Sándor Márai, un perfil.

Retrato de Márai realizado por Lajos Tihanyi en 1924.
Retrato de Márai realizado por Lajos Tihanyi en 1924.

La literatura está plagada de amistades entrañables entre escritores. Franca camaradería, apoyo económico, prólogos que elogian, solidaridad en las desdichas, diálogos epistolares que iluminan sus obras, adhesión conjunta a causas políticas, penetración en círculos influyentes. Sin embargo, con los húngaros esto parece funcionar a la inversa. Al igual que el de su pueblo y su lengua, el escritor húngaro sabe que su destino natural es la soledad y el aislamiento. En Europa se reconoce al pueblo magyar, mitad occidental, mitad oriental, entre otras cosas, por ser una casta de suicidas consumados.

Sándor Márai admiraba profundamente a Dezso Kosztolányi, insuperable estilista, traductor de Cervantes y Shakespeare. Este último enriqueció como ningún otro su idioma a través del dialogo con un buen numero de lenguas europeas. Márai tenía plena consciencia del tamaño de su proeza. Pero a pesar de esto, no eran amigos. Estos dos gigantes de las letras húngaras vivían en el mismo barrio de Krisztina. Se cruzaban casi a diario. Se profesaban mutuo respeto y Márai creía que todo lo que su vecino escribía era sencillamente perfecto. Kosztolányi visitaba regularmente el inmueble donde habitaba Márai. Pero no para verlo a él porque Sándor no gustaba de tenerlo como invitado. Ni a él ni a ningún otro escritor. Márai no creía en la amistad entre escritores. Estaba convencido de que un verdadero escritor debe estar siempre de cara a su obra y en comunicación con la de otros creadores. Lo demás no es más que ridícula cortesía. Entre dos escritores, sostenía, debe existir siempre cierto grado de desconfianza precisamente porque entre ellos opera un alto grado de curiosidad.  Y en este punto Kosztolányi se mostraba completamente de acuerdo. Por ende, fueron contadas las veces que cenó con los Márai. Y lo que en esas veladas sucedía era inusualmente gracioso por su toque absurdamente teatral:

«En tales encuentros nos sentábamos a la mesa cubierta con un mantel blanco, rígidos y educados, pero no hablamos de literatura. Eran ocasiones raras y siempre forzadas.» Dos escritores que comen juntos y tácitamente acuerdan no hablar de su oficio. Bastante raro. Pero así, en general, son los intelectuales húngaros, hombres orgullosos, solitarios, cómodos en la medida en que reine entre ellos y la realidad una cierta distancia. Así fue Márai, por lo menos. La suya fue una soledad añorada, vivida sin ambages, sin arreglos ni tratos de última hora con el mundo; sin remilgar, la vivió como una totalidad interiorizada plenamente que engrandeció su obra y su biografía. Para entenderlo, hay que penetrar al mismo tiempo en ambas.     

A primera vista, su vida puede parecer fría, desapasionada, rutinaria, plana; casi como la de Borges, la de un hombre que aspira a ser más espíritu que carne. La de un burgués típico que, gozando de una posición muy favorable en el mundo, juzga todo a partir sus propios principios. Una existencia que delata a un alma severa e insensible, de pocos amigos que, sin herir a nadie, apenas  alcanzar a querer a su mujer. Como un Flaubert, podría decirse. Coetzee, que sólo alcanza a atisbar la superficie de su personalidad, ve una actitud imperdonablemente cínica en un Márai que, en lugar de lamentar la falta de imaginación y energía creativa de la burguesía europea frente a los problemas del siglo XX, se reprocha no haber disfrutado más la vida, no haber explotado a fondo los medios de que disponía para ser feliz. Visto así, Márai nos resulta una figura odiosa, un individualista despreciable. Un escritor clasista que se negó a renunciar a los valores de una clase social que cruzaba enferma de muerte el umbral del siglo XX.

No obstante, hay que hilar más fino. En efecto, su vida no está secundada por grandes peripecias ni aventuras como la de otros autores que conocieron tormentos físicos, enfermedades o encarcelamiento, como Dostoievski; o como Byron, que pisaron el campo de batalla y tuvieron una muerte heroica. Márai, que no fue un hombre de acción, vivió en un periodo de grandes cataclismos históricos. Pero le correspondió vivirlos como testigo, a cierta distancia de los hechos. A los dieciocho años, la Primera Guerra mundial lo tocó apenas de soslayo. Nunca estuvo en el frente. Vio la barbarie desde la tribuna. En los años veinte recorrió y escuchó a la desolada Europa de la post guerra. Entendió que del humanismo europeo sólo quedaban escombros. En los años treinta, contempló la virulenta gestación del fascismo al que sin titubeos condenó. Pero al mismo tiempo, de vuelta en Budapest y ya un autor prestigioso, disfrutó de la fama, del dinero y las comodidades que le facilitaban los honorarios de sus publicaciones. Engendró un hijo pero, enfermo, falleció a los pocos meses. Episodio doloroso pero sin mayor trascendencia en su vida. Luego se inclinaría por una adopción. Durante años se comportó como un escritor urbano, conducía su propio vehículo, jugaba al tenis en las mañanas, pasaba las tardes leyendo los periódicos de café en café, al final de la tarde pasaba a donde el masajista para luego terminar la jornada con un relajante baño termal. Sólo en las noches escribía. Más tarde, en el exilio, maduro, lejos de su mundo, Márai reconocería haber sido todo ese tiempo una caricatura del burgués genuino.

La felicidad no tardó mucho en esfumarse. La Segunda Guerra mundial llegó a Budapest y tocó con obuses y ráfagas a la puerta de su casa en la calle Mikó. Para entonces Márai y su mujer ya habían abandonado la residencia y se encontraban a salvo a varios kilómetros de donde se estaba dando la carnicería entre nazis y comunistas. En su refugio, conoció al homo sovieticus del que, confesaría luego, lo separaba una alteridad insuperable. Un regimiento del Ejército Rojo se instaló en su propiedad por varias semanas. Y aunque convivió con soldados de todos los confines de la rusa revolucionaria, nunca fue agredido. Su dignidad de escritor consagrado le sirvió para hacerse respetar por los rusos y entablar con éstos relaciones humanamente aceptables.

Después, con Hungría en manos de Moscú, vendría la dura época del ostracismo y el exilio definitivo, y con éste, el peregrinaje por el resto de su vida entre Suiza, Estados Unidos e Italia. No es mucho lo que se sabe sobre este periodo ―casi la segunda mitad de su vida― pero está claro que fueron años de cierto activismo político, de profunda soledad, largas horas de lectura, retraimiento del mundo de las letras, y de una entrega absoluta a la literatura. En 1956, Márai alcanza a llegar a Europa entusiasmado por el ilusorio triunfo de una revolución que estaba siendo reprimida sangrientamente. La decepción fue enorme y lo llenó de amargura. Hacia final, el aislamiento se agudiza, desaparecen todos sus seres queridos, lo aterra la decadencia física y, ante la posibilidad de ser internado en un hospital para ancianos desamparados, pone fin a sus días con una bala en el cráneo. En 1989, pocos antes de caer el Muro, sólo unos cuantos húngaros estaban enterados de quién era Sándor Márai. Murió siendo un escritor prácticamente desconocido. La celebridad y la influencia de que había gozado durante los años treinta habían sido borradas por la propaganda. Su redescubrimiento en occidente tardaría todavía años en hacer eclosión.

Según cálculos serios, tras el boom editorial de principios de este siglo, a la fecha se han vendido más de treinta millones de sus libros en todo el mundo. Todo un fenómeno. ¿Cómo explicarlo? En el fondo, muchos otros escritores, provenientes de su misma región, tuvieron destinos mucho más trágicos que el suyo, lo cual otorga, digamos, un valor agregado a sus obras. Actualmente, Márai es más leído que Kertész, sobreviviente al exterminio nazi y nobel de literatura. Hay quienes sostienen que se lee precisamente por eso, por ser judío y haber sobrevivido. Pero Márai no conoció campos de concentración ni era judío. Entonces, ¿dónde está el truco? Un destino trágico no es garantía de una obra excelsa. Debe necesariamente haber algo más. Una particularidad difícil de precisar. Posiblemente la magia consista en la estrecha la relación que se guardan la vida que acabamos de esbozar y la obra que emanó de ella.

