de cualquier singularidad. Por considerarlo extremadamente anodino, decide cegarse al contenido de su propio sino. Y hacer masiva esta apatía constituye, así lo cree el artista, un testimonio de humildad necesaria para la humanidad. Movido por esta determinación, el neoyorquino graba su rutina con estudiada objetividad hasta el momento en que sus fuerzas le permiten hacerlo. Luego, obstinado en su indiferencia, encarga a alguien a seguir con las grabaciones cuando la enfermedad lo tiene diezmado casi por completo. Y así sucede hasta el último instante. Su muerte no tiene nada de excepcional, su agonía física es idéntica a las otras. El artista no se aferra a nada, no implora, no invoca a sus familiares, no reza, sólo se cuida de guardar la compostura frente a la cámara, de respectar la lógica de su indiferencia frente a su propio destino. Es el actor encargado de representar su propia muerte, no con un papel brillante, estelar, sino con el de la soberana insustancialidad. Cuando se le viene encima su aniquilamiento, certero, nada sucede, sencillamente muere, se apaga y, con él, se apaga también la cámara.

             A lo mejor ‒intuyo que de este modo lo habría comprendido‒ lo que impresionó verdaderamente a Bolaño fue que, gracias a esta muestra precoz de un reality (hablamos de los años 90), se daba cuenta de que el destino, el de cada individuo, el suyo mismo, era igualmente, como tantas otras cosas, un banal malentendido. Bolaño habrá sabido desdeñar la patraña y el mal gusto detrás de las horas continuas de registro fílmico en las que no ocurría nada y sólo se traslucía un morbo gratuito. Uno no puede, es, en el fondo, psíquicamente incapaz de imaginar (a menos, desde luego, que se trate de un suicidio) o de adivinar cómo ocurrirá su propia muerte. Por esa misma razón ésta resulta ser o dar lugar a un malentendido. Creer, en consecuencia, que dicho malentendido constituye el destino personal equivale a un doble malentendido. La muerte no es el destino de un hombre, o dos, o todos contados uno a uno. La muerte es, sencillamente, la liberación de ese malentendido personal al que llamamos erradamente fortuna; es, en el fondo, la fatalidad de la humanidad (y bien sabemos que esto no se traduce en nada, que no significa nada, es mera abstracción). Lo que es significativo, por el contrario ‒y en ello radica el interés que ahora consagramos al interés que el artista neoyorquino suscitó en Bolaño‒, es el momento en que un individuo se libera de ese malentendido. Tal vez sencillamente la mención en su conferencia no responda más que al hecho de que gracias al doble nudo de su engaño, el artista, en su vulgarizada agonía, enseñó indirectamente a Bolaño que la muerte no iba a liberarlo de nada. El hombre es inseparable de su propia vida. Y liberarse de la vida sólo tiene sentido en el más allá, en lo inexistente, en la masturbación imaginativa del suicida. Lo único que libera es la rebelión, la acción destructora que emprendemos con la negatividad que nos impone la vida. Lo demás es el discurso de la angustia, de la impotencia.

2.

            En el malentendido de mi destino, yo estaba predestinado a odiar, a alimentar con más sangre al ya coagulado piélago de sangre que es mi país; nací abocado a la muerte, a la agresión, a la ignorancia, a la pobreza espiritual, a despreciar al ciudadano, a la deshumanización ‒tal vez irreversible‒ a la que la violencia endémica conduce al hombre. Esa era mi estrella o, como quieran llamarlo, mi determinismo social. La única cosa que logró salvarme fue justamente haber tenido que odiar y rebelarme contra ese mismo destino. El resentimiento recalcitrante y eterno de mi padre, obrero y hombre, fue la fortuna que me obsequió esta inquina contra mí mismo, la que me incitó a iniciar esta cruzada contra el malentendido de mi vida. Como el obrero, blando la porra (que es una pluma, en verdad) e hiendo el cincel (que es la palabra) contra la roca áspera de mi supuesto destino. Y éste consiste en la aniquilación permanente de todos los mundos posibles en los que haya un sino para mí.

            Mi pregunta es, no obstante (mi obsesión), en dónde se encuentra el doble engaño, el mío. He ahí el souci de mon oeuvre.