Márai fue un hombre solitario que, en el fondo, no amó nada más que a su propia pasión: la literatura. Durante los últimos años de su vida, directores de cine, prestigiosos diarios de Budapest, respetadas casas editoriales, la misma Asociación de Escritores de Hungría, periodistas, todos lo invitaban en coro a volver del exilio. Pero sus ruegos no conseguían conmover al anciano escritor radicado en San Diego, California, que sólo esperaba pacientemente a la muerte y, entre tanto, consagraba sus últimas reservas de lucidez para despotricar del nuevo género de la literatura industrializada. Le prometían recibimientos con bombos y platillos o con la discreción que se debía a un autor de su talla; él sólo tenía que escoger. Pero era inútil. Márai declinó siempre. Respondía con desdén a cada una de estas tentativas de arrastrarlo a Hungría. Se olía sobradamente bien lo que había detrás de todo ello. Las nuevas generaciones tenían la intención de rescatar del olvido al injustamente censurado escritor burgués para montar un espectáculo mediático y editorial que pusiera en evidencia las perversidades cometidas por el Kremlin. Le ofrecieron miles de dólares, cátedras y bustos. ¿Monumentos? Para lo único que sirven es para que los meen los perros, replicaba. Los jóvenes no entienden nada de nada, agregaba malhumorado. Y con razón. Es sabido que en una ocasión consiguieron ofenderlo. Un ambicioso cineasta húngaro que buscaba hacer carrera le escribió para sugerirle que abandonase ese gesto vacío del exilio pues hacía tiempo que éste había perdido su sentido. Las cosas habían cambiado radicalmente, le aseguraba. Ahora le correspondía volver a Hungría para recibir la gloria que se merecía. La historia iba a recompensarlo antes de morir. Y él mismo, insistía el jovenzuelo, estaba dispuesto a inmortalizar su vida seguramente en un filme biográfico. En el fondo, las cosas sí habían cambiado. Pero para peor. La generación naciente veía a los intelectuales del periodo de entreguerras como reliquias vivas destinadas a adornar los anaqueles de los museos. Por fortuna, diría Márai, «siento un gran alivio al pensar que todo un océano de distancia me separa de esa clase de gente». Márai fue un tipo serio, coherente y con mucho tacto. No se vendió nunca. El Erasmo de los Balcanes, lo llamó un coterráneo suyo. A causa, por un lado, de su férrea oposición a los regímenes totalitarios, a su pacifismo y, por otro, a su condición de perpetuo viajero cosmopolita.

Lo cierto es que muchos volvieron a casa después de años de exilio. A principios de los ochenta, el régimen soviético se ablandaba y todo indicaba que los rusos permitirían a la sociedad húngara una pacifica transición hacia la democracia. Era el momento ideal para regresar, creyeron algunos. Los comunistas se mostraban condescendientes y los exiliados ya no eran considerados como traidores a la patria. Pero no así lo creyó Márai, más obstinado que nunca. Pasó los años finales de su vida convencido de que aquello que sus colegas llamaban casa había dejado de existir hacía cuatro décadas. El país se había bolchevizado por completo. Sabía que, además de convertirse en un idiota útil para el Partido, volver a esa Hungría equivaldría a un nuevo exilio. No quedaba un solo miembro de su familia con vida, ni compañeros de profesión ni amigos. Todos sus enemigos habían desaparecido también. «Si volviera a Budapest no encontraría con quien enfadarme», anota en su diario de 1988, pocos meses antes de matarse. Por eso prefirió desvanecerse en el olvido, muy lejos de su venerada lengua materna. Desde 1948, su postura fue siempre la misma: mientras no se cesase la ocupación y no hubiesen elecciones democráticas con observadores internacionales, jamás regresaría ni autorizaría la publicación de una sola de sus líneas. Así esperó hasta el último momento, año tras año, y cuando entendió que pronto sería incapaz de valerse por sí mismo, puso fin a su vida con dignidad, en absoluta soledad, sin sentimentalismos, sin ambages ni tratos última hora con el mundo. Se extinguió consumado en el respeto innegociable a sus valores y convicciones más profundas.

Este es uno de esos escritores en cuya biografía se observa una marcada consistencia entre vida y obra. Tomemos el caso de Balzac. En su caso, no es injusto afirmar que entre la una y la otra opera un abismo que las separa y casi las opone. Su vida está vastamente documentada. Honorato fue un hombre arribista, monárquico, egoísta, vulgar y hasta cínico. Derrochador de dinero, buscó abiertamente convertirse en noble para acercarse a las nobles. Bien se sabe que movió cielo y tierra para incrustar un de entre su nombre de pila y su apellido. Un hombre mundano, exuberante y carnal, dotado de un gran talento para endeudarse y mentir. De este modo, es casi seguro que, al leer la anterior descripción, un lector poco advertido perdería el interés por la obra de un tipo como Balzac. A priori, podría creerla desalmada, déspota, humanamente poco atractiva. Sin embargo, en este caso, cuan poco se parece la obra a su creador, cuan poco se refleja lo uno en lo otro. Muy poco tienen en común el narrador de la Comedia Humana y el hombre de carne y hueso que empuñó la pluma para darle forma. Deslizándose entre los linderos del realismo y el romanticismo, la balzaquiana, entre muchas otras cosas, es una obra hondamente humana en la que se lleva a cabo un detallado estudio de las pasiones y sus consecuencias sobre la vida de los hombres; presenta una visión crítica y escéptica de la humanidad; reivindica a los pobres sin execrar del todo a los ricos pues de ambos bandos el lector ve surgir personajes memorables; contiene una crítica directa a la sociedad de su época que empezaba a entregarse al perverso dominio de las relaciones dinero-poder, etc.

Con Márai sucede lo opuesto. Su vida y su obra son dos espejos puesto uno delante de otro. Ambas se alimentan, y el hombre que fue Sándor Márai trabajó cuidadosamente, desde la literatura y la vida, para edificar una perfecta simetría entre ellas. En este escritor hay sin duda hay algo conmovedor y encantador que es develado constantemente por su relación consigo mismo y con su ficción en el marco del mundo que le tocó vivir. Es como si desde muy temprano hubiese advertido toda la demencia que le deparaba su siglo, y desde entonces se hubiese dedicado a preparar la resistencia desde la trinchera de un yo consistente con la propia materia de la que estaba hecho. Este, hay que agregar, fue un rasgo típico de los escritores centroeuropeos con los que Márai estaba íntimamente emparentado. Valores como la libertad interior del intelectual y su compromiso nada más que con ideales de probada altura constituyeron el sedimento de su identidad de escritor. Márai fue un dinosaurio del siglo XIX al que le correspondió el infortunio de vivir en el XX. Para él, la literatura representaba un ideal de vida.

No obstante, a pesar haber llevado siempre una existencia discreta, burguesamente retirada y circundada no más que por unas cuantas amistades cuidadosamente seleccionadas, no es cierto Márai haya llevado una existencia puritana. En su juventud se sumió profundamente en el alcoholismo y las drogas en un intento por apaciguar su neurosis, y es sabido que durante sus años de peregrinaje en Alemania solía andar armado por la Berlín de los años veinte donde cada cuanto se encendía una revolución que duraba unas pocas horas. Toda su vida fue un fumador empedernido ―diez diarios a los ochenta y seis años― y nunca renunció a la bebida. Mientras tuvo las fuerzas suficientes para hacerlo, fue un viajero muy activo. De su estancia en París, recuerda con especial cariño los años en los que recorrió casi toda Francia en su automóvil destartalado, siempre tras la pista de algún fait divers publicable en los diarios húngaros con los que colaboraba.  En suma, su biografía no da para clasificarlo ni en el extremo de la virtud ni en lo opuesto. Su existencia se fue forjando por el contrapunteo entre su ética burguesa y los cataclismos de la Historia. Su vida constituye un tomo más de su obra.

Esta es una de las claves para comprender su figura y el interés que despierta en los lectores de hoy. En Márai hay siempre una búsqueda de consistencia entre el acto y la palabra, entre la ficción y la vida, como si para él la realidad de su universo literario hubiese sido siempre equivalente a la realidad de su existencia mortal. No es que haya vivido en mayor o menos medida en uno u otro plano; ni evadido de lo real ni refugiado en la ficción, sencillamente Márai se daba a la tarea de superponer y fundir esas realidades. Circulaba entre las dos con total naturalidad.

En su novela más celebrada, El último Encuentro, hay un pasaje en el que confiesa nítidamente todo su credo. Konrad y Henrik llevan ya horas conversando a la luz de los candelabros para dejar todo claro antes de morir. Sin embargo, la verdad, esa verdad esperada por Henrik por más de cuarenta años, aún no ve la luz. Ha formulado todas sus preguntas pero su invitado se niega a darles respuesta. Todos los detalles, cada recuerdo, cada sentimiento y cada motivación circundando la evocación de una amistad entrañable y malograda, han sido desempolvados. Pero Conrad, el traidor que debe rendir cuentas al amigo cuyo orgullo hirió profundamente, se niega a contestar. De repente, hastiado ya, consciente de que la palabra resulta insuficiente para penetrar en la materia de la verdad, Henrik dice:

« Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera. »

Y así respondió Márai a las preguntas más importantes de su vida, con actos que hablaron por él tan coherentemente como sus propias frases. Tras las bambalinas del teatro de su vida existió siempre otro teatro, mudo, donde solo hablaban sus acciones, las vibraciones de su vida. Este es el sustento y al mismo el testimonio de quién fue Sándor Márai, un hombre que se mantuvo fiel al principio de que en lo escueto, la palabra se reviste de la fuerza de un acto trascendente.

Ahora bien, ¿cuáles son los actos de la vida de Márai que nos revelan la verdad sobre su persona? Primero, su apego a los orígenes burgueses de los que descendía. Sin llegar nunca a ser un nacionalista, como lo han sido muchos en Hungría, Márai nunca dejo de ver su natal Kassa ―una ciudad europea, según él mismo―como el núcleo de una clase social que creó una forma de vida culta y cosmopolita. Segundo, su amor por la lengua húngara. A los dieciocho años decide renunciar a su apellido de pila, Grosschmid, de origen sajón, y adopta Márai que a su vez comporta una raíz de ascendencia noble y una innegable resonancia húngara. A pesar de la orientación germánica de su educación, él siempre se consideró un escritor de lengua húngara. En su madurez, recordaría con cierto desdén los años de juventud en los que escribió en alemán para el diario Frankfurter Zeitung. Tercero, la soledad como deber y destino ineludible del escritor, indispensable para conquistar la mencionada consistencia entre vida y obra.

Como el jurado neurótico que fue siempre, Márai tuvo muy claro el momento en que la soledad llegó a su vida. Contaba con seis años y el nacimiento de su hermana arruinó el perfecto estado de atenciones y cariño que sus padres le prodigaban nada más que a él. Un caso de típicos celos de hermano destronado. Sin embargo, esta experiencia fue especialmente dramática para él. Desde entonces se quedó por su cuenta en el mundo, se volvió un marginal, un paria y una larga caravana de temores e inseguridades vinieron a poblar su vida. El abismo entre él y su familia empezó a ensancharse hasta el punto que esta última quedó reducida, en la figura de su padre, a un mero sustento económico mientras vivió en el extranjero. Su búsqueda de soledad fue precoz y comenzó por el distanciamiento familiar.

Anécdotas como estas resultan conmovedoras: de su estancia en New York, periodo durante el cual no logró publicar una sola línea ni pudo hacer amistades de importancia, lo único valioso que parece haberle ofrecido esta ciudad fueron los recintos de The New York Public Library donde Márai vivió silenciosamente veinte años de intensa lectura. La soledad nunca significó para él una fatalidad. Por el contrario, ésta constituía su elemento, una atmosfera en la parecía respirar un mejor. Hacia el final de su vida las personas le suscitaban una enorme desconfianza. Y en una sociedad como la norteamericana, a la que consideraba como no apta para seres humanos, estos resquemores naturalmente se agudizaron.

De joven fue igual. Nunca le gustaron las cofradías ni los círculos literarios. En los años treinta, cuando ya era en Europa central un autor reconocido, supo mantenerse al margen del sectarismo que caracterizó la vida intelectual budapestina de aquel entonces. No se alineó ni con la derecha nacionalista antisemita ni con los comunistas. No defendió al pueblo ni lo condenó. Y aunque las tensiones entre uno y otro bando obligaban a los intelectuales a tomar partido por una causa u otra, Márai rechazó cualquier tipo de compromiso que minara su libertad intelectual. Frecuentaba a pocas personas y poco se le veía en sociedad. Se sabía de él y de sus posturas por sus artículos periodísticos y sus novelas. Un burgués irremediable, sí, pero de una lucidez igualmente incorregible, comprometido sólo con ideales. Por esto, los bolcheviques lo tildarían más tarde de escritor decadente y lo obligarían a abandonar el país tras censurar su obra y acorralarlo hasta la autocensura. Así, en el exilio, décadas después revelaría en ¡Tierra, Tierra! que nada le quedaba en una sociedad en la que ya ni siquiera podía callarse libremente. Tampoco pareció quedar gran cosa para él en el mundo de la era atómica. Por eso lo abandonó Hungría, su familia, su lengua materna, su fama, sus posesiones, su pasado, todo, menos su esposa, para poder seguir viviendo una libertad completa que solo su soledad de escritor podía garantizarle. Sándor Márai respondió con su vida.

 

Sándor Márai en inglés

51LNl4WdD7LDel mundo anglosajón, Márai nunca salió bien librado. En Londres, a pesar de que le pareció la ciudad más erótica de Europa, se sintió inmensamente solo. Su cielo negramente hostil le oprimía el corazón. Jamás pudo quedarse más de una semana ahí. En New York vivió veinte años como un completo desconoció. Ni una sola de sus líneas fue publicada en este periodo. No hizo amigos, ni consiguió penetrar en círculos literarios, nada. Sólo los recintos de The New York Public Library lo acogían con benévola indiferencia.

Con su obra la cosa parece ir igual. La versión inglesa de El último Encuentro, su novela más conocida, magistralmente traducida al español y al francés, es una traducción indirecta, es decir, se tradujo del alemán y no del húngaro. Puede que el trabajo de la traductora sea concienzudo y honesto, pero esto no deja de importunar al lector decente. Que en inglés no haya una mejor traducción de este relato resulta inaceptable. Embers, su titulo, tampoco deja de inquietar. Literalmente, en húngaro, sería algo como a la luz de los candelabros que se consumen hasta el final. Así, embers resulta una solución demasiado simple. Por otro lado, Coetzee califica de execrable la traducción hecha por Albert Tezla de Föld, Föld! (1972), ¡Tierra, tierra! en español o Memoires de hongrie en Francés. Memoir of Hungary vio la luz  en 1996 gracias a la cooperación entre la casa editorial Corvina y Central European University Press.

Y, aunque Coetzee sea injustamente duro con Márai, con relación al trabajo realizado por Tezla no se puede estar en desacuerdo con él. El inglés de Tezla deja mucho que desear, a veces es altamente machetero. No toma mucho tiempo notarlo. Veamos un mismo pasaje en sus versiones respectivas. En español primero:

“Sin embargo, sabemos que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos.

Pero, ¿por qué callamos tan ansiosos y tan rígidos? Malraux escribe en uno de sus libros –publicado en la época en que ya no era el «el escritor favorito» en la corte de De Gaule, Su Majestad parvenu– que el ser humano se muestra propenso a pensar, durante toda su vida, que guarda en su interior algún «gran secreto». Sin embargo, ésta es una gran equivocación: el ser humano no es «el Polo Norte, lo Secreto, lo Extraño», como afirmaba Ady, lamentándose, sino un puñado sucio o un montón miserable de secretos insignificantes. El ser humano intenta, durante toda su vida, salvaguardar y mantener en su interior esos secretos insignificantes, con un sentimiento de devoción fervorosa, crispada y demente, sin que ello tenga sentido alguno, puesto que acabará por descubrirse –en el momento de la muerte o incluso antes– que no había ningún gran secreto. Tan sólo teníamos secretos insignificantes, unos residuos que hubiésemos podido mostrar a los demás y que no valía la pena esconder. Los secretos de nuestro papel. Los secretos de la ambición, de la envidia, de la familia. Los secretos de la sexualidad… en su «forma proteica», como dirían los psicoanalistas, esos talmudistas del bajo vientre. ¿Valía la pena mantener todo eso en secreto?”

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, Salamandra, Barcelona, 2006, p. 133.

Luego en francés:

“Pourtant, il sait bien que l’objet de ce silence est la vérité même. C’est toujours sur nous-mêmes que nous nous taisons.

Mais pour quoi un tel silence, aussi obstiné que convulsif ? Dans l’un de ses livres (datant d’une époque où il n’était pas encore l’Écrivain de la Court gaullienne, un parvenu se faisant appeler Excellence), Malraux dit que l’homme se croit, tout au long de sa vie, dépositaire d’un Grande Secret. C’est là une erreur : l’homme n’est pas, comme le prétend quelque part Ady, «Secret, Pôle Nord, Étrangeté», mais tout au contraire un réceptacle de misérables petits secrets qu’il s’obstine à ne pas révéler. Peine perdue, car, au moment de la mort et, quelquefois, bien avant, ceux-ci se dévoilent d’eux-mêmes – dans leur véritable nature, dans toute leur profonde mesquinerie. Et ils concernent toujours le Rôle, l’Ambition, la Jalousie, la Famille, le Sexe, dans toutes leurs variantes «protéennes» comme bien le diraient les psychanalystes, ces talmudistes du bas-ventre. Fallait-il vraiment les cacher, ces secrets ? Le jeu en valait-il la chandelle?

Márai, Sándor. Mémoires de Hongrie, Paris, Albin Michel, 2004, p. 132.

Como se observa, ambas versiones son equivalentes. Si se quiere ser un poco exigente, podría cuestionarse la relación entre el juego de palabras obstiné-convulsif y ansiosos-rígidos. Pero, en general, el sentido del texto se conserva. Habría, eso sí, que detenerse en la alusión a Malraux. De entrada, en la versión española se recurre al francés y esto puede ser condenable. Pero, sobre todo, no queda del todo claro si Su Majestad parvenu hace alusión a De Gaulle o al mismo Malraux. Desde luego, con un poco de trabajo el lector conseguiría aclararlo. Sin embargo, la traducción francesa le ahorra ese trabajo porque no deja dudas al respecto. Malraux fue más político que hombre de letras, sugiere Márai con sarcasmo, y no estaba dispuesto a dejar de ser uno de los protegidos de De Gaulle. Ergo, este fragmento la traducción francesa supera a la española.

Veamos ahora el texto en inglés:

“But we know that the one and what we remain silent about is the “truth:” we are what we keep silent about.

But what do we keep silent about so anxiously, with tightly clenched teeth? In one of his works, Malraux – when he wrote it he was no longer a Court Writer, a parvenu Eminence in de Gaulle’s household – spoke about how during his life man believes he is standing guard over some Great Secret. This is a misconception: man is not “A secret, the North Cape, an oddity,” as Ady lamented, but the sum total of little secrets fit for the hollow of the hand, a tiny, grimy bundle. He guards those rotten little secrets with spasmodic and idiotic devotion, but it is not worth standing guard over this satchel of secrets, because shortly, at the instant of death or sometimes even sooner, it becomes apparent that there was no Great Secret of any kind in life. We have only residual, minute secrets which could have been disclosed to others and were not worth concealing. Secrets of the Role, secrets of Ambition, Envy and Family. Secrets of Sexuality … in “Protean form,” as psychoanalysts, the Talmudists of the abdomen, would have put it. Was all this worth concealing? …”

Márai, Sándor. Memoir of Hungary, Corvina, Budapest, 1996, p. 129.71463

Remitámonos exclusivamente a los aspectos que señalamos arriba. With tightly clenched teeth funciona como sinónimo de convulsive y rígido. Pero, ¿no es metafóricamente una equivalencia un tanto fácil y burda? En cuanto a Malraux, hay que reconocer la sintaxis empleada por Tezla es clara y no da lugar a la ambivalencia de la versión en español. Malraux sigue siendo el mismo arribista.

En general, se ve una repetición excesiva de palabras y de algunas expresiones. Una traducción sin gracia que no despega del plano de lo literal. Le falta ingenio y sentido literario. Y este pasaje es de los menos comprometedores. Hay algunos donde seguir la lectura se hace verdaderamente penoso. El inglés de Tezla trastabilla y se retuerce. Cosa imperdonable en una lengua de una expresión sintáctica tan nítida como el inglés. Llega a parecer la traducción de un estudiante undergraduate de lenguas extranjeras.

Justicia para la obra de Márai que se traduce al inglés. Es lo que con toda razón pide Coetzee y lo que también se pide aquí. Por lo menos estas las obras mencionadas deben retraducirse directamente del húngaro. Ojalá el trabajo hecho por Georges Szirtes las supere ampliamente.

Haneke y Márai: Napló 1984-1989 y Amor.

Sobre lo que el cine sugiere y la literatura disecciona.

1.

HANEKEEn el semanario francés Télérama, Pierre Murat escribió una airada crítica sobre el último filme de Haneke, ese que acaba de recibir la estatuilla americana a mejor película extranjera, el mismo que en mayo de 2012 obtuvo también la Palma de Oro. Visiblemente molesto –seguramente por la crudeza y la honestidad del libreto-, acusa al director austriaco de cometer una falta de amateur. Esto es, de haber rodado un largometraje en el que se muestra algo que todo el mundo sabe ya, una verdad que hasta el más distraído puede intuir. Una total banalidad, anota Murat, justamente la de saber que un día, viejos y acabados, todos terminaremos postrados, impotentes, con la personalidad muerta, cagándonos encima, enchufados a un respirador, fastidiando a nuestros hijos, devorados por el cáncer, es decir, convertidos en piltrafa. Una morbosidad gratuita, insiste el crítico, revestida de frialdad e insensibilidad, la que despliega la pelicula Amor.

Se trata de una banalidad, ciertamente. Pero no la de Haneke, sino la de Murat, el cual no pudo ver más allá del drama meramente físico de alguien que está a punto de extinguirse. Porque –y está casi que de más decirlo- la propuesta de Haneke no apunta a reproducir lo que a diario reproducen las emisiones y documentales sobre emergencias médicas o enfermedades raras que llenan de pánico a la población menos informada. Es, en fin, absurdo creer a Haneke capaz de algo tan absurdo.

Su propuesta es otra. Se trata de dar una mirada a lo que debe enfrentarse el otro, la pareja, el compañero de toda una vida, el que sobrevive, igualmente anciano y fatigado, también a punto de pasar al otro lado de la vida, que contempla impotente la degradación y el morir de ese otro que está ligado íntimamente a su existencia. Todo lo anterior puede expresarse con relativa sencillez, pero no por ello resulta banal. El problema reside en que para verlo con claridad y entender el drama del que sobrevive, es necesario poseer una óptica que se sitúe más allá de la vida. Y esto es de lo que carece Murat, sin duda: su miopía. Lo contrario a Márai quien afirma: «Un tremendo vacío, como si estuviese viendo la vida desde la muerte.» Ser muy viejo, a fin de cuentas.

Sin embargo, y por fortuna, para eso existe la literatura. Para facilitarnos ese, digamos, tipo de ópticas. Vivir a través de otros, precisarían algunos.

Y, en efecto, nada mejor para ilustrar lo que acabamos de postular que el conmovedor testimonio dejado por Sándor Márai en el último volumen de sus diarios, publicado por Salamandra en 2008 y traducido del húngaro por Eva Cserhati y A.M. Fuentes Gaviño.

Esta lectura, la cual le produjo extraños sueños a una muy estimada colega, presenta al lector el desolador panorama de los últimos cinco años de vida de este autor, tal vez los más miserables de su existencia, entre 1984 y el 21 de febrero 1989, fecha en la que se dispara en la cabeza.

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Márai y su hijo adoptivo Janos, en 1986.

Colmado de reflexiones sobre la literatura, la actualidad, la sociedad norteamericana, la soledad, la pequeñez del hombre, la muerte y la vejez, éste es un texto que facilita al lector un contacto íntimo con la voz de un tipo de escritor extinto ya, un último representante de la Mitteleuropa. Nacido en 1900, educado en el seno de una familia burguesa de la Alta-Hungría, Márai recorrió casi todo el siglo XX, sobrevivió a sus dos guerras mundiales y permaneció en el exilo más de la segunda mitad de su vida. Estos diarios son el testimonio de un escritor completamente olvidado que espera el fin de sus días fortalecido por la vitalidad que le inocula un escepticismo radical.

Aunque, por otro lado, son también el testimonio de una tragedia personal. Sándor Márai, al igual que Georges, el marido de Anne, en el filme Amor, tuvo que ver con espanto cómo la mujer de su vida se descomponía progresivamente en un morir atroz, en el momento en que a él mismo le empezaban a faltar las fuerzas y se disponía a cruzar, sin temores ni nostalgia, el umbral hacia la nada. «La muerte como un último regalo.»

Uno de los pasajes más desgarradores del mencionado volumen lo constituyen las entradas correspondientes a los tres últimos meses del año 1985, cuando Ilona Márai, Lola, empieza a morir. Para aquellos que han tenido ya acceso a los Diarios y acaban de ver Amor, las similitudes –también las diferencias- saltan a la vista. Este último es un filme que se desenvuelve, sin quererlo, en una atmósfera innegablemente maraiana. Por lo menos, ambas obras se sugieren.

2.

Sándor y Lola, el día de su boda en 1924.
Sándor y Lola, el día de su boda en 1924.

La pareja Márai es un matrimonio de sesenta y dos años. Bodas de diamante. Ambos han vivido todo este tiempo juntos entre París, Budapest, Suiza, New York y Napoles. Desde que abandonaron su natal Hungría en 1948 no han regresado. El bolchevismo no se los permite: Lukács ha convertido a Márai en el mejor ejemplo del escritor burgués decadente que el Partido tiene por enemigo del pueblo magyar. Viven sus últimos años en San Diego, California. Sí, contradictoriamente, Norte América, una sociedad que Márai juzga como no apta para seres humanos.

Él, el escritor, experimenta un dolor casi insoportable cuando ve apagarse el alma de la mujer que durante seis décadas ha sido la primera en leer todos sus escritos; la mujer por la que ha escrito todo, ha de confesar más tarde, presa de la desesperación. Ella, «un ser maravilloso» por el que siente una inmensa gratitud, tiene que ser internada en «un vertedero institucional», un hospital para ancianos moribundos.

Desde entonces, la degradación de su salud se acelera monstruosamente. Los médicos diagnostican «senilidad», se inicia lo que la misma enferma denomina una «situación imposible». Un drama mortal, para ambos.

En el momento en que entiende lo que está ocurriéndole, Lola pide morir, repite en medio del desvarío «die, die, die»; su personalidad se va esfumando con lentitud, pierde el habla, un carcinoma brota sobre un costado de su cuello, la alimentación por sonda parece inminente. Y este estado «absurdo y cruel» se prolonga por semanas, meses. Una noche, durante uno de esos últimos instantes de lucidez, ella toma la mano de Sándor y le dice: «Qué lento muero». Y esta frase, que retumba con toda su fuerza, genera una sequedad en la garganta y un silencio en el alma que es más hondo que la pulsión del llanto.

Mientras tanto, Márai permanece a su lado, en silencio, sin protestar, luchando por conservar sus propias fuerzas; sabe que no le está permitido huir, sería una gran «cobardía», no tiene «derecho a escapar»; espera poder «aguantar mientras ella lo necesite». No puede hacer otra cosa que cuidarla, asistirla, entenderse con los médicos, demostrar que cuenta con los fondos suficientes para costear una eventual hospitalización de meses. Pasa la noche solo en casa, desvelado, y cada mañana regresa al vertedero institucional a ver cómo se va perdiendo en la nada su fiel compañera. Sólo le resta esperar y contemplar con horror eso que la sociedad norteamericana le ofrece a su moribunda mujer: «una muerte consumista».

Sin embargo, por momentos, a pesar de esta ignominiosa condición, parece que el amor resurge, intenta oponerse a la humillación de una

Ilona Márai, en 1948, poco antes de abandonar Hungría.
Ilona Márai, en 1948, poco antes de abandonar Hungría.

muerte así: «Está muy guapa, la belleza del óbito es más convincente que la de la juventud, es la belleza victoriosa de la plenitud femenina.» A medida que Lola se aleja de la realidad y se deja caer en el abismo de la inconsciencia, Márai la redescubre, como si volviese a quererla. ¿Lo imposible del adiós?

Tras semanas de padecimientos, el único consuelo lo constituye la esperanza de que Lola recupere un poco las fuerzas y pueda regresar a casa para que ambos puedan «morir juntos»; es la última fe de Márai, poder volver a estar con ella, desvanecerse a su lado en un acto que entiende como la consumación final de su amor y su lealtad. Todo lo demás le parece despreciable y vacío; le avergüenza seguir con vida:

«Noviembre 10

…Si recuperase las fuerzas hasta el punto que se me permitiera trasladarla a casa, lo único que me motivaría a hacerlo sería estar juntos hasta el último momento. Pero en su estado actual no hay que contar con ello, y por otra parte es probable que yo no fuese capaz de cuidarla, medio ciego como estoy y agotado después de estos siete meses en que llevo atendiéndola día y noche. Ando muy inseguro incluso con el bastón, así no podría levantarla, ni sentarla, etc. No hay nada más que hacer. Sólo lo que ha ocurrido: el hospital, cuidarla allí, esperar a que se recupere o se duerma. Tenemos la misma edad, hemos vivido la vida entera (ochenta y seis), si el destino es piadoso moriremos juntos, lo que sería un gran regalo.»

Pero el destino no será piadoso, de ninguna manera. Todo irá peor. La vida les negará ese último gran regalo. Ahora los médicos empiezan a advertir: «She’s giving up.» Y se abren paso las escabrosas reflexiones:

«Noviembre 26

…Falta de perspectivas, desesperanza en todo, no hay indicaciones, todo está oscuro. Voy a ciegas en las tinieblas, soportando la lluvia. Tal vez haya sido un error esperar tanto; habríamos tenido que irnos antes, a la vez.»

¿Haberla matado en un último gesto amoroso, de amistad y de respeto? Márai se sabe incapaz de tal cosa. Abraza su destino, dice, se resigna ante la realidad. No es el caso de Georges.  Además, a Márai se le hizo tarde. ¿O es el del Georges otro tipo de amor? Lo claro es que son dos caracteres diferentes. En todo caso, Georges no se hallaba tan débil cuando Anne empezó a morir. ¿Dejar que otro conduzca a Lola a la muerte? Tampoco:

Lola, con el único hijo de la pareja Márai el cual sólo vivió siete semanas.
Lola, con el único hijo de la pareja Márai el cual sólo vivió siete semanas.

«Diciembre 30

No puedo aceptar el mercy killing, no me siento con fuerzas suficientes para la eutanasia. Sigo oyendo una voz que repite como un disco rayado: todo será diferente.»

¿Diferente? ¿Es porque aún vive el amor? Posiblemente. No obstante, días atrás, esta entrada resulta también sorprendente:

«Diciembre 24

… Si estuviéramos en casa acabaría con los dos. Aquí no puedo hacerlo. Tal vez sea pura cobardía.»

¿Sería justo afirmar que Georges no es cobarde y Márai sí? Ambos toman decisiones opuestas. Tal vez a Georges le quedaba algo más que Anne. No a Márai. ¿Por esa razón se negó a perder lo último que le quedaba? En ambas decisiones hay valentía; tanto para liberarse a sí mismo al liberar al otro de su miseria como para permanecer inmóvil observando la realidad destruyendo lo poco que queda de vida.

3.

Hasta que sucede lo inevitable. Lola muere el 04 de enero de 1986. Semanas después, sus cenizas se dispersan en el océano. Márai vive, increíblemente, tres años más. A pocas semanas de que él mismo termine en una residencia para ancianos, se salva a sí mismo de lo que no pudo o no fue capaz de salvar a su amada Lola. Escribe a su editor una última nota:

«Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándor Márai.»

La última entrada de su diario del 15 de enero de 1989:

«Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa pero tampoco quiero aplazar nada a causa de mis dudas. Ha llegado la hora.»

Poco semanas después acabaría el drama del que sobrevive. El suicidio como último acto de dignidad. ¿Una banalidad?

El principio de fraternidad en Sándor Márai y Svankmajer.

A propósito de lo que callamos sobre nosotros mismos:

“Sin embargo, sabemos que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos.

Pero, ¿por qué callamos tan ansiosos y tan rígidos? Malraux escribe en uno de sus libros –publicado en la época en que ya no era el «el escritor favorito» en la corte de De Gaule, Su Majestad parvenu– que el ser humano se muestra propenso a pensar, durante toda su vida, que guarda en su interior algún «gran secreto». Sin embargo, ésta es una gran equivocación: el ser humano no es «el Polo Norte, lo Secreto, lo Extraño», como afirmaba Ady, lamentándose, sino un puñado sucio o un montón miserable de secretos insignificantes. El ser humano intenta, durante toda su vida, salvaguardar y mantener en su interior esos secretos insignificantes, con un sentimiento de devoción fervorosa, crispada y demente, sin que ello tenga sentido alguno, puesto que acabará por descubrirse –en el momento de la muerte o incluso antes– que no había ningún gran secreto. Tan sólo teníamos secretos insignificantes, unos residuos que hubiésemos podido mostrar a los demás y que no valía la pena esconder. Los secretos de nuestro papel. Los secretos de la ambición, de la envidia, de la familia. Los secretos de la sexualidad… en su «forma proteica», como dirían los psicoanalistas, esos talmudistas del bajo vientre. ¿Valía la pena mantener todo eso en secreto?”

Márai, Sándor. ¡Tierra, tierra!, Salamandra, Barcelona, 2006, p. 133.

Sándor Márai, ¿antisemita?

1.

Portada de la edición Champion, 2011.

Lectura: Le royaume littéraire (Champion, 2011) de Clara Royer, tesis doctoral en la que su joven autora (1981-) documenta y analiza las búsquedas identitarias de una generación de escritores judíos del periodo entreguerras, pertenecientes a los territorios de lo que hoy se conoce como Hungría, Eslovaquia y Transilvania. Esta investigación tiene como punto de partida el pseudodebate que se generó, a principios de la década pasada, entre la “opinión pública” magyar por causa de la concesión del premio nobel de literatura a Imre Kertész, en 2002. El uso aquí del prefijo pseudo no es gratuito, pues la derecha húngara, en ascenso y naturalmente antisemita, quiso amargarles la fiesta a los judíos húngaros –no necesariamente sionistas- que veían en esta premiación una reivindicación de su pueblo así como una expiación más de los horrores de la Shoah por parte de Occidente. La cuestión revivió viejos odios religiosos y raciales: Kertész no podía representar a Hungría, su literatura no podía ser considerada húngara porque su sangre era (y es todavía) judía y no estaba circunscrita a la categoría étnica de la magyaridad. En su momento, este fue un vocablo de peso en los discursos políticos-nacionalistas de los años 1930, pues definía el elemento constitutivo de la nacionalidad húngara por oposición a lo alemán y, sobre todo, a lo judío. Dicha noción antropológica, de moda durante el régimen de Horthy, parece haber sido recientemente redescubierta entre los anales de la memoria nacional, desempolvada y puesta al servicio del partido Jobbik, Movimiento por una Hungría Mejor, fundado por estudiantes de extrema derecha: antisemita, antieuropeo, antiliberal, esta “nueva” tendencia, tras las últimas elecciones (2010), encarna la tercera fuerza política del país.

Teniendo como propósito ofrecer una respuesta seria al interrogante ¿cuál es la verdadera literatura húngara?, la investigación de Royer desemboca en una conclusión en absoluto salomónica, aunque no por eso imprecisa: la literatura húngara es también la literatura judeo-húngara; ambas están íntimamente ligadas entre sí; son siamesas. Es insensato pretender separarlas, contraponerlas, inocularles los  prejuicios de la ultraderecha. Evidencia histórica y cultural irrefutable: Nyugat (Occidente), creada en 1908 por muy notables figuras de las letras húngaras, en cuyo seno, con el transcurrir de los años, se fueron aunando las potencias creadoras magyar y judía –también autores de otras confesiones- para darle a Hungría una revista de inclinación democrática, liberal, urbana y cosmopolita que suscitó un vivo interés en París, Berlín y Viena. De este modo, concluye Royer, la literatura húngara  está constituida por ese gran corpus que, más allá de las fronteras geográficas o de los dogmas, se extiende hasta donde se extienden justamente las fronteras mismas del reino literario húngaro-judío, reino al que tanto los unos como los otros, escritores burgueses y comunistas, periodistas comprometidos y no-comprometidos, todos, terminaron vinculados a través de sus obras.

2.

Dato curioso: en un pasaje de la mencionada obra, Royer hace una revelación interesante: “Or, le délire racial ne toucha pas que les népiek[1]: l’écrivain urbain Sándor Márai lui-même, incarnant jusqu’alors un modèle d’humanisme bourgeois aux yeux de ses confrères, se mit à discourir a la table d’un café sur les «péchés des juifs» : il avait été convaincu par les théories raciales de Gyula Farkas[2], provocant les larmes de déception d’Antal Szerb.”[3] En primer lugar, habría que verificar la veracidad de tal testimonio ya que Royer advierte haberlo tomado del diario de un renombrado politólogo llamado Gyula Ortutay (Napló 1938-1954, Budapest, Alexandra, 2009). Sin embargo, para efectos de lo que se busca mostrar aquí, asumamos temporalmente que es verídico.

Hemos dicho, en el párrafo anterior, “curioso”. ¿Por qué? Bien, por un lado, porque si bien es cierto que la autora en cuestión es de ascendencia judía, el tratamiento que da a este, digamos, pecado de Sándor Márai no puede ser más acertado; lo presenta con toda la decencia académica del caso, sin ningún tipo de apasionamiento partidista ni reivindicativo. De esta manera, lo curioso responde al hecho de que, bajo el influjo de ciertos prejuicios, el lector esperaría una denuncia de mayor envergadura, más pasional. Cosa que no sucede. Con total seriedad, la autora pone el dedo en la llaga y sigue adelante sin depositar nada personal en lo que acaba de expresar. Es decir, no da lugar a frases ambiguas o sesgadas que pudieran prestarse a juegos mediáticos. Desde luego, esta actitud se manifiesta en un libro que no más de diez personas leerán en el mundo. Ahora bien, es posible que de aquí a dos años este dato se filtre y sea empleado por los medios para generar la ilusión de un debate crítico, mientras por debajo de la mesa no hacen otra cosa que ayudar a las casas editoriales a vender más libros.

Portada de la revista Nyugat, 1908.

Por otro lado, lo curioso se liga a la sorpresa –el morbo, en algunos casos- que despierta un descubrimiento de este tipo. Es cierto que si descubres algo como esto en tu autor de cabecera no ha de pasar inadvertido y seguramente conllevará a un cuestionamiento del mismo. No obstante, los medios prenden la mecha periódicamente a escándalos de “interés público” porque en la biografía de tal o cual escritor se descubrió un oscuro episodio de antisemitismo o colaboracionismo nazi. El caso de Kundera, está ya bien gastado; o incluso, invirtiendo la lógica, podemos mencionar el caso de Stefan Zweig, judío asimilado, hoy en día rechazado por ciertos grupos sionistas dados su marcado germanismo y su ambivalente identidad con relación al judaísmo. Sin embargo, es bien claro que estos pseudo-debates pierden rápidamente su efervescencia y caen prontamente en el olvido. Nada hay de raro en eso; con ese fin los fabrican los medios.

Tampoco se trata de que pretendamos hacer caso omiso de los hechos históricos. Si Dolmatoff fue nazi y mató judíos, esa es una realidad que, si bien se puede negar, fue y, por lo tanto, hace parte de la Historia en tanto que factum. Nada puede hacerse contra su dimensión objetiva, digámoslo de ese modo para ahorrarnos más palabrerías abstractas. De hecho, esa no es la discusión verdaderamente relevante. Lo que sí es relevante es preguntarse: ¿A qué suerte de propósitos sirven ese tipo de polémicas? ¿Bajo el umbral de qué discurso se inscriben? Si se descubre de repente que Márai, celebre en la actualidad tanto por su obra como por su postura anti-fascista, hizo parte de una oscura secta antisemita en Budapest en los años 1930, en el fondo, después del efecto mediático, cabría preguntarse, más allá, insistimos, de la verdad histórica: ¿Cuál sería el sentido objetivo de todo ello ahora? ¿Qué relación tendría eso con su obra? ¿La habría contaminado? ¿Estarían sus novelas y sus relatos autobiográficos –tan preciados hoy en Occidente- preñados de un odio racial? Si fuese así, ¿qué parte de dicha obra habría que arrojar en la hoguera? ¿O habría que quemarla toda, sin más ni menos, sin acudir a ningún tipo de revisión que permita rescatar lo “objetivamente” valioso? ¿Convendría un afidávit? ¿Quién lo definiría; las víctimas o un comité de sabios?

En fin, el discurso relativizante –políticamente correcto- de nuestra época puede conducirnos a un sinnúmero de preguntas de esta naturaleza y dilatar así la cuestión hasta el infinito. ¿Qué hay detrás de aquella postura que pretende aislar al individuo y elevar la obra sobre éste, mero mortal? ¿Hipocresía? Tal vez. Sin embargo, algo de cierto cohabita en su contenido. Nunca vi a Sándor Márai, es muy poco lo que sé sobre su

Kertész, Imre. Nobel de literatura 2002.

vida, y lo que poco que conozco se lo debo a la ficción. Lo anterior me deja pocas opciones: las cenizas de este individuo fueron esparcidas en el Océano Pacifico y ahora, ¿qué sentido podría tener interrogarse sobre su devenir? Lo único que me queda es dialogar con su obra; o, mejor –me perdonarán la arrogancia-, escucharla. Por esto, podrían tratarme en Francia de inhumano. A eso, como individuo, sólo podría responder con lo siguiente: yo no soy un ciudadano del mundo, y por esa razón me bato por mantenerme al margen de su pretendida humanidad en la que –no está de más decirlo-, muy poco creo. Europa ya no es un mundo humano, diría Márai. No causo perjuicios o dolores particularmente grandes a las personas con las que me relaciono. No sobresalgo ni en los chances que me da la vida de hacer el mal. ¿Soy facho? Otra palabra de moda con la que también, al final de cuentas, terminan adoctrinando a decenas de jóvenes universitarios. La respuesta es no; es sólo que soy sólo soy un individuo replegado sobre sí mismo que hace frente, como puede, a la hostilidad de ese mundo humano.

Como lector asiduo de sus novelas y relatos autobiograficos, nunca he percibido la más miníma muestra de antisemitismo en Sándor Márai. Él mismo sostiene, en Confesiones de un burgués, que no es la pureza psiquica del artista lo verdaderamente importante sino la puereza de su obra. Y la suya lo es. Bueno, por lo menos la que he leído hasta hoy, traducida al español y al francés. Ejemplos hay muchos. Pero citaré un pasaje de La mujer justa en el que se habla de los pobres. En tanto escritor burgués autoproclamado, Márai suscita a numerosos lectores, poco advertidos, una inmediata desconfianza. Veamos:

“Creía que me desvalijaba por encargo de aquella comunidad misteriosa y clandestina. Quizá su familia había contraído deudas o quizá querían comprar tierras… ¿Me preguntas por qué nunca me lo había contado? Yo también me lo pregunté. Y hallé la respuesta enseguida. No me había dicho nada porque se avergonzaba de la pobreza, porque la pobreza es también una especie de conspiración, una alianza secreta, un pacto eterno y mudo. Los pobres no sólo quieren una vida mejor. No, los pobres también pretenden dignidad, porque saben que están soportando una gran injusticia y por eso el mundo los respeta como a héroes. Y ciertamente lo son; ahora, conforme voy envejeciendo, me doy cuenta de que son ellos los únicos héroes auténticos. Las demás formas de heroísmo son fenómenos ocasionales o impuestos por las circunstancias, o peor aún, son pura ostentación. Pero ser pobre durante sesenta años, cumplir sin protestar con todos los deberes a los que la familia y la sociedad lo obligan y, al mismo tiempo, poder seguir siendo humano y honrado, quizá incluso alegre y caritativo: eso es auténtico heroísmo.”

Márai, ¿enemigo de los pobres?

3.

¿Y si resulta cierto que Dolmatoff fue un criminal de lesa humanidad durante su primera vida europea? ¿Hay tinturas o algún tipo de exhalación nacionalsocialista en su obra sobre los indígenas de la Sierra Nevada? Mejor, primero hay que preguntarse: ¿Es este un asunto de verdadero interés para la intelligentsia colombiana? ¿Se está discutiendo de verdad? ¿O sólo vimos hace un par de meses la airada respuesta de un puñado de moralistas defendiendo el honor de una distinguida familia bogotana? Puede que exista una profunda indiferencia en la opinión pública hacia este asunto. O tal vez sea, dadas las condiciones de la aldea global, que este es un asunto que se deja atrás relativamente pronto, no tanto por indiferencia sino porque es imposible interesarse por demasiado tiempo en él.

¿No terminan sirviendo, en el fondo, todos estos alborotos mediáticos a los intereses del sionismo contemporáneo que bien vemos a diario campear con toda su virulencia en nuestras pantallas digitales?


[1] Entre 1920 y 1930, la intelligentsia húngara se dividió en dos grupos: los urbanos y los népiek (del pueblo, en húngaro), con varios miembros adscritos al Partido Comunista, se distanciaron del urbanismo y el occidentalismo de Nyugat, defendieron la cuestión campesina y abogaron por una reforma agraria.

[2] En su obra, La época de la asimilación en la literatura húngara 1867-1914 (Budapest, 1938), Farkas, crítico literario nacionalista claramente antisemita, señala la intromisión de la literatura judía en la húngara como el factor que desencadenó el declive de esta última, la verdadera y pura literatura de espiritualidad magyar.

[3] “Sin embargo, la locura racial no sólo tocó a los népiek: el mismo escritor urbano Sándor Márai, hasta entonces encarnando un modelo de humanismo burgués ante sus colegas, terminó discurriendo en la mesa de un café sobre los «pecados de los judíos»: había sido convencido por las teorías raciales de Gyula Farkas, provocando lagrimas de decepción en Antal Szerb.” (Royer, p.89). La traducción es mía.

Márai y el enigma del alma rusa.

Budapest atravesada por el Danubio (Foto de la portada de la edición en Francés. Albin Michel, 2007).

Salamandra acaba de publicar Liberación (2012), un relato de ciento sesenta páginas que vio la luz por primera vez en el año 2000 (es la obra

más reciente de Márai publicada en húngaro), once años después de su suicidio. Parece que hasta entonces este volumen había pasado inadvertido para los editores que, con cada año que pasa, siguen desenterrando su obra del olvido y rescatandola del encierro natural impuesto por la lengua húngara. Algunos textos ya se han traducido a más de cuarenta idiomas. De este modo, las grandes casas editoriales de Europa continúan apuntándose más éxitos editoriales gracias, por un lado, a la ya probada calidad de la prosa maraiana, y por otro, al boom que se inició a principios de la década pasada con la aparición de El último encuentro (1998) en el marco de la conspiración, digamos, que se dio entre la casa editorial italiana Adelphi –dueña de los derechos- y los organizadores de la Feria del Libro de Frankfurt de 1999 en la que Hungría fue el país invitado de honor. A nivel mundial, según fuentes confiables, Márai ya ha vendido alrededor de treinta millones de libros. Según eso, si fuese un cantante de pop, nuestro escritor burgués contaría ya con varios discos de oro en su corta carrera como artista en Occidente. Sin ostentar nada más que el modesto premio Kossuth, otorgado póstumamente, Sándor Márai es más popular incluso que el mismo Imré Kertész, el más reciente premio nobel de literatura húngaro. Todo un fenómeno.

En el texto que nos ocupa hoy, Márai retrata con crudeza e ironía la decepción que se llevaron aquellos húngaros que aguardaban ingenuamente la llegada del Ejército Rojo para ser liberados de la opresión nazi, recuperar la paz y volver a existir en un mundo libre. De origen judío, hija adolescente de un prestigioso astrónomo pacifista quien se esconde (amurallado en un sótano) en un edificio justo del otro lado de la calle, Erzsébet –virgen todavía- se ve obligada a pasar un largo periodo de encierro, hambruna y hacinamiento en una cava oscura, junto a cientos de seres humanos desesperados, en deplorables condiciones de salubridad, mientras el asedio de Budapest toca su fin entre diciembre de 1944 y enero de 1945. Su inocente fe en la pronta expulsión de los Cruz Flechada y su deseo de ver nuevamente a su padre libre de toda persecución, la obsesionan constantemente; ello, junto a una apenas sugerida -por el autor- combinación del rectitud hebrea y humanitarismo, logra mantenerla cuerda mientras contempla a su alrededor diariamente una degradación humana insospechada para su inexperto espíritu. Espera a los bolcheviques como a sus redentores.

Día tras día, en medio de la tensión creciente que supone la cercanía del final y el agotamiento físico, las bombas se escuchan cada vez más cerca del refugio. Los rusos ya han pisado el suelo de Budapest y los últimos nazis se baten en retirada. El momento de la liberación, presiente Erzsébet, se aproxima. Sin embargo, cuando éste llega, después de que los alemanes les ordenan abandonar la cava en medio del caos y las explosiones, la joven mujer decide quedarse unos minutos más. Durante las semanas de espera, y a pesar de la demencia que reina en el recinto, ha entablado contacto con un hombre mayor, herido y paralizado, que cuenta serenamente sus últimos días de vida; ha conseguido comunicarse con él y no parece no tener las agallas para abandonarlo a su suerte en ese momento. Esperará a que llegue la ayuda médica que han de aportar los libertadores del Este. Mientras tanto le seguirá prestando los últimos cuidados. Naturalmente,  éste último la disuade y le ordena salir de inmediato. Es entonces cuando, a pocos minutos del rencuentro con su padre, el primer soldado soviético –un siberiano- entra a la cava y, al cabo de una extraña conversación, la viola en presencia del moribundo.

Aunque la escena en sí misma de la agresión parece vivida por Erzsébet como en una especie de ensueño, y en su descripción el autor parece dejarse embargar por cierto pudor, todo su dramatismo radica en la “conversación” –no es más que un intercambio de palaras pues ninguno conoce otra lengua que la propia- entre el soldado y la mujer antes del ataque. Al ver el soldado introducirse en la cava, la joven acude a él con cordialidad y le habla con la desenvoltura reverente y casi alegre de aquel que se dirige a su salvador. No es capaz de sospechar nada. Le habla una y otra vez, pero el soldado, mientras se va acercando a ella paulatinamente, le responde siempre lo mismo, sin dejar de mirarla a los ojos, repite el mismo sintagma: “Panimayou” (En la traducción francesa de Albin Michel, 2007) . Ya demasiado cerca el silencioso siberiano, agotado el vaporoso poder de las palabras, consumada su suerte en la guerra, Erzsébet es poseída casi sin llegar a entender lo que sucede.

Minutos más tarde, tras incorporarse y sostener unas últimas palabras con su protegido, el panorama se torna aún más obscuro para ella: las calles de la capital son el escenario de todo menos de una luminosa redención. En ellas, inundadas por una nauseabunda mezcla de humo y de niebla, Erzsébet no consigue orientarse en medio del saqueo, el fuego, los asesinatos y todo el caos que supuso la entrada de los bolcheviques a Budapest. En la mitad de la calle, encuentra el cuerpo destrozado de quien acaba de violarla; una granada le despedazó la cabeza y su sangre se congela sobre la escarcha de hielo. No parece haber rabia ni desprecio; por el contrario, la observación del cadáver parece secundada por un sentimiento compasivo. Es como si un incomprensible vacío se hubiese instalado en su corazón. Ante tal visión desconcertante, tanto Erzsébet como el autor se olvidan del padre. Una nueva era ha comenzado.

Ahora bien, queda aún algo por aclarar. Desde luego, la violación no ha de sorprender a nadie. Pero ¿qué significa exactamente esa única frase en ruso que Elisabeth escucha del soldado?

Su traducción directa es: yo comprendo. El traductor de Google la pasa al español con facilidad. Sin embargo, la cuestión no se resuelve con la mera traducción literal. ¿Cómo se explica que un soldado siberiano, un nómada de las nieves, se tome la delicadeza de expresar su comprensión frente a una mujer que, sin ofrecerle nada, mugrienta y asolada por el delirio, sólo está reclamando de él un anhelado rescate? Además, ¿comprender qué? Podría tratarse de un defecto de la traducción. En todo caso, es evidente que esa inesperada circunspección en lugar de un predecible salvajismo en el soldado parece carecer de soporte psicológico. O a lo mejor no es un defecto del texto si no una omisión intencionada del autor con el propósito de darle profundidad a la extrañeza que despierta la alteridad del homus sovieticus, casi un leitmotiv en Márai.

Sándor Márai

Sin duda, a falta de una de edición decente, nada conviene mejor que la ayuda del lector ruso. En este punto, contamos con suerte. Después de familiarizar a una colega moscovita con el marco general de la obra y de la escena en cuestión, todo parece explicarse por la interesante noción del alma rusa enigmática,la cual, según nuestra fuente, ha sido explotada ampliamente por diversos autores rusos; sobre todo, por Dostoievski. Para nuestra colega resultó fácilmente comprensible la actitud del soldado ruso instantes antes de la violación. Los rusos aman las tinieblas del alma y el sufrimiento, nos dijo, y acceden a éstos través de su propia perdición, faltando a la ley de Dios y del Estado. La condición existencial del alma rusa no comporta la dicotomía perdición, ergo, salvación; por el contrario, ambas cosas parecen estar indisolublemente ligadas entre sí: se entrega al mal con el mismo fervor con que se rinde al bien.

A juicio de nuestra camarada –por cierto, una marxiana bastante bien informada-, consciente de lo que iba a hacer, de la condena moral que le esperaba por ello, pero al mismo tiempo consciente de su incapacidad de evadirse a ese oscuro deseo carnal, de la seducción que ejerce el mal sobre su voluntad, este siberiano de rasgos lupinos, no podía otra cosa que repetirse a sí mismo yo comprendo a manera de absolución condenatoria… ¿O de una condena absolutoria? Habría que profundizar en este enigma del alma rusa para poder pronunciar una última palabra.

En todo caso, con Liberación Márai vuelve dar prueba de que, si bien es aún un escritor mirado por la crítica occidental seria con cierto recelo –cosa razonable pues no existen todavía estudios lo suficientemente serios sobre su obra-, su producción novelesca ofrece un testimonio, sobradamente ingenioso y profundo, de los cataclismos individuales, culturales e históricos que sacudieron su siglo.